RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


EL ÁNGEL CAÍDO


L


EL ÁNGEL CAÍDO
          


Miraba sonriente la imagen que me estaba devolviendo el espejo. En esta ocasión no sentí la necesidad de golpearlo y hacerlo añicos. Muy al contrario, me sentía complacido, muy complacido. Últimamente, sentía como mis capacidades se estaban potenciando y todo me parecía más simple y fácil, por lo que tomé la decisión de olvidarme de los problemas derivados del trabajo. Mis responsabilidades al frente del diseño de componentes básicos utilizables en las nuevas lanzaderas espaciales se estaban convirtiendo en juego de niños. Ahora me disponía a gozar de un espléndido fin de semana sin complicaciones y sin limitaciones.

Levanté la tapa del inodoro para dejar allí todas mis ideas, la bajé y tiré de la cadena sintiendo como al discurrir del agua de la cisterna, las disipaba y despejaba mi mente. Ajusté el nudo de la corbata, y abandoné el cuarto de baño. A mi paso, luces que se apagaban y otras que se encendían. Ya en la puerta del apartamento me giré para comprobar que todo estaba en orden y di un ligero portazo mientras escuchaba la voz en off “puerta cerrada y apartamento bloqueado”.


Al llegar a la calle, delante de la puerta del edificio, un taxi con la luz verde sobre su techo parecía que me estaba esperando. Subo y le indico la dirección. Poco después se detenía delante del jardín que daba acceso a una de las discotecas más importantes de la ciudad. Pago, dejo una sustanciosa propina y me bajo, sin prisas, saboreando cada instante. Me sentía otro hombre y sabía que dentro de mi se iniciaba un cambio.


Camino lentamente, con parsimonia, por una de las calles del jardín recreando la vista con el ambiente nocturno y la agradable mezcla de aromas desprendidos por preciosas y variadas flores, que auguraba una agradable noche. No tenía duda alguna, en el interior me iba a encontrar mucha gente conocida, hombres y mujeres, algunas de ellas muy apetecibles en todos los sentidos. Seguro que les daba una sorpresa.

De frente, dirigiéndose hacia mí, un hombre alto y flaco, sin una pluma en el sombrero ni una flauta bajo el brazo, parecía caminar a cámara lenta con sus pequeños ojos fijos directamente en los míos. Sin poder determinar el motivo, sentí un ligero estremecimiento que deseché de inmediato debido a su falta de sentido.


El hombre alto y flaco, se detuvo justo frente a mí cerrándome el paso a menos que intentase soslayarlo, pero no lo hice. Yo también me detuve para evitar el choque entre ambos. Continuamos mirándonos, con sorpresa yo, con gesto distendido él, que me pareció un tanto burlón. Pensé frenéticamente de que podía conocerlo pero sus rasgos, completamente anodinos,  me eran desconocidos, ni una pizca de familiaridad o cercanía. Nada.


Inquieto le pregunté, tratando de que mi tono de voz sonara firme, seguro e impersonal:

—¿Nos conocemos?


El hombre alto y flaco esbozó una nueva sonrisa. No puedo decir que fuera agradable, pero tampoco lo era inquietante. Además, mi saludable cuerpo estaba en plena forma y consideraba que no era un rival en caso de disputa. El problema radica en que muchas veces subvaloramos al de enfrente y cometemos demasiados errores. Pero estaba seguro de que no era éste el caso. Nos encontrábamos en un lugar lleno de gente, policía por los alrededores y seguridad por parte de la discoteca.

—Sí. Claro que te conozco. Desde tiempos inmemoriales —respondió displicente.


—Pues, lo siento mucho —respondí pensando que el tipo estaría algo colocadillo y se equivocaba de persona—. Yo no le recuerdo de nada y soy buen fisonomista.


Su traje, gris muy oscuro, corbata azul claro y pañuelo a juego en el bolsillo superior de la chaqueta le conferían elegancia y cierto porte majestuoso. Sus manos, alargadas y finas dieron unos giros en el aire con una lentitud que me pareció asfixiante. Un aire gélido pareció rodearme al son de ese movimiento.


—Eres uno de los escasos seres humanos que sois portadores de los genes originales de los Elohim, quienes al unirse con hembras humanas, sembraron su semilla en ellas. Esa parte elemental en el ADN ha permanecido invariable a lo largo de los milenios sin tener actividad alguna sobre los seres que la transportaban ni mutación que alterase sus características.


Creí que mis ojos iban a salirse de las órbitas. Este tipo flipaba, seguramente iría cargado de anfetas o algo parecido. Pensé que debía marcharme de una vez, dejarle allí plantado con sus incongruencias y acercarme a la barra de la discoteca y disfrutar de la bebida más fuerte que tuvieran en su variada selección. Lo intenté, pero mis piernas se negaron a obedecer la orden impuesta por mi cerebro. Un ligero pánico comenzó a apoderarse de mí. Unas extrañas sensaciones con inicio en el estómago, amenazaban con alcanzar y barrer mis sentidos.


