RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S


(Niña durmiendo - Paul Gauguin)
 

I M P O T E N C I A 


 
I M P O T E N C I A

Era una hora muy temprana de un domingo, el último transcurrido, es decir, hace apenas unos días. Me dirigía hacia un determinado lugar de la ciudad en metro. Cuando subí a él, pude comprobar que iba completamente vacío, lo cual era lógico, por la hora y por el día. Me senté en uno de los asientos al lado mismo de la puerta. Cuando ya sonaban las alarmas de cierre, entró atropelladamente una muchacha, muy joven, con un bebé entre sus brazos. Presurosa, se sentó justo en el asiento frente al mío, y de inmediato comenzó a arreglar las ropitas del bebé.

Pude distinguir, por los pendientes que lucía, que se trataba de una niña y por su tamaño, de escasos meses de edad. Le apartó del rostro el mantón que la cubría y dejó al descubierto su preciosa cara. Pude comprobar de inmediato que no se encontraba bien. Su respiración era muy agitada y dificultosa, lo que me produjo un nudo en la garganta, al ver que hacía esfuerzos para aspirar este maldito aire contaminado, que a buen seguro, era el culpable de sus males.

Mi quedé mirándolas angustiado. No podía apartar la vista de aquellos ojos grandes y enormemente abiertos, con una mirada de súplica hacia el ser que le dio la vida mientras que sus manitas parecían querer agarrar algo inexistente en el aire.

Su madre, una preciosa muchacha muy joven, de larga melena rubia y enormes ojos de un inmenso color verde, imposible de definir pero mágicos para admirar, no aparataba la vista de aquella boquita que se agrandaba exhausta para poder respirar. En su rostro dejaba asomar una tierna sonrisa mientras que de sus ojos se desprendían cascadas de lágrimas.

Pretendía calmar la terrible ansiedad de la niña, pero era incapaz de contenerse. Me producía la sensación de que estaba alcanzando el límite de su resistencia. Con su dedo índice acariciaba el pequeño mentón de la niña que a veces trataba de esbozar una sonrisa, pero su cuerpo no estaba para eso. Sin embargo, no rompió a llorar, ni una lágrima salía de sus ojos, solamente la terrible ansiedad que asomaba a su rostro.

Pensé que podían estar haciendo a esas horas y en un metro, pero enseguida caí en la cuenta de que el hospital principal de la ciudad se encontraba en las cercanías de una de las paradas del metro.

Pedí al cielo que volara, que llegara cuanto antes a las manos de un médico y le calmara sus males.

En un momento dado, la joven muchacha alzó la mirada y se tropezó con la mía. Esbozó una ligera sonrisa como pidiendo perdón por su comportamiento. Quise decirle algo pero de mi garganta no salió palabra alguna, estaba paralizado, angustiado y terriblemente emocionado.

Cuando a través del altavoz del vagón se anunció la parada del hospital, un enorme suspiro salió de mi garganta. La muchacha también pareció sentirse algo aliviada y se levantó de inmediato. Hice lo mismo con el ánimo de ayudarla y me situé a su lado.

—¿Puedo ayudarle en algo, señorita —le dije antes de que el metro detuviera la marcha.

—Gracias, señor —contestó con una dulce entonación extranjera—. No es necesario. Por desgracia, este camino lo conozco muy bien, aunque no me acostumbraré nunca a recorrerlo.

El metro se detuvo y salió presurosa. Giró su cabeza y volvió a sonreírme. Me hubiera gusta dar un beso a la pequeña, que a tan tierna edad ya era una veterana en el sufrimiento.

Me quedé plantado en el andén. Me había pasado dos paradas de mi destino. Con la cabeza baja, mirando las baldosas del suelo sin verlas, me dirigí hacia el andén contrario para tomar el metro de regreso.

No, no había sido un buen comienzo de día y estaba seguro que durante todo él, una pesada losa me tendría atenazado. Sólo me consolaba pensar que la niña se encontraba ya en las manos adecuadas.

 

 

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