RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O    I X
E L    R E G R E S O
 


 

—¿Por qué no te acuestas, mamá? —dijo Jonathan, el hermano mayor de Andrew, nada más finalizar la tensa cena. Desde la desaparición de su hermano parecía una casa de locos— Por muchas horas que pases de vigilia, no vas a conseguir resolver nada.

Bárbara le miró con expresión compungida.

—Es cierto hijo, pero la cama se convierte en un infierno en vez de un lugar de descanso. Mi mente no deja de torturarme por consentir que tu hermano pasara solo en casa el fin de semana.

Habían transcurrido cinco días y no había rastro alguno del benjamín de la familia. Ni la misma policía tenía dudas de que se trataba de un rapto. Sin embargo, hasta el momento, nadie se hacía responsable ni pedían rescate alguno, y esto, desesperaba todavía más, si cabe, a la familia. Le insinuaron que quizá la desaparición pudo ser voluntaria. Bárbara, su madre, sabía muy bien que eso era imposible. Su hijo, de forma consciente, no les mantendría en vilo durante tantos días seguidos. Solamente un rapto podría justificar su silencio.

—Me voy a su habitación  —les dijo levantándose de la mesa.

—Y allí te quedarás toda la noche sufriendo una duermevela que te dejará extenuada —le criticó su hija malhumorada— ¡Estás destrozándote, mamá!

—¡Y qué quieres que haga! —respondió exaltada.

Su estado nervioso traslucía por todo su cuerpo. Unas lágrimas asomaron en sus enrojecidos ojos. Su gran fortaleza se desmoronaba por momentos.

—No te preocupes, mamá –trató de restar tensión su hijo—. Haz lo que creas más conveniente. Si necesitas algo, sólo tienes que llamarnos.

Rodeó con sus brazos el cuello de Jonathan primero y después el de su hija. Los apretó con fuerza.

—¡Dios mío, cómo os quiero! —exclamó con voz entrecortada.

Abandonó el salón dejándolos muy consternados. Durante los últimos días estuvieron sometidos a grandes tensiones. La policía investigando, lo removía todo no dejando títere con cabeza. Los amigos, formando una piña con sus hermanos, no cejaban de preguntarse “¿por qué?”. Sus profesores, pendientes cada instante por si se había producido alguna novedad.

Bárbara entró en el cuarto de baño y se humedeció el rostro. Luego se miró al espejo y rompió a llorar de nuevo.

—¡Señor, ¿por qué merezco este castigo?! —expresó en un hilo de voz, desolada, rota y con deseos de diluirse en el infinito— ¿Dónde he fallado?

Se sentía cansada, perdida, sin ansias de proseguir. Admiró la fortaleza de su marido, que a pesar de la carga emocional que estaba soportando, continuaba ejerciendo su trabajo con energía. Con pasos cansinos, arrastrando los pies, recorrió el pasillo para llegar a la habitación de Andrew. La policía lo había revuelto todo tratando de encontrar alguna pista que les permitiera localizar al muchacho.

Indagaron en hospitales, clínicas, comisarías y en cualquier lugar donde pensaron que podía encontrar alguna pista que les condujera hasta el joven. ¡Nada!

Paseó indolente la mirada por toda la habitación de su hijo, absorta, apesadumbrada. Se sentó finalmente al borde de la cama y apoyando los codos de sus brazos sobre las rodillas cubrió su rostro con las palmas de las manos, rogando a Dios que le devolviera a su hijo. No pudo precisar cuanto tiempo se mantuvo en la misma posición. Sintió dolor en la espalda y un persistente cosquilleo en sus piernas que la obligaron a levantarse de forma repentina.

Inconscientemente dirigió sus pasos hacia la salita de estudio de Andrew. Sobre la mesa de trabajo había un pequeño caos de papeles, libros, periódicos, vasos y algunas piezas de ropa.

A la policía le preocupaba bien poco el aseo.

—¡No toquen nada! —les habían dicho, pero el joven continuaba en paradero desconocido.

De pie, en medio de la estancia, comenzó a recordar los primeros momentos anteriores a la sospecha de la desaparición de Andrew. En su mente se formó la imagen de la mesa, despejada y un curioso libro sobre ella. “Si verum est...”, recordó el inicio. Cuando lo ojeó, de inmediato pudo comprender el excepcional valor del mismo.

—¿Cómo puede tener Andrew una joya como ésta? —se preguntó muy sorprendida.

Después de recrearse un buen rato con su contenido, decidió introducirlo en el estuche y guardarlo en el armario. Más adelante trataría de estudiarlo detenidamente para tratar de conocer su valor histórico. Cuando la policía volvió patas arriba todo el estudio, tembló al pensar que podrían dañar la obra. Apenas le prestaron atención y la dejaron en el mismo lugar. Parecía estar contemplándolo de nuevo y tuvo necesidad de tenerlo entre sus manos y recrearse con su belleza. Sin dudarlo ya, se acercó a la estantería y tomó el estuche. Regresó a la mesa y tras hacerse un hueco, lo abrió.

