RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S


Samaritana. Julio Romero de Torres
 

S A M A R I T A N A S 


 
S A M A R I T A N A S

El hombre, y ya lo dice un antiquísimo proverbio chino (bueno, quizá no sea un proverbio ni probablemente, chino), es el único animal sobre la faz de la tierra que tiene la capacidad de tropezar dos veces con la misma piedra y además, hacerse daño. ¡Y mira que nos consideramos inteligentes! ¡Y mira que nos creemos los reyes de la creación!

 

Y, para seguir siendo consecuente, esta entrada ya la publiqué un día de algún año en algún medio, aunque seguro que no era “Un Lugar para Aprender”, ya que en ese caso hubiera aprendido y esta repetición no tendría lugar. Bien, la entrada era más o menos así:

 

Ha amanecido en martes, y además, hace un día precioso, como corresponde a un día de primavera. Como es habitual y si el resto de obligaciones me lo permiten, trato de machacar mi cuerpo con la sana idea de mantenerlo en forma. Desde hace unos cuantos siglos que vengo escuchando aquello de “corpore sano, mente sana” y trato de llevarlo a la practica (aunque a veces dudo que sea cierto). Para ello me dedico, con una determinada frecuencia, a practicar footting, en solitario. No encuentro a nadie que quiera participar conmigo en tal estupidez.

 

En primer lugar, uno tiene que mentalizarse para iniciar ese objetivo, ya que, generalmente, se suele dejar para otro momento en el que te encuentres más motivado (y ese momento debe estar mucho más allá del lado oscuro cercano y no lo encuentras). Es duro tomar la decisión, cambiarse y embutirse la ropa de deporte dentro de la soledad de uno mismo. Se te ocurren mil razones para abandonar y muy pocas o ninguna para continuar. Cuando ya con las zapatillas bien asentadas en los pies (sobre la cabeza no suele ser una buena opción), el cuerpo comienza a sentir una extraña pesadez, iniciándose en la punta de los dedos de los pies para continuar por el resto del cuerpo hasta alcanzar la neurona, que se desploma abatida produciéndose una sensación de apatía total y absoluta. Sacando fuerzas desde la reflexión, te preguntas, ¿cuántos kilómetros voy a recorrer hoy? Trato de no contestarme, ya que luego puede producirme rubor.

 

El cauce del río de esta preciosa ciudad, transformado en un precioso jardín, lo tengo muy cerca y es un lugar muy adecuado para realizar este tipo de deporte, al menos, sabes bien que cuanto más te alejes, luego queda igual distancia de regreso. Y no puedes hacer trampas, no vale eso de coger un taxi, ya que si lo intentas, nada más abrir la puerta del mismo puedes escuchar mil improperios del señor taxista hacia tus pestilentes efluvios corporales. ¡Nada tío, si te cansas puedes regresar andando, lo cual también es una excelente forma de hacer deporte!

 

Cuando inicio la carrera, las piernas se niegan a obedecerme, se sienten torpes, cansadas, inapetentes de ejercicio y por tanto inoperantes. Tienen la sensación de fragilidad al no estar acostumbradas a ese ritmo tan infernal de tener que lanzar el cuerpo hacia el aire y avanzar. Los brazos procuran también moverse de forma rítmica y al mismo compás que las piernas, pero de inmediato sienten la sensación de agarrotamiento. Todo el cuerpo quiere quejarse, y se queja. En esos instantes sientes ira y odio por la imperfección del mismo y tienes la certeza de que todos los huesos chirrían en los diferentes engranajes, en seco, sin lubricación alguna. ¡Señor, qué suplicio! Miras a tú alrededor observando si la gente está pendiente de ti, sientes vergüenza, por tu cuerpo anquilosado, sientes vergüenza pura y dura, la sientes hermano, por el mal estilo con el que te desenvuelves, también sientes vergüenza, por el mal estado en que se encuentra tu cuerpo, también sientes vergüenza, pero a pesar de todo y gracias a Dios, la gente pasa totalmente de ti. Hay demasiado obeso, demasiado mal formado físico y mental por esas calles de Dios (y de nuestra alcaldesa) y en pantalones cortos, cuya sola visión producen estados depresivos y desagradables (¡hay que tener “güevos” para salir así a la calle y encima, entrar en el Corte Inglés, Cortefiel o en una cafetería de moda!), como para que la gente se preocupe de ti en el cauce de un río, seco ya por la obra de unos políticos, cuando los que por allí deambulan, lo hacen de forma muy concreta, o hacen el gilipollas como tú, o llevan colgados del brazo a una muchachita con minifalda, que para que te voy a contar lo que perfectamente cabe en tu frágil imaginación.

