RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


ESENCIA  DE  CANDICE


ESENCIA DE CANDICE

Candice observaba la calle a través del amplio ventanal de una cafetería. La espera la mantenía inquieta, pero su corazón se aceleró al ver cruzar el semáforo, al hombre que había venido a buscar desde Dinamarca. Tenía un paso ágil y dinámico, era alto y de complexión fuerte, debía rondar los sesenta. Pelo rubio, aunque ya insinuaba zonas algo blanquecinas. Ojos de intenso azul, se mostraron al descubierto al quitarse las gafas que los protegían del sol.

También sabía que se llamaba Eduardo y que era una persona metódica, y que como cada día al finalizar la mañana, entraría en la cafetería. Y así fue, se sentó en un taburete en la barra y el camarero, después de saludarle, le trajo el periódico y a continuación puso delante de él una copa de cerveza bien fría. En un acto reflejo, bebió un trago sin dejar de hojear las páginas. 

Candice continuaba observándole desde la mesa, su corazón latía intensamente. En su interior se dijo; “Has estado preparándote para este momento, durante mucho tiempo, ahora no puedes fallar”. Trató de serenar la cadencia de esos latidos. Instantes después, cuando no se sintió observada, se levantó del asiento, se quitó la gorra que ocultaba su abundante melena rubia, la sacudió ligeramente y metió los dedos entre ella para ahuecarla. Guardó las gafas de sol y la gorra en el bolso, con ademanes pausados se dirigió hacia la barra, tomando asiento cerca de Eduardo, pero sin dirigir la vista hacia él.

El camarero se acercó con premura a preguntarle que iba a tomar. Ella pensó que necesitaba algo más fuerte que el refresco que había tomado anteriormente. Elevó un poco la voz.

—¡Por favor! Tráigame un vermouth rojo con unas gotitas de vodka.   

        Su petición tuvo el efecto que deseaba. La musicalidad de su voz obligó a Eduardo a girar el rostro para mirarla. Quizá con un poco de descaro, posó su mirada en ella sin recatarse lo más mínimo. Se recreó en su melena rubia algo alborotada, en sus perfectas facciones y en la belleza de su cuerpo. Estaba sentada, pero no tuvo duda alguna de que era una muchacha alta.

Ella percibió su penetrante mirada y sonrió. Después dejó vagar la suya por la amplia sala de la cafetería. Al rato, el camarero le sirvió su aperitivo acompañando la bebida con unas picaditas que ella agradeció con la mirada.

Eduardo continuó con la lectura del periódico pero más pendiente de los movimientos de la mujer que de las letras sobre el papel. Finalmente, su curiosidad le impulsó a charlar con ella.

—Disculpa, pero al escuchar tu voz —iba a decir melodiosa voz, pero se contuvo— me pareció que eres extranjera, ¿Me equivoco?

Siempre había sentido una especial predilección por las mujeres extranjeras, sobre todo, si eran nórdicas.

—Cierto —contestó ella—, soy danesa y estoy visitando España mientras disfruto de mis vacaciones.

—Hablas muy bien el español. ¿Has vivido aquí, quizá?

—He estado en otras ocasiones. Cuando finalicé mi carrera hice el doctorado en la Universidad de Salamanca. Me llamo Candice.

Eduardo se levantó de su silla y se acercó un poco hacia ella.

—Encantado, Candice. Me llamo Eduardo —y alargó la mano para estrechar la de ella— Es un placer conocerte.

Candice le miró con una dulce sonrisa en su rostro. Sus ojos, de color verde marino parecieron chispear.

Mientras estrechaba la mano de Eduardo pensaba; “Ha sido más sencillo de lo que creía. Esto va por buen camino”. Eduardo se quedó prendado del color de los ojos de la joven a la que calculó una edad de no más de treinta años. Su mirada pareció penetrarle haciéndole sentir un ligero vacío en el estómago. “Eduardo, Eduardo”, se dijo mentalmente, “que ya rondas los sesenta, no vayas a quemarte”.

—Soy licenciada en Literatura e Historia Hispánica e imparto clases en mi país. Ahora, durante mis vacaciones, estoy realizando un recorrido por el Patrimonio Artístico de Madrid y espero poder ver algo en Barcelona.

Eduardo la contemplaba embobado. Aquel rostro le fascinaba y no podía apartar la vista de él. Continuaron hablando como si se conocieran de toda la vida. La joven era una espléndida conversadora y en ningún momento, el idioma supuso traba alguna para hacerse comprender. Le relató lo que ya había visto en Toledo y en Madrid y lo mucho que todavía le quedaba por visitar. Eduardo, persona que siempre gozó de fama de galante, se ofreció desinteresadamente para ser su cicerone en algunos de los lugares más importantes de la capital.

—Imagino que serás una persona muy ocupada —le dijo ella tratando de aparentar que no quería ser una molestia para él.

