RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S


LA SIN PAR DULCINEA


 
 LA SIN PAR DULCINEA


Tras un tiempo de recatamiento mental pero que no sabría discernir cuánto, me dispuse a disfrutar de los encantos de la tierra de la más bella enamorada del de la triste figura. Doña Dulcinea me esperaba para acogerme en sus maternales e idílicos brazos y mostrarme la belleza, la suya y la de su época. ¡Ya estaba en el Toboso! Grandes aventuras y batallas me esperaban, ¡a por ellas!


«¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón! Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece».


Las calles tenían un ambiente un tanto romántico, aunque estaban vacías. Esa misma sensación me produjo otros pueblos de La Mancha y que, como descubrí después, pueden llegar a ser unas verdaderas cajas de sorpresa.


Mi ilusión de encontrar a Don Quijote y Dulcinea se fue materializando a medida que pasaba el tiempo e iba conociendo el lugar. Escuché el cansino sonar de los cascos de un caballo. Se producían a mis espaldas, y pensé con ilusión que me encontraría al de la Triste Figura, pero la realidad fue cruel. Era un lugareño más parecido a Sancho Panza, pero con un caballo blanco que bien podría haber sido Rocinante. Alzó la mano en señal de saludo, correspondiéndole con amabilidad espartana.


Seguí rodando sin rumbo por las calles que en su mayoría tienen nombres de poetas, y me encontré con el primer indicio de esa relación platónica del caballero. Una gran estatua de hierro frente a la catedral de El Toboso donde suponemos que Don Quijote, de rodillas, declara su amor eterno a Dulcinea, quien muy digna se mantiene de pie.


Esta relación es la principal razón por la cual las personas visitan el lugar. La casa de Dulcinea, bueno, Ana Aldonza Lorenzo, la campesina de la cual se enamoró Don Quijote e idealizó, no queda muy lejos de ahí.


Y como comprobé, su espíritu sigue presente.


"Soberana y alta señora: El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo; si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto; que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte, El Caballero de la Triste Figura.", le escribió un buen día nuestro etéreo anfitrión.


Me detengo para contemplar esta visión situada delante de la plaza donde se eleva la iglesia patronal. Me senté al lado de doña Dulcinea y tras contemplarla durante un buen rato, la tomé de la mano mientras por mi cabeza desfilaban estúpidas sensaciones.


¡Dios mío!, yo sólo y frente a frente con don Miguel, de Cervantes y Saavedra como le llamaban y que antaño recorrió estas tierras, al igual que un servidor, con el ánimo de enriquecer su espíritu. No dudó en realizar la autocrítica necesaria. Yo, además, deseo refocilarme con las maravillas culinarias que hasta mis oídos han llegado.


¡Ay mi señor don Quixote!, ¿cómo explicaría yo, desde esta ancestralidad que se acerca al instante mismo en que bajamos de los árboles y conseguimos esa erectud del miembro corporal (mal pensado) que a tu erectud se puede alcanzar en la condición humana? Cierto mi señor, en lo normal, cualquiera. Perdonad pero, además ejercemos. Bueno, algunos no. Ajados los he visto, hasta jodidos, incluso cansados, con esa expresión en el rostro inquieta, del que se siente perturbado por perder la pacífica paz que proporciona el canal + a determinadas horas (no sé cuales, de verdad corazón, no lo sé, ¡existe pero no lo conozco!, lo cual no implica gloria alguna. Dicen algunos, casi todos, que el Plus es la hostia, como ganar al póquer, ¿podría ir yo en contra?).


Mi señor, me voy, me desvío, no encuentro el norte, la llanura me pierde y provoca un encefalograma plano en mi onírica mente. Pero, delante de la casa de vuestra amada Dulcinea los he visto transformados, transfigurados, incluso, con las miradas vidriosas y cabizbajas sentían la emoción que vos, antaño, con los ojos enamorados, trataban de alcanzar el infinito, esa placentera sensación que sublima el corazón, le hace latir con fuerza (en algunos), lo desboca, cabalga desenfrenado y deja la flacidez corporal bajo mínimos. ¡Creían estar volando sin batir las alas!