 

“Si al menos me acompañara otro gilipollas…”, me digo muy a menudo, pero no lo encuentro. En ocasiones le he propuesto esta cuestión a algún amigo, unos ni me contestaron, otros me dijeron simplemente ¡estás loco tío! En fin, con las primeras y torpes zancadas (en las que sientes que el cuerpo se va a descuajeringar de un momento a otro) se inicia el martirio, que se puede alargar por espacio de muchos minutos, del orden de sesenta más o menos. Normalmente piensas, “comenzaré a un ritmo lento, sosegado y así podré disfrutar del paisaje y de las gentes, respiraré por la nariz y expulsaré el aire por la boca, como mandan los cánones de todo buen atleta, mantendré la compostura como si ya estuviera de vuelta en todo”, pero al ver el reloj observo que el demencial tiempo transcurrido alcanza la cifra de treinta segundos.

 

¡Jooooeer, es duro, casi cruel e inhumano! La mente se niega a pensar, se oscurece, se vuelve apática, se vuelve pesada a la vez que en el cuerpo se van formando unos irreprimibles deseos de detenerse, y ver como se orientan las cosas desde esa posición. En el fondo has tomado la decisión y la cumples (para ello te has puesto las zapatillas), pero no será por ganas, te lo prometo. Pasan unos minutos y el cuerpo parece que se va calentando, los pasos son más seguros y rítmicos y hasta sientes un ligero deseo de acelerar un poco, claro que la mente consciente tiene encendida la luz roja del abatimiento, impidiéndote cometer locuras.

 

A medida que esos lentos segundos van transcurriendo sin ganas, con cansancio, vas tomando confianza en ti mismo y vas tomando conciencia de que tampoco es tan complicado (cansado sí, mucho, pero complicado no), comienzas a visualizar los alrededores y a sentir que no estás sólo, que otras gentes como tú también están por la labor, que se esfuerzan por llevar a cabo la reiterada frase; “mens sana corpore sano”, (¡frase que anima mucho!), y que sufren en sus carnes esa puesta a punto. El tiempo pasa (y ya sé que no descubro nada nuevo, inconsciente deportivo que no vas más allá de una Quiniela a la semana) lentamente y el cuerpo lo va acusando, comienza a tener sentimientos de dolor, las piernas se sienten abatidas preguntándose dolorosamente el porqué de este sometimiento tan absurdo, los hombros claman en el desierto cada vez que una mosca tiene la ocurrencia de posarse sobre ellos a la vez que sienten unos irreprimibles deseos de dejar totalmente descolgados a los brazos, cuyo balanceo es ya agónico.

 

Las gotas de sudor van recorriendo todas las arrugas del rostro, canalizándolas directamente hacia los ojos, que braman de dolor, la cabeza parece quemarse bajo el ardiente atentado de los rayos solares que impactan de forma directa sobre el cuero cabelludo débilmente protegido por la capilaridad de la que estoy provisto. Tengo la sensación de que de mi cabeza sale el humo necesario como para que un indio practique haciendo señales. La cara congestionada, roja y sudorosa, la mirada cansada y perdida en un lugar cercano a la punta de las zapatillas, sintiendo que se va a producir una sensación de mareo.

 

De golpe, el cuerpo cesa en su carrera, cesa automáticamente, sin orden aparente de la neurona (que bastante entretenida se encuentra tratando de evitar el ir golpeándose contra la caja craneal), así de sencillo, se para y te preguntas por qué. Creo que el cuerpo es demasiado inteligente y actúa con voluntad propia; dice “ya” y no se lo piensa dos veces. Uno mismo se sorprende ante tal actitud, pero no tarda en darse cuenta del acelerado ritmo del corazón que produce la sensación de estar saliéndose de su ubicación de origen por el frenético galope al que ha sido sometido, de la escasez de aire casi inexistente en tus alrededores, que provoca una apertura desmesurada de la cavidad bucal ante el deseo de consumirlo todo. Doblas el cuerpo, apoyas las manos en las rodillas y el cuerpo se convulsiona espasmódicamente, ¡Joooeer, y eso que marchaba lento!