—No te preocupes. Por suerte para mi, me permito el lujo de vivir de mis rentas y mis operaciones bursátiles. Dispongo de mucho tiempo para disfrutarlo.

Trató de invitarla a comer, pero Candice denegó amablemente su oferta. Tenía ocupaciones que no debía demorar so pena de alterar sus planes. Su agradable sonrisa animó a Eduardo a reiterar la invitación, pero ella se mantuvo firme. “No es cuestión de tensar la cuerda tan pronto”, se dijo.

Le prometió que volvería a pasar por la cafetería en unos días. Si se encontraban, podrían planear esas visitas que le había ofrecido. Un poco más tarde se despidieron.

Varios días después, Candice volvió a la cafetería, donde ya se encontraba Eduardo mirando impaciente la puerta de acceso. Nada más verla se le iluminó el rostro. Pudo recrearse observando la esbeltez de la joven, sus curvas proporcionadas bajo un  vestido rojo sin mangas y pronunciado escote. No había dejado de pensar en ella, aunque no comprendía su obsesión y cuando trataba de imaginársela mentalmente, lo conseguía con suma facilidad. Sentía una fuerte necesidad de perderse en aquellos ojos que le habían hechizado.

Se saludaron afectuosamente y la locuacidad de Candice, el tono encantador de su voz con gran variedad de matices y sus vivaces ojos, le elevaron a lo más alto del cielo. Le explicó, utilizando un bloque de notas, el programa de visitas que había elaborado para la tarde y los siguientes días. Eduardo se ofreció para acompañarla en las visitas de determinados monumentos que conocía muy bien. Candice aceptó encantada. Comenzarían al día siguiente.

Comieron en el pequeño comedor de la cafetería a pesar de que su cocina no estaba muy a la altura de la buena mesa. Hablaron mucho y se interesaron por sus vidas. Ella parecía disfrutar conociendo aspectos muy divertidos de la vida de Eduardo y una agradable corriente de simpatía pareció envolverlos a los dos. Cuando se despidieron, Eduardo quiso acompañarla pero ella se negó con mucha delicadeza.

Transcurrieron varios días de visitas continuas en las que terminaban agotados. Eduardo se sentía como en una segunda juventud. A veces la miraba absorto y cuando ella se daba cuenta, sonreía.

—¿Por qué me miras de esa forma, Eduardo?

Le sorprendió la pregunta y se sintió como pillado en falta. Se ruborizó ligeramente.

—Imagino que te miro como a la hija que nunca tuve.

—¡Pícaro! Tu mirada no tiene nada en común con la que verías a tu propia hija. Me parece más bien un tanto lujuriosa, ¿me equivoco?

No supo que responder. Era consciente que se estaba introduciendo en su vida y que su deseo no era muy normal. Algo en su interior le decía que no podía tener pretensión alguna con una joven como ella. Sin embargo la atracción era muy grande y no sabía reprimirla. Finalmente, ambos rieron desenfadadamente.

—Se paciente, paciente y constante. Con esas premisas se consigue todo lo que uno se propone.

Eduardo sintió como su mirada le atravesaba y trató de intuir un tono ligeramente burlón aunque no exento de coquetería. Sintió deseos de invitarla a su casa y respirando con fuerza se lo propuso, a pesar de que pudiera molestarse. Escuchó la cantarina risa de Candice lo que rompió su tensión. “Pienso que va a ser bastante fácil”, se dijo ella mentalmente.

Sabía que Eduardo vivía solo. Su mujer había fallecido años atrás y tenía muy pocos familiares en la capital, por lo que no supondría problema alguno acudir a su casa pero tendría que programarlo convenientemente. Comprendió que se le allanaba el camino para conseguir su fin. Era una de las posibilidades que había contemplado.

Durante unos días apenas se vieron. Candice alegaba una serie de compromisos adquiridos desde hacía tiempo y que no podía dejar de cumplir. Sencillamente, se estaba preparando para la inminente visita al piso de Eduardo. Deseaba tenerlo todo previsto sin dejar nada al azar. Era de vital importancia una concentración absoluta y una preparación precisa y concienzuda, algo que no dudaba en conseguir. Eduardo sentía que cada minuto sin su presencia era una especie de latigazo que recorría su cuerpo y le sumía en un estado de malhumor. No comprendía sus reacciones pero tampoco era capaz de evitarlas.

Una mañana, Eduardo le propuso visitar un palacio que sin duda alguna le iba a sorprender. Se trataba del Palacio de Liria, propiedad de la Duquesa de Alba y que alberga un archivo histórico y una colección de arte de incalculable valor. Candice accedió encantada ya que sabía muy bien que conseguir el acceso a sus instalaciones era muy complicado y con citas programadas. La visita le dejó fascinada.

