RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S

 

El Cid lanceando un toro.
Grabado realizado por Goya

¡QUÉ  TIEMPOS, MÍO  CID!




 

¡ QUÉ  TIEMPOS,  MÍO CID !

(Todos los personajes y situaciones son pura ficción, creados por la mente calenturienta de un ser con panorámica milenaria).

A veces, y tengo que decirlo, siento vergüenza propia y ajena de todos los aconteceres en los que nos vemos inmersos, pero también es cierto que son mis aconteceres, los que me han tocado vivir, y por tanto no puedo bajar las orejas, cerrar los párpados y taponarme  los oídos.

Alguien en algún lugar y en algún momento determinó que esta también era mi época, que tenía que vivirla y traspasarla de la forma que mis entendederas me dieran el criterio razonable para hacerlo, y por mucho que me queje, difícilmente voy a conseguir algo positivo, quizás tan sólo amargarme la existencia, que ya de por si es amarga. ¿Por qué te flagelo a ti, querido elemental? Tu pregunta no deja de tener un algo de explicación, no mucho, ya que tus neuronales actuaciones ya empiezan a estar desprovistas del más elemental raciocinio. ¡Mira, la vida podría ser hermosa, alegre, cálida y hasta maravillosa! Sin embargo yo, y tengo que confesarlo, y lo hago públicamente para que mis descendientes más allá de cualquier entendimiento afectivo puedan valorar, no soy consciente de la necesidad de este envilecimiento de la vida como consecuencia de una visceralidad que raya el fanatismo, la vulgaridad, la mediocridad, y por tanto no llego a comprender a ciencia cierta el por qué de situaciones tan degenerativas como las que estamos contemplando en este enano siglo, en el cual y a diferencia de los anteriores, nadie está profetizando todas las cosas horribles que nos van a ocurrir, y quizás por ese sentimiento de culpabilidad ya nos está ocurriendo.

¡El fin del mundo! nos decían allá por los años treinta y cuarenta, pero no se imaginaban cuantos Hitlers, Francos y Musolines andaban sueltos por el este planeta. Ahora se callan todos esos magos de pacotilla y sin embargo tenemos en nuestras vidas a unos gobernantes blandos, permisivos, inoperantes que sí están llevando nuestra existencia a la destrucción total, pero no como consecuencia de una guerra mundial, catastrófica y total, o un cataclismo celeste. No, más sencillo que todo eso, al mundo nos lo estamos cargando mediante un proceso irreversible, es decir, le estamos produciendo un ahogamiento sistemático, que cuando le levantemos la cabeza del agua ya no tendrá capacidad de reacción.

 Probablemente, si nuestros ancestros, los de las cavernas, pudieran contemplarnos, sentirían verdadera pena de lo que hemos llegado a realizar en nuestro medio. Respiraciones lastimeras, jadeos continuos. ¿Quién aspira hoy a pleno pulmón este aire viciado sin el temor de sufrir algún contagio?

Consecuencias de nuestra tecnología. ¡Y una leche digo yo! El avance tecnológico lo es cuando no produce contaminación pura y dura, si no ¿de qué avance estamos hablando? Por eso decía unos párrafos atrás que la vulnerabilidad de nuestros gobernantes, su docilidad ante lo establecido, su corrupción ante el oro de los dioses nos llevan irremisiblemente hacia ese caos que nuestros magos en plan de virtuosismo ideológico nos venían anunciando como desastre al inicio del tercer milenio de la era actual. La venida del anticristo mil veces anunciada, ya hace tiempo que es una realidad (si a cien años lo podemos considerar como mucho tiempo, quizás para nuestras vulgares vidas pero no para la frondosidad del universo). Millones de años ha tardado la Naturaleza en crear lo que hoy disfrutan nuestros ojos, y en segundos la estamos destrozando. Tenemos la suerte de que Dios nos ha alejado del Universo para que no podamos destrozarlo y para ello nos lo distribuye con esa lejanía para que, ni con nuestra vida entera, pudiéramos acercarnos a sus alrededores. Y nos coloca una barrera que físicamente es imposible de salvar, quizá en el futuro, cuando nuestro espíritu sea más elevado y capaz de evadirse de esta cárcel física en la que nos vemos sometidos. Entonces sí podamos visitar nuestro infinito universo y contemplar lo que un día tuvimos y llegamos a destrozar con el débil intento de nuestras mentes. 

