RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O    V I I I
L A  T R A I C I Ó N   D E L   L A M A
 


 

La intensa humedad penetraba por todos los poros de su piel dejándole el cuerpo aterido de frío. Pensó con sorna en los cálidos veranos en California. Se movió tratando de encontrar un resquicio que le permitiera vislumbrar donde se encontraba, sin pensar que para él, todo era desconocido.

—¿Por qué me ocurre esto a mí? —gritó desesperado.

Un tiempo después se sintió cansado y con un estado de ánimo abatido, derrotado y rendido. No sentía fuerzas para continuar indagando, Su mente se esforzaba en comprender como joven del siglo XXI, ciudadano de los Estados Unidos de América, podía encontrarse encerrado en una lúgubre mazmorra, a mediados del siglo XV y en un lugar tan alejado como el agreste Tíbet.

Trató de rechazar esa realidad con todas sus fuerzas, pero se vio impotente. Su cansancio mental y físico eran lo suficientemente patentes como para no ser auténticos. Se dejó caer abatido en un rincón de la celda. Pudo percatarse del profundo silencio que le envolvía, ahora que los latidos de su corazón se hacían más débiles, acompasándose hacia la normalidad. Prestó atención a cualquier ruido, incluso paralizando su respiración unos instantes, pero nada. Un silencio agobiante. Pensó, tras una extraña mueca, que ni las ratas serían capaces de sobrevivir en un lugar como aquel.

No llegó a precisar cuanto tiempo llevaba allí encerrado. Le habían abandonado en estado semiinconsciente, tras beber la extraña pócima que le obligaron a tomar a la fuerza mientras recorría distraídamente las calles de Potala. Varios individuos de inconmensurable fuerza le inmovilizaron y tras cerrarle los orificios nasales fueron vertiendo poco a poco el líquido en su boca. Al principio consiguió escupirlo pero la necesidad de respirar le obligó a tragarlo tras fuertes espasmos.

Trató de recordar los últimos acontecimientos pero se vio inmerso en una extraña nebulosa. Tuvo la sensación de que iba a perder el conocimiento. Así, en la misma posición, debilitado y con un profundo frío en su cuerpo y en su alma, permaneció un tiempo que le pareció inconmensurable.

Evocó a Jeshe Norbu y creyó ver la estilizada figura del Dalai Lama envuelta en un halo blanquecino. Sus manos, a la altura del pecho, apretaban con fuerza la pequeña daga que les había servido como nexo de unión. La suya había desaparecido del cinturón. Adoptó, sin darse cuenta, la posición aprendida en el monasterio e intentó relajar su cuerpo y su mente. En unos instantes, su rostro se fue transfigurando. Sus rasgos se dulcificaron, perdiendo la expresión de rabia e impotencia a la que había estado sometido. Miró hacia su interior y en su mente se fue formando, cada vez con mayor nitidez, la presencia de Jeshe Norbu.  Una oleada de calor invadió su cuerpo haciéndole sentirse mejor.

Presentía los movimientos del Dalai Lama.

Un golpe fuerte en la puerta de la celda le retiró de su abstracción y se levantó con premura, casi de un salto a pesar de su débil estado. Observó como se abría con lentitud y a través de los resquicios se iba introduciendo la tenue luz de una antorcha. Pudo darse cuenta de la ausencia total de cualquier mueble en el interior de la amplia celda. Las húmedas paredes parecían estar excavadas en plena roca. Un enorme tibetano vestido a la usanza guerrera, cabeza totalmente rapada y con un gran mostacho que le ocultaba la boca y el mentón, sostenía con su mano izquierda la antorcha y en la derecha, una espada de grandes proporciones apuntando directamente hacia Andrew a pesar de la distancia que les separaba.

Por detrás asomó un pequeño monje vestido con sus hábitos rojos. Se agachó en la misma puerta y dejó en el suelo una bandeja con una especie de pasta en su interior y una deteriorada manta, desapareciendo raudo de la vista de Andrew.

El tibetano se mantuvo hierático unos instantes mirando atentamente a Andrew con los ojos semicerrados. Después y con un rápido movimiento, colocó la antorcha en un aro situado al lado de la puerta y desapareció también con la misma rapidez que el monje. Un sonoro golpe en la puerta y el ruido producido por los hierros de las cerraduras, devolvieron a Andrew al profundo silencio anterior. Al menos ahora, contaba con la antorcha que iluminaba con suficiencia toda la celda.

Con pasos lentos y cortos fue acercándose hacia la bandeja con temor a que se abriera la puerta y diera paso al terrible tibetano. Cuando estuvo a su lado, la tomó con un rápido movimiento y regresó de nuevo al rincón. Entonces se dio cuenta de la presencia de la manta y volvió a repetir el recorrido, pero esta vez mucho más rápidamente.

La extendió en el mismo rincón y se sentó sobre ella. Después tomó la bandeja y observó con detenimiento la comida que contenía. La olfateó percibiendo un aroma casi pestilente. Su expresión se tornó de asco y dejó la bandeja en un lado, aunque su intención fue la de lanzarla contra la pared que tenía enfrente. Maldijo su suerte reiteradamente.

Apoyado contra la pared y percibiendo la humedad de las piedras sobre su espalda, volvió a sentirse totalmente hundido e incapaz de reaccionar. Se sucedían intervalos de miedo y desesperación, mientras que su cuerpo comenzaba a caer en un estado de lasitud y abandono que, de no estar apoyado en la pared, se hubiera desplomado sobre el suelo sin darse cuenta. Pasó un tiempo en semiinconsciencia que no pudo precisar pero ya comenzaba a sentir un pequeño tormento en su estómago.