No comieron juntos pero había accedido a visitar la casa de Eduardo al atardecer, lo que para ella suponía no retrasar demasiado el motivo de su viaje a Madrid. Candice pasó el resto de la tarde en su hotel preparando un pequeño equipaje. Cuando tuvo todo lo que consideró necesario, lo introdujo en una fuerte bolsa de viaje de color azul oscuro y comprobó su peso. Sonrió satisfecha, había conseguido un peso bastante normal y que no produjese sospecha si en algún momento Eduardo pretendiera ayudarla.

Sobre las ocho de la tarde abandonó el hotel y en la misma puerta tomó un taxi que la condujo al restaurante que le había indicado Eduardo. Al acceder al interior comprobó que Eduardo la había visto y se acercaba diligente. Tal como había pensado, le cogió la bolsa y asiéndola del brazo la acompañó hacia la mesa elegantemente dispuesta y con un hermoso ramo de flores en el centro.

Candice no dudó del encanto y buen gusto de Eduardo. Lo sabía bien y no le sorprendía. La cena transcurrió muy agradablemente. Candice se interesó por su vida juvenil.

—Seguramente, en tus años de estudiante serías el prototipo de las mujercitas de tu edad. Más de una estaría loca por tus huesos, ¿me equivoco?

Eduardo se sintió locuaz, el vino y la agradable sonrisa de Candice le desarmaban y rompían todas las corazas que pretendiese mantener firmes. Sin embargo, de cierta época de su vida, cuando estuvo realizando un master en el extranjero, parecía que era un pasado que no le correspondía. Candice se esforzaba en conducirle a ese periodo pero llegó a pensar que no había vivido lo que ella creía o bien, que no recordaba nada en absoluto. No le consideraba tan astuto como para soslayarlo con tanta resolución.

Cuando ya degustaban un buen whisky, Eduardo se levantó para hablar con el responsable del restaurante, momento que aprovechó Candice para dejar caer sobre el vaso de éste, unas gotas de un líquido que extrajo de su bolso. Con su cucharilla de postre lo removió ligeramente mientras en su rostro se mostraba un gesto de satisfacción. “Esta pequeña dosis comenzará a prepararlo”, pensó

Cuando regresó Eduardo, le acompañaba un camarero con la cuenta y un estuche del tamaño de una botella. Su champagne favorito, le dijo. Poco después abandonaron el local y dada la hora de la noche, el tráfico era prácticamente nulo. Llegaron al garaje del edificio quince minutos más tarde.

Abandonaron el vehículo y Eduardo se dirigió hacia los accesos a los ascensores. Candice se mantuvo pegada al coche.

—¿No vienes? —preguntó intrigado y sin comprender su actitud.

—Te estás olvidando de algo, querido —respondió zalamera y con una sonrisa muy picaresca—. Mi bolsa.

—Pensaba entregártela al llevarte al hotel, ¿o quizás crees que trataba de quedarme con ella? ¿Realmente la necesitas?

—Eduardo, no preguntes nunca esas cosas a una mujer —su sonrisa fue provocativa—. ¿Puedes?

Sonriendo también, Eduardo tomó la bolsa del maletero y regresó hacia el acceso al ascensor. Ahora, ella le acompañó. Durante el ascenso, Eduardo permaneció en silencio pero sin dejar de mirar los dulces ojos de Candice y la sensualidad de sus labios. Llegaron a la séptima planta sin pronunciar palabra alguna. Candice pensó que quizá ya se encontraba bajo los efectos del bebedizo que depositó en su copa, aunque era algo pronto todavía. Más tarde volvería a repetir la acción.

Eduardo abrió la puerta de su apartamento e inclinó ligeramente el cuerpo hacia adelante invitándola a pasar. Después la cerró, suavemente, como si temiera que al dar un portazo todas esas ilusiones se volatilizaran. No quería despertar de forma tan desagradable.

La condujo hacia un espacioso salón decorado con un gusto exquisito, esa fue, al menos, la primera impresión de Candice. A lo largo de las paredes pudo apreciar pinturas de las que no dudo de su excelente calidad. Sobre la enorme mesa del comedor y otros centros se acumulaban figuras de muy diversa procedencia y culturas, algunas de ellas, muy antiguas. Esto no llegó a sorprender a Candice, no tenía la menor duda sobre el gusto de Eduardo.

La invitó a sentarse en un cómodo sofá, ella accedió complacida.

—¿Me permites unos instantes? —le preguntó con una sonrisa encantadora y creyendo observar un ligero rictus en el rostro de Candice, añadió—: Voy a por unas copas para el champagne y una cubitera para mantenerlo frío.

Ella sonrió amablemente. Cuando Eduardo abandonó el comedor dejo vagar la mirada por todo el entorno. En un lugar privilegiado de la sala y perfectamente iluminado, había colgado un gran cuadro, exactamente, un perfecto retrato de Eduardo. No le cupo la menor duda, “tuvo que costarle mucho dinero”, pensó. No pudo reprimirse y se levantó para observarlo de cerca.

