RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


E L   V I A J E R O


E L   V I A J E R O
          
     

—Mi nombre es Laura, Laura Weiissaller y he sido encargada por orden expresa del Presidente de los EEUU para investigar y resolver el extraño caso del doctor Brian Zoltan, jefe del departamento de Astrofísica de la NASA. Ustedes conocían en profundidad todo lo relacionado con el doctor, sus experimentos y desarrollos, ya que en muchas ocasiones han realizado trabajos en cooperación. Voy a ponerles en antecedentes desde el principio para recabar toda la información posible que puedan facilitarme y poder llegar a las conclusiones finales.

De esta forma se manifestó la doctora Weiissaller a un nutrido grupo de personas pertenecientes a diferentes centros de investigación y especialistas en muy variados campos. Se encontraban reunidos, de forma urgente y confidencial, en una sala especial y aislada en un lugar de las amplias instalaciones de la NASA. En muchos de ellos se observaba un gesto de hastío por el mero hecho de tener enfrente a una bella mujer, con mucho carácter, se decía, endiabladamente hermosa y enviada por el mismísimo presidente. Por el caso, no se preocupaban ni mucho ni poco. Estaban cansados de las extravagancias de los muchos genios que vegetaban en el país y Zoltan era uno de ellos.

Laura sabía que iba a sorprenderles, ya que era consciente de que no se habían preocupado por conocer los detalles que rodeaban a este endiablado asunto y que debía de ser tratado con extrema confidencialidad. Pero era algo que no le importaba, estaba dentro del protocolo este tipo de reuniones cuando se daban las condiciones excepcionales que rodeaban al caso que le habían encargado resolver.

—El doctor Zoltan es, perdón, era uno de los genios más excepcionales en la modalidad de la astrofísica teórica. Fue encontrado en su casa, asesinado de una forma brutal y sádica, probablemente sometido a tormentos prolongados, horas y durante, al menos, dos días. Esto sería cruel pero factible, sin embargo, el doctor vivía en una especie de bunker situado en las afueras de la ciudad. El edificio, cuando nuestros hombres llegaron a él, parecía estar sellado, siendo necesario usar algunos explosivos para acceder al interior. Tras las verificaciones pertinentes se llegó a la conclusión de que nadie pudo haber salido del edificio a menos que el doctor lo hubiera permitido y el doctor no se suicidó.

Recorrió fugazmente la estancia con la mirada para comprobar el efecto de sus palabras.

—Por las condiciones de su trabajo era conocedor de altos secretos de cualquier tipo que concernían a la seguridad de la nación. Como consecuencia de esto, estaba vigilado las 24 horas del día y los 365 días del año con algo tan sencillo como un microchip implantado en su cuerpo que permitía conocer exactamente cual era su situación en cualquier instante. Unas pantallas en varios centros de seguridad seguían todos sus movimientos. Algunos de ustedes estarán en la misma situación.

El conocimiento de este hecho tampoco alteró el semblante de los presentes.

—Este lunes se produjo la primera alarma. El doctor Zoltan no se presentó en su despacho a la hora habitual lo que provocó que la seguridad del centro comenzara a movilizarse. Se realizaron llamadas urgentes al director responsable de las instalaciones preguntando si el doctor Zoltan había emprendido viaje al extranjero. Poco más tarde, el director de la CIA se movía nervioso por su despacho dando instrucciones al personal que había reunido allí. ¡Aquello tenía que ser muy serio!

Laura comenzó a observar ya, ciertos movimientos. Unos, porque les había dado de lleno el revuelo provocado por el dichoso Zoltan, otros porque empezaron a presagiar que lo que allí estaba ocurriendo era, probablemente, más serio de lo que pensaron. Se tomó unos instantes de respiro mientras su mano derecha mecía inconsciente el bien moldeado cabello. Hubo quien pensó que era pura coquetería. Nadie osó hacer pregunta alguna.

