RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


¿QUIÉN DA LA VEZ?





¿QUIÉN DA LA VEZ?

Caminaba despacio con la mirada perdida, a ratos en los escaparates de los numerosos establecimientos comerciales situados en una de las principales calles de la ciudad, en otros, simplemente hacia el suelo. No. No tenía miedo de tropezar. Evidentemente, los seres humanos somos así en muchas ocasiones, miramos al suelo sin motivo aparente ni por un deseo concreto, quizá pensando que nuestro ensimismamiento es mayor y de mejor calidad en esas condiciones. A veces he llegado a pensar si será por pura vergüenza.

Serían poco más de las siete de la tarde del primer lunes de octubre. El sol se estaba acercando a su ocaso después de haber calentado a conciencia el asfalto, ya de por sí deteriorado, de la ciudad y el frescor, preludio del anochecer empezaba a notarse. Me encontraba en esa hora en la que los vampiros urbanos comienzan a prepararse para salir a la calle y ponerse ciegos de litronas, alcohol garrafero, porros y otras cosas peores mientras las vulgares palomas nos dirigimos al nido evitando males mayores.

No había un exceso de gente por las aceras, algo bastante inusual a estas horas, pero el día de la semana y la agudizada crisis  que llevaba asolándonos algunos años y sin deseos aparentes de abandonarnos, no propiciaban demasiado la alegría de los gastadores habituales.

Tuve que detenerme ante un semáforo. Mostraba encendido el color rojo indicándome que correría serio peligro si lo obviaba, tal como había sido mi primera intención. La prudencia es ese sentido al cual, con demasiada frecuencia, no hacemos ni puñetero caso. Pero también tengo que decirlo; ¡odio los semáforos en rojo! En una ocasión me dije; tengo que saber cuanto tiempo de mi vida pierdo parado ante estos estúpidos artefactos que tratan de regularme la existencia diaria. Cogí mi cronómetro Tag Heuer y comencé la ingrata labor de determinarlo. ¡Inconsciente de mi! Ante el cuarto semáforo ya me encontraba desquiciado. En algunos lugares de esta santa ciudad, para cruzar la calle debes sortear tres e incluso cuatro de estos malditos artilugios. ¡Desistí, claro que desistí; por mi salud mental!

Y en ese preciso instante, el rojo da paso al verde. Entonces miro de reojo hacia mi izquierda (también es cierto que podía haberlo hecho hacia la derecha, pero no fue ese el caso) y percibo la imagen de una persona conocida. Sin cortarme un ápice le cojo de su brazo derecho, cuya mano lleva hundida en el bolsillo de su pantalón vaquero, quizá como protección de su cartera y dineros. Al sentir su cuerpo profanado, giró su cabeza para ver quién era el artícife de tal grosería en plena calle, y se encuentra con mi rostro dibujando un gesto sonriente y burlón. Me pareció verle un tanto envejecido pero su expresión seguía delatándolo.

—¿De paseo, Fabián? —me dirijo a él con un tono de voz alto para impedir que los decibelios callejeros no ahogaran mis palabras.

Me miró con un gesto de ligera sorpresa y un ligero tic en su ojo izquierdo. De inmediato sacó la mano del bolsillo para estrechar la mía.

—¡Hombre, cuánto tiempo! —respondió relajado y sin ningún atisbo ya de sorpresa.

Nos dimos un fuerte apretón de manos y  cruzamos la calle. Nos detuvimos delante de un escaparate, bien iluminado que nos permitió vernos las caras con mayor precisión, el velo del anochecer comenzaba a caer y las farolas de las calles, que se iluminaban automáticamente gracias a la fuerza de la tecnología, ahora por la crisis eran reacias a malgastar energía y alargaban el tiempo de conexión para cumplir con lo que les era propio.