Instantes después regresaba Eduardo y entre sus manos una amplia bandeja de plata conteniendo unas estilizadas copas de cristal de Bohemia perfectamente talladas que despedían irisaciones al incidirles la luz sobre los diferentes ángulos de la talla. Una cubitera de plata y en su interior la botella de champagne y unos pastelitos de repostería, debilidad de Eduardo cuando trataba de festejar o complacer, o ambas cosas a la vez.

Candice tuvo que reconocer el exquisito gusto del otoñal varón que tenía delante y que ya empezaba a reconocer una especial debilidad hacia él. En esos instantes apretaba con fuerza las mandíbulas mientras que su rostro mostraba una delicada sonrisa.

—Me gusta.

Eduardo la miró sin comprender. Candice señaló con un dedo el cuadro y Eduardo sintió como afluía la sangre de su cuerpo hacia su rostro. Sabía que era una excelente obra, ¡cómo no!, pero que lo reconociera una jovencita como Candice le dejaba fuera de juego.

Se sentaron el uno frente al otro y Eduardo comenzó a servir la bebida. Una vez escanciado el dorado y burbujeante líquido, elevó su copa para acercarla a la de Candice y dirigirle unas palabras:

—¡Por ti, Candice! Quiero que sepas que me has hecho sentir algo especial estos días y renovado unos sentimientos que sabía que estaban profundamente dormidos. En estos momentos me siento feliz, aunque hay algo que me preocupa y mucho. El día de tu marcha.

Y emocionado se llevó la copa a los labios.

Candice no quiso entrar en ese juego. No era el momento todavía.

—¡Háblame de ti, Eduardo! Estoy completamente segura de que tu vida tiene que haber sido muy interesante. Durante la cena has sido muy parco en palabras.

Un poco más locuaz, Eduardo fue relatándole diverso aspectos de su vida pero que a Candice no lo proporcionaba lo que realmente quería saber y trataba de reconducirle a un determinado tiempo y a un determinado espacio.

—Háblame de tu master realizado en Irlanda. Tuvo que ser una época dorada para ti antes de tener que acometer la rutina diaria del trabajo.

—¿Cómo sabes que hice un master en Irlanda?

—Querido, ¡pero que olvidadizo eres! —respondió Candice con rapidez al darse cuenta de su desliz, aunque realmente, ya no le importaba demasiado—. Tu mismo dijiste algo sobre eso durante la cena, ¿o ya no lo recuerdas?

Eduardo no quiso que ella creyese que su memoria pudiera flaquear y comenzó a relatar algunos retazos de esa época pero sin llegar a concretar nada que a Candice le interesase. Tendría que seguir con lo que había previsto.

Un poco más tarde, cuando comprobó que la voluntad de Eduardo comenzaba a decaer le pidió que le mostrase la vivienda y su sala de trabajo. Él accedió complacido. Recorrieron las diversas habitaciones llevándola cogida de la mano. Finalmente llegaron a su despacho. Allí le contó sus actividades en la bolsa, incluso de los beneficios que obtenía.

—¿No tienes caja fuerte? —inquirió Candice con curiosidad infantil.

—Claro. Tengo muchos documentos financieros que deben de estar a buen recaudo.

Y no dudó en mostrársela. La abrió. Dejó que Candice pudiera contemplar su interior, aunque ella apenas dio muestras de interés alguno. Allí dentro había unas cuantas carpetas perfectamente ordenadas en uno de los estantes. En otro, unas cajas anchas y planas que no dudó en pensar que contendrían joyas y en el último estante, el de menor capacidad, pudo contemplar unos cuantos fajos de billetes, aparentemente, de 500 euros.

—Mucho dinero para guardar en casa, ¿no crees? —puntualizó Candice mientras se giraba para revisar la pequeña biblioteca.

—No es tanto. A veces hago transacciones en efectivo de las que no conviene dejar rastro alguno.

—En mi país no está bien visto que alguien defraude al Estado, pero soy consciente de que aquí es algo bastante habitual —se acercó a él con una sonrisa zalamera en el rostro, se asió a su brazo y le besó muy suavemente en los labios—. Vamos al salón, me apetece otra copa de champagne.

Eduardo se dejó conducir, saliendo del despacho muy juntos sintiendo las curvas de su cuerpo en el suyo, algo que le enervaba.

Escanció nuevamente la bebida en sus copas. Después se levantó al observar que sobre la bandeja apenas quedaban agradables pastelitos. Candice temió que se dirigiera hacia el despacho para cerrar la caja y apagar las luces, pero tomó la dirección contraria, hacia la cocina, lo que le permitió respirar tranquila.

“Ha llegado el momento de pasar a la acción, todo está sucediendo tal como había previsto y no es cuestión de demoras innecesarias”, pensó con rapidez.

Cogió de su bolso la botellita de cristal que contenía la escopolamina, la droga que le dejaría a su merced durante un tiempo, el suficiente para permitirle actuar sin encontrar resistencia alguna y poder culminar su plan. Trató de escanciar poca cantidad, la precisa que le habían recomendado para obtener los resultados deseados.