 

A medida que uno se va recuperando, se va irguiendo hasta alcanzar la vertical, que a veces puede llegar a ser doloroso, es cierto ¡lo juro! Entonces es cuando piensas en el mal estado del cuerpo, lo mal que lo has tratado y de cuanto se queja. ¿Cuántos minutos han transcurrido? Aparentemente, muchos, realmente no más allá de siete u ocho. La respiración continua agitada pero ya en periodo de regulación, el cuerpo inicia una serie de movimientos, inconexos al principio, para dar lugar después a un lento caminar, que poco a poco se va haciendo más rápido y volver finalmente a la carrera pero de una forma suave. Sientes que ya estás recuperado y deseas ordenar a tus piernas que se lancen a una carrera desenfrenada, pero es algo irreal producido por la baja cantidad de oxigeno proporcionado a la neurona y se encuentra en estado de mono.

 

La historia se repite cada cinco o seis minutos, a lo sumo, a pesar de que el ritmo de zancada (si se le puede llamar así) es cada vez menor pero la distancia recorrida aumenta. Tengo la sensación de que estoy devorando kilómetros y kilómetros. El agotamiento es alto. El cerebro quiere pensar pero sólo siente una pesadez demoledora y una gran soledad. ¡Qué triste es estar sólo y derrotado, física y mentalmente! Gracias a unas fuentes estratégicamente distribuidas a lo largo del cauce puedo de vez en cuando tomarme un respiro reparador, bajar la temperatura craneal que amenaza con alcanzar unos grados demasiado altos para poder soportarlos, situarla bajo ese chorro purificador de agua, que aunque está algo caliente, calma las necesidades urgentes. Entonces las ideas parecen aclararse, pero no mucho, y continuas debatiéndote en si continuar o no, alejándote hacia el final del cauce, o sencillamente aceptar la derrota, agachar la cabeza para no mirar a esos bólidos humanos que se alejan de ti a la celeridad de un rayo y volver a la cálida paz del hogar a pesar de que ello significa continuar con el sufrimiento, al menos en la misma distancia que a la ida.

 

-¿Por qué tengo estas ideas tan alucinantes para darle marcha al cuerpo que está completamente derrotado?

 

El pequeño ecosistema constituido por el cauce del río te hace sentir en un lugar completamente ajeno a la ciudad, a la que no percibes, incluso se tiene la sensación de que no existen esos ruidos típicos de ese endiablado tráfico que se produce en ambas márgenes. Una suave brisa procedente del mar se canaliza a lo largo del cauce, proporcionando un frescor gratamente agradable, y el entorno, a excepción de algunos tramos, es de gran belleza, produciendo la impresión de encontrarte en plena naturaleza. ¿Cómo se puede sentir uno cansado? Pues a pesar de todo así es, incluso cuando esa mosca tiene la osadía de posarse en tu hombro atraída por tu olor corporal que sólo ellas son capaces de resistir, sientes como las piernas se doblan y se niegan a continuar, pero una retirada a tiempo, alguien importante dijo que era una victoria. Ni las sanas intenciones, ni los firmes propósitos son capaces de producir la motivación suficiente (y además necesaria) para alejarte de la pereza, de la postración total. Es aburrido, es pesado, es cansado, es aberrante, es torturante. Hay que tener valor para ejecutarlo con la debida frecuencia, con la habitualidad necesaria para obtener los beneficios requeridos. Me imagino, supongo, pienso que el corredor de elite no debe tener este tipo de problemas, pero la soledad no se la quita nadie. Eres tú y sólo tú, con tus propias energías, tus propias ganas, tu mentalidad y tus deseos de hacer, lo que puede sobreponerse al desfallecimiento total, a las ansias de abandono, y a pesar de las posteriores compensaciones, la propia soledad castiga y mina las energías del más fuerte.

