RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


JAQUE A LA REINA


JAQUE A LA REINA

 

Una tremenda descarga de adrenalina recorrió su cuerpo incrementando, a límites insospechados, su actividad cardiaca y presión arterial como respuesta a la situación de inminente peligro al que le sometió su contrincante con su última jugada. Había conseguido acorralar a su reina con unos movimientos aparentemente inofensivos, sacrificando algunas de sus piezas menores. Su cerebro entró en ebullición ante el giro que podía tomar la partida y la pérdida de su reina sería un precio demasiado alto que ahora comenzaba a valorar.

Los rostros de los dos contendientes aparecían reflejados en las enormes pantallas de televisión situadas en los laterales estrechos del estadio. El aforo del mismo había sido desbordado ante la gran asistencia de personas que no querían perder detalle alguno del gran juego. El ambiente era festivo a pesar de lo que allí dentro se dilucidaba.

Los planos se alternaban entre el campo de juego y las figuras de los dos protagonistas del reto. El aspirante al título inició la partida de una forma muy meditada, tranquila y empleando tácticas que él creía innovadoras. El defensor, muy experto jugador, había ganado las dos últimas contiendas y no dudaba en conseguir la tercera. Era un luchador nato y para él, el sacrificio no tenía límites.

El campo de juego, como no podía ser de otra forma, era un inmenso tablero compuesto por sesenta y cuatro cuadrados dispuestos en un área de 8 x 8. Treinta y dos y de forma alternativa eran azules y treinta y dos dorados. Cada cuadrado, de los dieciséis que correspondía a cada jugador, se situaban las personas que componían la dotación, representado a las diversas piezas del ajedrez, peones, torres, alfiles, caballos, reina y rey. Se encontraban sentados en el interior de unos cubos que podían deslizarse sobre los cuadros en función del dictamen del rey. La cabina del rey se encontraba vacía y representaba a cada contendiente situado detrás de cada equipo y elevado sobre el tablero para mantener la adecuada perspectiva.

Las reglas del juego estaban definidas desde hacía siglos y aunque todos los ciudadanos del país eran excelentes jugadores y se disputaban grandes partidas con mucha frecuencia, la contienda que se estaba iniciando solamente se realizaba una vez cada cinco años y el vencedor sería el regente del país durante ese periodo de tiempo. Era la forma que habían elegido libremente mucho tiempo atrás para designar a sus dignatarios. Si se presentaban más de dos candidatos, se realizaban una clasificación previa para determinar quienes accedían a la gran final.

Mucha gente sentía que, quizá antaño, fue un buen sistema para determinar esta elección, pero sus dudas se hacían cada vez mayores sobre su eficacia y de una forma un tanto clandestina, se preparaban para poder conseguir algún cambio. El aspirante era uno de ellos y consideraba que la única forma posible de alcanzar un sistema adecuado era formando parte de ese gobierno.

Los dos aspirantes, situados en sendas cabinas, se encontraban aislados del público, al que no podían ver ni escuchar para que sus acciones no pudieran influir en cada una de las importantes decisiones que deberían de tomar en cada jugada. Las pantallas de las dos cabinas tan sólo le mostraban el campo de juego. Estaban en comunicación directa con todas las piezas de su equipo con las que podía comentar, si así lo decidía, sus decisiones en cada momento.

En las pantallas exteriores, los asistentes podían observar los gestos de los contendientes y comprobar la jugada que iban a realizar, jugada que, antes de ser efectiva, el jurado analizaba para determinar que no contradecía ninguna de las reglas del juego.

Su rostro lívido, al percatarse del movimiento de su adversario, se tornó rojo y comenzó a sudar. Su gesto contraído expresaba claramente la tensión a la que estaba sometido. Las normas de participación eran muy estrictas y excluyentes. Cada participante debía presentar quince personas, dieciséis con él, de su máxima confianza y con vínculos familiares, al menos, las que representarían a las piezas más importantes. Indudablemente, la reina estaría representada por su esposa o en su defecto, por su hija, su madre o una mujer con mucha relevancia en el país.

Por el micrófono interior, el participante pudo escuchar a su reina, a su esposa. Tan sólo ellos podrían oír lo que se decían.

--¡Cariño, tienes la gran oportunidad para ganar la partida!

--¿Cómo voy a ganar la partida si estoy a punto de perderte? ¡El muy cerdo es un gran jugador y ha conseguido engañarme! --respondió el aspirante con desesperación.

--¿Pero, no ves la gran jugada que tienes a tu disposición? --gritó su reina un tanto desesperada.

El candidato se devanaba los sesos tratando de encontrar el movimiento que pudiera salvar a su reina. Su pérdida sería funesta y, además, quedaría a merced de su contrincante.

--¡Escúchame, presta atención y abre tu mente!

Mientras se producía esta conversación, fuera, en las gradas del estadio, los asistentes no cesaban en sus gritos aclamando tanto a uno como al otro. Quizá una mayoría fuera partidaria del aspirante, pero en el fragor del combate, todos estaban pendientes de cada jugada y aplaudían indistintamente de quién la había realizado.

Ahora, podían observar los rostros de ambos contendientes, el defensor del título sonreía de forma placentera, el aspirante gesticulaba, y aunque no podían escucharle, intuían que estaba preparando la estrategia de las siguientes jugadas. El clima era de total tensión. El planteamiento actual no le era muy favorable.

--¡Santo cielo! --exclamó el aspirante-- Voy a perder la partida con todo lo que eso conlleva –se debatía gesticulando elocuentemente.