Tomó de nuevo la bandeja. Esta vez hundió ligeramente un dedo en la masa y se lo llevó a la boca con mucha precaución. Su pituitaria experimentó de nuevo la sensación de mal olor, sin embargo, su sentido del gusto no lo rechazó. El aspecto era parduzco oscuro y su sabor era extraño pero no desagradable, lo que le hizo recordar los fuertes quesos degustados en Europa, de delicioso gusto pero de pestilentes efluvios. Poco a poco fue dando cuenta del contenido. Su cuerpo comenzó a sentirse agradecido y su mente algo más relajada. Cuando terminó con toda la pasta, su estómago se encontraba harto. Pensó que la cantidad no había sido tanta como para ello, pero, quizá, el contenido tendría un alto poder energético.

Algo más relajado, comenzó a sentir sueño. No pudo precisar si era de día o de noche ni el tiempo transcurrido allí dentro. Extendió un poco la manta para poder ocuparla tumbado. Las frías piedras del suelo se le clavaron por todo el cuerpo, pero al cabo de un rato dejó de sentir molestias y se quedó profundamente dormido.

Agitados sueños se apoderaron de él, y en los que veía a un esforzado Jeshe Norbu tratando de liberarlo de su cautiverio, a Taypeck en encarnizada lucha contra el gigantesco tibetano y a él mismo, liberado de la mazmorra y atravesando los cielos sobre un alado corcel blanco.

 Se despertó repentinamente. Pareció escuchar su nombre pronunciado por una voz que llegaba desde todos los lugares del universo, potente y fuerte, atravesándole el cerebro. Se mantuvo semierguido, apoyándose en el suelo con su brazo derecho y atento a una nueva llamada. Su respiración se volvió agitada.

Tras unos segundos de espera, volvió a escucharla pronunciando nuevamente su nombre. Comprendió que la oía solamente en su mente y pensó que se estaba volviendo loco. Siguió percibiéndola durante un buen rato, cada vez más débil, hasta que desapareció totalmente. Se sentó imitando la posición de los monjes en oración. Con los ojos cerrados trató de no pensar en nada. Fue acompasando su respiración a un determinado ritmo; el de los latidos de su corazón. Ambos fueron haciéndose más lentos a medida que transcurrían los minutos. Su garganta comenzó a emitir una serie de sonidos guturales, gruesos y largos, acompasados y profundos. Sintió como su mente se abría hacia el infinito y se hacía uno con él.

Una claridad incipiente comenzó a formarse en su mente y poco a poco sintió la presencia de un ser muy difuminado al principio, pero que lentamente tomaba la clara apariencia de Jeshe Norbu. Las manos dirigidas hacia el cielo atraían una densa nube blanca que le envolvía sin llegar a ocultarlo. Volvió a escuchar su nombre, comprendiendo que Jeshe Norbu trataba de establecer contacto con él. Dudó de la realidad de lo que le estaba ocurriendo, pero se sintió mucho mejor y hasta creyó que una extraña fuerza estaba tomando posesión en él.

La nube blanca que percibía en su mente estaba rodeando todo su cuerpo y penetraba en él. Andrew no pudo verlo, sus ojos permanecían relajados pero cerrados, sin embargo lo presentía. Miedo y angustia habían desaparecido. Ahora se encontraba en un estado de relajación total, presintiendo una ingravidez que le ascendía hacia el cielo.

La voz de Jeshe Norbu seguía manifestándose en su mente animándole a seguir en ese estado. Concentró su pensamiento en la cerradura de la puerta de su celda y deseó que se abriera de inmediato. Transcurrieron escasos segundos cuando escucho un ruido al saltar los cerrojos. Temía que sus sentidos estuvieran jugándole una mala pasada. Con lentitud pasmosa y totalmente concentrado, comenzó a abrir los ojos.

Con incredulidad pudo comprobar que se encontraba suspendido en el aire. Esto, casi le supuso dar con sus huesos en el suelo al perder la concentración. Sintió sobre su cuerpo la energía que le transmitía Jeshe Norbu y pudo dominarse. Lentamente y en suspensión se dirigió hacia la puerta. Lo consiguió con facilidad. Después descendió de igual forma hasta apoyar los pies sobre el duro suelo.

Se sentía pletórico y en posesión de una fuerza que le imprimía valor y coraje.

Muy despacio, sin hacer apenas ruido, se acercó a la puerta y se asomó. Vio un largo pasillo débilmente iluminado y del que no alcanzó a ver el final. Totalmente desierto, comprobó con satisfacción. Al lado mismo de la puerta y sobre un destartalado banco de madera pudo ver la enorme espada del tibetano, un casco y un larguísimo látigo. En el suelo una pequeña daga, que asió de inmediato. Sopesó  la espada y a pesar de su gran tamaño, la sintió ligera entre sus manos, por lo que no dudó en hacerla suya.

Miró hacia un lado y otro del pasillo. A su derecha observó que éste finalizaba a escasos metros de donde se encontraba. En la misma dirección había dos puertas más y completamente cerradas. No tuvo intención alguna de comprobar que había tras ellas.

Sin dudarlo, tomó la dirección del tramo más largo. A intervalos regulares, unas antorchas casi consumidas, iluminaban tenuemente el camino. Encontró algunas puertas más, cerradas y sin ningún hueco por el que comprobar el interior de las estancias.