Tengo que decir que a Fabián no es necesario tirarle de la lengua, sabe darle gusto el solo. Comenzó preguntándome disparando las preguntas, una detrás de otra casi sin apenas tiempo de escuchar mi respuesta y mucho menos asimilarla. Probablemente tampoco le importaban.

Pero él es así. Tras una pequeña puesta al día, nos dijimos que aquel no era un lugar adecuado para nuestras confesiones y las confesiones aderezadas con un copazo de algo suelen ser mucho más amenas.

Me contó que su familia se encontraba perfectamente, que sus hijos continuaban trabajando y que sus nietos eran unos perfectos bordes, pero él los adoraba. Tan sólo le jodía una cosa; no poder tenerlos con mayor frecuencia. Ahora precisamente que ya estaba jubilado y que podría disponer de un poco más de tiempo. También reconoció que, cuando alargaban el tiempo de visita se ponía de los nervios. 

Sentados sobre unos altos taburetes y en una de esas mesas que estando de pie casi la rozas con las narices, dos jarras de rubia cerveza con el cristal totalmente empañado nos alegraban el espíritu, hicimos un pequeño brindis. 

—¡Salud! —le digo. 

—¡Salud! —responde escuetamente, algo extraño en él, ya que le gusta aderezarlo todo.

Tengo que reconocer que casi la bebo de un solo trago. ¡Estaba buenísima!

Como sabía que yo poco podría contarle de mis avatares diarios, y no por falta de ganas, que apenas deja hablar, pero te puedes reír cosa mala con él, le pregunté como llevaba el día a día después de la jubilación, ahora inmerso en la ciudad y sin apenar ver el cielo ni disfrutar un aire menos viciado (en este santo planeta todo y todos estamos viciados, incluso el aire).

—¿Qué puedo contarte de esta nueva etapa que tú no sepas? Y es que para mí, los días pasan con cargas agotadoras de tensión, estrés, falta de tiempo, sueño, etc… ¡Para qué voy a contarte! Bueno, bueno…, pues te cuento:

“Mis jornadas son agotadoras y estresantes, repito. Me levanto cada día cuando me despierto y a veces cuando me da la gana. Hago así como doscientas inspiraciones profundas para que las constantes vitales se desperecen, a pesar de que eso cansa. A renglón seguido, tras un ligero chapoteo en el cuarto de baño, me siento en la obligación (¡ay, siempre están presentes las obligaciones!) de sentarme en la mesa a fin de reponer combustible para que mi aletargado cuerpo se ponga a régimen (no de comida, de actividad)”.

“A través de la “caja tonta” voy siguiendo las noticias de la mañana. La mayoría de las veces me ponen de malhumor, pero soy consciente de que hay que estar informado para lo que pueda suceder a lo largo del día, no vaya a ocurrir que a nuestra Comunidad le de por seguir el ejemplo de Crimea y nos encontremos, sin haberlo buscado, ciudadanos de ningún lugar, sin DNI ni Pasaporte que sean relevantes y que como mucho se pueda acceder a esa Comunidad situada un poquito más al norte, conocida en el exterior como Catalonia o algo así,  y que pretende hacer lo mismo. ¡Somos humanos recién bajados de los árboles!”.  

Se detuvo, alargó la mano y asió con fuerza la jarra, pensando que quizá pudiera huir y dejarlo en la más pura soledad.  Se la terminó de un trago y levantando el brazo para llamar la atención del camarero, formó una uve con dos dedos indicándole que necesitábamos dos más, porque no creo que estuviera haciendo la señal de victoria como los aspirantes a butaca en el Congreso o simplemente, en un salón de plenos de un Ayuntamiento.  Bueno, en las algaradas callejeras también proliferan este tipo de ademanes. Debe de ser por simpatía. El camarero, con cara de vivaracho e inteligente, como debe ser para ejercer de buen profesional, se acercó diligente con las dos nuevas jarras, y en esta ocasión con unas menudencias sobre un escueto platito.

