RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


¿SE EQUIVOCÓ DIOS?


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¿SE EQUIVOCÓ DIOS?
        

Se encontraba Dios sentado en su trono celestial pensando sobre la soledad del infinito. El tiempo no existía, el universo no existía y la quietud a su alrededor era eterna. No había puntos de referencia, la nada absoluta le rodeaba. Entonces se dijo que sería bueno disipar las tinieblas, crear la luz y el sonido, modificar la estructura que le rodeaba e hizo que la explosión primigenia tuviese lugar y lo alterase todo. Y creó, además, el tiempo y una estructura hermosa que comenzó a rodearle.

La infinita masa puntual explosionó para crear bellas formas, unas ardientes a las que denominó soles, otras frías a las que llamó planetas y otras luminosas que se desplazaban inquietas por el universo a las que llamó cometas. Fue observando, desde su inconmensurable paciencia, la evolución de la creación y se sintió satisfecho disfrutando del merecido descanso después de la obra bien realizada.

Y fueron pasando los eones y fue comprobando como se sucedían los acontecimientos en ese espacio dinámico en continua expansión. Seguían formándose soles de muy diversos tamaños. Unos, a los pocos eones de existencia, explosionaban y daban lugar a nuevos planetas que en el discurrir del tiempo fueron adquiriendo una perfección en sus movimientos formando un espacio que evolucionaba bajo unas leyes comunes que definiría como “gravedad”.

Siguió pensando que podía mejorar la belleza de su obra y para ello hizo que los restos de las constantes deflagraciones se movieran por el espacio atraídos por la inmensidad de soles y planetas que lo ocupaban y pudo comprobar que los encuentros entre unos y otros alteraban la rutina de los mismos creando constantes emisiones de luz y color y modificando sus existencias.

Y fueron discurriendo los eones y Dios se sentía plenamente satisfecho de su obra. Fue comprobando como algunos planetas sufrían profundas transformaciones y su superficie se iba alterando para formar composiciones de una gran belleza.

Observó como uno de ellos evolucionaba de forma distinta, tanto en el tiempo como en el espacio, transformándose en un extraordinario planeta azul. También observó como las transformaciones que tenían lugar se realizaban con una rapidez inusual, impropia del acontecer del resto del universo. Hizo separar las aguas y grandes superficies de tierra emergieron, oscuras en el principio de los tiempos para adquirir color con el paso del tiempo hasta transformarse en un lugar verde y hermoso donde fueron creciendo los árboles y las plantas compitiendo en belleza.

Se crearon muchas formas con vida propia, que vivían y morían en un tiempo indescriptiblemente corto pero que fueron adueñándose del planeta. De los océanos, caldo de cultivo primigenio, fueron emergiendo vidas con capacidad de movimiento y se fueron apoderando de todo el espacio del planeta.

 Y Dios creyó que era bueno, pero con su inicial inexperiencia, no pensó que la inmensa lluvia de estrellas caídas sobre la superficie pudiera aportar elemento alguno con capacidad reproductiva. Desconocía el ADN y su multitud de variantes evolutivas. Pero observó que, además del reino vegetal, se creaba el reino animal y vio que ambos eran buenos. Y Dios comenzó a equivocarse.

Aunque el discurrir del tiempo era excesivamente rápido y la actividad tanto en el reino vegetal como en el animal evolucionaba sin descanso, Dios pudo comprobar que se estaban produciendo aberraciones siguiendo sendas muy diferentes, anárquicas y en constante lucha por la ocupación y dominio del espacio. Las diferentes especies de ambos reinos fueron evolucionando para supervivir y la especialización a cada instante era más agresiva. La supervivencia de unos suponía la muerte de otros, y vio que era algo inexorable.  Pero había un cierto equilibrio y comprobó que esto era bueno.

La evolución determinó que ciertas especies fueran fuertemente dominantes. Enormes criaturas fueron adueñándose del espacio y sus necesidades vitales eran muy grandes y Dios comprendió que con su ferocidad y tamaño aniquilarían al resto de las especies y determinó que eso no era bueno. Permitió que una nueva lluvia de estrellas se encargara de restablecer el orden y se produjeron otra vez las tinieblas eliminando a las enormes bestias. El planeta se sumergió en la oscuridad total aniquilando casi todas las formas de vida. Volvieron a desaparecer y regresó la luz y sintió que el caos se transformaba de nuevo en belleza y vida. Y Dios creyó que era bueno.

Comprobó que, en un soplo, el planeta volvía a resurgir y volvía a ser bello.

Y surgieron nuevas criaturas dominantes y mucho más especializadas y con capacidad para pensar y organizarse. Y Dios vio como de esta especialización agresiva surgía una nueva especie a la que denominó “hombre”, con gran capacidad de supervivencia y pensó que eso era bueno y que impondría el orden universal  con su dominio sobre el resto de las especies.

Y Dios, en su infinita bondad y paciencia, volvió a equivocarse. El hombre, que parecía haber surgido a su imagen y semejanza, estaba dominado por la impronta almacenada en su ADN, surgido al azar tras infinitas combinaciones de partículas elementales viajeras con los cometas, que le configuraba como el mayor depredador de los reinos vegetal y animal y su instinto era la actitud constante y dominante.

Y Dios, con su infinita bondad y paciencia, les envió a su hijo bien amado y comprobó con horror como era maltratado, vilipendiado y crucificado hasta morir desangrado de forma salvaje por aquellos a los que trataba de salvar, y comprendió que la raza dominante dentro del reino animal no tenía remedio y se merecía un castigo severo.

Por eso Dios, dentro de su infinita bondad, misericordia y exquisita paciencia tuvo que tomar una dolorosa decisión. Reunió a su corte celestial anunciándoles que debían de abandonar este universo antes de que los salvajes consiguieran la destrucción total del mismo, fin evidente e invariable bajo todas las posibles circunstancias.

Y Dios abandonó este universo y permitió al hombre que ejerciera su libre albedrío que le conduciría inexorablemente a la destrucción total, sabiendo que con el paso de los eones conseguiría desarrollar su obra maestra, perfecta y eterna, y que ésta sólo llegaría aprendiendo de los errores. Dispondría de los universos necesarios para completar su obra. Y una vez conseguida, podría descansar en perfecta armonía con su Universo a su Imagen y Semejanza, y comprobaría que eso sería bueno.





        
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