Miró con estupor el final del pasillo pensando que no tenía salida, pero al acercarse vio que seguía hacia la derecha. Nada más girar se encontró ante una escalera que ascendía y al final de ella pudo observar una iluminación mucho más fuerte. La subió con lentitud tratando de no producir ruido alguno. No sabía que se podía encontrar al final de la misma. Hacia la mitad se detuvo, respiró lenta pero profundamente cerrando a la vez los ojos. Su mente trató de proyectarse sobre la figura de Jeshe Norbu y recibir su energía. Sopesó nuevamente la espada decidiendo que si fuera necesario la utilizaría con todas las fuerzas de que fuera capaz.

Una enorme estancia se abría al final de la escalera, la sala de armas de la edificación con las paredes totalmente limpias de cualquier objeto de adorno a excepción de una doble fila de antorchas en cada una de ellas. En medio, una alargada mesa de madera y unos bancos corridos y sin respaldo a su alrededor.

Sentados, uno frente al otro, se encontraban el gigante tibetano y el pequeño monje dando buena cuenta de unas viandas. El guerrero estaba escanciando Quingke en los dos tazones que tenía delante. El monje asió el suyo y lo apuró de un trago. El guerrero hizo lo mismo para volver a llenarlos de nuevo. El monje sonreía socarronamente a la vez que farfullaba una monótona letanía.

Andrew les miró indeciso. No sabía muy bien que hacer, pero no podía cruzar la estancia sin ser visto. Pensó que, si se acercaba con sigilo podría coger desprevenido al guerrero y asestarle un fuerte golpe en la nuca con la empuñadura de la espada. Respiró profundamente y ya no dudó más. Tenía la ligera esperanza de encontrarlos medio borrachos.

Antes de poder alcanzarlos, el pequeño monje dio un salto en su asiento. Su rostro expresó un gesto de terror. No podía comprender la presencia del muchacho en la sala. ¡Nadie había traspasado aquel lugar para poder liberarlo. Sólo la magia podía conseguirlo! El guerrero, a pesar de su mente ligeramente obnubilada por el alcohol ingerido, tuvo la suficiente capacidad de reacción e introduciendo su mano derecha debajo de la mesa, cogió una de las espadas de defensa que allí, secretamente guardada. Curva, de afilada hoja pero de poca consistencia, fue suficiente para sentirse fuerte frente al joven rubio y de raros caracteres.

Sus ojos despedían un extraño fulgor. Demasiado tiempo había transcurrido inactivo, y ahora se le presentaba la ocasión de descargar toda la adrenalina concentrada en su cuerpo. Miró fijamente a los ojos de Andrew. Quiso, a través de la mirada, infundirle pánico. Agilizó su cuerpo en un salto desproporcionado, tratando de amedrentar al enemigo, pero Andrew sentía en su interior una fortaleza fuera de lo común. Todas las fuerzas del universo parecían haberse concentrado en su cuerpo.

El pequeño monje se escondió debajo de la mesa, asomando a intervalos irregulares su escuálida cabecita.

Andrew alzó la espada. Le pareció enorme, inmensa, y sin embargo, la sintió ligera entre sus manos que le permitía dominarla a voluntad. La movió con agilidad delante del gigante. Describía unos arcos perfectos en el espacio, presagio de la potencia que le imprimía. Andrew se asombró de la facilidad con que manejaba un arma que nunca había utilizado.

—¡Será mejor que depongas tu actitud. Deja la espada en suelo! —gritó Andrew con una voz potente y gruesa que hasta a él mismo sorprendió.

Trató de reír el gigante, pero su rostro expresó más temor que cualquier otra cosa. Le habían advertido de la peligrosidad del joven.

Elevó la espada por encima del cuerpo y arremetió contra Andrew, que le esperó completamente tranquilo, con las piernas abiertas, y la espada dirigida hacia él, en posición vigilante.

—¡Vas a morir, maldito extranjero! —vociferó el gigante.

Andrew sintió la presencia de Jeshe Norbu en su interior y su rostro expresó una sensación de tranquilidad y sosiego impropios de la situación que estaba viviendo.

La espada del gigante chocó violentamente con la suya partiéndose en mil pedazos. Trastabilló y dio con su enorme humanidad en suelo. Pudo aprovecharse de ese momento de debilidad del tibetano para rematarle de un certero golpe, sin embargo, esperó paciente a que se recuperase.

El gigante no comprendía nada de lo que le estaba sucediendo, pero el echo de que un jovenzuelo pudiera ganarle en combate y sin malas artes, le enervaba los sentidos. Se levantó hecho un basilisco, impropio de su voluminosidad corporal y arremetió contra Andrew tratando de llegar al cuerpo a cuerpo. Éste, le esperó con las piernas ligeramente separadas y sus brazos dirigidos hacia el frente en posición tensa. Su mano derecha continuaba aferrando la espada.

Antes de que el gigante llegara a su altura, Andrew la dejó caer, ladeó su cuerpo y juntó los brazos en posición horizontal. El cuello del gigante se estrelló contra ellos en un golpe seco que le hizo caer fulminado al suelo. Recogió la espada y se mantuvo en posición expectante. Sabía que otros guerreros acudirían en su ayuda.

Tras unos segundos de quietud total, comprendió que el tibetano había perdido el conocimiento y que de momento, no era enemigo a tener en cuenta. Podía haberlo rematado con la enorme espada, pero esto, no llegó ni a pasar por su imaginación.

Recordó la presencia del pequeño monje y se inclinó para ver si se encontraba debajo de la mesa.

¡Ni rastro!

Había desaparecido. Esto le preocupó momentáneamente, pero al ver que el tiempo pasaba sin presencia alguna de otros guerreros, le hizo comprender que la dotación de éstos en el edificio debía de ser muy escasa. Probablemente se encontraba en uno de los muchos santuarios diseminados a lo largo y ancho de todo el Tíbet. Sin embargo, también sabía que todos ellos dependían directamente de Jeshe Norbu, tanto en el aspecto político como en el espiritual. Tenía que ser algún Lama disidente el responsable de todos los acontecimientos que le estaban aconteciendo.