—Sólo me faltaba la congestión Real entre abdicaciones y nombramientos— continuó con ánimos renovados—. Ahora, además, nos abruma la preocupación de que a nuestro ex rey le empiecen a caer contenciosos administrativos o le exijan pruebas de paternidad. ¡Dónde hemos llegado! Cuando decido apagar la “caja tonta” ya me encuentro superagotado, y es que con esta actividad frenética no sé si podré resistir el día entero. Ya sólo pienso en la siesta.

“Como la obligación manda, le llega el turno a la prensa escrita. Leo la primera página de un diario local y de otro nacional. Aquí ya me entran ganas de llorar, pero resisto, me animo mentalmente, sé que debo ser fuerte y cumplir con mis compromisos diarios aunque el estrés y el cansancio traten de hacer presa y me abatan. Pero lo consiguen y hacen presa y me abaten. ¿Seré un ser débil? ¿Viviré en un mundo cruel? ¡Como añoro el curro!

“Y lo peor está por venir. Toca sesión diaria de bolsa. Me armo de valor, llamo a gritos a mi paciencia (¡qué nunca la encuentro cuando la necesito!), me pongo las gafas de sol (así se notan mucho menos las ojeras y el malhumor matinal), cojo la bolsa y salgo corriendo (y eso es un decir) hasta la puerta del ascensor, aprieto el botón de llamada, despacio, acariciándolo para que tarde en acudir y no me imponga con premura la horripilante sensación del espacio abierto y cuando llega lo insulto despiadadamente. Bajo (en mi edificio, la calle está abajo) y recibo la primera bofetada dolorosa del día, la exposición al aire contaminado de pestilencias. Las acequias, dicen, que llevan poco agua…”.

“Ahora sí, con diligencia, cruzo la calle y entro en la panadería. Al menos, los efluvios que se perciben en su interior son muy agradables, incluso propician la aparición del hambre. La panadera me mira con la misma cara de siempre, es comprensiva y me da los buenos días. Le acerco la bolsa y con exquisito cuidado introduce dos barras de pan recién horneadas. ¡Lo mejor de la mañana, casi mediodía ya!”

“Abandono el lugar y desando lo andado, obligándome a hacerlo con la rapidez conveniente para no fenecer en la atmósfera viciada y tórrida. Cuando llego a la paz del hogar mi respiración ya es muy agitada por el esfuerzo realizado. El cansancio me domina, el estrés me atenaza y mi mente me amenaza con marcharse a pasear a los campos oníricos de la mano de Morfeo. Siento mi pulso acelerado, ¿será taquicardia? ¡Cruel realidad!

“Pienso que quizá mi mente se encuentra abotargada por falta de uso y me planteo la necesidad de darle algo de “caña”. Me pongo delante del “ordenata”, lo miro, sin calidez alguna, aprieto el botón de los sudokus y me planteo continuar resolviendo el que ya había empezado meses atrás. La alarma de los correos se enciende y mi curiosidad innata me lleva a ver lo que hay de nuevo… y de viejo. Me encuentro con un correo. ¡Uff, menos mal –me digo—, es de finales del mes de agosto del 2014! Pienso que más vale tarde que nunca. Sé que no tengo remedio, pero es cuestión de genes y los míos son así de impertinentes. Lo abro y descubro que mis compañeros de curro, a los que todavía no les ha llegado la hora de ser contratados por el Ministerio de Trabajo, sección Pensionistas, quieren realizar un “festorro” de confraternización con los que están en el exilio. ¡Y me lo he perdido por vago…!”

“Mi agotamiento ya es total y espero con ansias la hora de la siesta, mientras tanto, creo que me voy a servir un “riojita” con unos taquitos de jamón. ¡Y lo hago, vaya si lo hago!”

Estoy sorprendido. ¡Éste no es mi Fabián¡ ¡Sólo le falta ponerse a llorar!, pienso conmovido.