—Los centros encargados de controlar los pasos del doctor Zoltan llegaron a la siguiente conclusión y sin lugar a duda alguna. Comprobaron que las coordenadas del doctor, el viernes a las 23:59, correspondían a las de su mansión en las afueras de la ciudad y a las 00:00 las coordenadas que emitía su microchip, correspondían a la ciudad de Jerusalén, en Israel. Esta misma circunstancia se reflejó en todos los equipos de seguimiento, eliminando un posible fallo en los mismos.

Los murmullos se acentuaron y los asistentes se miraban unos a otros pensando que la guapa doctora les estaba tomando el pelo de una forma muy descarada.

Se iluminó la gran pantalla situada detrás de la oradora mostrando los rostros del Presidente de los EEUU y del Secretario de Estado de Defensa. Fue muy claro y escueto.

—Todo lo que está diciéndoles la doctora Weiissaller es cierto, ¡préstenle la máxima atención! Gracias, señores –y la comunicación se cortó ante el asombro total de los presentes.

—Esta circunstancia, pasó por alto a los vigilantes –continuó la doctora--, debido en parte a que las personas sometidas a tal control solían realizar frecuentes desplazamientos los fines de semana y las alarmas se desactivaban, aunque esto era desconocido por los controlados. El personal de seguridad, una vez en el interior, peinó literalmente la estancia. Buscaron, con equipos especializados posibles zulos en el interior o subterráneos, puertas camufladas, algún sistema que permitiera acceder y salir del inmueble. No encontraron nada, tan sólo la certeza que de allí no pudo salir nadie exceptuando que el doctor, estando vivo, sellara el edificio después de que alguien lo abandonara. Pero el edificio estaba sellado y él muerto. ¿Quién pudo hacerle padecer tal martirio y cómo, sin la posibilidad de estar presente?

En la estancia se hubiera escuchado el zumbido del vuelo de una mosca, si ésta pudiera haber estado allí.

—A pesar de la imposibilidad de los hechos detectados por los controladores del microchip, el doctor Zoltan, además de sus amplios conocimientos, codiciados por otras potencias extranjeras, parece haber viajado a Jerusalén y volver al cabo de dos días. Este acontecimiento es preocupante en todos los sentidos y el señor Presidente necesita esclarecer todo lo ocurrido y que pueda suponer de peligro para nuestra seguridad nacional.

“Se está realizando una autopsia exhaustiva del cadáver, aunque las conclusiones en cuanto a las causas que provocaron su muerte son muy claras y no ofrecen lugar a dudas. El doctor Zoltan fue encontrado en lo que parece ser su laboratorio personal, tumbado sobre una extraña silla, totalmente desnudo, con los brazos en cruz y con muchos restos de sangre sobre su cuerpo. Realmente, no se encontraba totalmente desnudo, una especie de red construida con un finísimo material metálico, aún no definido, cubría su cuerpo. Un primer análisis reveló que había sido sujetado con cuerdas a un objeto redondo, por las muñecas y los tobillos y en los que se apreciaban moraduras y desgarros en la piel. Esto permite asegurar que estuvo atado a una especie de cruz, y por los restos encontrados, de madera. Recibió una dura flagelación, aplicada con saña y con ansias de provocar fuertes dolores, tal como se deduce de las huellas divisadas en la espada, y probablemente, tuvo que soportar un gran peso sobre los hombros, determinado también por las huellas que aparecen en ellos. Pero lo curioso del caso es que en la red que le cubría no había el más mínimo signo de violencia, como si lo hubieran introducido en ella después de haberle martirizado.”

Los asistentes no salían de su asombro y no pensaron que se trataba de una comedia rocambolesca debido a la rauda precisión del Presidente y de la fama que precedía a la doctora.

—Después de todo ese martirio –continuó la doctora--, la cruz debió de ser clavada en tierra y el propio peso del doctor le provocó la muerte por asfixia tras largas horas de sufrimiento. Sé que no dudarán en deducir que este tipo de ejecuciones dolorosas fueron practicadas por los romanos y judíos sobre los reos coetáneos de Jesucristo, y sobre él mismo, aunque en su caso fue una crucifixión.