Su corazón comenzó a latir un poco más deprisa. La belleza que vislumbraba en cada página la asombraba. Mucha gente recurría a ella, considerándola como una experta y muy pocas veces cometía errores al analizar una obra de arte. Las fue pasando y leyendo algún que otro párrafo. Sus sentidos se recreaban ante la belleza de la escritura y la perfección de los grabados. Sus dedos acariciaban con dulzura aquel pergamino, que no tenía duda alguna, era bastante antiguo.

El cansancio comenzó a hacer mella en su cuerpo y sus ojos se entornaban cada vez con más frecuencia.

Cuando alcanzó la página con el grabado que representaba la principesca boda, le dio un vuelco el corazón.

—¡Qué hermoso! —exclamó sin apartar su vista de él.

Estuvo deleitándose durante mucho rato con su belleza, y cada vez que sus ojos se detenían en el rostro del joven príncipe, creía estar viendo el rostro de su hijo Andrew, aunque los rasgos eran orientales.

Pensó que su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Sus dedos se posaron sobre el rostro del príncipe y se imaginó sentir la tibieza de su piel. Una suave luz azul parecía emerger del grabado proporcionándole una majestuosidad muy difícil de definir. Su mente comenzó a relajarse, sintiéndose hipnotizada y fascinada a la vez por el embrujo del momento. Deseó intensamente la presencia de su hijo sin dejar de mirar el rostro del joven príncipe ni apartar sus dedos del grabado. Su corazón se aceleró.

Un ligero temor se apoderó de su mente y quiso separar la mano del libro. Le pareció que una extraña fuerza la mantenía atada a él, sin saber muy bien quién la producía, sí ella misma o la magia del libro. La corriente de luz fluyó lentamente al principio para ir increscendo hasta transformarse en un pequeño huracán, transparente al principio, opaco y denso después.

Bárbara se encontraba al borde del colapso. Asustada hasta el límite, creyó ver que una figura estaba formándose a partir de la intensa niebla azul, y ésta, tomaba la forma y los rasgos de su hijo.

Creyó morir.

Segundos antes de perder el conocimiento, imaginó la figura de Andrew tendida e inerme en el suelo.

Un fuerte dolor en el costado y en la cabeza, le obligaron a volver en sí. Al principio no tenía idea de lo ocurrido. Comprobó que podía moverse a pesar de las molestias y trató de ponerse de pie. Al intentar volverse para levantarse con la ayuda de sus brazos vio el cuerpo de su hijo Andrew completamente desmadejado en el suelo.

Su corazón pareció escaparse del cuerpo. Una tremenda descarga de adrenalina le obligó a ponerse en pie de forma violenta a pesar de los intensos dolores que sentía.

Sin pensarlo dos veces, se lanzó sobre el cuerpo de Andrew.

—¡Andrew... Andrew! —le gritó zarandeándole por los hombros.

El muchacho no hizo movimiento alguno. Ella le miró entre asustada y emocionada. Besó con fuerza ambas mejillas del joven y se abrazó a él con energía.

—¡Andrew, hijo, despierta. Dime algo! —le decía entre sollozos.

Pero el joven permanecía sin mover un solo músculo. Le pasó los labios por el rostro y la frente comprobando que el calor de su cuerpo era normal, su expresión tranquila y parecía dormir beatíficamente. No sabía que hacer, quería gritar loca de alegría por tener a su hijo entre sus brazos, pero no salía de su asombro al pensar en la forma tan extraña en la que había aparecido. ¡Había surgido de la nada!

De repente se quedó helada, estaba sintiendo como una mano rozaba su espalda recorriéndola suavemente hacia la nuca. Miró a su hijo a los ojos pero los mantenía cerrados. Iba a volverse cuando escuchó una voz que parecía venir desde un lugar muy lejano.

—¡Hola, mamá!

Andrew comenzó a abrir los párpados muy despacio, como temiendo que la claridad de la luz le pudiera hacer daño en sus ojos.

Bárbara creyó que iba a desmayarse de nuevo. Abrazó fuertemente a Andrew y rompió a llorar de forma convulsiva.

—¡Andrew, Andrew! —Susurró, con el rostro pegado al de su hijo— ¡Dios mío, que no sea un sueño!

Él, trató de incorporarse. Comprobó que su cuerpo no había sufrido daño alguno y que tan sólo notaba un ligero cansancio muscular.

—Mamá, no estás soñando —le dijo, ahora con su tono de voz normal.