Un ligero recorrido por las emocionadas expresiones de todos y cada uno de ellos me hacía sentir vivo, con la lanza en ristre y la brillante armadura desafiando las leyes de la gravedad.


¡Cuánta protección corporal mi señor me has hecho sufrir! Recuerdo la frágil molinera, la doncella e incluso la mismísima posadera, que ante mi frigidez mental desataban sus risas apasionadas, de burlas no exentas de deseo, difíciles de disimular tras el iris de sus hermosos ojos.


Con lentitud, con delicadeza y con el corazón encogido, despojábame pieza a pieza de toda mi corporal armadura. Sensación extraña de desnudez embargaba mi alma, mi cuerpo, mis sentidos. Deseaba la desposesión pero temía la indiferencia ante la banalidad corpórea que recogía y albergaba mi sensibilidad vital. Yo era así, lo sentía así y la desnudez obnubilaba mi ser, física y mentalmente, provocando una amalgama, cruel a veces, de sensaciones que iban más allá del sentimiento corporal y real, alcanzaba el infinito y casi me atrevería a decir que lo atravesaba limpia e impolutamente sin alterar su virginidad temporal.


Con la mente libre, dejo volar mi imaginación, que no necesita ir más allá de unos cuantos metros, pero que largos y extensos pueden parecer cuando el atrevimiento y la osadía se tornan banalidades, atropellan las sensaciones, amordazan los sentidos y..., te sientes vulgar, pequeño, necio e incluso cretino por soñar libremente y atravesar raudo esos dorados campos de mies cortada, con los molinos como fondo, impávidos, estáticos, sin deseo alguno de provocación pero que me miran burlones al comprobar la osadía del deseo, de la ansiedad platónica que mi querido señor sufrió en sus escuálidas carnes produciendo pinchazos agudos que atravesaban su corazón sin piedad, sin respeto alguno. 

Hoy, de hinojos mi señor, he contemplado la malformación de mentes calenturientas que, en su vulgaridad, han tratado de dar una imagen social e impresentable de tu triste figura, mueca vulgar, casi patética, como a la que a mi vista han presentado en el Toboso, frente a tu Dulcinea, cruel, horrorosa imagen con la que puede representar, no ya sólo el amor, sino la misma realidad de mujer, siempre bella según sus circunstancias. Decepción que espero superar.


El mármol, la piedra, la madera, el bronce o la escayola, siempre han propiciado esbeltez y armonía, sensaciones de belleza e incluso amor. ¡Santo cielo, que vulgar desfachatez reducir a la sin par Dulcinea a vulgares formas de hierro pintado de un negro zaino tratando de contornear la belleza física y espiritual para alcanzar un verdadero engendro! Mi mirada prendida en sus ojos, dos vulgares arandelas metálicas, trasmitió a todo mi cuerpo una sensación de horror ante la visión de la antítesis de una Dulcinea, que, quizás no fue bella, pero fue mujer y eso lo compensa. No merece ese maltrato a su memoria, muchacha que, a buen seguro, sus ojos sabían mirar con alegría y sensibilidad y que de forma tan arrebatadora prendió la llama del amor en el corazón del genio, de don Miguel.


Puedo imaginarla, es más creo estar viéndola con unos ojos bellos, grandes, de miles de colores que van variando su tonalidad a medida que emergen sus sentimientos. Mirada cálida y cariñosa en los momentos en que su corazón vibra emocionado, distante cuando ninguna sensación invade sus pensamientos o fría, acerada, incluso cruel, cuando se siente acorralada o su ser se impregna de extrañas emociones. Pero nunca tal como se presenta aquí, ahora, ante mi vista.


Ya ni sé donde me encuentro, mi señor. A estas horas, mi mente quizá esté desvariando acongojada por las sensaciones y se aletarga por el cansancio. Quizá deba de buscar “una venta”, y al agradable calorcillo propiciado por un buen vino y la conversación, a buen seguro amena, de una bella posadera, tranquilizar así estas desenfrenadas ansias de ser y sentir, que a veces conducen a bien poca distancia. Quizá sí.


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