Regresó Eduardo con la bandeja repleta de pastelitos. En su rostro apenas se apreciaban señales de cansancio ni de encontrarse bajo efecto alguno producido por la droga. Candice pensó que con la nueva dosis sería suficiente.

—Ven, siéntate a mi lado —le pidió con un gesto pícaro en su rostro. Eduardo accedió de inmediato y después de dejar la bandeja sobre la mesita se dejó caer sobre el sofá.

Brindaron de nuevo. Candice le volvió a pedir que le hablara de él. Eduardo, indeciso al principio, no dudó en contestar a lo que Candice le requería. Así, fue descubriendo muchos aspectos sobre la identidad de aquel hombre. Pensó que ya era el momento propicio para iniciar su plan. Eduardo se encontraba a su merced por el efecto de la droga. Se acercó a él, cariñosa, con movimientos cargados de una gran sensualidad y comenzó a masajearle el cuello, recorriéndole el pecho con sus dedos en movimientos circulares. A pesar de encontrarse un tanto aturdido, la droga no le había dejado fuera de combate y sintió como todo su cuerpo se incendiaba de pasión. La joven había conseguido enloquecerle.

—¿Jugamos en tu dormitorio, querido? —preguntó con picardía a sabiendas de cual sería la respuesta.

Eduardo se levantó del sillón, Candice le asió por la cintura y él le pasó el brazo por el hombro. Ya en la habitación, le obligó a tumbarse en la cama y comenzó a desnudarle muy lentamente. Eduardo sintió una sensación de vergüenza por el comportamiento de Candice, demasiado joven como para perder el tiempo con él, pero cerró los ojos y la dejó hacer sintiendo como su corazón se aceleraba.

—Te voy a enseñar unos juegos fascinantes le dijo con sus labios pegados al lóbulo de su oreja. Le estaba haciendo vibrar.

Cuando estuvo desnudo, tan sólo protegido por el slip, Candice se dirigió al salón para recoger su bolso y regresó. Extrajo de él cuatro juegos de argollas que había comprado en un sex-shop sadomasoquista. Le servirían para sujetarle de pies y manos a la cama. Eran de un material plástico, muy resistente y forrados para evitar hacerse daño y no dejar huellas en las muñecas y en los tobillos.

Fue colocándole las argollas bajo la mirada bobalicona de Eduardo, que no comprendía muy bien que trataba de hacer la joven pero no tuvo voluntad para negarse. Finalmente quedó totalmente inmovilizado. Sobre la boca le colocó una especie de mordaza, que ajustada convenientemente, le impediría gritar e incluso hablar.

Lo miró radiante. Allí le tenía a su merced y lo había conseguido sin dificultad alguna. Su objetivo tomaba forma, para eso lo había planificado durante meses. Cuando consideró que había llegado el momento oportuno, salió de Copenhague, ciudad donde residía, tomando un avión con destino a Lisboa. Desde allí y en el mismo día viajó en tren hasta Madrid, alojándose en un hotel discreto y en los alrededores de la vivienda de Eduardo. Así pudo vigilarle durante unos días hasta iniciar la operación que la había conducido allí. Difícilmente podrían seguirle el rastro si alguien lo intentara. Cuando diese por finalizada su estancia en Madrid, es decir, al culminar la operación con éxito, regresaría a su ciudad de forma inversa al de la ida.

—¿Iniciamos los juegos, querido? —le preguntó con voz mimosa y con gran carga sexual mientras aflojaba ligeramente la presión de la mordaza para que pudiera hablar.

Eduardo la miraba hipnotizado. Se sorprendió al verse en aquella situación pensando que se le estaban abriendo las puertas del cielo..

Se movía lentamente, contoneándose mientras iba desabrochando los botones de su blusa. Eduardo comprobó cómo sus preciosos pechos parecían querer liberarse de la prenda que los sujetaba. Candice se inclinó para acercárselos al rostro. Después fue deslizando la falda mostrándole las perfectas curvas de sus caderas, apenas cubiertas por un tanga. Eduardo estaba encendido y con una fuerte erección imposible de disimular bajo el slip.

“¡Ahora vas a descubrirme, mal nacido!”, pensó con rabia mientras llevaba sus manos a la espalda para desabrochar el sujetador. Se cubrió los pechos con una mano y con la otra lo depositó sobre una cómoda. Después deslizó su braguita sobre los muslos, lentamente, observando los gestos de Eduardo.

—¿Me deseas, querido? —exclamó con gesto serio aunque Eduardo no se percató de ello. Su mirada subía y bajaba por el cuerpo de Candice esperando que ella le mostrara sus bellezas apenas ocultas.

Afirmó positivamente con un gesto torpe y deseó poder recorrer cada milímetro de su piel con sus manos, con su lengua, con su sexo.