Su mano izquierda mantenía fuertemente asida la daga, se dio cuenta, y la dejó sobre una de las sillas. Se levantaron ambos. Andrew pudo izarla sin aparente esfuerzo y su madre percibió una fuerte musculatura debajo del ligero pijama. Le miró fijamente escudriñando su rostro.

—Pareces otro, Andrew —le dijo en un hilo de voz—. ¡Dios mío! ¿Cómo puedes estar tan moreno? —Volvió a abrazarlo con toda la fuerza de que fue capaz—¡Vamos a avisar a tus hermanos!

El joven sonrió alegre. Todavía sentía una especie de niebla en su mente, pero ya se encontraba mejor. Indudablemente, su viaje hacia el Tíbet fue mucho más traumático y cansado.

—Relájate, mamá —le dijo reposadamente, acariciando su rostro con ternura—. Quiero explicarte lo ocurrido. Te parecerá muy extraño, más bien imposible, pero todo lo que voy a decirte, es cierto —se detuvo unos instantes para ver la reacción de su madre, luego continuó—. Tienes que prometerme que no mencionarás nada de lo que te cuente. Ahora no lo comprendes, pero cuando termine, alguna idea si tendrás de todos los acontecimientos por los que he pasado.

—¡Andrew, estoy muy asustada! —y se puso a temblar recordando los instantes anteriores— No puede ser cierto lo que está ocurriendo.

Volvió a abrazarle muy fuerte besando su rostro de forma compulsiva. Su emoción estaba alcanzando los límites de su resistencia.

—Sí, es cierto —aclaró Andrew tratando de tranquilizarla. Su mano acarició suavemente la cabellera de Bárbara que se sintió desfallecer—. Ahora, por favor, escucha en silencio pero presta mucha atención. Ven, sentémonos.

Bárbara pensó que estaba escuchando la voz de otra persona. Más formada y varonil, con un tono de autoridad impropio de un muchacho de su edad. Andrew inició su explicación relatándole de forma somera como había conseguido el libro que tenía allí, sobre la mesa, y poco después la daga. La tomo de la silla y se la mostró. Su madre volvió a quedar fascinada ante la belleza del arma. Su valor debía de ser incalculable.

Continuó su relato haciendo mucho hincapié que desde el principio se sintió muy excitado por la posesión de ambos objetos. La lectura del libro le atrajo considerablemente y se le hacía difícil dejarla para irse a dormir. Sin previo aviso, comenzó a dirigirse a su madre en latín. Ella le miró asombrada, entendiendo lo que su hijo le decía. No pudo reprimirse y le interrumpió.

—Andrew, ¿donde has aprendido a dialogar en latín? —exclamó con un enorme gesto de sorpresa en su rostro.

—Sigue escuchando mamá, irás comprendiendo.

Ella permaneció ahora atenta. Andrew fue narrando todo lo acaecido tratando de resumir lo necesario para que ella pudiera entender lo sucedido.

—¿Estabas al lado del libro cuando regresé?

—Estaba al lado del libro cuando sucedió algo muy extraño que todavía no puedo comprender. Al percibir tu presencia en medio de una densa niebla azul me desmayé, creo que de pánico.

—El fin de semana que estuvisteis ausentes, pasé muchas horas delante del libro disfrutando de su lectura y de sus grabados.

—Puedo entenderlo, es una maravilla.

Andrew sonrió abiertamente recordando a su autor, que ahora se encuentra en... “¡cielos, en el pasado, ya no existe...!” y su gesto cambó radicalmente. Su madre se dio cuenta.

—¿Ocurre algo, Andrew?

Se concentró unos instantes, inspiró con fuerza y trató de relajar su mente. Segundos después era dueño nuevamente de sus emociones. Continuó su relato y de cómo fue absorbido por esa luz azul de la misma forma que ella había observado a su regreso, pero en dirección opuesta.

—¿Estas insinuando que el libro tiene poder para tragarte e introducirte en su interior? —se extrañó su madre pensando que su hijo podría haber perdido el juicio, pero por otra parte, estaba su repentina aparición— ¡Es para volverse loca!

—Así es, mamá —respondió Andrew—. Ya sé que parece una locura, pero aún queda mucho todavía para que tu asombro no tenga límites.

Ella quiso hacerle mil preguntas seguidas para poder rebatir las tonterías que trataba de decirle. Su hijo era consciente de su incredulidad.

—Escucha —le dijo sosegadamente—, ¿dónde crees que he estado durante éstos días?

Ella negó con la cabeza, pareció no querer escucharle. Después de un tenso silencio que a los dos les pareció una eternidad, Andrew continuo hablando.

—En el Tíbet, en un monasterio de monjes budistas.

—¡Ya...!

—El Dalai Lama del Tíbet tiene un libro exactamente igual al mío. Son dos puertas en el espacio y en el tiempo.

