RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


LA LEY DEL TALIÓN





"LA LEY DEL TALIÓN"
"OJO POR OJO, DIENTE POR DIENTE"

   

Eduardo se despertó bruscamente y sobresaltado por el terrorífico grito que emitió durante el extraño sueño que había sufrido unos segundos atrás. Se quedó sentado en la cama con ambas manos sujetando fuertemente su rostro, sudando, tiritando y moviéndose compulsivamente. Pensó que su corazón iba a salirse de su pecho y que se encontraba al borde del colapso.

Trató de serenarse, algo que fue consiguiendo muy lentamente. Se levantó y con pasos inseguros se dirigió a la cocina para beber un largo trago de agua directamente de una botella que extrajo de la nevera. Se quedó mirando a través del ventanal observando como iba rompiendo el día y los primeros ruidos comenzaban a sonar en la calle. Era domingo y no tendría que ir al instituto a impartir su asignatura.

Sin prestar demasiada atención a lo que hacía, preparó café, y allí mismo, en la cocina, se tomó la primera taza a pesar de lo caliente que estaba. Se sirvió una segunda y se dirigió al salón comedor. Se sentó en el sofá y comenzó a rememorar su pesadilla. Lo consiguió en parte.

Hacía un par de días que habían enterrado a Eugenio, un compañero suyo fallecido en muy extrañas circunstancia. La última vez que habló con él fue el viernes anterior, al comienzo del largo puente del primero de mayo y al sábado siguiente, de madrugada, encontraron su cadáver en una playa de la costa levantina a la que solía ir cuando podía disfrutar de varios días de asueto. Pudo saber que el cuerpo, a pesar de tener su ropa totalmente destrozada, no presentaba evidencia externa de lesión alguna. Sin embargo, en su rostro se reflejaba una mueca de terror, espanto, sus ojos parecían querer salirse de sus órbitas y su corazón estaba desgarrado, como si hubiera sido oprimido fuertemente por una garra. Los forenses certificaron que su muerte había sido casi instantánea debida a un infarto de miocardio. No detectaron evidencias externas que indujeran a pensar lo contrario, a pesar de ser incapaces de diagnosticar las causas que habían motivado tal efecto y el extraño aspecto que presentaba su corazón.

Fue hacia el mediodía, a la salida del colegio al finalizar las clases cuando se encontraron en una cafetería cercana al centro. Eugenio, su compañero, estaba alegre y locuaz, algo un poco extraño en él, ya que tenía fama de ser tímido y bastante huraño. Le contó que desde hacía unos días se estaba viendo con una mujer encantadora, guapa y culta, gran conversadora y con una dicción perfecta, y de eso, él sabía algo, era profesor de Literatura y Lengua en uno de los institutos de la pequeña ciudad.

“—Nos conocimos en una cafetería —le dijo sonriente—. Se le había caído la cartera y la recogí entregándosela. Su sonrisa fue celestial, Eduardo, puedes creerme. Estuvimos hablando bastante rato, de sus aficiones, de las mías, de mi trabajo, bueno, un poco de todo, ya sabes. Le encanta el mar y dice que es una nadadora excelente. Yo también soy muy aficionado, es más, mañana por la mañana salgo hacia Calpe para pasar allí los días del puente. No sabes la alegría que me dio al decirme que ella también irá. Quedamos en vernos, claro. Pero ahora viene lo mejor. Me dijo que me conocía desde pequeña y me quedé asombrado. Sus rasgos me parecían algo familiares, pero esas cosas ocurren aunque no se hayan visto en la vida. Me dijo que había estudiado en el instituto y que yo le había dado clase un curso, después tuvo que abandonar la ciudad. Le pregunté por su nombre por si lo recordaba. Marta Barragán —me dijo—. Lo siento —le contesté, pero no recuerdo tu nombre. No tiene importancia —añadió—, a partir de ahora no me olvidarás”.

Eduardo creyó recordar que conocía a una alumna que respondía a ese nombre. Su memoria era muy buena y no dudaba que la visualizaría en cualquier momento. Repitieron otra ronda de cervezas acompañadas con un pequeño aperitivo mientras Eugenio no cesaba de loar las excelencias de la mujer que tanto le había impresionado.