“En la casa del doctor Zoltan, no se ha encontrado la más mínima evidencia de que este castigo y su muerte posterior, fuese realizada en el interior, y no cabe la posibilidad de que se realizara en el exterior y transportado más tarde el cadáver al interior, ya que la edificación, tal como estaba sellada, tan sólo podría abrirse desde el interior. Y en consecuencia, cerrar la casa desde el exterior nunca podría realizarse totalmente. Es decir, si el propio Zoltan estuviese en el exterior y su edificio sellado por otra persona desde el interior, no tendría forma alguna de entrar.”

Les manifestó un detalle que sorprendió a los investigadores. Según todas las fuentes que consultó, el doctor Zoltan era un hombre blanco con una coloración de piel excesivamente blanca como consecuencia de la prácticamente nula exposición a los rayos solares, extremo en el que coincidía todo el personal que le veía diariamente. El cuerpo del doctor Zoltan presentaba un notable grado de insolación en todo el cuerpo, lo que les indujo a pensar que estuvo expuesto durante muchas horas a la luz del sol y sin protección alguna. Tras un concienzudo rastreo, en el interior de la mansión no encontró ningún equipo que hubiera podido provocar este efecto.

En la silla, sobre la que fue encontrado el cuerpo del doctor, apenas había restos de sangre. Ésta, una vez analizada, comprobaron que no se trataba de una silla normal. Probablemente, era utilizada por Zoltan para llevar a cabo determinados experimentos. El cuerpo de la silla estaba fabricado con partes de madera, material plástico y metales de diferentes tipos que están pendientes de análisis. Apoyadas sobre los dos brazos hay sendas pantallas de ordenador en las que se reflejaban algunos datos numéricos. La de la derecha, contenía unos datos numéricos que, al principio, no llamó atrajeron la atención de los investigadores hasta que uno de ellos cayó en la cuenta de que podrían representar determinadas coordenadas de localización de algunos lugares. Se comprobaron de inmediato, averiguando que una de ellas correspondía a la localización de la vivienda de Zoltan y la otra, a un punto aún no determinado de Jerusalén.

Este descubrimiento no tendría relevancia alguna si en la segunda pantalla no hubieran aparecido unas horas de días concretos. La primera correspondía a la hora exacta del viernes en el que el microchip de Zoltan dejó de emitir. La siguiente hora, con apenas un minuto de diferencia de la anterior, correspondía al instante en el cual, el microchip de Zoltan volvió a funcionar, señalando que se encontraba localizado en Jerusalén. Seguían otras horas que correspondían al lunes a las 05:00 en la que el microchip volvió a silenciarse en Jerusalén y un minuto más tarde reaparecieron las coordenadas iniciales, es decir, las de su casa.

La doctora guardó unos instantes de silencio mientras bebía un poco de agua. El murmullo en la sala iba creciendo.

—Se han detectado un excesivo número de microchips implantados por todo su cuerpo –continuó, arrastrando sus palabras para que los presentes guardaran silencio--. Sus situaciones espaciales se correspondían milimétricamente con otros análogos distribuidos sobre la malla metálica que cubría todo su cuerpo. No se ha comprobado todavía, pero parece no existir la menor duda que trazando una línea desde cada microchip hacia los de su entorno, se crearía una imagen tridimensional del cuerpo del doctor Zoltan. ¡No tenemos ni idea del porqué, Zoltan, llevaba esto sobre su cuerpo! ¿Alguna idea?

—¿Se han producidos variaciones energéticas ostensibles en el consumo eléctrico de la residencia de Zoltan?

La doctora le miró un tanto sorprendida. Sin embargo, no vaciló. Tomó su teléfono móvil y marcó un número.

—Necesito saber, de inmediato –dijo con voz autoritaria a la persona que había contestado--, si hubo alteraciones en el consumo eléctrico en la vivienda desde la tarde del viernes hasta el lunes por la mañana –y colgó, dirigiendo la mirada hacia el responsable de la pregunta--. Quizá sea cuestión de minutos –aclaró.

