RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


E L   P R E M I O


EL PREMIO




Sus ojos, desmesuradamente abiertos, parecían querer salirse de sus órbitas. Una intensa descarga de adrenalina recorrió su cuerpo a velocidad de vértigo estremeciéndolo de forma convulsiva. Creyó que su masa cerebral comenzaba a expandirse en el interior de su caja craneal produciéndole un agudo dolor.

Por su mente comenzaron a sucederse una seria de imágenes con gran celeridad aunque de una nitidez extraordinaria mientras una gran angustia se estaba apoderando de él.

Andrés trabajaba en el departamento administrativo de una importante empresa y era el responsable de gestionar los efectos impagados por algunos de sus clientes. Esta situación nunca fue de su agrado pero su carácter retraído no le permitió solicitar cambio alguno dentro de la empresa. La consecuencia denotada por su carácter poco locuaz y su estado de ánimo permanentemente deprimido le impedía mantener relaciones de amistad con muy poca gente.

Se había casado hacía quince años con una compañera de estudios durante el Bachillerato, hoy Licenciada en Historia y Arqueología que impartía clases en un centro privado de elite. Mujer dinámica, de buena presencia, inteligente, metódica y muy observadora. Sus compañeros y amigos nunca entendieron porqué se había casado con Andrés, a excepción de su buen tipo y agradable presencia pero que nunca se distinguió por su carácter afable.

No mucho después de haberse casado, Eva comprendió su error, agravado por no haber conseguido tener descendencia y a lo que estaba resignada tras esos quince años de desagradables vivencias. Pensaba y con mucha frecuencia, plantearle el divorcio a su marido pero por las creencias religiosas familiares le dificultaban la decisión de adoptar esa medida, lo que, además, implicaría problemas en la situación económica de ambos.

Andrés, con la mirada fija en el periódico que tenía abierto sobre la mesa de su pequeño despacho en el hogar, recordó con lucidez, la fuerte discusión que habían mantenido la noche anterior, sus deseos de abandonarla y comenzar una nueva vida lejos y que por las mismas razones que ella, no se sentía capaz, reconociendo que su actitud era de completa cobardía.

Ahora lo tenía al alcance de la mano, pensó, mientras sus desorbitados ojos recorrían trémulos los números impresos en su boleto de la Lotería Primitiva y los que aparecían reflejados en el periódico dominical. Pero la realidad se le hizo patente.

—¡No. Ahora no! —quiso gritar pero su voz apenas fue audible.

El temor se acrecentó en su rostro y fue consciente de que su cuerpo estaba sufriendo algún ataque de tipo coronario. Sintió como su cerebro explotaba y su cabeza iba cayendo desmadejada hacia el tablero de la mesa sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Sus brazos colgaban inertes a lo largo del cuerpo.

Poco antes de las diez de la mañana, Eva regresaba a casa después de realizar unas pequeñas compras alimenticias en las tiendas de la calle. Abrió la puerta y se dirigió directamente a la cocina y después a su habitación para cambiarse de ropa. Le extrañó no escuchar ruido alguno ni la impertinente y agria voz de su marido. Pensó que estaría en el bar como era habitual últimamente.

Al pasar por delante de la puerta del pequeño despacho pudo verle con la cabeza apoyada sobre la mesa.

—“El muy cerdo ha vuelto a dormirse en su lodazal” —se dijo malhumorada.

Se acercó a él pisando fuerte con el ánimo de despertarle, aunque algo extrañada por la posición no muy normal de su cabeza sobre la mesa. Pensó que podía haber sufrido un desmayo aunque no le pareció una idea muy probable. Se detuvo a su lado, en silencio. Quizá tratara de gastarle alguna broma de muy mal gusto. Observó sus brazos caídos, quiso comprobar su ritmo cardíaco y posó con suavidad, su dedo sobre la vena aorta. Se asustó al comprobar que apenas podía detectar pulsaciones, que le parecieron ser muy bajas.

Su pulso se aceleró asustándose momentáneamente. Su conceptualidad crítica le obligó a pensar de forma serena y taimada. ¿Qué le estaba ocurriendo a su marido? Su primera idea fue llamar a un servicio de urgencias, pero su análisis crítico de la situación le obligó a razonar. Recordó, y de una forma muy crítica, la última discusión entre los dos.

Volvió a repetir la comprobación del ritmo cardiaco y no tuvo duda alguno, iban en descenso, rumbo a un desenlace augurable.