“—No puede ser, Eugenio —le interrumpió de improviso y con voz sonora—. Efectivamente, Marta Barragán fue alumna del Instituto, pero hace más de quince años que se suicidó un día en el que su curso disfrutaba de unas jornadas de convivencia en el Cantábrico. Se arrojó por un acantilado. Parece ser que estaba siendo acosada por varias alumnas y alumnos. Recuerdo que, tanto por parte de la familia como por el instituto se trató de darle la menor publicidad a este hecho. Algún padre de los acosadores era un personaje muy importante y trató de ocultarlo y evitar que saliera a la luz pública.”

Eugenio le miró con un gesto estúpido, después sonrió abiertamente

—¡No puede ser! Ella es muy real. Será otra Marta.

—No recuerdo otro apellido como el suyo en todo el tiempo que llevo trabajando en el instituto.

—A lo mejor no fue alumna tuya.

—Bueno, cabe esa posibilidad. De cualquier forma, pienso que alguien trata de tomarte el pelo. No seas excesivamente confiado. Un poco de cautela no te vendrá mal.

Cuando se celebraron las honras fúnebres, una alumna se le acercó diciéndole, con voz muy baja, que deseaba hablar con él en privado. Se apartaron del resto de la concurrencia. La joven le preguntó si conocía una serie de extrañas coincidencias entre personas que habían fallecido a lo largo de los últimos cinco años y que tenían un nexo común, el instituto. Eduardo la miró sorprendido negando con la cabeza.

La joven continuó con su confidencia. Le hizo saber que la primera persona en fallecer y relacionada con el instituto fue una de las compañeras de Marta Barragán y que según los rumores, fue la principal causante de los acosos a los que la sometieron sus compañeros. Unos meses más tarde, falleció, y esto lo recordará, una profesora del instituto que había sido tutora del curso de Marta. Las causas, las mismas, muertes fulminantes por infarto y el rostro desencajado por algo que las aterrorizó. Al año siguiente fallecieron un compañero y una compañera con una diferencia de meses. Parece ser que el compañero se suicidó colgándose en su habitación, la compañera se ahogó, inexplicablemente, en el interior de su bañera. A mediados del año pasado, el padre de la primera fallecida, el acaudalado empresario, encontró la muerte cuando pilotaba su avioneta en uno de sus vuelos rutinarios. Volaba solo y se encontró un cuchillo clavado en su corazón y el mismo gesto de terror en su rostro. Hacia finales de año, otra compañera de las anteriores falleció, probablemente, mientras amamantaba a su segundo hijo. Las circunstancias fueron similares, corazón totalmente desgarrado y un gesto de terror en su rostro. Al niño le encontraron a su lado, dormido y sin daño alguno.

Todos ellos con una relación muy directa con Marta.

Eduardo se sintió desfallecer. En esos instantes no se le ocurría nada, pero era consciente de que tenía que hacer algo para esclarecer y determinar que había de cierto en lo que la alumna le estaba narrando. Optó por hablar con su director y sin dudarlo, se dirigió hacia él, que en esos momentos se encontraba expresando su condolencia a los familiares de Eugenio.

—¡Necesito hablar contigo, urgentemente y en privado! —le dijo Eduardo acercándose al oído del director.

—¿Esta tarde en mi despacho, a las cuatro? —respondió con gesto preocupado.

Eduardo asintió y fue en busca de la joven que le había hecho tal confidencia: Necesitaba indagar algo más si ello fuera posible. No pudo localizarla por ningún lado.

A la hora prevista, Eduardo entraba en el despacho del director del instituto. No había conseguido despejar su nerviosismo y ya comenzaba a pensar que estaba ocurriendo algo que se les escapaba de las manos. Que se trataba de una venganza estaba claro, pero ¿realizada por quién? Y esa pregunta le hacía temblar cada vez que acudía a su mente en el corto espacio de tiempo que era conocedor de tales circunstancias.