—Estoy viviendo cosas alucinantes. Nunca hubiera podido imaginarme que la finalización de tu vida laboral pudiera llegar a ser tan negra. Voy de cabreo en cabreo. Esta mañana, sin ir más lejos, tuve que ir al ambulatorio que me corresponde para pedir fecha y hora para la vacunación de la gripe. Ahora ya eres mayor, me dijo el médico de cabecera. Pero doctor, si me he jubilado hace apenas nada. Pues por eso, hombre, pues por eso. Ahora eres jubilado y tienes que vacunarte y cuidarte para llevar una vida sana y feliz. Te vas a la ventanilla de recepción y allí te lo arreglan. ¡Oye, me entraron ansias asesinas. Sólo le faltó el canto de un euro para darme palmaditas en la espalda!

“Cara a una ventanilla corrida había un grupo de gente, ¡veterana!, pensé que estaban esperando para hablar con la persona de recepción, una mujer con cara de muy poco amigos, ¡te lo juro!, creo que empecé a temblar. Pregunto a un hombre con cara de buenos amigos quién era el último. Una señora, entrada en años, más que jubilada, parecía tener un pie en…, y sentada en una silla, me dice; “soy yo, señor”. Gracias, le respondo y me dedico a mirar hacia la calle para entretener la vista, ya que la mente era imposible”.

“Cuando empezaba a tranquilizarme y mi mente se deslizaba por las verdes praderas buscando ese remanso del que tanto hablan los escritores, escucho un golpe fuerte y se abre la puerta de cristal del ambulatorio. De nuevo palpitaciones. ¿Para que sirven todos esos carteles pegados en las paredes en los que se escenifica a una enfermera guapa solicitando silencio llevándose el índice a la boca? ¡Ni caso! Me dieron ganas de hacer lo que Jesucristo en el templo. Entra una señora oronda, con gesto contrito, toda desmelenada y su rostro totalmente acalorado. Podría ser del calor, quizá se había desplazado caminando o posiblemente era su mala leche que se encontraba en ebullición y soltó aquello de:

—¿Quién da la vez?

La miré abobado y tímidamente llevé mi índice sobre mi pecho. Quise pasar desapercibido pero hubiera sido perder “mi vez” y no estaba dispuesto. ¡Faltaría más! Cuando ya parecía que la calma se había aposentado sobre el grupo, entra otra mujer, ésta muy peripuesta, con tacones altos y pisando fuerte. Se dirige directamente hacia la oficinista encargada de proporcionarte el día y la hora del ritual. Sin encomendarse ni al diablo, ya que a dios hubiera sido tener exceso de cara dura, y sin pedirle la vez a nadie, comienza a hablar con la oficinista ante la perplejidad de la persona que en ese instante hacía su gestión. Incapaz de decirle nada a la intrusa, mi sangre revuelta me obliga a increparla yo diciéndole:

—¡Señora, tenga la amabilidad de ponerse a la cola como los demás! —la reprendo y, además, me asombro de mi mala leche— Pida su vez como todo buen hijo de vecino.

—¡Oiga usted, yo ya he estado aquí antes, no necesito pedir mi vez! —responde con indignación— y no voy a hacer cola porque tengo prisa.

—Prisa la tenemos todos, ¿o se cree que éste es un lugar de esparcimiento? —trato de que mis palabras no den la impresión de mi enfado taquicárdico.

—¡Usted no puede tener prisa. Usted ya está jubilado! —responde con una mala uva fuera de lugar y con desprecio absoluto como si estuviera a mil años luz de estos simples terícolas.

“¿Cómo es posible que ahora, en la jubilación, se despierten en mí, ansias asesinas y depredadoras?”

“El resto de las personas, que se sintieron también ninguneadas, exclamaron; “guarde cola, señora, no tenga la cara tan dura”. La individua, al comprender que ya no era yo sólo, muy digna, alzó la cabeza e inició la huida con la misma rapidez con la que había entrado. ¡Qué desfachatez!  A la gente sólo le faltó aplaudirme. La oficinista nos miró con un gesto circunspecto pero no se dignó a hacer comentario alguno. Probablemente estaba muy al tanto de estos sucedidos”.