La presencia de Jeshe Norbu en su interior se hacía cada vez con más fuerza. Tuvo la sensación de ver a través de sus ojos, al igual que comprendió que Jeshe Norbu veía a través de los suyos.

Intuía que el pequeño monje y el responsable de todos los acontecimientos que estaba sufriendo, estaban próximos a hacer su aparición en el recinto.

Cerró los ojos con fuerza al principio, liberando poco a poco todos los músculos. Elevó su rostro hacia el techo y permaneció así sin saber cuanto tiempo. Sintió como pasajes de su vida sucedían velozmente a través de una visión interior hasta que se vio delante de Jeshe Norbu. Entonces se sintió uno con él. En ese instante no podría decir si Jeshe Norbu estaba en su cuerpo o él estaba en el cuerpo de Jeshe Norbu. Pero sabía que la unión entre ambos estaba más allá del tiempo y del espacio.

Sin llegar a abrir los ojos intuyó la presencia del personaje responsable de su captura y encierro. Le vio acercarse precedido del pequeño monje. En su mano derecha portaba una espada curva de grandes dimensiones. El Lama miraba a Andrew con profundo odio aferrándose al arma con ansias asesinas. Fue acercándose lentamente. Comprendió que Andrew, a pesar de mantener sus ojos cerrados, era muy consciente de su presencia. Poco a poco, los monjes que formaban parte del monasterio fueron haciendo acto de presencia en la gran sala manteniendo un profundo silencio.

Cuando el Lama se encontraba próximo a Andrew un suave cántico comenzó a oírse en el interior que parecció propagarse por todo su cuerpo y sentidos. Ligero al principio, increscendo después, llenó todo el espacio que les rodeaba, pero Andrew mantenía imperturbable su postura inicial.

El Lama experimentó un profundo temor, pero era mayor el odio que sentía hacia el joven y no le permitía dar un paso atrás. Andrew abrió los ojos y contempló la figura del Lama. Un varón de mediana edad, de gran estatura, no menor que la suya, de cuerpo obeso y con un peso no inferior a los cien kilos pero que se movía con agilidad. Su cráneo totalmente rapado, sin cejas, enormes ojos redondos y flácidas mejillas, labios gordezuelos y sin apenas mentón, le conferían un aspecto poco agradable. Sintió deseos de ensartarlo con la enorme espada. Su presencia le repelió en grado sumo. Sin embargo se dominó, esperando tranquilamente la reacción de su agresor.

Quiso preguntarle el motivo de su forma de proceder pero intuyó la dificultad que ello entramaba. Continuó esperando en actitud expectante sus movimientos.

Emitiendo un grito desgarrador, el Lama se lanzó contra Andrew con expresión asesina en su rostro. Su odio no le permitía ver la desigualdad de fuerzas, sin embargo, confiaba en su habilidad en las artes marciales aprendidas en su juventud para vencer al joven rubio que estaba desbaratando sus más ambiciosos planes.

Los cánticos de los monjes se elevaron con fuerza llenando el espacio con su letanía. Formando un extenso círculo alrededor de Andrew y del Lama, movían sus cuerpos con lentitud elevando las manos unidas hacia el cielo tratando de proteger mentalmente al joven.

Blandiendo la espada en círculos, trató de atravesar el cuerpo del muchacho. Éste, con una ligera finta se libró del primer lance del Lama. El gesto sereno y tranquilo de Andrew le infundió un pánico que nunca pensó llegar a sentir.

Entrecruzaron una serie de golpes. Andrew se limitó a pararlos. Intuía que podía desarmar con facilidad al Lama o atravesarle el cuerpo de una estocada cuando lo deseara. El Lama presentía que el muchacho estaba jugando con él y sus movimientos se tornaron nerviosos y poco acertados. “Un niño lo haría mejor”, pensó divertido Andrew.

De repente, los monjes enmudecieron en sus cánticos. En la sala hizo acto de presencia otro guerrero tibetano, más enorme y aguerrido que el guardián al que había noqueado. Su aspecto era terrorífico y sus ansias de luchar, desmesuradas. Andrew al verle comprendió que ahora ya no se trataba de un simple juego y que tendría que defender su vida empleándose a fondo o perecer en la lucha.

Descargó un golpe seco con su espada sobre la del Lama desprendiéndola de su mano. El grito de dolor sonó como un trueno. Hincó las rodillas en tierra, y con un gesto de intenso dolor en su rostro, miró a Andrew con un profundo odio. Fue entonces cuando se percató de la presencia del guerrero y compuso una mueca sardónica, relamiéndose ante la muerte del joven a manos de su guardia personal.

Chocaron las espadas una y mil veces. Andrew la sujetaba con fuerza a pesar del suplicio que sentía cada vez que ésta, era golpeada por la del adversario, que le transmitía dolorosas vibraciones. Los ataques eran alternativos, incrementándose la dureza a medida que transcurría el tiempo. El guerrero no dudó de la fragilidad del adversario pero fue dándose cuenta, poco a poco, de su habilidad, provocando que su furia fuera en aumento. Estaba perdiendo la cualidad de invencible ante su señor, el Lama.

En un instante determinado de la lucha, Andrew se situó de espaldas al Lama, que ya se encontraba de pie y había recuperado su espada. Sin pensarlo ni un instante, el Lama se lanzó contra él con el ánimo de ensartarlo por la retaguardia.