—¿Estás loco hijo...? —exclamó fuera de sí.

—No sé muy bien porqué razón —continuó el joven haciendo caso omiso de la exclamación de su madre—, yo puedo cruzar esas puertas y me traslado de una a la otra. Hace unas horas quizá, esto no lo sé muy bien, todavía me encontraba en el Tíbet, con el Dalai Lama, Dilgo Rimpoché Drupa, en sus aposentos en el palacio de Potala, en la ciudad de Lhasa.

Su madre le escuchaba mirándole con los ojos desmesuradamente abiertos. La tensión sufrida durante los largos días de impaciencia había hecho mella en ella y su estado físico y mental estaban al borde del colapso. Aún así, prestaba toda la atención de que era capaz a sus palabras.

—¿Qué hacías exactamente con el libro cuando se produjo esa niebla azul? —le preguntó, aunque intuía la respuesta.

Su madre le relató los últimos minutos en la sala de estudio antes de su aparición. Comprendió entonces que ella había colaborado en la apertura de la puerta, al igual que Dilgo la primera vez.

—He estado viviendo en el Tíbet aproximadamente, un par de meses y...

—Eso es imposible, Andrew —le interrumpió—. Tan sólo has estado desaparecido cinco días. ¿Ves como algo raro te ha ocurrido como para deformar así la realidad? —Se llevó la mano a la altura del corazón, muy nerviosa por su pensamiento— ¿No te habrán drogado, hijo?

El joven sonrió. Ahora comprendía que el tiempo transcurría en él de diferente forma. Cinco días desparecido de su hogar han supuesto más de dos meses en el pasado. Sin embargo, los efectos de ese tiempo sí se dejaban sentir en su cuerpo y su mente. Volvió a coger el hilo de su relato, tratando de sintetizar de momento. Sin entrar en muchos detalles, le hizo saber de las actividades desarrolladas en el Tíbet. Se quitó la parte superior del pijama para que su madre pudiera comprobar si en cinco días era posible adquirir aquella complexión. Un fuerte contraste entre la tonalidad de su rostro, muy curtido por la fría brisa, y el color blanco de su piel pectoral, que prácticamente no había expuesto al sol.

Le habló en tibetano deletreándole algunos de los objetos que se encontraban en la habitación. Su madre estaba asombrada y era incapaz de reaccionar. Creía a su hijo, pero le parecía totalmente inverosímil lo que le estaba contando.

En un momento dado dio un pequeño grito.

—¡Andrew, estás mintiendo! —exclamó, pero no con rabia o enfado, más bien era el afán de desmontar la enrevesada trama del relato.

—No miento mamá, ¿por qué lo dices?

—El Dalai Lama no vive en el Tíbet —respondió muy ufana por haberle pillado el fallo de su exposición—, está exiliado desde que los chinos invadieron su nación a mediados del siglo pasado.

—Es cierto, el actual Dalai Lama se encuentra exiliado y además, no se llama Dilgo Rimpoché —la miró con un gesto un tanto burlón—. Mi viaje fue al Tíbet, pero cuando allí se encontraban en el siglo XV, exactamente cuando Cristóbal Colón descubrió nuestras tierras. Mamá, no puedes imaginar lo que se siente cuando tienes el privilegio de estar y vivir en un tiempo y lugar imposible de alcanzar ya para el resto de los mortales.

—Andrew, vamos a dejarlo ya —dijo en hilo de voz—. Por hoy no aguanto más, estoy al borde de un ataque de nervios y me puedo desmayar en cualquier momento. Mi mente es un verdadero caos.

El joven lo comprendió. Eran demasiadas emociones juntas para soportarlas todas de golpe. El mismo también se encontraba cansado, además, tenía muchas cosas en las que pensar y asimilar todo lo acontecido.

—Está bien, mamá. Yo también deseo dormir un buen rato.

Bárbara volvió a abrazarse fuertemente a su hijo. Quizá porque ya se encontraba algo más calmada, percibió el fuerte olor que despedía la ropa de Andrew a cera quemada.

—Creo que necesitas una larga ducha, hijo, y quítate ese pijama, huele a mil diablos.

—Tienes mucha razón, necesito una ducha con gran urgencia, ¡No sabes cuanto tiempo sin sentir el cuerpo debajo del chorro de agua!

—¿De verdad te encuentras bien, Andrew? —insistió, no muy convencida de la respuesta que iba a recibir.

—Sí mamá, te lo prometo. Estoy perfectamente, creo que nunca me he sentido tan bien.

Bárbara le besó en ambas mejillas e hizo ademán de salir de la habitación.

—Espera —la retuvo asiéndola de un brazo— ¿Dónde está papá?