Sin esperar a que su director le hiciera pregunta alguna sobre el interés por hablar con él, Eduardo comenzó a explicarle lo que sabía y a través de quién había obtenido tal conocimiento. Habló durante un buen rato sin que el director le interrumpiera ni diera muestras de sorpresa. Tan sólo cuando Eduardo trató de introducir en su relato un cierto aire de espiritismo, el director le hizo saber que la policía ya tenía conocimiento de estos hechos y que llevaban mucho tiempo investigando. Habían acudido a él por si podía aportar algo nuevo sobre lo que sabían. Les ofreció toda la información disponible en el colegio sobre Marta, sus compañeros y familiares. La policía le había rogado que no hiciera uso alguno de toda la información que obraba en su poder, ya que la investigación, a pesar de certificar los forenses que las muertes habían sido por causas naturales a excepción del padre de una alumna, el cual, al parecer, se suicidó mientras pilotaba su avioneta, seguía abierta. Los padres de Marta habían abandonado la ciudad poco después de aquel luctuoso suceso, pero a pesar de todo, los tenían bajo control, a ellos y a sus allegados.

—¡Ya! ¿Pero quién será él o la siguiente? Parece ser que los profesores del instituto también estamos en riesgo de que nos ocurra algo parecido. Una de las muchachas había abandonado años atrás la ciudad y falleció en su nuevo domicilio, a muchos kilómetros de aquí, lo que equivale a decir que el hecho de huir no es una solución.

Sintió una fuerte descarga de adrenalina al pensar que la joven que le proporcionó tan detallada información fuera… “¡Nooo…, imposible!”, se dijo mentalmente mientras apretaba con fuerza las mandíbulas hasta que sintió dolor.

—Sólo nos resta esperar que no vuelvan a ocurrir más muertes y que la venganza de la persona causante de las mismas haya concluido. Te ruego que seas comedido, cualquier comentario puede ser mal interpretado y provocar pánico. ¿Te encuentras bien…? —le preguntó al ver su rostro desencajado.

Fue transcurriendo el tiempo sin que volviera a ocurrir nada extraño, por lo que los estados de ánimo fueron apaciguándose y los que tenían conocimiento de estos sucesos volvieron de nuevo a la rutina diaria. No así le sucedió al director del centro. Era consciente del peligro a los que algunos, y no sabía quienes, se encontraban expuestos. Pensó en él mismo, ya que no había actuado con la contundencia debida cuando tuvo conocimiento de aquellos abusos y acoso sobre la pobre Marta. El adinerado padre de Susana, la cabecilla del grupo le había llegado a amenazar con su expulsión del centro, alegando que disponía de medios para ello, y no estaba dispuesto a que una niña absurda y vulgar, sin carácter, que no contenta con denunciar a sus compañeros, había decidido quitarse la vida, fuera a poner en entredicho el buen nombre de su familia. ¡Tenía que ser muy prudente y estar en constante vigilia!

Habían transcurrido tres años desde el fallecimiento de Eugenio y el curso académico había terminado. Era un viernes de finales de junio y en el centro había cesado toda actividad académica. Tan sólo parte del personal de administración permanecería en sus puestos de trabajo hasta finales de junio. El director se encontraba en su despacho preparando la documentación a presentar en la dirección territorial. Unos golpes en la puerta le obligaron a levantar la vista y observó como se entreabría.

—Adelante —exclamó cuando una joven alumna ya casi se encontraba en el interior.

Entró, cerró la puerta y muy despacio se acercó a la mesa del director.

—Buenas tardes, don Antonio, ¿está usted bien? Soy Marta.

Un ligero estremecimiento recorrió todo su cuerpo sin saber exactamente porqué.

—Buenas tardes —contestó Antonio— ¿Marta…?

La alumna no contestó enseguida limitándose a sonreír. Después de unos instantes le dijo su nombre completo.

—Marta Barragán Cifuentes…

—¡No te burles, jovencita! —respondió gritando con rabia pero también con mucho temor.

—Compruébalo, querido director. En tu ordenador tendrás todavía mi ficha completa y con una fotografía, creo que muy actual.