Candice descubrió totalmente su cuerpo mostrando sus generosos pechos y un pubis perfectamente delimitado. Eduardo la miró embobado y con todo su deseo a flor de piel. A medida que la observaba su rostro iba adquiriendo una palidez impropia del momento. Sus ojos miraban asombrados dos perfectos lunares sobre sus pechos y otro a la altura del sexo, que en su juventud le volvieron loco en el cuerpo de otra mujer.

Candice supo que la había reconocido.

—¡Santo cielo! —exclamó en un hilo de voz— ¡Tú eres… Tú eres… igual que tu madre!

Ella le observaba impertérrita pero en su interior estaba gozando del placer de la venganza.

—Sí, querido. Sí —le dijo con voz sonora pero exenta de matices que sonó en el cerebro de Eduardo como un fuerte trallazo— ¿o debo llamarte papá? —esperó unos segundos para ver su reacción y después añadió—:¿Todavía quieres gozar de mí?

El rostro de Eduardo se encontraba ya totalmente lívido. Su erección había desaparecido de forma instantánea y sus ojos se cerraron con fuerza, como si con ello pudiera evadirse de la realidad.

—¡Dios mío! —exclamó apesadumbrado.

Candice comenzó a vestirse, esta vez con ademanes rápidos deseando terminar cuanto antes. Su incomodidad era manifiesta.

—¿Recuerdas ahora tu estancia en Irlanda? Allí conociste a una preciosa joven, de la que soy una copia casi perfecta, que se entregó a ti con todas las consecuencias. Te adoraba y hubiera hecho cualquier cosa por ti, pero tú no estabas a su altura, en ningún concepto. Y como pago a ese amor que te entregó, la abandonaste, sin apenas pronunciar palabra alguna, cuando te comunicó que estaba embarazada —ya había terminado de vestirse y se sentó sobre la cama, a su lado—. ¡Eres un ser despreciable, un cobarde y un mal nacido! Sin embargo, tengo algo que agradecerte, no tuviste el valor de pedirle que abortase. Te quería tanto que tengo mis dudas sobre si hubiera accedido a tan brutal petición, como ella misma reconoció tenerlas. Hoy descansa en paz después de una vida de dedicación plena hacia mi persona. Fue el leitmotiv de su vida y eso, aparentemente, la hizo feliz. Cuando le preguntaba por ti me decía que habías fallecido en un accidente de tráfico antes e haber nacido yo, y con ese conocimiento viví, hasta que ella, sintiendo la proximidad de su muerte por grave afección coronaria, me lo contó todo. ¡No sabes la ira que sentí en aquellos momentos pero hice acopio de mi fortaleza y pude reprimirla. Siempre medito profundamente todas y cada una de las decisiones importantes que afectan a mi persona.

Eduardo no había movido un solo músculo de su rostro hasta que ella le sujetó por la barbilla y le zarandeó la cabeza.

—¡No seas tan cobarde y afronta como un hombre toda tu vileza de antaño! —le reprendió elevando el tono de su voz— ¿Cómo te sientes ahora, al cabo de treinta años, al encontrarte con una hija? ¡No llores, no seas tan simple! —le espectó malhumorada al comprobar cómo unas lágrimas se escapaban de sus ojos— No voy a creer en tu arrepentimiento tardío, cuando nunca te has molestado en saber que pudo ocurrirle a aquella mujer y al fruto de vuestro amor, ¿o fue para ti una simple aventura?

Se levantó de la cama, no sin antes ajustarle la mordaza sobre la boca para evitar que pudiera gritar. Probablemente no tendría fuerzas para ello y tampoco le escucharían, pero no deseaba correr riesgos innecesarios.

Extrajo una carpeta del interior de su bolsa y después abandonó la habitación para dirigirse al despacho de Eduardo. Consigo llevaba unos guantes de látex para evitar dejar huella alguna sobre su presencia en la vivienda. Se los colocó y después recogió toda la documentación que había en el interior de la caja. Estuvo hojeándola para conocer su contenido. Apartó uno de los documentos y lo dejó sobre su carpeta, el resto los devolvió a la caja fuerte. Tomó la precaución de limpiar cuidadosamente los documentos de su carpeta y regresó a la habitación observando como Eduardo trataba, en vano, de desprenderse de las argollas que le sujetaban. Al verla regresar el pánico se apoderó de su rostro. Temió que pudiera someterlo a cualquier tipo de tortura.

Candice volvió a sentarse a su lado, en la cama y extrajo unos documentos de su carpeta, acercándoselos para que pudiera leerlos.

—Ha llegado el momento en el que me reconozcas como tu hija de forma legal —le dijo en tono amable y sosegado—. Tan sólo tienes que estampar tu firma en estos documentos.

Eduardo fue leyendo lo que representaba el reconocimiento legal de su hija pero con una fecha en la que ella apenas tendría cinco años. Eso le daría mayor verisimilitud. Tenía aspecto de un documento antiguo redactado en los dos idiomas, materno y paterno, ante notario y varios testigos, reales pero ya fallecidos.  Candice se había preocupado mucho de la apariencia del documento, asegurándose de que la falsificación fuese perfecta y no pudiera levantar sospecha alguna. Para ello, había invertido tiempo y dinero. Sólo faltaba la firma de su padre y ésta, la iba a conseguir en unos instantes.