—Hoy tenía una junta especial en el periódico. Quizá no venga a dormir, pero ahora mismo le llamo para anunciarle tu regreso.

—Bueno, pero limítate a decirle que he llegado a casa en perfectas condiciones pero sin recordar que me ha sucedido. No quiero que menciones nada de nuestra conversación. Todavía tengo muchas cosas que contarte e irás comprendiendo el por qué de ese silencio. ¡Por favor mamá, no lo olvides! Te prometo que esto no es ningún juego.

—¿Tan sólo debo decir que has llegado a casa sin recordar nada de lo que te ha ocurrido durante estos días?

—Así es.

—¿Crees que la policía y el resto de la gente es necia? —le reprendió cariñosamente.

—Ya me ocuparé yo de las respuestas a sus preguntas —le contestó dándole un ligero pellizco en la barbilla—. Si éstas son estúpidas, las respuestas podrán ser análogas. Tú sabes solamente lo que yo te he dicho, o sea, que no recuerdo nada de lo ocurrido en éstos cinco días.

—Sigo pensando que estás loco, pero te haré caso, para eso eres mi hijo. Ahora descansa. Iré a decirles a tus hermanos que por fin, estás en casa. No dejaré que te molesten, pero si finalmente vienen a verte, te haces el dormido y en paz.

—Gracias mamá —le estampó un sonoro beso en la mejilla —. ¡Te quiero!

Cuando se despertó por la mañana, se encontró a sus dos hermanos mirándole fijamente. No daban crédito a la presencia de Andrew en casa y en la forma en que lo hizo. Se lanzaron sobre él y le abrazaron entre exclamaciones de júbilo.

Le acosaron a preguntas, casi no le permitían contestar.

—¿Te han raptado de verdad? —le dijo su hermana con expresión ingenua.

—No me han raptado hermanita, ¿quién puede tener interés por alguien como yo?

—Por ti no, tonto, por nuestros padres y su dinero, sí.

Andrew les contó que el sábado anterior había salido hacia última hora de la tarde. Después de merendar algo, se había ido al cine para ver una película de orientales y artes marciales. A partir de ahí, no recordaba absolutamente nada de lo que le ha ocurrido.

—Ayer, de madrugada, me encontré delante de la entrada del edificio y sin apenas darme cuenta ya estaba en la cama. Mamá al verme, me despertó para preguntarme lo ocurrido. Se encontraba muy tensa y nerviosa. Cuando me dijo que estuve cinco días en paradero desconocido, casi me muero del susto —relató estos hechos con una naturalidad que los convenció de inmediato. Indudablemente, sus hermanos no eran muy difíciles de engañar.

Más tarde con su padre, ya tuvo que ser algo más habilidoso, pero no se movió de su postura inicial. Le hizo unas recomendaciones para cuando llegara la policía con la intención de interrogarle.

Fue pasando todas las pruebas a las que se vio sometido, llegando al convencimiento del poco interés que demostraban para esclarecer los hechos. Pensó que la policía creía que se trataba de una fuga pasajera propia de un joven de familia adinerada que no sabía muy bien como disfrutar de su tiempo.

Con su madre seguía dialogando por las noches. Después de la cena se reunían en la sala de estudio de Andrew y allí Bárbara, ya estaba tomando conciencia de la realidad que su hijo le transmitía. Le hacía muchas preguntas, algunas de ellas, endiabladamente sibilinas, tratando de desmontar los esquemas de su hijo. Fue comprendiendo que Andrew tenía la lección muy bien aprendida, o simplemente le contaba sus vivencias, que parecían lo más irreal que podía ocurrirle a alguien en sus cabales. Tuvo serias dudas si pudo estar drogado durante esos días viviendo en medio de alucinaciones, pero su estado mental era normal y su estado físico superaba con creces al que tenía cuando desapareció. Un posterior examen médico les liberó de toda preocupación.

 

Se levantó temprano como era habitual en él durante el curso. Desayunó con sus hermanos y juntos se fueron a la calle, cada uno para seguir el camino que le llevaría a sus respectivos centros de estudios.  Tuvo un excelente recibimiento, tanto por parte del profesorado como por sus amigos, que trataron de jugar a detectives e indagar lo sucedido, pero en unos días, el tema estaba olvidado.

Cada día, al finalizar las clases, se reunía una pequeña pandilla de amigos y amigas y regresaban juntos. Como en otras muchas ocasiones, optaron por pasar un rato disfrutando con una partida de bolos. Nada más terminar la última clase, el grupo formado por tres muchachas y tres muchachos, salieron raudos en dirección a la bolera. Por donde pasaban se hacían oír. Eran joviales, revoltosos y muy, pero que muy ruidosos.