Antonio, se sentía inmerso en una escena irreal, miraba alternativamente a Marta y al ordenador. Le daba pánico llegar a la confirmación de sus palabras. Finalmente, tomó el ratón entre sus manos y torpemente fue accediendo a los archivos de dieciocho años atrás. Abrió el de Marta. Sus manos, su rostro, su cuerpo estaban inmersos en un baño de sudor. Con un clic de ratón exageradamente fuerte, abrió el archivo que contenía la foto de la joven. Se quedó aterrorizado. Eran exactamente iguales.

—¡Dios mío, no es posible! —comenzó a balbucear.

No podía dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo pero que su razón le estaba negando. Sabía que Marta no había tenido nunca una hermana gemela, era hija única.

—¿Te convences, querido director? Pues claro que soy yo y he venido a buscarte. Eres uno de la larga lista y creo que ya te lo imaginabas. Tu cámara está en grabación y lleva haciéndolo muchos días, lo que indica que algo esperabas, pero seguramente no a mi, algo más real, quizá.

—¡No puedes ser Marta! ¡Señor, no puede serlo!

—Piensa lo que quieras, el resultado será el mismo. Y ahora presta atención. Quiero que vayas escribiendo todo lo que te diga.

—Con la cámara será suficiente —quiso aclararle tímidamente.

—Te equivocas. Comprueba lo que estás grabando.

Antonio le hizo caso y manipuló en el ordenador hasta que visualizó todo el despacho en su pantalla. ¡Ni rastro de Marta!  “¿Pero si está aquí en frente? —pensó horrorizado y apenas percibe que la joven estaba hablando de nuevo.

—Comenzaré por el principio —le dijo con voz pausada pero sonora y su mirada fija en los ojos del director que se encontraba subyugado y atemorizado—. En el transcurso de aquella maldita convivencia en el Cantábrico tuve varios altercados provocados por las alumnas; Susana, Esther y Elvira, y el peripatético acompañante de Susana, Alberto. Habían decidido divertirse, como en otras ocasiones, a mi costa. Era su blanco ideal. Cuando caminábamos por la montaña, después de abandonar el autobús, y nos dirigíamos hacia un bonito lugar donde había un faro, sin darme cuenta, me quedé algo rezagada. El sendero era retorcido y sorteaba montículos, rocas y árboles y pronto perdí de vista al resto del grupo, por lo que decidí apresurarme para alcanzarlos. ¡Qué equivocada estaba! Detrás de una roca estaban ocultos el dichoso cuarteto, y se hicieron visibles de improviso. Sus gestos no presagiaban nada bueno y sin mediar palabra, se dirigieron presurosos hacia mí, me sujetaron tapándome la boca, me apartaron del camino y me tumbaron detrás de una roca. ¿Vas comprendiendo, director?

El terror seguía manteniéndolo inmovilizado, incapaz de reaccionar o tomar decisión alguna. Tan sólo pudo asentir con un ligero ladeo de cabeza.

—Quise revolverme pero me tenían bien sujeta. Me abofetearon mientras me decían obscenidades. Me destrozaron la ropa, descubrieron mis pechos y retorcieron mis pezones causándome un enorme daño. No conformes con esto, me pellizcaron por todo el cuerpo, con saña, con meticulosidad, parecían bien entrenadas. Bajaron mis bragas y se ensañaron con mi sexo a la vez que jaleaban al cretino de Alberto para que me violara. Pobre diablo. Ante la insistencia y las obscenidades de Susana, se le revolvieron las tripas y tuvo que apartarse para vomitar. Susana se lanzó detrás de él para insultarse, agarrándole del brazo para que volviera y obedeciera sus mandatos. En esos instantes, las otras dos se olvidaron un poco de mi, pendientes de la disputa entre la jefa y su pretendiente. Fue entonces cuando vi la posibilidad de salir corriendo, y así lo hice.

Se detuvo unos instantes como si necesitase respirar, ¡qué anacronismo, respirar! Antonio se abstuvo de mediar palabra, se sentía incapaz.