—No trates de desfigurarla. Tengo, aquí delante documentos firmados por ti y no conseguirías engañarme —y se los enseñó para disipar sus dudas.

Eduardo asintió con la cabeza. Tendría que reconocer a su hija, se lo debía, y a pesar de las formas de cómo sucedieron, pensó que quizá pudieran iniciar una relación familiar. Candice aflojó la tensión de las argollas que sujetaban su mano derecha y le acercó una pluma y los documentos, indicándole donde debía firmar. Eduardo no dudó y estampó su firma con desenvoltura, como lo hubiera hecho con cualquier otro documento. Ella le observaba sonriente. Recogió los documentos y pasó un papel secante sobre la tinta. Guardó un ejemplar en su carpeta y el otro lo depositó en la caja fuerte mezclado con los otros documentos.

Respiró con fuerza. Otro paso de su programa realizado a plena satisfacción. Ya faltaba muy poco para culminarlo. Regresó a la habitación para recoger su bolsa y volvió a salir hacia el comedor. Ahora se mantenía en silencio, producía la sensación de encontrarse sola en la vivienda mientras Eduardo la seguía con la mirada y con la mente aterrorizada. Intuía que lo peor estaba todavía por llegar.

Colocó las copas sobre la bandeja de plata. Cogió un pequeño frasco del bolso y volcó su contenido en la copa de Eduardo. Después escanció el champagne en ellas. Ambas estaban separadas sobre la bandeja y alrededor de la suya situó algunos pastelitos. No quería cometer error alguno.

Ya en la habitación, dejó la bandeja sobre la mesita de noche. Separó la mordaza que cubría su boca mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa encantadora.

—¿Serás buen chico? —le preguntó divertida— Ahora vamos a brindar por el buen resultado de la operación en la que tú has ganado una hija y yo un padre.

—¡Por favor, Candice, desátame! —le imploró.

—Tendrás que esperar un poco, hasta que compruebe que serás buen padre.

Con la mano izquierda le sujetó el cuello elevándole la cabeza. Con la derecha le acercó la copa a los labios. Bebió con avidez aunque Candice le retiraba ligeramente la copa para que no derramara el líquido. Una vez agotado, dejó la copa sobre la bandeja, tomó la suya y le preguntó si deseba más. Eduardo asintió. Bebió un largo trago.

—¡Por favor, Candice, quítame estas ataduras y permíteme que me vista, me siento ridículo y muy incómodo!

—¿Ahora te sientes ridículo? Mira, eso ya no tiene importancia, ni para ti ni para mí.

—¿Qué piensas hacer conmigo?

—Cobrar lo que me debes.

—Puedes tomar todo el dinero de la caja fuerte, las joyas, lo que quieras.

Candice le miró sonriente pero la frialdad de su mirada parecía atravesarle el cuerpo como miríadas de finas agujas. Trató de removerse pero las ataduras no se lo permitieron.

—Todo lo que tienes ya es mío, querido papá. Todo, hasta tu vida me pertenece y soy dueña de ella. No podías pagar de otra forma, nada más que con tu vida.

Eduardo palideció al comprender los verdaderos deseos de su hija. Estaba allí para completar una venganza absurda y cruel privándole de su vida. Quiso gritar pero no tuvo fuerzas. Sintió una gran pesadez en su cuerpo, un aletargamiento de todos sus músculos y un tremendo malestar en su estómago. Tuvo la sensación de estar siendo aplastado sobre su propia cama.

—Mi infancia fue feliz, puedes creerme —le fue explicando Candice—. Mi madre me adoraba y no tuvo inconveniente alguno en abandonar su país para que yo pudiera crecer sin presión familiar de cualquier tipo. Le reprocharon su comportamiento y su desliz y quisieron casarla de inmediato, algo a lo que ella se negó con rotundidad. Prefirió abandonar a su familia y dedicarse a mi por completo. Como licenciada en Filología Inglesa no tuvo dificultad alguna para encontrar un puesto de docente en un excelente colegio de Copenhague, lugar donde fijamos nuestra residencia. Por sus buenas relaciones, pudo conseguir tu expediente académico en la Universidad de Irlanda y mediante él, pudo saber que eras hijo de un diplomático Belga en la embajada de Madrid. Un hombre muy chapado a la antigua, como diríais aquí, con enormes prejuicios sociales y del que se rumoreaba que había tenido relaciones con grupos nazis. ¿Cómo ibas a revelarte tú? No tuviste valor para plantarle cara, es más, estoy completamente segura que nunca le hiciste partícipe de tu “hazaña”.  Imagino que la idea de romper sus formalidades, tomar a mi madre como esposa y formar una familia de bien, como se decía entonces, te aterrorizaba. ¡Fuiste un cobarde y eso vas a purgarlo ahora!