 

Poco a poco, metro a metro, lentamente, voy recorriendo la mitad de la distancia que me he propuesto y mi energía mental parece entrar en un estado más eficiente. Instintivamente voy buscando la sombra que me proporcionan los árboles (pinos en su mayoría) para que la refrigeración corporal sea mayor. De golpe me veo volando y aterrizando todo lo largo que soy sobre el suelo de tierra. Traté de amortiguar la caída con ambas manos y pienso que lo conseguí, en parte. Creo que emití un pequeño (o salvaje) grito mientras las palmas de mis manos se deslizaban sobre la arena del suelo sintiendo mil lacerantes pinchazos. Mi cuerpo rodó unos segundos, y finalmente quedé tumbado y totalmente desmadejado. Mi neurona comenzó a sentir pánico mientras mis ojos iban recorriendo el cuerpo tratando de descubrir su estado lamentable. Mi corazón, que segundos antes galopaba a 130 pulsaciones por minuto, debió acelerarse en la misma medida que mi cuerpo se había desacelerado. No me extrañaría que durante un pequeño tiempo se desbocara por encima de las 200 pulsaciones y en taquicardia ascendente. ¡No había aire suficiente en los alrededores!

 

En esta época del año suelo correr sin la camiseta y toda mi piel estaba llena de arena y porquería. ¡Señor, que sucio y asqueroso está el suelo! De frente, caminaban tres mujeres de mediana edad charlando muy entretenidas. Me quedo mirándolas, como alelado, pensando, “las buenas samaritanas vienen en mi ayuda”. Cuando llegan a mi altura ni se molestan en mirarme, continúan con su paso cansino y su inteligente y quizá interesante conversación. Mientras, yo continuaba en el suelo tratando de comprobar el alcance de los daños sufridos en mi cuerpo, aunque con ganas de gritar; “¡Señoras, no me pasa nada, tan sólo me he roto la cabeza, pero a mi solitaria neurona no le preocupa demasiado!”

 

En dirección contraria se acercaban varias personas, miraron con curiosidad mis extraños movimientos de limpieza corporal, realizados con cautela, con calma, a la vez que unos reguerillos de sangre comenzaban a manar de los múltiples zarpazos recibidos por las malditas arenas y piedrecillas del suelo. Mis manos me dolían, mucho, tras el seco impacto, y creo que mis gestos lo denotaban ampliamente. Al igual que las primeras samaritanas (que debieron pensar que yo era judío), estos, hombres y mujeres, pasaron por mi lado como si fuera un vulgar excremento al que no se debe pisar, so pena de contaminación. Tampoco ejercieron de samaritanas ni samaritanos.

 

A veces, uno puede sentir un profundo asco de la especie a la que pertenece. Ese fue mi primer sentimiento, después pensé que debería de denunciarlos por denegación de ayuda en un accidente. Claro que, el accidente, lo había sufrido un vulgar y molesto correcaminos, y no tenía importancia. “Le está bien —pensarían incómodos— ¿no tendrá cosas mejores qué hacer?

 

Traté de alejar de mi neurona esa frustración, y concentré toda su atención en analizar mi cuerpo. Menos mal que todo se redujo a una serie de arañazos y las contusiones en las manos. Me acerqué a una fuente y lavé con mimo mi cuerpo, tratando de eliminar la arenilla que se habían introducido en las heridas. Parece mentira que algo tan diminuto produzca tanto dolor. También las samaritanas me causaron dolor, aunque muy diferente.

 

Sintiéndome algo más limpio y fresco, traté de animar la neurona, haciéndola comprender que nos quedaban, al menos, seis kilómetros para regresar al punto de partida. Superada mi enajenación mental primigenia, no dudé en iniciar el regreso, lentamente, al principio, tratando de valorar si tenía algún daño que me lo impidiera. Traté de transmitir mis agradecimientos mentales a las buenas samaritanas y poco después, estaba corriendo al ritmo habitual, aunque sin saber si había tenido suerte. A veces, el deporte no suele ser tan sano como dicen, pero menos mal que tan sólo ocurre en contadas ocasiones. “Mañana tendré más cuidado” me dije con energía.

 

Y cada vez que se repite el evento, y se repite y volverá a repetirse, vuelvo a pensar y con la misma energía “mañana tendré más cuidado”.

 

oooOOOooo
ÍNDICE

P. PRINCIPAL