RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S

 

E S T Ú P I D A   M U E R T E




 

El estridente y terrorífico ulular de los sistemas sonoros de una ambulancia estremecieron mis sentidos anunciándome una acuciante urgencia médica, un traumático accidente o una vida incipiente que trataba de llegar a este mundo en situación precaria.

Un poco más de las dos de la tarde de un soleado día, cuando me dirigía hacia un restaurante a pie de playa, tuve que atravesar un pequeño túnel para salvar la vía principal. Poco antes de llegar y ya con los nervios a flor de piel comencé a frenar el coche ante la evidencia de que se había producido un accidente en la misma entrada. Pensé que alguien, en esos segundos de distracción, no había tenido tiempo de pisar lo suficiente el freno de su vehículo o no llegó a pisarlo y había colisionado con el que le precedía. Estas situaciones siempre son tensas y desagradables y pude observar como se había acumulado un buen número de vehículos con sus ocupantes fuera de ellos tratando de adivinar que había ocurrido.

 Todavía tuve tiempo para desviar mi dirección introduciéndome en la vía principal para luego acceder a la carretera que me conducía a la playa. Estuve comentando con el resto de comensales lo sucedido durante unos instantes. Este tipo de accidentes suelen ser bastante frecuentes, pero me sorprendió la presencia de la ambulancia. Deseé que todo se quedara en un buen susto y nada más.

 Poco después, nuestra conversación había tomado otros derroteros y pasamos a comentar los asuntos por los que nos habíamos reunidos alrededor de la mesa y con excelentes platos a degustar.

 Unos días más tarde coincidí con una amiga en plena calle. Hacía un tiempo que no nos veíamos y entramos en una cafetería para tomar una cerveza y contarnos nuestras andanzas. Es profesora de un centro de enseñanza y muy pronto la conversación derivó hacia temas que la preocupaban. Me confesó que a veces se sentía impotente por la forma en la que había derivado la enseñanza, de la precariedad de medios, la rebeldía del alumnado y la despreocupación de padres e incluso de profesores.

 —Presiento que te encuentras muy cansada —le dije, mirando las inusuales ojeras debajo de sus bonitos ojos.

—Sí. Realmente me siento cansada —contestó con pesadumbre—. Estoy pasando unos días que no se los recomiendo a nadie.

 Mantuve su mirada esperando que aclarara la frase. No quería presionarla ya que podría tratarse de algo personal y eso, tendría que salir de ella. Pareció darse cuenta por lo que aclaró de inmediato.

  —No te preocupes, no es por motivos personales, gracias a Dios —carraspeó, quizá motivado por el humo de su cigarrillo—. Pero llevo varios días agotadores con diversos problemas en el instituto. Tenemos un alumnado que, en general, merecería vivir en un reformatorio. Les pillo con frecuencia fumando porros en el recinto escolar, se escaquean con una gran facilidad, incluso, de cuando en cuando, la policía nos los trae al encontrarlos vagando por los alrededores.

—Sí, algo de eso tengo entendido que ocurre muy habitualmente.

 —Bueno, es algo a lo que poco a poco te vas acostumbrando, aunque te lo juro, no es nada fácil. Me gusta mi trabajo pero no me dejan realizarlo como me gustaría. Cada día, tenemos que desarrollar una lucha territorial. O los dominas o te dominan. Pero, como te dije, a todo esto te vas acostumbrando, te vas haciendo insensible y quizá, terminas pasando de todo. Tengo compañeros que están constantemente de baja por depresiones. Algunas compañeras, sus alumnos, los más pequeños, llegan a amenazarlas y sus padres te dicen que como tomes alguna medida especial contra ellos, te denuncian.

Se detuvo, momento que aprovechamos los dos para dar un largo trago a la fría cerveza.

 —Creo que conozco tu fortaleza de espíritu —le dije, antes de dejar mi vaso sobre la mesa, sabía que tenía que haber algo más—, y no creo que esos motivos sean suficientes para tu abatimiento.

—Tienes razón. Todo esto es la lucha diaria y no me preocupa en la medida de alterar mi estado de animo habitual —su rostro adquirió una mayor seriedad, si ello fuera posible. Si no la conociera como la conozco, diría que estaba a punto de romper a llorar—. Ayer por la tarde asistí al entierro de una alumna mía y esto me ha conmovido de sobremanera, no te lo puedes imaginar.

 —Siempre la pérdida de una vida humana es triste y lo entiendo, sobre todo, siendo una alumna tuya a la que me imagino entre una edad de catorce a dieciséis años, ¿me equivoco?