“A mi madre, hace unos años le determinaron una afección cardiaca que, a pesar de no ser excesivamente grave, la mantenía en un estado continuo de cansancio y agotamiento. Pensó que ya no le quedaba mucho tiempo de vida y quiso sincerarse conmigo. Un buen día, frente a una copa de whisky, rompió todas mis ilusiones, mi mundo se vino abajo y resquebrajó mis convicciones. ¡No pude perdonárselo y también tuvo que pagar por ello!

Eduardo la miraba con ojos desorbitados. Contemplaba la frialdad con la que su hija le estaba confesando que había dispuesto de la vida de su madre cometiendo un crimen execrable y el pánico le invadió. Creía que su cabeza iba a estallar de un momento a otro.

—Al igual que tú, digirió un compuesto químico que en apenas una hora provoca un infarto de miocardio.

—¡Estás loca! —quiso gritar pero apenas pudo pronunciar la frase en un ligero susurro, entonces supo que el veneno ya estaba actuando en su cuerpo— Te descubrirán y pagarás por ello.

—No descubrirán que has sido envenenado, querido padre —Eduardo no tuvo la menor duda de que su hija estaba disfrutando con aquellas confesiones—. El potente veneno desaparecerá de tu cuerpo en unas horas. Es un compuesto de una planta muy especial para mi madre y para ti; la taxus baccata aunque la conoces mejor como el Tejo Irlandés. Su efecto cardiotóxico produce la parálisis del corazón. Ya en la antigüedad fue conocida como el árbol de la muerte. En estos momentos esos alcaloides están recorriendo las venas de tu cuerpo y actuarán sobre órganos vitales. En unas horas, esta pesadilla habrá terminado para ti, por supuesto, y para mi, aunque en muy poco tiempo tú dejaras de percibir la realidad de esta vida sumiéndote en un profundo sopor que te trasladará a las oscuras tinieblas de la muerte.

Volvió a colocarle la mordaza, como precaución, y comenzó a eliminar toda posible huella de su estancia en aquella casa. Se había concienciado que tendría que actuar con total meticulosidad y no dejar rastro alguno que permitiese a la policía iniciar una investigación. A pesar de llevar los guantes puestos, trató de no tocar nada, a excepción de su copa, revisó a conciencia cada lugar por donde se había movido, incluso trató de descubrir posibles manchas sobre el suelo. Extrajo el dinero en metálico de la caja fuerte, comprobó que los documentos firmados por su padre se encontraban en el interior y decidió no llevarse las joyas, ya que le sería difícil demostrar su propiedad en caso necesario. Las observó minuciosamente, y gracias a su buena memoria fotográfica podría realizar un inventario de las mismas. Cerró la caja, apagó las luces y abandonó la habitación. Tan sólo le faltaba colocar una película porno en el vídeo del televisor de la habitación y dejar que se visionara. Pero antes tendría que comprobar que su padre ya había abandonado este paraíso terrenal, quitarle las argollas que le mantenían sujeto y la mordaza sobre su boca. Después le colocaría en una posición que no levantara sospecha alguna. Se tomó el tiempo necesario, disponía de él.

 

Unos meses después de su estancia en Madrid recibió una carta de un gabinete de abogados de la capital. Le comunicaban el fallecimiento de su padre y que ella era la única heredera. Le rogaban que se pusiera en contacto con la notaría a fin de determinar los pasos a seguir con referencia a dicha herencia.

Ya en Madrid, por parte de la notaría y por la policía, le informaron que se habían hecho las indagaciones sobre la muerte de su padre comprobando, tal como supusieron desde el principio y constaba en el dossier que le entregaron, que se había producido por un problema coronario, probablemente, visionando una película subida de tono.

Un año después, Candice había fijado su residencia en Madrid, en el piso heredado de su progenitor. Con los bienes de su madre y los de su padre, incluido un precioso chalet en una playa de la Costa Mediterránea, se permitiría el lujo de vivir plácidamente de sus rentas. Siempre pensó que, con su frialdad y su inteligencia podía culminar cualquier proyecto que deseara y tuviera el suficiente atractivo, y no dudaba que se presentarían más proyectos en el futuro.

Una tarde soleada, de las que tanto le gustaba disfrutar, pasó por delante de la cafetería en la que había tenido el primer encuentro con su padre. A través del ventanal pudo observar los movimientos del joven camarero que les atendió y tuvo una fuerte descarga de adrenalina como advertencia de un posible peligro. Había dejado sin resolver un resquicio que podría volverse en su contra y desbaratar todo lo conseguido. Su cerebro comenzó a calibrar los problemas que se le podían plantear y sus posibles formas de resolverlos.

Se retiró con premura de las cercanías de la cafetería y acto seguido comenzó a preparar el plan que resolviera las posibles dificultades que se le pudieran presentar.

¡Un nuevo reto a su inteligencia!

 

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