Su mirada, tras alejarse unos pasos, trató de captar algo extraño que le pudiera haber inducido a tan tremendo caos vital. Sabía que su tensión era normal aunque acercándose a los niveles altos. Siempre decía que con un poco de ejercicio la bajaría, pero era algo  que nunca llegó a realizar.

No tenía duda, o no creía tenerla. Su marido se encontraba en coma y probablemente, muy próximo al desenlace final. Trató de pensar con celeridad, el tiempo apremiaba.

El periódico abierto sobre la mesa y algo oculto bajo su cabeza atrajo su atención. Quizá algo en la letra impresa fuese el causante de tal situación. Ante sus ojos sólo se mostraba la página más lúdica del periódico; carteleras cinematográficas, teatros, tiempo, loterías, crucigramas… ¡Loterías!

En uno de los lados del periódico había unos boletos de Lotería Primitiva, juego al que en los últimos años se había aficionado a jugar. Casi todas las semanas, los lunes, le entregaba los boletos con las apuestas que deseaba jugar para validarlas en una administración situada al lado del colegio donde trabajaba. Era consciente de los profundos deseos de su marido por conseguir el oportuno premio que le permitiera disfrutar de una vida placentera y olvidarse de ella y de su familia para el resto de sus días. ¡Pobre diablo!

Se situó a su espalda y fue comprobando, de la misma forma que Andrés lo hizo poco antes, cada uno de los números de la extracción premiada y la coincidencia con los de su boleto. ¡Todos coincidían, todos!

¡Cielos, había conseguido el premio máximo de la Lotería Primitiva celebrado el día anterior! Por lo poco que sabía sobre este sistema de juego, los premios solían ser elevados oscilando entre uno y dos millones de euros para un único acertante.

Volvió a repasarlos mientras era consciente de que su ritmo cardíaco se estaba disparando. Entonces pensó en su marido y en su estado. Trató de calmarse ahora que sabía la causa de lo que le había sucedido y no deseaba seguir sus pasos.

Cuando ya no tuvo la menor duda y fue consciente de la magnitud del premio, su mente comenzó a tranquilizarse para poder pensar de forma adecuada. Era consciente de que debía de tomar decisiones muy rápidas y complicadas. Eran poco más de las diez de la mañana del domingo y a nadie le extrañaría que estuviese fuera de casa. Generalmente acudía a misa de doce que se celebraba en la parroquia a la que asistía su madre, más por el hecho de disfrutar un poco de su compañía que por cumplir con el precepto. Era muy consciente de la gran satisfacción que sentía su madre al tenerla sentada a su lado a lo largo de todo ese ceremonial.

Cogió los boletos y los guardó en una pequeña caja fuerte que tenía en su habitación. Después observó si había alterado algo sobre la mesa y sin dudarlo, cogió nuevamente su abrigo y salió de casa. No quiso comprobar el estado de su marido, probablemente estaría soportando los últimos momentos en este mundo que, según su carácter y forma de ser, tan mal le había tratado.

Eva regresó de nuevo alrededor de las dos de la tarde. Se obligó a que su rostro mostrara, como siempre, su carácter alegre y altanero, por supuesto, puertas afuera de su casa. Antes de introducir la llave en la cerradura de su puerta se le acercó una vecina, que también llegaba en esos momentos. Eva trató de mostrarse con naturalidad, algo que le costó muy poco conseguir. Una vez dentro, se movió con cautela pendiente de cualquier ruido que se pudiera producir en el interior. ¡Silencio total!

“Buena señal”, pensó.

A lo largo del tiempo que estuvo fuera no dejó de pensar en la situación y de cómo tendría que comportarse. Sabía que seguiría fielmente todo lo que había planificado.

Lentamente se dirigió hacia el pequeño despacho de Andrés. Su corazón bombeaba con fuerza aunque no era consciente de ello. Al asomarse a la puerta pudo comprobar que la situación seguía siendo la misma. Andrés permanecía exactamente igual que hacía unas cuantas horas. Respiró con fuerza, profundamente, luego contuvo el aire en los pulmones y se acercó a él rodeando la mesa para situarse a su espalda. Sus dedos se deslizaron lentamente hacia el cuello y al primer contacto con su piel sintió un fuerte estremecimiento. Noto que la frialdad comenzaba a adueñarse de él. Presionó los dedos delicadamente y espero unos instantes. No sintió movimiento alguno en la vena. Presionó un poco más pero el resultado fue el mismo. Después y con profundo desagrado, trató de comprobar la temperatura corporal de Andrés. Deslizó la mano por el interior de la camisa sobre la espalda y ya no le cupo la menor duda, se estaba enfriando notablemente, signo significativo de ausencia de actividad corporal.