El hombre alto y flaco se percató de mi clara inestabilidad pero, aparentemente, no le concedió importancia alguna.


—Sin embargo —continuó con voz taimada y apenas audible—, esa parte de tu ADN si está comenzando a actuar y a ejercer el control sobre el resto de tu organismo. Ha sido activada convenientemente y tal como lo habían previsto los dioses, por la incidencia y exposición continuada a las ondas que producen las emisiones de información a través de satélites artificiales y otros centros terrestres, actividad que sería claro indicio del desarrollo alcanzado por la humanidad.


—¡Estás loco! —tan sólo pude articular, pero ya comenzaba a sentir pánico de verdad. La armoniosa musicalidad de la voz de aquel hombre alto y flaco me envolvía impidiéndome razonar con normalidad. Subyugaba mi capacidad mental.


—Cuando  tu transformación sea completa, tu misión sería la de salvar a este miserable planeta que, con lentitud pero con seguridad, se está hundiendo en un terrible caos de destrucción. Mi señor, El Ángel Caído, Lucifer, el primer ángel de una belleza increíble y no comparada a ninguna otra creación, encargado de encender las primeras luces del Universo llamándoles Lucero, al rebelarse ante el Creador fue expulsado del paraíso y excluido de la creación, siendo enviado a los terribles reinos de la oscuridad en espera del juicio final, necesita de esa combinación genética para crear un hijo triunfante y exterminador.


La gente pasaba por nuestro lado como si no nos viesen. Reían y hablaban alborozados con total despreocupación. Traté de llamarlos pero de mi boca no salía sonido alguno. Quise sujetarlos de los brazos pero mis manos no conseguían agarrar nada, se paseaban por el vacío.


—Vas a conocer al Súcubo —continuó el hombre alto y flaco sin permitirme hacer alegación alguna— No tengo la menor duda de que sabes perfectamente lo que significa.

A sus espadas, surgiendo de la nada, vislumbro la presencia de una mujer. Alta, de pelo muy largo y rizado, pelirroja y con unos ojos de un color azul asfixiante. Su mirada penetrante me desnudó física y mentalmente mientras sonreía con una expresión exquisita y terriblemente sensual. Su belleza me había dejado sin respiración y mi cuerpo sufría múltiples sensaciones.


—Su nombre es Lilit, fue la primera esposa de Adán. Su descendencia es muy amplia y variada, toda al servicio del señor de las tinieblas.


Miraba aterrado a los dos personajes. Lilit estaba vestida y al segundo siguiente desnuda, mostrando unas formas corporales de extremada perfección. Su sonrisa me producía taquicardia, obligándome a desviar la mirada alternativamente hacia el rostro del hombre alto y flaco y hacia el de ella.


Concentré toda mi energía para emitir un doloroso grito mientras tenía la sensación de que ambos personajes comenzaban a diluirse en el aire.


Un fuerte golpe en la frente me hizo gritar un tanto confundido. A mi alrededor la oscuridad era total. Me toque la frente con la mano pero no sentí daño alguno. Me di cuenta de que estaba tirado en el suelo boca abajo. Me dispuse a levantarme con cuidado mientras trataba de tomar consciencia de la realidad.


—¡Joder, me caí de la cama! —exclamé sorprendido.


Me levanté y me senté en el borde de la cama mientras veía que el reloj despertador señalaba las seis y media de la mañana.


—¡Buena curda la de esta noche! —me dije entre dientes. Mis manos rozaron el pantalón del pijama notando que estaba mojado — ¡Y me meo encima! ¡Seré capullo!

Encendí la lamparita de la mesita de noche y a pesar de ser de baja luminosidad, me dejó aturdido y deslumbrado momentáneamente. Cuando consigo abrir los ojos, compruebo que el pantalón estaba completamente mojado. ¡Sentí asco y vergüenza! Con la punta de los dedos lo dejé caer al suelo. Me giré para ver los efectos sobre las sábanas de la cama.


Un espeluznante grito salió de mi garganta produciéndome dolor. Sobre la cama, el cuerpo del súcubo…, de Lilit, totalmente desnuda y durmiendo plácidamente. Una sonrisa gozosa se plasmaba en su rostro demostrando su felicidad.


“¿Me habría seducido?”, pensé con desesperación percibiendo como iba perdiendo mis facultades mentales y mi cuerpo estaba siendo absorbido por un remolino ascendente que me transportaba hacia la nada. Veía que toda existencia material se iba alejando a la vez que me introducía en un submundo ciego y violento. Después, a mi alrededor se produjo un grotesco silencio…, ¿podría salir de él?






NOTA: Lilit (o Lilith) según el folclore judío, de origen mesopotámico, se la considera la primera esposa de Adán, anterior a Eva. Según la leyenda, abandonó el Edén para unirse a Asmodeo y convertirse en su amante. Posteriormente, se transformó en una bruja que raptaba a los niños en sus cunas por la noche. Se unía como un súcubo a los hombres engendrando hijos que se denominaron “los lilim”, hijos del demonio para adorarle y servirle





        

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