Andrew lo vio mentalmente. Esquivó el golpe lanzado por el guerrero girándose hacia el Lama. Sin dudarlo y antes de verle directamente, su espada ya iba dirigida hacia su muñeca, que fue cortada limpiamente por el certero golpe. Lanzando un terrorífico grito, cayó desplomado sobre el suelo perdiendo el sentido.

De nuevo, los monjes entonaron el monótono cántico.

Andrew volvió a enfrentarse al guerrero, en cuyo rostro se mostraba un gesto de duda y respeto hacia su adversario aunque no quiso admitir su repentino temor. El joven luchaba como un avezado maestro y su fuerza tenía que ser extraordinaria para manejar la enorme espada y durante tanto tiempo. El arma de Andrew iba provocando ligeras heridas en los brazos y torso del guerrero. Comprendió que el joven rubio no quiso en muchos momentos causarle la muerte a pesar de tener ventaja sobre él. Esto le produjo una furia que no le permitió pensar con claridad, haciéndole luchar descontroladamente. Sus ataques se hacían torpes por momentos.

Sin que ninguno de los dos contendientes se percatase, en la estancia entraba Taypeck precediendo a un numeroso grupo de soldados, que se fueron situando en círculo delante de los monjes.

El guerrero sintió un profundo odio al verse rodeado por la guardia de Jeshe Norbu y se lanzó en un ataque suicida contra Andrew. Éste, levantó su espada y esperó la llegada del contrario. Cuando estaba a su altura, descargó un terrorífico golpe partiendo en dos la espada del guerrero. Cayó al suelo al perder el equilibrio y en ese momento, los soldados lo rodearon y aprendieron a pesar de la fuerte resistencia que opuso.

Taypeck saludó a Andrew y se fundieron en un fuerte abrazo ante el estupor de todos los monjes que, instantes después, irrumpieron en vítores de alegría.

—¡Nos ha costado mucho trabajo encontraros!—le dijo con una expresión jovial en su rostro— Gracias a las indicaciones de Kundum hemos llegado hasta aquí.

—¿Dónde estamos? —preguntó con curiosidad a pesar de saber que cualquier indicación del monje le iba a servir de bien poco.

—Al norte del monasterio, a un día y medio a caballo y a un ritmo forzado —respondió Taypeck que le miraba admirado—. ¿Dónde habéis aprendido a manejar una espada tan pesada? ¡Me dejáis asombrado! Por Jeshe Norbu, deseo no tener que enfrentarme a vos.

Andrew rió con simpatía ante las palabras del genial Taypeck. Él, sí tenía capacidad para asombrar.

Unos monjes estaban atendiendo al Lama, que todavía permanecía inconsciente. Entre varios lo levantaron y se lo llevaron en volandas.

Fue entonces cuando Andrew recordó que le habían arrebatado su puñal e hizo ademán de seguir a los monjes que transportaban al Lama. Una mano asió su brazo. Al girarse pudo ver a un anciano lama de aspecto bondadoso y una suave sonrisa en el rostro. Extendió las palmas de su mano hacia arriba mostrándole la joya que buscaba. Inclinando ligeramente el cuerpo, se la entregó. Su expresión demostró la alegría que sentió al recuperarla. Dobló también su cuerpo y sonriendo agradecido le dio las gracias en un tibetano no muy convincente.

Taypeck dio las órdenes oportunas a una parte de la guardia que le acompañaba para que se quedaran custodiando el monasterio. Hablando con los monjes se enteraron que el Lama disponía de una treintena de guerreros. La mayoría de ellos estaban de caza y probablemente regresarían en breve. Esta guardia tendría como misión arrestarlos y ponerlos a buen recaudo.

Abandonaron el monasterio al alba. 

 Todos los monjes salieron a despedirles en la inmensa explanada de acceso a las edificaciones.

Iniciaron el descenso de la elevada cumbre donde se situaba el monasterio. Andrew se sentía fascinado por el bello y a la vez impresionante y terrorífico paisaje que se ofrecía a su vista. Él y Taypeck abrían la marcha, detrás, el grupo de soldados que se sentían satisfechos por no haber tenido que entrar en combate.

El aire frío azotaba el rostro de Andrew, pero se mostraba contento. Una energía especial le envolvía y le hacía sentirse muy bien. Apenas hablaron. De cuando en cuando, Taypeck le hacía indicaciones sobre el camino a seguir o simplemente, señalándole algo de interés.

Después de un alto para comer, prosiguieron la marcha. Taypeck quería llegar a un pequeño poblado situado a un poco más de medio camino. Sería el lugar adecuado para pernoctar.

Cuando el sol se encontraba en su cenit, Andrew sintió en su cuerpo unas extrañas vibraciones que le provocaron un estado de nerviosismo sin motivo aparente alguno. Miró hacia el cielo y en lo alto de un risco le pareció observar unas extrañas sombras que se movían con rapidez, apareciendo y despareciendo de su vista.

—¡Taypeck! —exclamó con energía, estirando de las riendas de su caballo para detenerlo— ¡Creo que hemos caído en una emboscada!

El monje detuvo también su montura, al igual que los soldados que les precedían. Durante unos segundos tan sólo escucharon el piafar de los caballos.

—¡Desmontemos, rápido! —gritó dirigiéndose hacia los soldados, que no entendían qué era lo que estaba ocurriendo.

Antes de que se hubiera apagado el eco de su voz se escuchó con fuerza el ruido producido por el galope tendido de un numeroso grupo de soldados maniobrando con agilidad sus monturas. Era el resto de la guardia del Lama que regresaba al monasterio y habían sido avisados de los acontecimientos acaecidos. Con indicaciones muy precisas, desplegó a los soldados, de tal forma que podrían envolver a los atacantes sin darles tiempo a reaccionar. A Taypeck le gustó la idea apoyándole en su desarrollo.

