RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


EXCURSIÓN AL OFTALMÓLOGO

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EXCURSIÓN AL OFTALMÓLOGO
          

Hace unos días, y parece que fue ayer, Luis tuvo la necesidad de acudir al oftalmólogo para llevar a cabo una revisión del fondo de ojos (¡como si a simple vista no pudieran darse cuenta de lo hermosos que son!), cuestión solicitada por el endocrino que investiga la relación entre sus comidas, bebidas y otras circunstancias. ¡Oye, ¿por qué será que cuando caes en mano de cualquier galeno, enseguida te dicen, “quiero verle de nuevo dentro de seis meses o como muy tarde, dentro de un año”?!, pensó un tanto cabreado. Asegura, a todo aquel que quiera escucharle, que nunca ha dilapidado simpatía con estos seres, es más, se ufana de repartir gestos adustos a diestro y siniestro.

A las cuarenta y cinco sobre las doce tenía cita en la consulta de dicho especialista, una de las muchas situadas en el vetusto edificio con los que la Inseguridad Social sorprende a propios y extraños. “Consulta número 8”, le dice “algo” con unas enormes greñas negras repartidas por un fino rostro que difícilmente ocultaban una nariz aguileña de notables dimensiones y un incipiente y desagradable bigote. Con un tímido “gracias”, Luis se dirigió, por un enorme pasillo, a la búsqueda de ese número 8 que era su destino.

Una vez allí, un grupo de gente se encontraba sentada a la espera del temido turno. Tomó asiento en una de las sillas corridas, de un vulgar plástico de color marrón que disimulaba a la perfección el estado de suciedad que pudieran contener, y contenían, seguro. Se limitó a observar discretamente a sus convecinos de espera, pero ninguno de ellos atrajo su atención, tan sólo un muchachillo, entre seis y ocho años, rompía ligeramente la situación de monotonía que allí reinaba, saltando de una butaca a otra mientras le decía a su paciente madre; “¡quiero Coca Cola!”. Luis se hubiera dormido de encontrar una posición lo suficientemente relajada.

No supo cuanto tiempo transcurrió hasta que pudo oír su nombre en boca de una oronda enfermera. Se levantó sintiendo que las válvulas de su corazón se aceleraban ligeramente y entró en la consulta como quién entra en la cámara de gas. Allí, sentado detrás de una mesa, el doctor, de barba casi blanca, antiparras caladas y aspecto poco digno, escribía algo sobre una pequeña cartulina blanca. Tal como le habían enseñado desde muy pequeñito y su educación le obliga, Luis pronunció un discreto “buenos días”.

¡Siéntese! ¿Qué le pasa? —dijo el doctor gesticulando y sin contestación alguna a su adecuado saludo, quizás por los muchos que tendría que repetir a lo largo de su jornada laboral, y eso le supondría un ahorro en energía que no de tiempo ya que ese no le preocuparía.

Mire usted doctor, el señor endocrino me envía para que me revise el fondo de los ojos —le contestó con una suavidad que le sorprendió a si mismo, quizá por el pánico a la bata blanca.

¡Siéntese allí! —vociferó de nuevo y sin relajar el tono, señalando un enorme sillón negro situado al lado de un montón de aparatos que bien podrían pasar por artilugios de tortura.

Haciendo caso de la orden, Luis se levantó, sin prisas, tampoco era como para salir corriendo. Se sentó en el enorme sillón tapizado en cuero (?) de un profundo color negro. Siempre le habían molestado los sillones de cuero porque acumulan los efluvios corporales de quienes allí se sentaban, incluso de los que lo hacían en invierno. Le acercó una mugrienta cartulina triangular y se la colocó sobre el cristal izquierdo de sus gafas sin miramiento ni pronunciamiento alguno. Con una visión irregular le dice que mire hacia una pantalla luminosa en la cual se distinguían unas filas de letras, cada una más pequeña que la anterior o la siguiente, según desde donde uno aplique el punto de visión.

¿Ve la primera letra de la izquierda? —le preguntó con el mismo tono de voz acelerado, quizás por la proximidad de la hora de la comida y sus deseos de salir pitando con todas sus válvulas a régimen.

Sí, la veo. La M —y se quedó de un satisfecho que no vean ustedes. ¿Qué se creería el tío?, pensó Luis muy ufano.

¿Y la siguiente? —continuó el sádico sin variar un ápice su gesto de estreñimiento mental.

La T —le contestó, y oliéndose que a continuación le preguntaría las otras, se las leyó de carrerilla, de arriba a abajo, hasta la fila más pequeña.