Hizo un gesto negativo con la cabeza. Pareció que era incapaz de hablar por lo que traté de guardar silencio esperando sus palabras. Un poco después fue relatándome los últimos acontecimientos que le habían tocado vivir.

 Me contó que ayer por la mañana, el director del centro le pidió que le acompañara a un entierro. Había fallecido una alumna del instituto en un trágico accidente y al mencionarle el nombre, una fuerte descarga de adrenalina recorrió su cuerpo y la piel de su rostro adquirió una lividez insospechada. Pertenecía a uno de sus grupos, mantenía una buena relación con ella, al igual que con la mayoría de sus compañeros, pero era una muchacha especial, muy dinámica y dicharachera.

El accidente se había producido en aquel estrecho y traicionero túnel, pocos momentos antes de que yo intentara atravesarlo. Aún recuerdo el estridente sonido de la sirena de la ambulancia. Según le relató su compañero, la muchacha recorría la calle descendente hacia las playas, sorteando los coches que circulaban con lentitud por ella. La hora podría considerarse como punta y las aglomeraciones en ese lugar eran habituales.

 En la misma entrada del túnel, quizá engañada por su penumbra, no pudo vislumbrar como un camión se acercaba de frente y al adelantar a un coche de derecha a izquierda, se encontró con la cabina sobre su cuerpo. Quizá ni llegó a enterarse del peligro, ni del golpe, de nada. Su cuerpo fue lanzado con violencia contra la pared, quedando completamente desmadejada en el suelo. Llevaba puesto un caso, sin sujeción alguna, que salió disparado en algún instante del accidente sin cumplir la misión para la que había sido fabricado.

El personal de la ambulancia, a pesar de los insistentes intentos de reanimarla, no lo consiguieron. Probablemente su cuerpo estaría totalmente destrozado tras el impacto frontal.

 —El desagradable trago —dijo con voz trémula—, se produjo cuando nos acercamos a sus padres con el ánimo de tratar de consolarlos. Su madre, totalmente abatida y desolada era incapaz de articular palabra. Producía la sensación de que de un momento a otro iba a derrumbarse.

 Yo me imaginé a la pobre mujer, madre de hija única, con muchas ilusiones puestas en ella, quizá esperando el momento de verla hecha una mujer, formando una familia y proporcionándole unos nietos que la colmarían de felicidad en su madurez. Todo eso se había esfumado en segundos.

—Su padre tenía la mirada perdida y apenas contestaba con monosílabos, pero repetía incansable que le había comprado la terrorífica moto por no oírla llorar y que ahora tenía pasar el resto de su vida llorando él por habérsela comprado.

 Las huellas del dolor se le marcarían para siempre en su rostro mientras una enorme congoja le oprimiría el corazón como unas salvajes tenazas durante una eternidad.

¡Cuánto lamento inútil por no actuar con la firmeza adecuada! Creo que todo padre pasa por esas situaciones a lo largo de su vida. Unos con mayor suerte, otros, destrozados por no decir “no”. Es cierto que no todos los jóvenes hacen sufrir a sus padres esa pesadilla, pero quienes la sufren, maldicen la situación toda su vida y su desconsuelo les destroza.

 Sólo con leer las espeluznantes estadísticas semanales de accidentes mortales podemos imaginarnos que en muchas ocasiones se lamenta el no haber dicho “no” con contundencia. El número de gente joven que fallece en accidentes de circulación es demasiado grande y aunque la Dirección General de Tráfico nos diga que el coste es elevadísimo, a la mayoría nos preocupa el coste emocional, las familias destrozadas, las ilusiones perdidas, porque a pesar de la gran habilidad para conducir que tiene la juventud, les falta el sexto sentido que solamente se obtiene con la experiencia e intuitivamente hace adivinar el peligro que te obliga a moderar los impulsos.

¡Qué muerte tan estúpida! Si al menos sirviera de algo, si al menos hiciera pensar a una juventud alocada que tiene obsesión por no hacer nada pero muy deprisa, pensaríamos que no ha sido baldía y ha puesto el germen para salvar otras muchas vidas. Lamentablemente, no es así.

—Lo terrible de esta situación —añadió sin ganas—, es que sus compañeros, al día siguiente, abandonaron el centro subidos en sus diablos mecánicos realizando piruetas inverosímiles y desafiando a todas las fuerzas de la naturaleza, ajenos al elevado precio que había pagado la joven el día anterior. Su irresponsabilidad les induce a pensar que eso “nunca les ocurrirá a ellos”.

Nos despedimos, abatidos, con una extraña desazón en el cuerpo, deseando que la próxima cerveza tenga un mejor carisma.


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