Otra vez elevamos las copas y nos premiamos con otro largo trago. Las menudencias ya habían desaparecido del plato.

—¿Comprendes ahora por qué este ajetreo estresa tanto? Siempre estás en un ¡ay!, y cuando comienzas a recuperarte de algo, ya te viene otra encima.

Creo comprender que su enfado no está amamantado por tal suceso, y así se lo hago comprender.

—Pero, ¿en qué país vives? —me espeta abroncándome— Eso es el pan nuestro de cada día. Tratan de colarse en la farmacia, en la panadería, en el supermercado, en cualquier lugar en los que se produce aglomeración de gente y hay que respetar un turno. A veces llegan, se dirigen directamente al dependiente o dependienta, les sonríen, les dicen “¡Oye, un segundo, por favor” y miran a la persona que están atendiendo para soltarles con una caradura infinita; “¿A usted no le importa, verdad?, la deja alelada y sin capacidad cognoscitiva de respuesta y continúa haciendo la compra como si tal cosa. En las colas se escuchan murmullos, a veces palabras mal sonantes pero la individua, ajena a todo, va a la suya. ¡Qué me quiten lo bailado!, pensará la muy bellaca.

—Bueno, pero eso quizá fue siempre así —trato de contemporizar y no añadir más leña.

—Mira, eso ya no lo sé. Como comprenderás, antes yo me dedicaba a mi trabajo, resguardado en el interior de mi despacho de todas estas procacidades. Ahora me coge de nuevas. ¿Tú lo soportas?

Entendió que dudaba en exceso y creyó oportuno no ponerme en evidencia. Mejor, déjalo, me dice sonriente pero con cara de asco.

—¿Sabes lo que más me jode? —me interpela.

Enarco las cejas en señal de ignorancia pero me mantengo mudo al igual que uno de los hermanos Marx. Sabiendo que no voy a pronunciar palabra alguna, continúa:

—Mi mujer me abronca todos los días cuando me quejo de lo estresado que estoy. ¿A quién iba a decírselo si no? Ya está bien cariño, me dice con una sonrisa burlona de oreja a oreja. Porque hagas algo a estas alturas de tu vida no va a pasarte nada. Bastante has hecho el vago durante cuarenta y tantos años sentado en tu cómoda butaca de tu alegre despacho rodeado de árboles y naturaleza y mandando a los demás que trabajaran. ¿De qué te quejas? ¡Aprende a cocinar, a poner una lavadora, a vaciar el lavavajillas y a pasar el mocho de cuando en cuando!

¡Qué fuerte!, pensé asustado. ¿Será esto lo que me espera a mí también?

—Por cierto, no me llamo Fabián —dejó caer con rotundidad después de agotada su cerveza.

—Ya lo sé. Ni tampoco somos amigos —exclamó yo entre risas—. Vamos, ni conocidos.

—Vale, vale. Entonces, ¿el lunes próximo quedamos aquí y a la misma hora?

—¡Por supuesto, Fabián!

Llamamos al camarero, pagamos a escote y nos damos un fuerte abrazo. Para ser un lunes, la tarde resultó estupenda.

Al llegar a casa, mi mujer, al escuchar el ruido de la puerta, sale a recibirme con gesto alegre. No, pienso, mi mujer no podría nunca hacerme lo que hace la de Fabián.

—¡Hola cariño! ¿Has comprado muchas cosas? —y me mira un tanto decepcionada al comprobar que en mis manos no hay bolsa alguna que pueda contener la compra— Por cierto, he hablado con Susanita, la del cuarto —la perfecta chismosa y acusica, pensé yo—. Me dijo que acababa de verte tomando cervezas en compañía del vago de tu hermano. ¡Señor, no te contagies, por favor!

 

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