Ahora bien, ¿por qué mi mente está sintiendo esta debilidad lastimera, rozando y rayando la paranoia intelectual? Me siento débil querido conciudadano. Cuando pienso en la realidad de nuestro entorno me entra pánico. Ya lo decía mi buen amigo El Cid, don Rodrigo, cuando cruzábamos los largos caminos de la Mancha “mejor se vive al aire libre que no en el viciado del castillo”. Es cierto que a veces no coincido con sus aseveraciones, le conozco bien y hemos compartido demasiadas situaciones al margen de la pura y dura leyenda como para no saber de que pie cojea.

Hasta la mismísima Jimena Loren lo sabe bien, por cierto Rodrigo y tienes que perdonarme, pero me jode un huevo el puñetero caso que le has hecho a la pobre Loren con lo buena que estaba. ¡Mira si estaba buena que hasta el Ponti, en plan enanito llegó a trajinársela, y tú, con todo tu porte, con tu Babieca bajo los huevos, con tus pectorales de hierro forjado, no llegaste a comerte un puto rosco! ¡Ay Rodrigo, no se puede ir de capullo por la vida! Hace unos días estuve en Peñíscola comiéndome unos langostinos que no te puedes imaginar, oye, en mangas de camisa y pantalón corto, en pleno invierno, en olor de multitudes sin un arma que llevarse a las manos como no fuese el deseo de comerse los manjares que por la contornada preparan. Pero, ¿de cuándo tú, ya fenecido, montado en tu Babieca —singular medio de transporte donde los haya— corrías por las playas detrás del moro infiel, ya, ahora, ni se acuerdan?

Dentro de sus memorias parece que tan sólo surge la presencia mediocre de un Carlos Heston, que a la sazón debía de ser un don nadie, pero tras imitarte unas cuantas veces, tu honra la ha dejado un tanto decaída. Perdóname amigo, pero aún recuerdo cuando en las cálidas tardes de primavera, allí en aquel tascón a la subida del castillo nos poníamos morados de cigalas, gambas y langostinos y me cantabas todas las peripecias que te habían hecho pasar los desagradecidos gobernantes de la época. ¡Ay si yo te contara lo que son gobernantes desagradecidos, mi querido Rodrigo Díaz de Vivar, si yo te contara! Pero sigo siendo el noble de siempre, el amigo del amigo, el compañero del débil, el esforzado concienciador de mentes obtusas que no suelen ver más allá de sus escuálidas narices, a veces llenas de podredumbre que con el solo acercamiento producen náuseas. Piensa siempre que mi recuerdo va contigo, y que algún día sabrán de ti no como el que se ligó a la Loren, sabrán de ti por mis propias palabras, verdaderas y ciertas, sentimentales y añoradas, y que no dejarán pies con cabeza para los inconsecuentes que hicieron, de nosotros, algo más que unos nómadas en nuestro propio territorio.

 Ya sabes, a veces te dejas llevar por la idiosincrasia del momento, te transportas hacia los albores del lado oscuro y te pierdes, divagas sin divulgar y divulgas sin divagar. La cuestión es decir todas las estupideces de las que seas capaz y además transmitir que son estupideces, en caso contrario te pueden tomar la medida. Yo, a los gobernantes les guardo el debido respeto, como no. Tiene el poder en sus manos, ¿canallesco?, es cierto, pero poder al fin y al cabo. 