No alegó nada, sencillamente se limitó a cambiar la cartulina y colocarla sobre el cristal situado sobre el ojo derecho. Ladinamente cambió el panel de las letras, pensando que quizás se las he aprendido de memoria y repitió la pregunta, a lo que lacónicamente le respondió con la debida seriedad que correspondía al momento.

H, ... U, ... M, ... A, ... N, …

Bien, bien. Le voy a poner unas gotas. ¿Ha venido en coche?

Luis le respondió negativamente. Iba a decirle que andando, pero se lo pensó mejor, no fuera a hacerle algún chiste.

Durante cuatro horas al menos, no podrá conducir.

Luis le miró suspicazmente. Le había dicho que no había venido en coche y dada la hora, con la comida de por medio, tampoco lo usaría, ¿a santo de qué la advertencia?

Pero si caminar, supongo... —y pensó que sería mejor no incordiarlo

Le abrió el párpado del ojo derecho y dejó caer una gota que le sentó a cuerno quemado.

¡No cierre el ojo! —le espetó el muy cretino.

A continuación martirizó el izquierdo, con igual respuesta por parte del ojo y de él. Ahora son los ojos los que sienten unos picores que le obligan a mantenerlos cerrados.

Salga y aguarde en la sala de espera. Ya le llamaremos —expresó agriamente.

¡Sala de espera te iba a dar yo a ti!” pensó en un momento de ofuscación tratando inútilmente de abrir los ojos y encontrar la salida. Fuera, su mosqueo comenzó a hacerse mayor y una extraña visceralidad comenzó a apoderarse de él. Poco a poco, la sensación de malestar fue desapareciendo, en la misma medida en que su visión iba perdiendo nitidez, a pesar de lo cual, podía ver e incluso conducir, con ligeras molestias quizá, pero sin mayores complicaciones.

Un tiempo más tarde, cercana ya la hora de sentarse a comer volvió a escuchar su nombre a través de la puerta entreabierta. Nada más asomarse ya le estaba indicando que se sentara de nuevo en el potro. Con las luces en semipenumbra, acercó su rostro al de Luis con una diminuta linterna que iluminó su iris de una forma molesta. Tentado estuvo de soltarle un guantazo al sentir su total proximidad.

Mire hacia la derecha. Así. Ahora hacia la luz, bien —le decía a la vez que con dos dedos de su mano le impedía cerrar los párpados a pesar de la fuerte intención de hacerlo.

Se imaginó que a través de alguna lente estaría mirando las interioridades de su ojo y que de vez en cuando iría cambiando el aumento de la misma.

¡Una catarata! —dijo sin encomendarse ni a Dios ni al diablo.

¡Hostia, el Niágara” pensó Luis con estupor. Mantuvo silencio conteniendo la respiración en espera de que el divino oftalmólogo se dignara a realizar aclaración alguna. Siguió moviendo la molesta linterna de un lado a otro.

Sí. Una catarata, pequeña, pero catarata al fin y al cabo —sentenció, lo que a Luis le pareció que sentía una determinada satisfacción por su descubrimiento.

Pasó después al ojo izquierdo repitiendo la misma historia, pero esta vez pareció sentirse molesto al no encontrar algo similar. Cuando terminó le dice que se siente en la silla, al lado de la cutre mesa de despacho. Emborronó la cartulina en la cual había escrito su nombre en la cabecera. Sin pensárselo dos veces, le preguntó:

Eso de la catarata, ¿es peligroso doctor? —el tono de su voz denotó perfectamente el pánico que se había apoderado de él.

¡Ah, no! —contestó sin levantar la mirada de la raquítica cartulina—, no tiene importancia. Es muy pequeña.

¿Cual puede ser la causa? —vuelvo a preguntar tímidamente, aunque algo más relajado.

Eso no se sabe, pero con seguridad será una cuestión congénita.

¡Joder, ahora le hecha la culpa a sus padres, abuelos, tatarabuelos, ... por si los había odiado poco!

Mantuvo un prudente silencio esperando que la respuesta fuera algo más concreta, más aclaratoria, pero el agrio galeno no estaba por la labor, quizá su neurona sólo pensaba en la “fabada asturiana” que le estaría esperando en la mesa de su comedor.

Esto para el endocrino —dijo alargándole un papel en el que había escrito unas escuetas palabras “Fondo de ojos bien. Saludos querido colega”— y a usted quiero verle dentro de un año.