—¿Con qué equipamiento contaba el doctor en su casa? --preguntó otro de los presentes.

—Realmente, apenas disponía de aparatos. Ustedes mismos podrán comprobarlo en el momento oportuno. El personal de seguridad no está capacitado para comprender su significado. Además, tan sólo nos preocupa quienes pudieron cometer el asesinato y si han conseguido obtener información confidencial del doctor. Se ha analizado minuciosamente la posibilidad de un robo de documentos. Momentáneamente, no se ha podido afirmar la ausencia de alguna posible sustracción, aunque tampoco lo contrario.

Esperó, expectante, nuevas preguntas.

—¿Cabe la posibilidad de que estuviese trabajando en algún prototipo de teletransportación? El doctor Zoltan, aunque no se moviera en este campo, intuía la posibilidad de crear una copia de un original en un punto de destino a través de señales de radio. Por supuesto, esto es una falacia, pero podría haber tenido acogida en su mente y tratar de comprobarlo.

—Nos parece absurdo –expresó con desgana la doctora--. Todos sabemos la incapacidad material para poder trasladar un cuerpo de un lugar a otro de forma instantánea.

—¡No esté tan segura! --se escuchó una voz en medio de la sala.

La doctora pareció no escucharle, o no quiso hacerlo. Su teléfono móvil comenzó a sonar. Se lo acercó al oído y estuvo escuchando sin mediar palabra. Si alguien hubiera prestado atención, hubiera observado como su rostro había palidecido ostensiblemente. Respiró con fuerza.

—Me acaban de comunicar –les dijo nada más cortar la comunicación--, que los gráficos de consumo energético del edificio del doctor Zoltan presentaban unos picos inauditos, difícilmente explicables en una red domestica en incluso, en la mayoría de las industriales. Piensan que debe tener alguna conexión directa con la red y no declarada. Tales picos se habían producido sobre las doce de la noche del viernes y a las cinco de la madrugada del lunes. Su duración fue de varios minutos en ambas ocasiones.

El denso silencio en la sala era abrumador.

—¿Cabe la posibilidad de que las heridas y su muerte hayan sido motivadas por tales descargas eléctricas? --preguntó uno de los presentes.

Laura Weiissaller empezaba a sentirse abrumada. Los acontecimientos la estaban desbordando y el caso se estaba complicando en exceso.

—Totalmente descartados doctor –respondió tras unos instantes de silencio--. No se han encontrado evidencias de este tipo sobre su cuerpo, que tendrían que mostrarse en forma de quemaduras. Además, no resolvería la incógnita de las heridas por latigazos, las contusiones en las muñecas y tobillos ni las huellas sobre los hombros. Son señales de violencia muy dispares –se mostró dubitativa durante segundos, después pareció recobrar la calma--. ¿Qué piensan ustedes que pueden significar ese consumo desorbitado y puntual?

—Probablemente trató de imprimir a su cuerpo una energía suficiente como para poder realizar una teletransportación. Sin embargo, dados los acontecimientos, no parece muy racional. Tan sólo se me ocurre pensar que, realmente, alguien estuvo con él durante esas horas, cometió el asesinato de una forma que volviera loco a cualquier investigador y que luego saliera tranquilamente, sellando la estancia de alguna forma desde el exterior.

—¡Imposible! --respondió la doctora con voz áspera-- Tal como les comenté con anterioridad, los anclajes que sellan puertas y ventanas solamente se pueden manipular desde el interior y es necesario hacerlo de forma totalmente manual.

Volvió a sonar el teléfono de la doctora y a continuación les señalaba la pantalla de videoconferencias en la que se mostraba el anagrama de la Casa Blanca. De nuevo asomó la figura del Presidente.