¡Ay señor!, ¿qué está ocurriendo en esta mente maltratada por los calores propios de una época veraniega, que en mangas de camisa y pantalón corto siento la necesidad inmediata de una ducha? Mira conciudadano, son las 20 horas treinta y cinco minutos de la tarde, ya es noche cerrada, tal cual debe ser en esta época del año, y sin embargo la temperatura exterior, es decir, la de la calle no debe ser inferior a los 20 o 22 grados. ¿Qué tampoco es para tanto, anormal caribeño? Imagínate como puedes tener el cuerpo después de introducir en él y por el orden que indico, unas aceitunas, unos berberechos, unas angulas mojando pan, una ensalada con frutas exóticas e incluso uvas pasas (¡puta madre!), lomos de cerdo con brócoli y cebollas sazonadas con azúcar y coñac durante mas de veinticuatro horas, cacaos, almendras, tarta de queso con arándanos y todo ello en abundancia y regado con unas cervecitas de entrada y un  Faustino (y no digo el número para no cabrear al personal) para continuar, terminando con Cava (y aquí tengo que decir que no era de mi gusto, un brut nature que no me dijo gran cosa, pasé de él), café y whisky. ¡Jo tío, ya se que estarás diciendo que te voy a contar!, pero oye, te lo cuento. ¿Pasa algo? A mí a veces me gusta ser lo suficientemente estúpido como para cabrear al personal, y en estos momentos mi estómago, en plena efervescencia, esta destilando unos gases nauseabundos que me dejan para el arrastre, eso sí, arrastre con inundación de bicarbonato sódico o potásico (tampoco nos vamos ahora a poner en plan selectivo)  con arcadas incluidas, propias de los puentes más enormes que vuestras mentes puedan intuir, porque lo que se dice ver, ya lo tenéis difícil.

¡Y esta noche tengo cena! Ya podéis decirme todo lo anormal que soy. El hombre no es un animal de costumbres, sencillamente es un animal y eso ya no tiene remedio. Lo hemos conseguido después de millones de años y el cambio a estas alturas no proviene por imaginación o necesidad, llegará por explosión. Será entonces cuando nuestra madre naturaleza se tome la madre de las revanchas, diga hasta aquí hemos llegado, y a partir de entonces dejemos de llegar. ¡Y así ocurrirá, te lo aseguro!, no puede ser de otra forma.

La naturaleza nos supera en todo excepto en una cosa, en nuestra capacidad de destrucción. ¡Somos lentos, pero seguros, más que seguros; implacables, no perdonamos y a pulso nos estamos forjando nuestro propio infierno! ¡Oye elemental humano, esto no es un canto derrotista, muy al contrario, es un canto a la alegría, a las ganas de vivir, a las ganas de superar, a eliminar la destrucción, a impedir el caos, a invertir el sentido de la entropía, a vivir con plenitud, a ser nosotros mismos (aunque esto sí me da miedo), a buscar la razón que en algún lugar tienen que existir, quizá allá arriba, en la estrella más lejana, quizá allí en el lugar que Dios nos ha hecho inaccesible, pero cerca de nuestra imaginación. Vamos a emplearla ¡malditos!, y puede que consigamos eludir ese caos que estamos preparando para los nietos de los nietos de mis nietos, hacia los cuales pretendo dirigir estas consideraciones.

Probablemente estaré en sus cercanías, pero no podré decírselo. Desde aquí, y ahora, ¡qué lo vean, qué lo sepan!, con suerte es posible que su capacidad de perdonar haya superado la nuestra, y su rencor sea tan sólo circunstancial, y que en las cercanías de estas fechas puedan sentir todo lo que mis sentimientos tratan de transmitir, fundamentalmente que estaré a su lado tratando de conseguir (si todavía hay tiempo) que la humanidad (lo que de ella quede), sea mejor. ¡Chato, y sin catastrofismos! Puedes preguntárselo a nuestra protectora capa de ozono y te dirá cual es su estado de salud, y eso si puede hablar, que ya lo dudo, los CFC se han agarrado a sus gargantas como perro de presa y sólo la soltarán cuando la hayan fenecido.

¿Te acuerdas Rodrigo cuando por las campiñas de la Mancha y al ligero trote de tu Babieca y mi Deseada, respirábamos ese aire que de tan puro parecía quemarnos los pulmones cuando nuestro rey Alfonso VI te desterró a ti y a los que en buena hora te seguimos? No nos importó luchar contigo cuando tomaste la decisión de guerrear al servicio del rey moro de Zaragoza y nos mandó en ayuda de Qadir, al que le aseguramos el trono en esta Valencia nuestra. ¿Recuerdas cuando paseábamos tranquilamente por las playas valencianas sabedores de la seguridad que habías alcanzado? Que pena cuando asesinaron a Qadir, me caía bien. Era un tío majo, además, como se lo montaba con las moras de la morería, cosa fina tío. Yo sé muy bien que para ti aquello era una especie de sufrimiento cuando pensabas en la Loren y sus padeceres, pero que quieres que te diga Rodrigo, las cosas hay que tomarlas como vienen, sin maldad y sin desprecio. Oye, las moras estaban para mojar pan, y eso a mi me iba cantidad. Por culpa de los cretinos almorávides, que nos tuvieron demasiado tiempo en pie de guerra nos perdimos una época de placidez y bienaventuranza.