—Delante de mí se iniciaba una ligera pendiente que finalizaba bruscamente en los acantilados. No fui consciente de lo que hacía. Mi pánico era tan grande que mi capacidad para pensar era nula. En unos instantes me vi catapultada hacia un vacío que no deseaba aunque dudé entre lo que sería peor. Mi terror fue tan grande que deseé, con todas mis fuerzas, abandonar, huir de mi cuerpo que se precipitaba hacia la nada. Desde ese instante, me pareció que la caída se ralentizaba y creí que no iba a alcanzar nunca el final, las estremecedoras y puntiagudas rocas donde batía el mar desde el principio de los tiempos, cubriéndolas de espuma a cada acometida de las olas y conformando su actual y terrorífica orografía. Vi como mi cuerpo impactaba contra ellas pero no sentí nada. Tenía la sensación de que ascendía en vez de bajar siguiendo la trayectoria de mi cuerpo. Poco después sobrevino la oscuridad total. Podía sentir que me deslizaba por el espacio pero no estaba segura de ello. Y así fue transcurriendo el tiempo aunque no tenía consciencia de la realidad, ni sabía si existía la realidad. Oscuridad absoluta, ausencia de materia, la nada, pero seguía rememorando los sucesos que me habían conducido a tal estado y sentía pánico, un pánico infinito pensando que podría mantenerme así por toda la eternidad. ¿Es esto el infierno?, pensaba continuamente, pero no encontraba respuesta alguna. ¿Podría existir algo peor…?

“¡Dios mío, tiene que ser un sueño? —pensaba Antonio aterrorizado— ¡No puede ser verdad! ¿Estaré desvariando?”

Deseaba hacerle mil preguntas pero su mente racional se negaba a ello. De cuando en cuando, miraba la pantalla del ordenador y ni rastro de la joven, pero levantaba nuevamente la vista y allí estaba, en frente, en la misma posición, con el mismo gesto, la misma mirada y comprendía que no era algo vivo, entonces, ¿qué era?

—Demasiadas preguntas te haces, querido director, que ya no tienen ningún sentido para ti las respuestas. Continua escribiendo, por favor, no queda mucho, o eso creo, ya que nada depende de mí.

A pesar del sinsentido de las palabras, Antonio le hizo caso y se dispuso a seguir plasmando sobre el papel las palabras de la joven. Su nerviosismo era tal que apenas reconocía su propia letra. Creyó que aunque quisiera negarse, no podría. En algunos instantes sintió unas opresiones en el corazón que le obligaban a obedecer.

—A partir de un momento determinado, comencé a intuir presencias cercanas. Algo indefinido pero diferente al periodo anterior. Pensé que quizá me encontraría con otros seres en las mismas circunstancias que las mías. Por supuesto, me equivocaba. Pero cada vez me sentía más cerca de algo o de alguien, hasta que comencé a vislumbrar muy tenuemente, le presencia de Susana. ¿Merezco más castigo todavía teniendo que soportar su visión?, pensaba en medio de una tremenda frustración y odio. Ansiaba rodearla con mis brazos y provocarle una muerte lenta y dolorosa, pero era algo que no estaba al alcance de mi mano, todavía.

“A medida que transcurrían los días, y ahora si tenía consciencia de su transcurso, mi odio iba alcanzando límites inverosímiles, imposibles de reprimir y me provocaba terror el pensar que tal situación se hiciese eterna. En un ser vivo, le hubiera conducido a la locura o a la muerte. Quizá ese mismo odio fuera el alimento de mi fortaleza ya que cada día me sentía con más fuerzas y más poder, llegando a provocar a mi alrededor sensaciones extrañas que comenzaron a acongojarla, sintiendo que algo estaba interfiriendo en su existencia y que poco a poco fue transformándose en terror. Miraba a hurtadillas hacia sus espaldas, hacia los rincones ocultos, sentía miedo en la oscuridad percibiendo fuerzas extrañas y ocultas que la mantenían en constante vigilia. En alguna ocasión traté de abalanzarme sobre ella, deseosa de acabar con su vida sin conseguir efecto alguno, quizá un ligero movimiento del aire a su alrededor y nada más. Pero yo me sentía cada día más próxima a ella, era mi odio el que alimentaba ese acercamiento hasta que conseguí que me visualizara. Fue a la entrada a su cuidado chalé y me invitó a entrar. Pensó que era la hija de uno de sus vecinos. Cuando le dije quién era y los motivos que me había conducido allí, no me creyó. Pero su rostro adquirió una lividez cadavérica y se mantuvo en silencio. Y comencé a relatarle lo que has escuchado tú ahora y comprendió, me había intuido días atrás y ahora supo que estaba allí para acabar con su vida. Acerqué mi mano hacia su corazón. Hizo ademán de retirarse pero no lo consiguió, su terror la mantuvo inmovilizada esperando el desenlace. Atravesé su piel,  sus músculos, sus huesos hasta que alcancé su corazón. El terror seguía anidado en su rostro y cuando sintió mi mano acariciando su corazón, emitió un grito espeluznante y el placer que sentí me motivó a continuar apretando con fuerza. Comenzó a rasgarse la ropa tratando de separar mi brazo, que no consiguió tocar. Pude sentir como se deshacía entre mis dedos mientras ella iba cayendo al suelo quedando su cuerpo desmadejado en una postura ridícula.”