Los soldados enemigos se vieron envueltos por las tropas del Dalai Lama, que a golpes de espada les obligaron a descabalgar de sus monturas. Algunos de ellos, fueron ensartados antes de descender de sus caballos, que desbocados, arremetían contra los otros en su afán de huída.

Andrew manejaba la impresionante espada con tal soltura, que los contrarios comprendieron la peligrosidad de enfrentarse a él en solitario. Pronto se vio rodeado por tres de ellos tratando de acabar con él. Golpearon con furia sus espadas, pero siempre encontraban el duro acero del joven paralizando la agresión. Cada vez que Andrew abatía a uno de los soldados, de inmediato otro ocupaba su puesto. Mantenía la atención sobre sus atacantes sin perder de vista el desarrollo de la contienda.

Uno de los enemigos se lanzó contra él, furioso y prácticamente desprotegido. Andrew ladeó ligeramente su cuerpo y le asestó un certero golpe a la altura del corazón, desplomándose fulminado. En ese instante, observó como otro de los atacantes se situaba a espaldas de Taypeck y elevaba su espada con intención de partirle el cráneo en dos.

—¡Taypeck! —gritó Andrew con toda la fuerza que le permitieron sus pulmones tratando de avisar a su inestimable compañero.

Sin dudar un solo segundo, tomó su espada por el alma y usándola a modo de lanza, la arrojó con gran potencia contra el soldado, al que atravesó violentamente de parte a parte. Éste, cayó desplomado antes de haber podido descargar su arma sobre la cabeza de Taypeck, que al comprender el peligro que se había cernido sobre él, levantó su mano izquierda agradeciéndole su intervención.

Los otros dos atacantes se dieron cuenta de la acción del joven y sonrieron al comprobar que estaba desarmado. Andrew les miró impertérrito, esperando cualquier movimiento de los soldados. Comenzaron a fintar con sus armas para acorralarlo, esperando que se moviera hacia atrás y se quedará a su merced al tropezar con la pared del desfiladero.

Cuando se lanzaron sobre él, Andrew ejecutó un soberbio salto en vertical desapareciendo de la vista de sus atacantes, que se volvieron raudos buscando la figura del joven. Antes de que pudieran darse cuenta, Andrew les estaba golpeando fuertemente a la altura del pecho con sendas patadas de gran violencia consiguiendo lanzarles contra las duras rocas del desfiladero y tras el choque, cayeron desmadejados en el suelo.

Taypeck, recobrando la espada de Andrew se acercó para entregársela, no sin antes deshacerse de un contrario.

Los soldados enemigos al ver al joven rubio, blandiendo de nuevo la enorme espada, lanzarse contra ellos, trataron de huir, aunque comprendieron bien tarde lo difícil de tal acción. Los pocos que ya quedaban en pie optaron por arrojar sus armas al suelo en señal de rendición. Hincaron las rodillas en tierra mientras Taypeck daba las ordenes claras de detener la lucha.

Más tarde, cuando ya habían acondicionado a los presos para llevarlos al monasterio y dieron sepultura a los cadáveres de los soldados caídos, Taypeck se abrazó emocionado a Andrew apretándole fuertemente contra su pecho.

—Te estaré eternamente agradecido, noble Andrew —le dijo con palabras entrecortadas por la tensión del momento—. Me has salvado de una muerte cierta y mi deuda contigo nunca podrá ser saldada. Además, has puesto en peligro tu vida. Si algo te hubiera sucedido, Jeshe Norbu nunca me lo hubiera perdonado.

—No te preocupes amigo mío, nuestras vidas ya estaban en peligro—contestó el joven conmovido por las palabras del monje—. Carece de importancia —el monje trató de responder algo, pero Andrew agregó—: ¡Nada tienes que agradecerme! Continuemos con los preparativos para proseguir el viaje.

El monje volvió a abrazarle en silencio bajo las atentas miradas de todos los soldados presentes. Después se dispuso a organizar la marcha.

 

Cuando Andrew pudo meditar, recogido en la soledad de su cuarto, comprendió que los acontecimientos se estaban desarrollando con una rapidez que le costaba asimilar. En muy pocos días maduró de tal forma, que en su época hubiera sido impensable, pero continuaba siendo muy joven, casi un niño, y los sucesos acaecidos podían minar su salud mental. Añoró su tiempo, su familia y su ambiente. La última batalla contra los soldados del Lama le dejó un recuerdo imborrable y deseó regresar.

 Por la tarde y tras un merecido descanso, dieron un pequeño paseo a caballo por los alrededores de Potala. Andrew se encontraba totalmente relajado, disfrutando con el ligero trote del caballo y la fría brisa acariciando su rostro.

Se detuvieron un poco a la altura de las últimas edificaciones de la ciudad. Una desvencijada casa que parecía mantenerse en pie por arte de magia, atrajo su atención y se fue acercando a ella bajo la atenta mirada de Taypeck.

Cuando se encontraba al lado de la destartalada puerta de entrada, asomó una anciana de rasgos muy hermosos a pesar de su edad. Los dos se miraron fijamente a los ojos sin decir nada. Parecía contener un extraño magnetismo que subyugó de inmediato al joven. La profundidad de sus ojos intensamente verdes le produjo la sensación de estar inmerso en la inmensidad del océano. Su corazón latía con fuerza.