Con cuanto desvelo doña Jimena Loren defendió el reino después de tu muerte. Yo ya me había apartado de todas las actividades guerreras, mi finalidad, como muy bien sabías, no era esa, ni tampoco relatarla, pero a veces me entra la añoranza de los tiempos pasados que los recuerdo como si hubiesen transcurrido ayer, siento la necesidad de respirar como antaño, de comer como antaño, de vivir como antaño. Hoy puedo ir a Nueva York en seis horas, cuando ese era el tiempo que tardaba desde Peñíscola a Castellón, pero no conocíamos Nueva York, no había sido inventada por las hordas inglesas ni falta que nos hacía, pero Valencia, Zaragoza, Sevilla, etc., eran el ombligo del mundo, y se podía respirar, os lo puedo asegurar, cada bocanada revitalizaba el cuerpo de tal forma, que hoy para conseguirlo casi es necesario recurrir a las anfetas y demás asquerosidades que los degenerados de nuestros gobernantes con su promiscuidad han ido permitiendo. ¡Me encantan los Cerros de Úbeda!

¿Te acuerdas de Yusuf querido Mío Cid? ¡Cómo nos las hizo pasar el muy moraco! Mientras les hacía putadas a los castellanos entrometidos en Andalucía nosotros disfrutábamos de esa cálida paz que representaba tenerte a ti como líder indiscutible. ¡Qué tiempos aquellos! Viene a mi mente cuando las ansias innobles de este moro le condujeron a los alrededores de Valencia rompiendo nuestra tranquilidad bien ganada a lo largo de los años.  Mucho lo intentó el sarraceno con sus hordas almorávides pero siempre encontró el mismo empeño de defensa. Hoy te daría tristeza ver como nuestros líderes se venden por cuatro denarios con la mayor de las desfachateces. Un día, con más tranquilidad te contaré el gran invento de la democracia y su utilidad en este principio de siglo, casi mil años después de tu llorada muerte. Pero de lo que no me queda la menor duda, es que hoy, te presentábamos como número en Madrid y arrasábamos, después, a dormir a la Moncloa.

Ahora las luchas no son cruentas, pero tampoco se defienden los valores como antaño. Encerrados en una habitación, que suele ser medio redonda, se destruyen pero de forma dialéctica con la consecuencia que quién paga los platos rotos son los mismos de siempre, el pueblo llano y sumiso, pecador diría yo, ya que está constantemente purgando sus culpas. ¡Con qué placidez de espíritu disfrutábamos las cálidas tardes frente a unos excelentes vasos de vino de la tierra, servidos por esbeltas posaderas con ánimos de sentirse útiles, después de haber realizado nuestras gestas con la honradez que nos caracterizaba! ¡Ay Mío Cid!, mi señor, como era el sentimiento del sarraceno, si levantaras la cabeza. Creo que hasta Babieca sentiría verdadero rubor ante los desmadres en los que hoy en día estamos inmersos. Ya no hay seriedad, ya no hay pudor, ya no hay vergüenza.

¿Qué podría contarte yo para no crear malestar en tu paz de espíritu tan gallardamente ganada al infiel? No podrías comprenderlo amigo. A mí, que tantos avatares han sucedido sobre este cuerpo, me cuesta creer lo que estoy viviendo y quizás todavía lo que me queda por ver. Desde hace bastantes años tenemos una especie de reyezuelo que el pueblo, con todo su candor y deseo de prosperidad, puso en un palacete en lo que hoy es la capital del país, aunque esta denominación para ti sonaría a paja pura. Hoy no quieren decirlo, pero fue Muhammad I, emir muy laborioso él, el cual mandó construir una fortaleza musulmana para repeler los ataques cristianos. Claro que nuestro rey les dio su merecido al enviarles más allá del Tajo. Mayrif la llamaron, pero no es la actual fortaleza en la que hoy se encierra nuestro reyezuelo, esta se denomina Palacio de la Moncloa.