Iniciaron las partidas y fueron compitiendo cambiando de parejas. Andrew en un principio y sin apenas darse cuenta, no fallaba un tiro. Sus plenos eran continuos. Los contrarios comenzaron a mofarse de él tratando de ponerle nervioso, cosa que no consiguieron de forma alguna. Sin embargo, sí se dio cuenta de que estaba demostrando demasiado su habilidad para el juego, algo que días atrás, a pesar de jugar muy bien, no se acercaba a este ritmo de aciertos.

Decidió alternar fallos con plenos. Algunos de ellos sin realizar derribos. Esto pareció calmar un poco a sus contrincantes al comprobar que las partidas ya eran algo más reñidas.

—¿Se terminó la racha, Andrew? —comentó su guapa amiga ligeramente enfadada con él, porque ahora hacían pareja e iban perdiendo.

Andrew no hizo caso. Se limitó a disfrutar de la seriedad con la que sus amigos disputaban las partidas, algo que él también hacía no mucho tiempo atrás. Cansados de tanto lanzar las pesadas bolas contra la fila de bolos, emprendieron la marcha hacia la salida. Había oscurecido completamente. Siguieron juntos por la acera de la calle para alcanzar al final de la misma, una de las paradas del bus metropolitano.

La iluminación eléctrica dejaba bastante que desear, produciendo la sensación de encontrarse en los suburbios de la ciudad. Casi nadie caminaba por la calle y el tráfico rodado era más bien escaso. Realmente, era una de esas calles bastante céntricas pero dejada de la mano de Dios.

Continuaron con sus bromas y risas, ajenos a todo lo que les rodeaba. Disfrutaban del momento. Unos cuantos metros más adelante pudieron ver un pequeño grupo de muchachos, quizá más jóvenes que ellos pero de aspecto y catadura nada tranquilizantes. En medio, una anciana que, por su vestimenta, consideraron una indigente.

Andrew se puso en guardia al instante.

—¡Cuidado! —les dijo a sus compañeros— Pueden ser peligrosos.

Redujeron el paso. Una de las chicas dijo que sería mejor cruzar a la otra acera. Los demás permanecieron en silencio y atentos.

Uno de los jóvenes gamberros derribó a la anciana dándole un fuerte empujón. Luego rieron todos a carcajadas. Se dieron cuenta de la presencia de Andrew y sus amigos.

—¡Eh, vosotros, niñatos de papá, venid que os vamos a calentar! —gritó el más alto y fornido del grupo. En su mano derecha portaba un bate de béisbol o algo parecido.

Serían siete u ocho. Andrew no los contó.

—¡Dejad tranquila a la pobre mujer! —les gritó.

—¡Ven guapo, oblíganos tú con esos ademanes tan finos que pareces una mujercita! —exclamó otro de los gamberros tras unas grotescas risotadas.

La luz de la farola iluminó un objeto metálico en su mano que Andrew no dudó en calificar de arma blanca. Inspiró fuertemente y en su mente se formó la imagen de la redada que les tendieron los guardias del Lama que le secuestró. Tensó sus músculos y esperó la reacción del grupo.

—Situaros a mis espaldas —les dijo en voz queda a sus amigos.

—¡Estás loco! —le respondió la misma chica— ¡Corramos hacia la otra acera!

—¡A mis espaldas os digo! —su tono de voz era bajo, pero seco y autoritario, no dejaba lugar a dudas.

—¡Ven, hermoso, ven! —exclamó el más greñudo y sucio del grupo, haciéndole gestos con su mano izquierda mientras que en la derecha blandía una navaja con ánimos de utilizarla.

Caminó unos pasos hacia ellos, mientras se burlaban diciendo verdaderas obscenidades. En el suelo, la anciana trataba inútilmente de levantarse.

—¡Vamos guapo, a qué esperas! —gritó de nuevo, acompañado por las groseras risas de los demás—. Ven a salvar a la dulce y joven princesita.

Andrew se paró a corta distancia y la ayudó. Vestía unas ropas andrajosas, pero su rostro era hermoso y sus rasgos ligeramente orientales. Ella extendió su mano hacia él y le sonrió afablemente, sin expresión de temor alguno en su rostro. Al contrario, podría decirse que estaba divirtiéndose.

—Gracias joven occidental —le dijo la anciana en un idioma incomprensible para los demás pero no para Andrew. Su corazón le dio un vuelco. Creía estar viendo a la anciana en aquella casa derruida en las afueras de Lhasa—. Veo que ya estás de vuelta con tu familia. ¡Me alegro tanto…!

No había duda alguna, la misma mirada, la misma sonrisa, su lengua.

—¡Narizotas —exclamó el que parecía llevar la voz cantante—, pártele la cara de una vez al estúpido ese!