Instantes después, la saludó amablemente tratando de hacerlo en la lengua de la mujer. Ella sonrió acercándose más hacia él mientras extendía sus manos. Andrew las tomó entre las suyas y en ese instante, ambos recibieron una especie de descarga eléctrica que le asustó momentáneamente, obligándole a echarse hacia atrás con violencia. La anciana, a pesar de la ligera molestia, continuó con las manos extendidas y la misma sonrisa afloraba en sus labios.

—No te asustes, joven —le dijo con voz calmada.

El monje, al darse cuenta de que algo había ocurrido, se acercó presuroso. Andrew le dijo lo que le había pasado al tocar las manos de la anciana.

—No te preocupes, Andrew, no es magia. Aquí, en nuestro país, el aire se carga muchas veces de una energía que se transmite a las personas. Cuando se tocan, produce el efecto que habéis sentido.

—¡Electricidad estática! —dijo, dándose una ligera palmada en la frente.

—¿Cómo dices? —preguntó el monje al no comprender las palabras del joven.

—Nada. No te preocupes.

Volvió a tomar las manos de la anciana pero ya no sintió nada extraño. Las encontró cálidas y suaves, sintiendo como la energía de la mujer fluía a través de ellas para acoplarse con la suya.

—Es raro que la anciana te haya tendido las manos. Es algo que hacemos muy poco. A veces, esa energía produce un efecto muy desagradable.

—Te saludo, joven occidental —dijo por primera vez la anciana, con un tono de voz muy taimado—. Tu fama te está precediendo. Tenía muchas ganas de verte. Ahora, sabiendo que estás aquí,  ya puedo irme tranquila.

Andrew no comprendía a la anciana mujer y miraba a Taypeck como buscando la respuesta. Apretó con fuerza las manos del joven y cerró los ojos a la vez que de su boca salía una extraña entonación. Andrew sintió como en su mente se formaban unas imágenes que discurrían con suma rapidez. De golpe parecieron detenerse, observando a dos extraños ejércitos en plena contienda destrozándose a golpes de espadas, lanzas y flechas. Regresó de nuevo la vorágine de visiones para ralentizarse delante de una imagen que conocía muy bien pero que ahora le parecía totalmente real, la boda entre el príncipe y la princesa. La hermosura de ella le dejó fascinado.

Andrew trató de separar sus manos, pero la anciana se las asía con fuerza. Permaneció inmóvil esperando su reacción, que se mantuvo en la misma posición y con el mismo tono de voz de su cántico. Vio aviones descargando miles de bombas sobre grandes ciudades, imágenes parecidas a las que ya había sentido en otra ocasión. Creyó pasearse por las ruinas y entre las numerosas víctimas causadas por las explosiones. Estridentes sirenas no cesaban de sonar avisando de lo que ya no tenía remedio.

La anciana fue reduciendo la presión sobre las manos de Andrew y las secuencias de sus visiones fueron diluyéndose. Finalmente, tuvo la sensación de estar contemplando la tierra desde una distancia enorme, como las imágenes tan habituales en televisión, enviadas por los múltiples satélites que la rodean.

Abrió los ojos y contempló a la anciana mirándole sonriente.

—¿Cómo os llamáis, señora? —fueron todas las palabras que pudo articular.

—Algún día lo sabrás, joven Andrew —le respondió con una mirada de complicidad en sus ojos.

Después, inclinándose varias veces consecutivas, desapareció por la desvencijada puerta. Andrew tan sólo acertó a levantar su mano y moverla en señal de despedida.

—¡Es sorprendente la anciana! —exclamó todavía impresionado.

—No lo sé, Andrew —respondió el monje sin saber a ciencia cierta que quería decir el muchacho con esa afirmación—, ¿Por qué?

—¿No será una bruja, verdad?

—No sé que quieres decir.

Le explicó el sentido de bruja, consiguiendo que el monje rompiese a reír.

—Está bien —sentenció— ¡olvídalo!

Antes de iniciar el regreso al monasterio, acertó a pasar por allí un pastor que regresaba con su escueto rebaño.

—¿Conocéis a la anciana que vive en esa casa? —le preguntó el monje.

El pastor miró hacia la dirección que le indicaba y negó con rapidez.

—En esa casa no vive nadie. Hace años que está deshabitada. A veces la usa algún grupo de forajidos o ladrones, pero en contadas ocasiones.

—Quiero entrar Taypeck. La anciana todavía tiene que estar en el interior.

No le hizo mucha gracia al monje, pero no opuso resistencia. Después de sujetar a los caballos, cruzaron la puerta de la casa y comprobaron que el estado de ruina era casi total. Al techo le faltan enormes trozos por donde entraba la luz e iluminaba todo el interior.

De la anciana ni rastro. Andrew buscó en cada rincón, cosa innecesaria ya que a simple vista se observaba. Trató de encontrar alguna puerta oculta, algún resquicio que le permitiera comprobar que la anciana había salido por allí. Nada, la única entrada y salida era la puerta por la que habían accedido al interior.

—¡Regresemos! —dijo Andrew un tanto malhumorado.

En el exterior observaron como el pastor había continuado su camino al frente de su rebaño. Montaron sobre sus cabalgaduras y se lanzaron al galope en dirección al monasterio.

El resto de la tarde lo dedicaron a realizar relajados ejercicios. Andrew había aprendido a entonar algunos de los extraños cánticos con los que los monjes acompañaban sus momentos de relajación. Le hacían sentirse muy bien. Acompasaban su ritmo de respiración y cardíaco a niveles muy bajos y su cuerpo parecía alcanzar un estado de agradable ingravidez.