—Señores, pienso que no están llegando a conclusión alguna sobre este delicado suceso. Sé que es demasiado pronto, pero las noticias que me van proporcionando, son los suficientemente preocupantes y nos obliga a adoptar medidas. He ordenado a la policía militar que acordone la mansión de Zoltan y con órdenes expresas y muy estrictas. Otro grupo se encargará de ustedes para dotarles de la máxima protección. No sabemos si, realmente, nos estamos enfrentando a un suceso sin relevancia o que alguna organización, ya sea terrorista, ya sea de cualquier otra índole, esté tratando de obtener información sobre los posibles estudios de Zoltan y sus consecuencias. Les ruego que colaboren con la doctora en todas las circunstancias. No se preocupen por sus familias, se les informará y se les dará la protección necesaria. Disculpen las molestias que todo este embrollo les va a suponer y gracias por toda la aportación que puedan facilitar para resolver este suceso.

La pantalla se apagó tras las últimas palabras.

—De momento, daremos por finalizada esta reunión. El cadáver del doctor se encuentra en una sala especial, a una temperatura que impide la descomposición de sus órganos. Allí están realizando una analítica completa sin alterar su cuerpo. El aire de sus pulmones, sangre, orina, restos sobre la piel, pelo, etc. De momento no se puede realizar la autopsia con el fin de no alterar el extraño entramado de microchips en su cuerpo y que todavía se encuentra cubierto por esa extraña malla metálica. Pasaremos a inspeccionarlo por si les sugiere alguna idea.

Respiró profundamente varias veces. La tensión le estaba produciendo un ligero cansancio.

—Al igual que esta sala y las dependencias de su departamento, están controladas por la policía militar. Nadie, nadie puede entrar sin la autorización oportuna. Lamento decirles, además, que tendremos que usar trajes protectores de respiración autónoma.

Todos quedaron impresionados ante el estado tan lamentable del cadáver. Pudieron comprobar que el castigo infringido fue terrorífico y sin duda alguna, la causa de su muerte, tras una eterna agonía. Pero no pudieron sacar conclusión alguna. Lo mismo ocurrió en su laboratorio. El equipamiento era el habitual para el tipo de ensayos que se realizaban habitualmente.

Fueron trasladados al apartamento del doctor Zoltan de una forma sigilosa que impidió que a lo largo del trayecto provocaran algún tipo de alarma. Una vez en el interior y acompañados, además, por un técnico en seguridad, les explicó el funcionamiento de todos los elementos de apertura y cierre del edificio, comprendiendo ahora las palabras de la doctora.

Una vez solos en la estancia que servía de laboratorio, se dedicaron a revisar todos los equipos, notas, cajones, estanterías e incluso debajo de las mesas. La silla fue el elemento que mayor curiosidad les causó, aunque, indudablemente, se negaban a creer que por medio de tal artilugio se pudiera realizar la teletransportación. Pudieron hablar libremente sin la presencia de la doctora, ante la cual, ya comenzaban a sentirse cohibidos. Sin embargo, esta situación no se alargó por mucho tiempo.

Laura Weiissaller, al entrar en la sala de Zoltan, dio un par de sonoras palmadas para atraer la atención de los doctores. Estos se giraron hacia la puerta de entrada que estaba siendo cerrada en esos momentos.

—Tengo varias noticias para ustedes. En primer lugar, el caso del asesinato del doctor Zoltan está resuelto y, personalmente, creo que sin duda alguna.

Los presentes la miraron sorprendidos y a la vez, un tanto liberados de la tensión de las últimas horas. Esperaron impacientes las noticias de la doctora.

—Aunque les parezca asombroso, el doctor Zoltan consiguió realizar la teletransportación de su cuerpo y posteriormente regresar a su laboratorio.

El asombro, en los rostros de los presentes fue claro y sin lugar a dudas. Alguien quiso preguntar, pero la doctora cortó de inmediato tal acción.

—Comprendo su perplejidad. Yo también estoy sorprendida, aunque reconozco que no tanto como ustedes, que son los verdaderos especialistas y les cuesta admitir la realidad. Permítanme que les explique lo sucedido y después podrán preguntar, si todavía lo estiman oportuno.

Asintieron unánimemente.