¿Dentro de un año me dices?, ¡anda ya curandero de tres al cuarto!, que voy a volver yo a este cuchitril de consulta, triste, deprimente, desvencijada, con papeles colgados por todos los lados, incluso con la foto de la estúpida enfermera con su dedo índice sobrepuesto en la comisura de los labios, para que me digas así, sin más, con la lupa y la linterna pegada a mis ojos, sin derecho a movimiento ni replica; ¡una catarata!, como si descubriera el universo y tuviera miedo de que se le escapase. Todas mis válvulas, todas, iniciaron un desenfrenado movimiento para lanzar ríos de sangre hacia mi cerebro, que instantes atrás había sufrido una descarga de adrenalina que hasta los cataplines se quedaron paralizados e inoperantes. Pienso que los colores de mi cara huyeron despavoridos en busca de asentamientos más estables. ¡La hostia, una catarata!, ¡joder!, puede que sea pequeña, pero ¡coño! todos crecemos y ella no va a ser menos, y el muy condenado me lo suelta así, bien guarnecido detrás de esa linterna y esa lupa que me impiden verle cualquier gesto, que incluso no llego a dudar que fueran de placer; “yo no como, pero tu te jodes” podría haber pensado el barbiblanco enfundado en un tres cuartos de bata, probablemente blanca, pero que ahora, no apostaría por ello.”, y tras este ligero pero esclarecedor raciocinio, Luis sintió como a su alma retornaba la deseada tranquilidad, aunque fuese momentánea.

La enfermera, y no le cabía la menor duda, ¡nunca alcanzaría el estatus de “tía buena”, ni nada parecido, le devolvió la documentación que inicialmente le había entregado y con una mueca simiesca le acompañó hasta la puerta, pero no por cortesía, para llamar al próximo candidato al cual habría que realizar nuevos descubrimientos.

Ya fuera del desagradable habitáculo del oftalmólogo, con la cabeza gacha, sintiendo unos efluvios fríos debajo de la chaqueta todavía veraniega, dirigió sus pasos hacia la calle, donde al menos, le aguardaba un espléndido mediodía, sol radiante y una temperatura cálida. Craso error. Nada más cruzar (y con alegría) la puerta de salida del vetusto edificio tuvo que cerrar con violencia los párpados de sus estimados ojos. La luz del sol hería profundamente su iris, obligándole a protegerlo con las manos. “Quiero verle dentro de un año”; ¡anda yaaa...!, pensó bravuconamente.

Con lentitud fue adaptándose a ese cambio a la vez que caminaba pausado por la acera que en esos momentos gozaba de más sombra. Cara al primer bareto, ni lo dudó, sus piernas caminaron hacia su interior y allí, su vista pareció relajarse. Quiso castigar su cuerpo agradablemente con una enorme cerveza bien fría y así se lo hizo saber a un camarero con cara de despistado, que se encontraba detrás de la barra, pensando quizá, en la orgía pasada el último sábado noche. Finalmente, salió a la calle, buscó la parada del autobús más cercana, lo tomó y se dirijo hacia la paz del hogar, con baja visión, con baja moral, con una catarata en el ojo derecho (¡si al menos fuera en el izquierdo!) y con ganas de dormir una prolongada siesta.

Pensar que a estas alturas del milenio pueden ocurrir todavía estas cosas, pone los pelillos de punta. A quinientos kilómetros de altura sobre nuestras cabezas, donde el espacio ya comienza a ser negro y frío, siete astronautas nos circunvalan a una velocidad de vértigo (alrededor de 28.000 km. por hora) gracias a la alta tecnología desarrollada por los sesudos científicos del programa espacial. ¡Y a Luis le dicen que tiene una catarata, que tranquilo, que dentro de un año ...! ¡Se revela! ¿Qué podría decirnos? Los dos cohetes auxiliares del Discóvery quemaron sus doscientas toneladas de combustible (que en el equivalente para su bólido, supondría poder circular con comodidad al menos, dos millones de kilómetros) y poco después, ya en los cielos, se inició la propulsión de los cohetes propios de la aeronave cuya fuerza es la equivalente a 300 millones de kilogramos. ¡Y él en autobús a su casa y medio cegato! Allí arriba, siete seres nos contemplaban.

Dentro de unos días, regresarán después de haber realizado importantes experimentos científicos que, probablemente, redundarán en beneficios para la raza humana. Sin embargo, Luis, aquí abajo, pegado a esta tierra de la que no se puede separar debido a esa fuerza invisible, que para vencerla es necesario impulsarse a una velocidad de 8 km. por segundo y hacia el espacio, debía esperar todo un año para ver como iba evolucionando su catarata. ¡Así son las cosas!, y ¡así nos va … terrícolas!





        
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