—¡Está muerto! —exclamó entre un estado de pánico y de felicidad.

Su indecisión sobre lo que debía hacer duró apenas unos segundos. Tendría que pedir ayuda a su vecina y de forma urgente, ya que podía extrañarle si el tiempo transcurrido entre su despedida en el rellano y el conocimiento de lo ocurrido se dilatase mucho.

Así lo hizo y minutos después, la vecina y su marido inspeccionaron lo que les había contado. Al ser conscientes de lo sucedido la apremiaron para avisar a la policía, algo que deseaba que le sugirieran y no pensaran en una extraña lucidez. Fue su vecino quien se encargó de ello. Eva trató de demostrar un nerviosismo que no sentía pero que consiguió con facilidad. Su vida matrimonial siempre había sido una mentira y estaba acostumbrada a falsear los acontecimientos.

No mucho más tarde, el piso estaba completamente lleno de policías y algún que otro vecino aunque fueron desalojados con premura. El juez, quizá por ser domingo y la hora en la que fue avisado, no se dio mucha prisa en acudir para realizar el levantamiento del cadáver una vez que el médico de urgencias dictaminó el fallecimiento.

La policía peinó prácticamente el pequeño habitáculo donde el marido de Eva cultivaba todo el malhumor y animosidad hacia su pareja. Como era de esperar, no encontraron nada extraño ni tampoco lo esperaban. La opinión generalizada era de que se trataba de un desafortunado infarto de miocardio, aunque el médico forense se decantó de inmediato por un derrame cerebral.

Eva tuvo que soportar toda la investigación, dado que éste tipo de fallecimiento no era muy normal en personas relativamente jóvenes. La policía, sin demasiada delicadeza, trató de averiguar las posibles desavenencias conyugales, si se habían producido malos tratos, si había algún tipo de denuncia interpuesta con anterioridad. En definitiva, trataron de desmenuzar la vida conyugal de la pareja a pesar de que apenas tenían dudas sobre la causa natural de la muerte. Eva tuvo la sensación de una rutina clara en la forma de actuar del agente que realizaba las preguntas y que estaba más pendiente de terminar pronto que de las respuestas de la mujer.

Tras los habituales papeleos administrativos y la autopsia preceptiva, Eva pudo disponer del cadáver de su marido para darle sepultura. La familia de Andrés pretendía que sus restos fueran incinerados pero Eva se opuso tajantemente. No era por cuestiones religiosas o que le importara tal acción, pero quería tener a su alcance los medios de comprobación de que su fallecimiento no había sido motivado por alguna causa extraña, como podría pensarse al salir a la luz la existencia de un boleto premiado en la Lotería Primitiva y de una sustanciosa cuantía.

Precisamente, deseaba transmitir, cuando indicase a la policía la existencia de dicho boleto, que el premio obtenido había sido el causante del luctuoso desenlace sin hacer referencia, por supuesto, a la omisión de ayuda que hubiese podido obviar tal acontecimiento. Y así fue. Una vez realizadas las oportunas comprobaciones, el juez le dio luz verde para poder cobrar el premio. Tan sólo albergó una duda, que Eva resolvió con diligencia. Al señor Juez le extrañó que su marido hubiera comprobado el resultado del sorteo sin los boletos delante, ya que estaban, según palabras de ella, en la caja fuerte. Eva le explicó que una de las buenas cualidades de su marido era la facilidad para la retención de números, fechas, series, etc., y que generalmente, solía cubrir sus boletos con los mismos números de siempre, unos números que, según él, tenían un significado especial y que ella nunca se molestó en conocer.

Eva esperaba impaciente la finalización del curso, tiempo que se había obligado a mantener para iniciar su desaparición de la ciudad y olvidarse de todo aquel entorno que le había propiciado una existencia carente de alicientes y felicidad.

Cuando comprobó que el valor del premio superaba los doce millones de euros por acumulación de un bote de más de diez, no lo dudó un instante, iba a disfrutar una larga temporada al calor de las pirámides en Egipto, visitar Petra, antigua capital de los nabateos en Jordania, conocer las maravillas de Siria, cuna de las civilizaciones, saltar al otro lado del mundo para deleitarse con las culturas olmeca, maya, zapoteca, azteca, etc.

—¡Gracias, Andrés por ser tan perseverante en tus locuras! Descansa en paz, si puedes. Yo disfrutaré por los dos.

Una amplia sonrisa se apoderó de su rostro demostrando su alegría y felicidad por la consecución de un doble premio:

 ¡Libertad y dinero!
 

oooOOOooo






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