Su reina, su esposa, lo sentía desesperado, con la mente encerrada en una maraña de emociones contrapuestas y era consciente de que por sí solo, sería incapaz de encontrar las jugadas adecuadas.

--¡Por el amor del Supremo, cariño! --gritó desesperada--- mueve el caballo aparentando una defensa absurda que no le va a impedir ejecutar su mate a tu reina, pero te posicionas, si realmente opta por derribarme, de forma inmejorable para que en dos jugadas puedas darle el jaque definitivo –-aspiró con fuerza, mientras en el rostro de su rey afloraban unas lágrimas – ¿Ves la jugada? Analízala, pierdes tu reina pero ganas la partida.

La tensión a la que estaba sometido el aspirante rayaba la desesperación, mientras que el candidato a renovar su título se encontraba eufórico, estado que le impedía ver el peligro real al que podía verse sometido si el aspirante demostraba el valor suficiente. El público enardecía a medida que transcurría el tiempo. Una gran mayoría no dudaba de la victoria del candidato pero había varios sectores del público que captaron, al igual que la reina del aspirante, que había una posibilidad de victoria, una tan sólo. ¿Sabría el aspirante estar a la altura?

--¿Y para que quiero ganar sin ti? --respondió apesadumbrado.

–¡Ahora no, cielo! Son las reglas del juego y la conocíamos.

Todo el estadio vibraba a medida que transcurría el tiempo y el aspirante no se decidía ha realizar su jugada. Todos lo entendían, todos eran conscientes de lo que significaba la derrota pero la pasión por el juego era superior a cualquier otra circunstancia aunque fuera inherente al mismo.

El aspirante realizó su jugada. El efecto que produjo en todo el estadio fue tremendo. Unos segundos vibrantes y después el silencio más absoluto. El aspirante mantuvo sus párpados fuertemente cerrados, el candidato sonreía feliz. Cuando el jurado dio por válida la jugada, de inmediato, el candidato cantó la suya, ejecutando su jaque mate a la reina. El silencio se mantuvo, anormalmente, durante el tiempo que se tomó el jurado para determinar la validez de la jugada.

La rabia expresada en el rostro del aspirante fue visible en las enormes pantallas y los asistentes a la partida, contagiados por las emociones que transmitía, comenzaron a expresar reacciones similares a pesar de que el candidato reflejaba la euforia que le embargaba sin el más mínimo pudor. ¡Sabía que la victoria era suya!

Sintió odio hacia si mismo a pesar del profundo conocimiento de las reglas del juego. Quiso rendirse, agotada su fe en el sistema. Pero sobre el tablero todavía mantenía una serie de piezas a las que tendría que salvar, a poder ser, en su totalidad. En consecuencia, no podía perder la partida, ¡eso sería el remate final, el caos, la nada!

Volvió a concentrarse en el juego y visiblemente emocionado, repasó cada uno de los movimientos que su reina le había indicado. ¡Y comprobó que tenía la victoria en sus manos! Triste victoria, cruel victoria por la que estaba pagando un altísimo precio y no podía alegar que no fuera conocedor de ello.

¡Acababa de perder demasiado! Su mujer, algún familiar y algún amigo. ¿Valía este precio el efecto conseguido? ¿Podría cambiar en cinco años el inmundo y cruel sistema de elección del más alto dignatario del país? ¡Era un sistema demasiado cruento para conseguirlo! El candidato, en sus dos anteriores elecciones había perdido una esposa en cada una de ellas, a su madre, hijos y otros familiares y estaba dispuesto a perder su vida en esta ocasión. ¡Iba a perderla!

El aspirante cantó su movimiento y esperó. El candidato tomó su tiempo, largo, con indicios de temor en su rostro pero todavía no consciente del peligro que le estaba cercando. Al responder con su jugada, el aspirante, sin dudar lo más mínimo, señaló su nuevo movimiento, dejando al contrincante en clara desventaja sobre el tablero. Ahora fue el rostro del candidato el que fue adquiriendo una lividez angustiosa. Veía el ataque de su adversario pero no encontraba la respuesta oportuna para desbaratarlo. Finalmente realizó una jugada de puro trámite, una jugada que cualquier otro jugador hubiera dado por perdida la partida. El aspirante no dudó, no perdió tiempo alguno, cantó su “jaque mate” al realizar el movimiento de su alfil deslizándolo prácticamente desde el lado contrario del tablero y situándolo en la línea del rey, que ya no tenía ningún cuadro disponible para moverse ni pieza alguna que situar en su trayectoria para defenderse.

Mantuvo su rostro oculto tras sus manos para que sus lágrimas no fueran vistas por el público que ahora aplaudía frenéticamente, puesto en pie y dando unas muestras de alegría inauditas. Cuando el jurado dio por válida la jugada, el candidato tuvo que bajar a ocupar su lugar en el espacio destinado al rey. Poco después, desaparecía volatilizado de la vista del numeroso público que, tras un corto espacio de tiempo, se mantuvo en profundo silencio, prorrumpió en vítores al nuevo jefe del gobierno de la nación, al que no le cabía duda alguna, sus problemas no iban a terminar fácilmente y ahora tenía la misión de ¡una nueva época y un profundo cambio para evitar que las partidas de ajedrez fueran salvajemente cruentas en el sistema de elección!

Suspiró con fuerza y se preparó para su nueva misión. ¡Se lo debía a su reina!

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