El que atendía por narizotas se adelantó blandiendo un objeto metálico en su mano. La alzó y se dispuso a descargarlo sobre la cabeza de Andrew, que no se inmutó. Cuando la barra se encontraba a escasa distancia de su cabeza, alzó la mano y propinó un golpe seco en la muñeca del narizotas. Se escuchó un fuerte crujido y el gamberro se desplomó en el suelo bramando de dolor. Otro personaje del grupo se lanzó disparado contra Andrew. Se apartó ligeramente y asestó un golpe certero en la base del cráneo. También se desplomó pero sin emitir ni un solo gruñido. Los demás se miraron entre sí, sorprendidos y con temor. Atrás, sus compañeros les miraban entre asombrados y aterrados.

Andrew buscó a la anciana con la mirada. ¡Ni rastro!

—¡Rodearle! —gritó el jefe del clan.

El más canijo del grupo empuñaba una navaja de considerables dimensiones. Dudó un instante y finalmente se lanzó contra Andrew con el arma por delante. Un tremendo golpe sobre su rostro provocado por una patada voladora le dejó inconsciente en el acto.

—¡A por él. Vamos, vamos, ahora! —volvió a gritar el jefecillo.

Andrew aguantó unos instantes el envite de los gamberros. De repente se elevó sobre ellos para situarse a sus espaldas. Se quedaron alucinados ante la demostración de habilidad y fuerza realizada por el joven. Adoptó la clásica posición de lucha y esperó. Volvieron a la carga, pero nunca llegaron a comprender como fueron derribados con tanta rapidez. Andrew parecía volar de un lado a otro, golpeando todas las partes de sus cuerpos, tratando de producir dolor sin causar daño. Su poder de disuasión fue enorme, además, sintió mucha rabia al percatarse de la desaparición de la anciana.

Huyeron espantados dejando tras de sí a sus compinches tendidos en el suelo. Los lamentos de uno de ellos se fueron haciendo más débiles. Probablemente su muñeca estaría rota.

—¡Salgamos de aquí! —dijo Andrew a sus compañeros.

Fue entonces cuando se percató de la presencia de los dos orientales situados entre los coches aparcados en la calle. Le miraban tranquilos y sonrientes. Andrew levantó la mano discretamente a modo de saludo. Ellos inclinaron ligeramente la cabeza en señal de asentimiento. Sus compañeros estaban asombrados y no daban crédito a lo que habían visto. Todavía el pánico se reflejaba en sus rostros, sobre todo, en el de las tres muchachas, que estaban totalmente lívidos. Se abrazaron a él y le dieron las gracias por su actitud. La euforia comenzaba a aparecer en sus rostros tras la enorme descarga de adrenalina que habían sufrido.

—¿Dónde aprendiste todo eso, Andrew? —le preguntaron emocionados.

—Cuestión de constancia y sacrificio en el gimnasio, muchachos.

No se quedaron muy convencidos por la respuesta, pero deseaban ardientemente desaparecer de aquel lugar, al que se prometieron no volverían. A partir de ese momento vieron en Andrew a otra persona con cualidades superiores a las normales y se encargaron de que la fama del joven se extendiera como la espuma.

 

  Fueron pasando los días con normalidad. La asistencia a las clases le bastaba para realizar un adecuado aprendizaje. El resto de las horas se dedicaba a recorrer algunas de las bibliotecas de la ciudad y devorar cualquier libro o enciclopedia que tratara sobre la historia de los países orientales. En poco tiempo adquirió una formación impresionante sobre el pasado del Tíbet y sus relaciones con los países vecinos. Estudio mapas, fotografías, todo lo que llegaba a su alcance.

Conoció la evolución religiosa y sus orígenes, desde que su fundador el príncipe Siddartha Gotama la instaurara como una forma de vida, hasta la actualidad. Estudió la vida del creador del budismo y de todos los Dalai Lama existentes a lo largo de los siglos y sus actuaciones durante sus mandatos, incluyendo la de Dilgo Rimpoché Drupa, que la historia trataba con mucha dignidad y acierto. Le bastaba con leer las páginas una sola vez para recordarlas con memoria fotográfica.

Cuando creyó que los conocimientos adquiridos eran suficientes, comenzó a pensar en su regreso. Trató de hacerlo de tal forma que no levantara suspicacia alguna en toda la que gente les rodeaba, familia, amigos, profesores, policía, etc. Para ello, se inventó un viaje a Europa de duración indefinida.

 

Faltaban escasos minutos para la medianoche. Andrew apoyado en el alfeizar de la ventana de su gabinete contemplaba gran parte de la ciudad completamente iluminada. Las elevadas torres parecían perderse en el cielo. Le hubiera gustado que Dilgo y Taypeck observaran una tecnología que nunca podrían comprender. Por el río navegaban numerosos barcos y barcazas deslizándose con suavidad en los dos sentidos. Producía una extraña sensación de luces desplazándose sobre un amplio manto negro, creando una atmósfera de irrealidad visual.

