RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S


E L   E S P E J O


 
E L   E S P E J O

Esta mañana he vuelto a despertarme tras la insistente y persistente alarma del reloj, radio, termómetro, barómetro, asfisiómetro, cabreómetro y pluviómetro local, con la misma sensación de angustia que desde hace ya tiempos inmemoriales mi cuerpo tiene que soportar.

 

Mis ojos con las pestañas pegadas, mi boca reseca, mi garganta acosada por crueles estertores irritantes que me obligan a toser de forma convulsiva (¡y no fumo…..!), mis músculos agarrotados, tirantes, dolorosos y mis constantes vitales arrastrándose sobre las miasmas que me rodean. ¡De puro infarto!

 

Consigo bajar un pie de la cama, no se cual, puede que el izquierdo, quizá el derecho, pero no es preocupante, no soy supersticioso, ya que cuando los chuzos caen de punta suelen aterrizar sobre mis espaldas, en consecuencia, siempre juego con todos los boletos.

 

Lentamente, o sea, muy despacio, ya que a veces me es muy difícil conseguir mantener el equilibrio, lo cual, ya se convierte en un hábito, camino hacia el cuarto de baño (se puede denominar de muy diferentes maneras, pero a pesar de mi mal humor mañanero, me gusta ser respetuoso con el entorno), y en cuanto atino con el interruptor eléctrico, el fogonazo de luz acribilla mis neuronas obligándome a cerrar los ojos con fuerza dolorosa. ¡No aprendo, siempre igual!

 

Cuando la luz se hace en el pequeño habitáculo, se va de mi cerebro y me lleno de oscuridad, de angustia, de terror, de esquizofrenia. El espejo me está esperando para burlarse odiosamente de mí. Hubo un tiempo en el que coqueteaba con él preguntándole “¿espejito, espejito, dime…, quién es el más guapo de universo?” Poco a poco fue contestándome de forma cruel, añadiendo día a día un apretón más de tuerca hasta el punto de llegar a asfixiarme.

 

Cuando con mis manos logro rozarlo, una especie de descarga emocional recorre mi cuerpo. Era conocedor de que me encontraba terriblemente solo ante él y cada día se me hacía más dificultoso mirarle directamente, temía su osadía al mostrarme, de forma irracional, todas mis miserias, penalidades, angustias y desequilibrios bajo la cruel ironía de una realidad no deseada.

 

Esta mañana creo que fue especialmente cruel cuando haciendo acopio de un valor que no sentía, pude entreabrir los ojos y contemplar con estupor la imagen que me devolvía. Un gélido frío recorrió toda mi visceralidad, detuvo el sistemático movimiento de mis órganos, y mi cerebro, bajo una acumulación de adrenalina, emitió la orden crítica de peligro, impulsando mis puños con brusquedad hacia la fantasmagórica presencia que se encontraba en la otra parte.

 

El seco golpe hizo saltar en mil añicos toda maldad contenida en cada una de sus moléculas y tras unos segundos en los que infinitos fragmentos caían en movimiento congelado, la nada.

 

 No comencé a sentir el dolor en mis nudillos ya resentidos, hasta pasado un buen rato, y al igual que en otras ocasiones, con parsimonia, limpié las heridas, las desinfecté y tras besarlas, las cubrí con una venda. Mi espíritu se había inundado de una maravillosa paz. Era consciente de que volvería a sufrir, que sin tardar mucho, me acercaría al Corte Inglés y compraría, ante la necesidad, otro nuevo, con la ilusión de que éste, no tuviera el atrevimiento de burlarse tan terriblemente como los anteriores. ¿Aprenderé algún siglo de estos?

 

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