—No sabemos el tiempo que llevaba Zoltan trabajando en este campo, pero si parece que ha sido la primera vez que intentó realizar la teletransportación. De cualquier forma, esto no justificaría lo ocurrido. El doctor intentó, conscientemente, transportarse desde Houston a Israel, concretamente a Jerusalén. Y fue un éxito. A las 23:59 del viernes consiguió partir y un minuto más tarde, sobre las 24:00 o algo más, se encontraba en Jerusalén. Lo que no sabemos es si la hora de aquí coincidía con la de allí, si llegó a otra hora, si era de día o de noche, aunque nos inclinamos a pensar que era de día.

“Imaginamos que llegó desnudo, ya que a su regreso, tan sólo estaba envuelto en la malla, y ésta, probablemente, no le acompañó, más bien era el portal de entrada y por eso no se encontraba dañada."  

"Cabe la posibilidad de que la idea original de Zoltan fuese tan sólo crear un duplicado de sí mismo en otro lugar del espacio y del tiempo. Esto justificaría su desnudez. También estamos seguros de que su estancia en Jerusalén se realizó entre los años 30 y 40 d.C. Es decir, viajó al pasado. La fecha le alejaría, en caso de éxito, de las posibles noticias que se producirían si hubiera sido en el presente.”

—¡Eso es imposible! --dijeron, prácticamente, todos los concurrentes.

—¡Eso fue real! --replicó la doctora de forma enérgica.

—¿Cómo pueden estar tan seguros? Lo que nos dice es un absurdo. ¡Viajar al pasado...!

—Estamos seguros y tenemos las evidencias –respondió la doctora con voz más amable.

—¡Explíquese!

Los doctores sentían que con ellos, estaban realizando el típico programa de televisión con cámaras ocultas.

—Por supuesto y con mucho gusto. Zoltan llegó a Jerusalén, digamos en el año 30 d.C. Por supuesto, totalmente desnudo y debió finalizar la teletransportación durante una hora del día y en medio de mucha de gente, ya que las coordenadas parecen situarle en los alrededores del templo. No es difícil imaginar la ira que debió provocar entre los judíos, que un no judío, no estaba circuncidado, con un cuerpo blanco como la leche se presentara de esa guisa en la misma entrada del templo. En aquella época, no dudarían en pensar que era un ser demoníaco y que merecía un castigo, con la brutalidad a la que estaban acostumbrados y posteriormente colgarle de una cruz a las afueras de la ciudad. Allí, la muerte le sobrevendría por asfixia. El lunes, en nuestra época, el equipo, programado para ello, realizó la operación de retornarle al presente y en el punto en el que había partido. La malla fue un elemento fundamental para su regreso. Es otro elemento fijo del equipo.

—¡Pura elucubración, doctora! Algo totalmente increíble y sin base alguna en que sostenerlo.

—¡En eso se equivocan! A falta de muchas pruebas por realizar, los primeros resultados han sido reveladores. Se ha analizado el aire de sus pulmones y presentaba una pureza difícilmente imaginable al aire libre en nuestras ciudades. Se detectaron también varios tipos de polen en el aire de sus pulmones y en el cuero cabelludo. También se localizaron algunas astillas del madero, que, probablemente tuvo que arrastrar y que dejó huellas en sus hombros. ¡La datación de su antigüedad por el carbono 14 nos conduce a unos dos mil años en el pasado! --y antes de que nadie se atreviera a decir nada, añadió--: Mi problema se ha resuelto, caso cerrado. Ahora comienzan sus problemas y les auguro que serán muchos. En unos minutos les hablará el Presidente y les obligará, sin duda alguna, a que resuelvan y aclaren lo que el doctor Zoltan consiguió, que es factible y que ha sido completamente real. Les deseo mucha suerte ante este nuevo reto que revolucionará todas las tecnologías actuales. Y ahora, si me lo permiten, debo de hablar con el Presidente y ponerle al corriente de todos los acontecimientos. ¡Mucha suerte y muchas gracias!









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