A sus espaldas se abrió la puerta con suavidad, dando paso a su madre luciendo un hermoso vestido largo de color azul claro con suaves manchas difuminadas de varios colores, formando una preciosa tonalidad.

Se acercó a Andrew que se mantenía en la misma postura. Había cerrado los ojos y en su mente formó la imagen de su madre entrando en la habitación.

—Estás guapísima, mamá —le dijo sin volverse—. El vestido azul ayuda a realzar tu belleza.

—Gracias hijo —respondió ella, adulada por las palabras del joven, pero cayó en la cuenta de que su hijo continuaba mirando por la ventana—. ¡¿Cómo sabes que llevo puesto un vestido azul, Andrew?! —gritó desconcertada.

—Creo que por concentración —giró la cabeza comprobando la certeza de sus palabras. Sintió que sus facultades se estaban potenciando y apareciendo otras nuevas, impropias de personas corrientes.

—Todo esto parece cosa de brujería.

—Bueno. Quizá sí. Depende de lo que se entienda por brujería —se rió desenfadado—. Pero nada de pactos con el diablo, ni hechizos, conjuros, prácticas mágicas o encantamientos nocturnos.

—No te burles, bribón. No es el momento más oportuno.

—Quiero verte sonriente y contenta. Cuando me vaya, deseo recordarte así y será el talismán que me traiga de vuelta, ¡brujilla mía!

Sobre la mesa de estudio, Andrew había colocado el libro y la daga. Debajo de la chaqueta del pijama, la correa y la funda. Estaba preparado.

Esta vez, y sin saber muy bien porqué, encendió una gran vela de cera, decorada de color rojo y con varios dibujos sobre la superficie sin ninguna connotación religiosa o de brujería. Le gustó un día que la vio en un escaparate y sin dudarlo la compró para esta ocasión.

Se colocaron muy juntos delante de la mesa con la mirada fija sobre el grabado del libro.

—¡Dios mío, Andrew, cuanto más veo al príncipe del grabado, más se parece a ti —le dijo, sintiendo un ligero estremecimiento en su cuerpo.

—Es tu mente mamá —le respondió no muy convencido. Él también sentía ese parecido—, que de cuando en cuando, te juega malas pasadas.

Andrew tomó la daga de la mesa y se la llevó a la frente notando el frío metal sobre su piel. Por su cuerpo comenzó a fluir una corriente de fuerza que le hizo elevarse sobre el suelo y levitar. 

La situó a su derecha asiéndole la mano con suavidad, después la acompañó hacia el grabado, posándose sobre el rostro principesco. Con su mano izquierda sujetó firmemente la daga por la empuñadura. El filo emitió un cálido resplandor.

Bárbara se dejó hacer sin mediar palabra. Sus ojos permanecían desmesuradamente abiertos, incrédulos ante lo que se les avecinaba.

Miró el libro, miró el rostro de su hijo, se sintió fascinada por el fulgor de la daga y su mente comenzó a relajarse. Invadida por una extraña y cálida energía que le proporciona bienestar, e incluso la hacía feliz. Apretó fuertemente la mano de su hijo, pasándole la otra por la cintura. Se unió a él  y tuvo la sensación de formar una misma esencia. Andrew mantenía los ojos cerrados y realizaba profundas y espaciadas aspiraciones. Mentalmente veía todo lo que estaba ocurriendo e intuía lo que quedaba por ocurrir.

—Mamá, la puerta va a abrirse —le dijo con voz grave y arrastrando las palabras.

Bárbara fijó la mirada en el grabado percibiendo como iban despareciendo las formas para dar paso a una corriente de luz muy tenue. Lejos de sentir pánico, su rostro se distendió, dulcificándose. La visión le pareció irreal pero muy hermosa. Andrew era absorbido por esa luz y su aspecto iba cambiando. Poco a poco, sus manos se separaron mientras las formas de Andrew se transformaban en una bella y densa niebla en la que todavía se apreciaban sus contornos. Bárbara asistía extasiada a los prolegómenos de su partida. Ya no sentía miedo alguno. Algo en su interior le decía que su destino estaba escrito desde tiempos inmemoriales.

La densa niebla comenzó a girar. De su interior emergió luz de múltiples colores. Bárbara pensó que era su hijo despidiéndose. De golpe y sin detener su acelerado giro, se introdujo bruscamente en el libro y desapareció. Instantes después, aparentemente, en el gabinete todo estaba exactamente igual. No era así.

Andrew había traspasado la puerta y su destino se encontraba muy lejos en el tiempo y en el espacio. Cerró el libro con delicadeza, acariciando brevemente sus páginas. Después lo guardó.


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