A medida que se acercaba la hora del anochecer, el joven comenzó a sentirse un poco inquieto. Deseó la presencia de Jeshe Norbu para exponerle todas las dudas que atenazaban su corazón. Pero también quería, con todas sus fuerzas, intentar el regreso a su tiempo.

Se despidió de Taypeck con un fuerte abrazo, algo que dejó sorprendido al monje, que no comprendía el motivo de tal efusión impropia de sus costumbres. Sin embargo, no le dio excesiva importancia, ya se estaba habituando a las extrañas reacciones de su joven amigo occidental.

Cuando le dieron el aviso de la presencia del Dalai Lama, su corazón le dio un vuelco. No le esperaba en su habitación y temió una variación en los acontecimientos.

—Vamos a dar un pequeño paseo, Andrew —le dijo el Dalai Lama a modo de saludo.

Su expresión le indujo confianza y una oleada de paz pareció invadir su cuerpo y su mente. Sintió la fuerza del monje introduciéndose en todo su ser.

—Cuéntame como ha transcurrido el día.

—De forma muy agradable Dilgo. Parece que hoy Taypeck ha tenido un especial cuidado para conseguir que me encontrara en perfectas condiciones, lo cual se lo agradezco de corazón.

Recordó el incidente de la anciana y trató de exponérselo con el máximo de detalle posible.

—Indudablemente, no me encuentro solo en esta lucha —le respondió el monje sin más aclaraciones—. No debes preocuparte por eso. Piensa que existen fuerzas positivas que trataran de ayudarte en todos tus movimientos y encaminarlos hacia el fin deseado. Procura utilizarlas convenientemente.

Una sombra de duda se pronunció en el rostro de Andrew. No entendía muy bien las palabras del Dalai Lama ni el significado de la aparición de la anciana.

Después de un largo recorrido por la explanada del monasterio, regresaron para dirigirse hacia los aposentos del Dalai Lama. Una vez allí, Andrew percibió un aroma especial en el ambiente. Una serie de velas iluminan la estancia de una forma muy original que propiciaba un agradable e íntimo entorno.

—Como podrás observar, todo está preparado para que se puedan cumplir tus deseos.

Andrew asintió moviendo afirmativamente su cabeza. Su ansiedad era grande, pero también su temor. Se debatía entre sensaciones opuestas. El deseo de volver a su tiempo y el afán por adquirir conocimientos desde su situación de privilegio.

El monje era consciente de ese debate interno en que se estaba produciendo en el joven y le dejó hacer, guardando un prudente silencio.

Andrew giró alrededor de la mesa sobre la que permanecía el libro abierto. En un acto reflejo, tomó su daga y la extrajo de la funda colgada de su cintura. Después se acercó mirando con atención la página. La calidad de los trazos de la escritura volvieron a subyugarle como la primera vez. Pasó sus dedos con mimo sobre ellas, tratando de contemplar la escena que representaba la boda de los príncipes.

El monje se situó a su lado y con suaves ademanes, asió también su daga entre las manos. Continuó manteniéndose en silencio. Cuando Andrew alcanzó la página deseada, dirigió su mirada hacia Dilgo esperando de él algunas palabras.

—Eres tú el que tiene que alcanzar el máximo grado de concentración —le dijo el monje, asiéndole del brazo para infundirle confianza—. Trata de olvidar todo lo que te rodea y crea en tu mente las imágenes de tu casa y de tu familia. Deséalo con todas tus fuerzas Andrew y tendrás tu recompensa. El joven trató de hacer lo que le indicaba el monje.

—Andrew —atrajo su atención presionando la mano sobre el brazo que todavía mantenía cogido—, debes cambiar tus ropas. Vístete con las que traías de tu tiempo —le señaló un taburete cercano al ventanal y vio que allí estaba perfectamente doblado su pijama de color azul—. Creo que eso te ayudará a crear el mejor clima.

Presuroso, Andrew se dirigió hacia el taburete, comprobando que el monje se había girado, dándole la espalda para que pudiera desnudarse sin sentir vergüenza alguna. Mientras se cambiaba, observó a través del ventanal, un cielo cuajado de estrellas de una belleza impresionante que le dejó sobrecogido por unos segundos. Regresó a la mesa llamando la atención del monje, que se volvió para colocarse a su lado.

—Ya puedes empezar, Andrew.

Se quedó unos instantes sin saber que hacer. Trató de recordar los últimos momentos antes del inicio del viaje. Tomó de nuevo la daga con su mano izquierda apoyando la palma de la derecha sobre el grabado del libro, después cerró los ojos y escuchó el grueso sonido del cántico que comenzaba a entonar el monje. Su tono subía y bajaba armoniosamente, disipando cualquier temor en el joven, que trataba de llevar a cabo la concentración que le permitiera dar el gran salto.

Fueron transcurriendo los minutos, no muchos, hasta que se inició la emisión de una tenue luz azul procedente del libro. Su intensidad fue creciendo hasta hacerse muy fuerte. Iluminó toda la estancia con su enorme fulgor. El rostro de Andrew irradiaba felicidad aunque el mismo no era consciente de ello. El monje abrió sus ojos y continuó desgranando las notas del ritual, pero se mantuvo muy atento a todo lo que estaba ocurriendo.

La luz, sin perder su intensidad, era ahora absorbida por el libro, creando una corriente hacia su interior, débil al principio para ir creciendo lentamente. El monje observó como el cuerpo de Andrew parecía transformase también en luz. Sus contornos se diluían hasta alcanzar un estado de semitransparencia. Poco a poco, pudo comprobar como era arrastrado hacia el libro en forma de una densa niebla, hasta introducirse en él y desaparecer de su vista. Segundos después, la luz se desvaneció repentinamente y se encontró solo en la habitación.

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