RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


MONÓLOGO  CON  MARTA


MONÓLOGO CON MARTA

 

 

Esta mañana, como casi todos los días, he vuelto a verte para sentir nuevamente esa congoja que me atenaza y me aterra. Caminabas por mi calle para dirigirte hacia tu trabajo, con ese andar gracioso que siempre me atrajo. Unas veces, al pasar por delante de mi portal bajas la cabeza y tengo la sensación de que aceleras el paso. Otras, miras, primero hacia el portal y después hacia los balcones pero tu caminar sigue siendo presuroso como si desearas separarte de mi territorio lo antes posible. Hubo un tiempo en el que te obligaste a dar un rodeo para evitar cruzar mi calle pero, finalmente, tu razón se impuso y ahora lo haces tres o cuatro veces al día.

Observo como vas cambiando convirtiéndote en una preciosa mujer que atrae la mirada de los hombres allá por donde pases. ¡Y tengo miedo, pánico!

Hoy no has llegado sola. A tu lado un joven, elegantemente vestido que te miraba arrobado. Tu rostro se veía relajado e incluso alegre, aunque más contenido que el de él. Quizá sea algo pasajero, pero no puedo evitarlo, ¡siento ansias asesinas!

Temo, además, que con el paso del tiempo vayas cambiando físicamente, quizá te cases y tengas hijos y yo iré viendo esa sucesión de realidades encadenadas sin poder ni gritar mientras que el odio irá consumiendo todos los segundos de mi cruel realidad.

Marta, ¡no sabes cuánto te quiero!

Insistentemente me pregunto, ¿qué acto tan terrible habré cometido para llegar a este final sin fin? Lo pienso constantemente, tengo tiempo, mucho tiempo, todo el tiempo que me arrebató aquel gordo borracho conduciendo su potente Ferrari y saliéndosele el alcohol por todos los poros de su piel. Y yo aquí, en medio del paso de peatones delante de mi portal, con los ojos desorbitados viendo como el fin de mi mundo galopaba enfebrecido a por mi.

Creo que llegué a sentir tus manos sobre mi rostro cuando llegaste a mi lado, desencajada, con lágrimas desbordando tus ojos y, a pesar de que mi sangre salpicaba todo tu cuerpo no dudaste en acercar tu cara a la mía para susurrarme al oído; “¡No te vayas, por favor, no te vayas!” ¡Cual habrá sido tu visión para saber que ya no estaba allí! ¿Sabes?, ahora no me mira nadie, no pueden. Tan sólo muy de tarde en tarde observo como se acerca algún perro sujeto por una correa y unos metros antes de alcanzarme parece temblar y se niega a seguir. Seguramente si sus amos soltaran la correa huirían despavoridos. Sé que no me ven pero intuyo que me presienten, que me huelen.

Y aquí sigo, sin poder moverme, en medio de éste cruel paso de peatones mientras las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año y todos los años de la eternidad se suceden pensando cual habrá sido mi pecado que, además de separarme de ti, me condena a esta cruel permanencia en medio de la nada viendo como el tiempo irá destrozándote a ti. Pero tu final no será mi final. ¡El mío será eternamente cruel!


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