Se detuvo unos instantes y fijó su fría mirada en los ojos de Antonio que había detenido su escritura al escuchar sus últimas palabras, prolegómeno de lo que le esperaba a él.

—Continua escribiendo, Antonio —y espero a que obedeciera su orden, después continuó—: En ese instante, volví a sentir un pánico atroz al pensar que su alma pudiera estar vagando con la mía en medio de la nada. No fue así y regresé sola a no sé dónde. Todo volvió a repetirse exactamente igual con los demás; Esther, Elvira y Alberto. También sucedió con mi tutora, a la que hacía confidencias y se burlaba socarronamente de mí. El padre de Susana, que tuvo el valor de clavarse un puñal cuando sintió mi mano sobre su corazón. Conseguí que la avioneta se estrellara en medio de la pista de aterrizaje. Él ya estaba muerto muchos minutos atrás. No pudo resistir el conocer hasta dónde había llegado la implicación de su hija en mi muerte. Después le llegó el turno al profesor de lengua, ante el que denuncié a mis compañeros y trató sacar provecho de la confidencia con demasiado descaro. No puedo decir que haya elegido a mis víctimas, ni el orden de las mismas. En cada momento sucedió de improviso y no había un antes ni hubo un después. Ahora, contigo, todos, todos, habréis asumido vuestra culpabilidad.

Antonio quiso rebelarse, trató de levantarse y salir corriendo. No pudo mover ni un solo músculo. Después fijó bobaliconamente, su mirada sobre el escrito.

—¿Qué piensas hacer con esto? Nadie va a creerme. No quedarán evidencias de tu presencia aquí.

—Ahora te dictaré la prueba que dará fe al mismo. Escribe. En la antigua vivienda de mis padres, debajo de la cama que está en la que fue mi habitación, hay un trozo de rodapié que encaja a la perfección entre los dos que le rodean y es difícil de mover sin la ayuda de una palanca. Oculta un pequeño hueco donde depositaba mis caprichos y un resumen de todas las tropelías a las que me vi sometida por mis asesinos. Ahora que todo va a cumplirse, quiero que se conozca la verdad, ¡yo no me suicidé, me asesinaron!, y deseo que se adopten las medidas para evitar este tipo de tropelías, demasiado frecuentes ya en mi época y que quedaron impunes.

Marta rodeó la mesa del director y leyó por encima de su hombro lo que había escrito, después, introdujo lentamente su mano en el cuerpo del director y acarició su corazón.

—Ojo por ojo, diente por diente, director. La Ley del Talión se ha cumplido de nuevo.

Un grito espeluznante y prolongado se dejó oír por los pasillos del instituto. Varias personas corrieron hacia el despacho del director y entraron atropelladamente. Pudieron ver como el cuerpo del director se estaba convulsionando violentamente, sus brazos se agitaban desesperadamente en el aire y sus ojos parecían salirse de sus órbitas. Cuando llegaron a su lado, un último estertor le dejó totalmente desmadejado sobre el sillón. Estaba solo, con la pantalla de su ordenador encendida y visualizando el interior del despacho, y unos papeles manuscritos sobre su mesa. Comprobaron que había fallecido y de inmediato llamaron a la policía para poner en su conocimiento el luctuoso suceso.

Marta todavía pudo ver algo de esta escena antes de perderse en la oscuridad y la nada eterna.

 

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