Tenemos la esperanza de que en pocos meses, abandone el palacio con las orejas gachas y se ponga a llorar como un niño por lo que no supo hacer como hombre. No querido Cid, no. Este no es sarraceno, musulmán, árabe ni nada por el estilo, Es castellano, como tú, lo que podría ser indicativo de una determinada descendencia pero en esto no quiero entrar para no tener luego que salir. La cuestión es bien sencilla querido del alma, este reyezuelo nos está tocando los cataplines por un periodo de tiempo que ya empieza a ser molesto, y ahora, como consecuencia de la democracia podría parecer que está defenestrado, agotado por cualquiera de los lados que se le quisiera observar, pero se presenta de nuevo ante el pueblo soberano (más que soberano, ¡jodido!) para que le aclamen otra vez y le dejen campear por su fortaleza por unos cuatro años más. ¡Y eso que la mayoría del pueblo le dice que ya están más que cabreados! Pero como si eso no fuera con su persona, ¡pertinaz oye!, por eso me recuerda al Yusuf de las narices, ¡qué pesado!

Claro que el pueblo es un animal de costumbres, y cuando ya se han adaptado a algo les es difícil cambiar, son bastante masoquistas y sólo nos quejamos unos pocos al menos de viva voz. Pero esta vez el pueblo seguro que despertará y le dará una patada en los pelendengues y le enviará al lado oscuro, aunque quizás con anterioridad (es decir, antes de largarle al lado oscuro) tenga que pasar por algún otro lado, que por deseos de discreción me permito la licencia de obviar con el debido respeto de todos vosotros, buenos entendedores. Entonces y a partir de esa fecha comenzará la caza de brujas, que como decían mis queridos los jodidos del medievo, el fuego purificador trae la paz espiritual y la limpieza del cuerpo.

¡Cuántos cuerpos tendremos que limpiar, señor! Algunos ya están en estado inicial de purificación, se resisten, se obstinan, pero aún no ha comenzado el martirio que, a pesar de que no se parece al  realizado en aquellas lúgubres mazmorras, siempre produce el canto de las sirenas. Y cuando el canto se produzca, se expansione, llegará a multitud de hogares para arrebatar cual ángel exterminador a esos seres que practicaron sin ningún temor de conciencia, esa magia de multiplicar los dineros en sus bolsillos haciéndolo desaparecer del de los otros. ¡Ni Merlín tuvo tal osadía! Y aquí los tenemos a capazos como vulgarmente me diría Marianico el Sarasa, propietario de unas cuantas huertas en los alrededores de una putrefacta acequia.

Es que ya no te puedes fiar de nada. Bien, ya llegará nuestra hora y será a partir del día mágico donde podremos decidir quien será nuestro próximo reyezuelo. 

Me voy a permitir el lujo de escribir en forma de poesía algo que he leído en prosa y tenía su encanto. No está por supuesto al pie de la letra, pero la idea no es mía y esto quiero dejarlo claro (no deseo que alguien pueda leerla, se sienta frustrado al ver un texto suyo maltratado sin consideración alguna y decida organizar un contencioso administrativo de esos que te dejan aletargado por una temporada. También pienso, ¿quién le ha autorizado a leerlos?, mira, estaremos en paz), cuando mi deseo se oriente hacia ese singular modo de comunicación lo diré abiertamente. ¡Escucha!

 

La nieve cubre los valles

iluminados por miles de lucecitas

que nos señalan la Navidad.

 

Más arriba, en las montañas

se apagan los ecos de un año

sacudido por tragedias y esperanzas

para cantar el hecho histórico

para glorificar el hecho humano

para cantar la Navidad.

 

De todos los corazones se elevan

notas de alabanza hacia las estrellas

en la inmensa oscuridad de la noche,

el silencio gana en amplitud.

 

Son momentos mágicos cada año repetidos

como una liturgia, a lo largo de los siglos

para asombro de grandes,

para asombro de chicos.

 

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