RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S

SÓLO SÉ QUE NO SÉ NADA





GERBERT DE AURILLAC  (AURILLAC)




SÓLO SÉ QUE NO SÉ NADA



Creo que todos hemos escuchado alguna vez esta famosa frase de Sócrates. Hoy vino a mi memoria al leer una novela y conocer la existencia de un extraño personaje histórico, incomprensiblemente muy poco conocido. Al menos, yo confieso mi ignorancia.

El personaje que atrajo mi atención se llamaba Gerbert de Aurillac, nacido en Auvernia (Francia), en el año 945 y que falleció en Roma el 12 de mayo de 1003 y en circunstancias no muy claras. Vivió, por lo tanto, en una época de oscurantismo, brujería, ignorancia y en constantes contiendas en el viejo continente.

Ingresó en el monasterio de Saint-Géraud de Aurillac, donde estudió gramática, retórica y dialéctica, las tres disciplinas que componen en Trivium. Allí pasó cuatro años (963 – 967) y después viajó a la corte del conde de Barcelona, Borrell II, permaneciendo tres años en el monasterio de Santa María de Ripoll, en Girona. Desde este lugar, partió hacia Córdoba, llegando a entrar en contacto con la cultura y la ciencia árabe, iniciándose en los estudios de las matemáticas y la astronomía.

Viajó a Roma en el año 969 acompañando a su protector, el conde Borrell II, lo que le permitió conocer al papa Juan XIII y al emperador Otón I (emperador del Sacro Imperio Romano Germánico) , quien le nombró tutor de su hijo, el que más tarde sería Otón II.

Unos años después, el arzobispo de Reims, Adalberón, conociendo su gran inteligencia y excelente preparación, le llamó para entrar en su colegio episcopal para impartir y aprender muchas disciplinas, religiosas y paganas. Se distinguió, especialmente, en las disciplinas del Quadrivium (matemáticas, geometría, astronomía y música).

Es en esta época donde se manifiesta su personalidad, llegando a inventar y construir objetos destinados al aprendizaje y a la investigación, como dan fe los ábacos, un globo terrestre, un órgano, relojes, llegando a inquietar a sus coetáneos en los que se despertaron sospechas de brujería y nigromancia hacia este carismático personaje.

En el año 983, su alumno, el ya emperador Otón II le nombra abad del monasterio benedictino de Bobbio (Italia), pero no tardó mucho tiempo en regresar a Reims para actuar como consejero del arzobispo Adalberón, favoreciendo, además, el nombramiento de Hugo Capeto como rey de Francia.

Tras la muerte de Adalberón en el año 988, Hugo Capeto nombra arzobispo de esta sede a Arnulfo, el cual le traiciona y tras una serie de circunstancias, entre ellas, el concilio de Saint-Basles-les-Reims, le destituye y nombra a Gerberto como arzobispo de Reims. Juan XV se opuso a este nombramiento y tras los concilios de Chelles, Aquisgran y Roma, se vio obligado a confirmarle como arzobispo, restituyéndose a Arnulfo tras un nuevo concilio celebrado en el año 996.

Gerberto renunció al arzobispado y se retiró en la corte de Otón III, hasta que en el año 998 fue nombrado arzobispo de Rávena.

Tras la muerte de Gregorio V, el 18 de febrero de 999, Gerberto de Aurillac, personaje descendiente de cuna humilde, fue nombrado papa y consagrado el 2 de abril con el nombre de SILVESTRE II. Fue el papa número 139 de la Iglesia Católica de 999 a 1003 y tuvo el gran honor de ser el primer papa francés que se sentara en la silla de San Pedro. Estas fechas fueron relevantes, ya que se cumplía el primer milenio, el año MIL, plagado de infinidad de vicisitudes adversas y con el presagio del fin del mundo para el 31 de diciembre de 999 a las doce de la noche. El día del Juicio Universal llegaría al finalizar el milenio, anunciado por una lluvia de sangre en Aquitania o una granizada de piedras sobre el castillo de Joigny.

De una familia muy humilde, Gerberto siempre mostró una gran curiosidad por todo lo que le rodeaba. Dice la leyenda que siendo todavía un niño, conoció a un ermitaño que había sido un antiguo clérigo. Le llamaban Andrade y era muy temido en Aurillac, del que decían que en su cueva realizaba rituales y sacrificios a las divinidades de los druidas, de los cuales decía descender. En cuanto vio a Gerberto le predijo un futuro impresionante y además, fue formándole en los conocimientos de la magia celta.

Cuando tenía 12 años, unos monjes le observaron, un tanto asombrados, tallando una rama de un árbol para hacer un tubo. Cuando le preguntaron que hacía, contestó con rotundidad que era algo para ver las estrellas. Comprendieron que se encontraban ante un niño de una gran inteligencia y se lo llevaron a la abadía cercana a Aurillac para formarle convenientemente. Allí comenzó a configurar el personaje que le llevaría al papado con 54 años edad.

Alcanzó renombre como teólogo y filósofo, tal como se refleja en alguna de sus obras (“Sobre lo racional y sobre el uso de la razón” y “Sobre el cuerpo y la sangre de Cristo”). Sin embargo, lo que llama la atención, es su faceta como matemático, algo poco frecuente dentro del seno de la iglesia y mucho menos, en los años a los que me estoy refiriendo. Fue el introductor del “sistema decimal” y “el cero” en Francia e Italia aunque no se consolidó hasta unos años después. También difundió el “astrolabio” (instrumento que permite determinar la posición de las estrellas en la bóveda celeste) de origen árabe.

Cabe destacar uno de sus inventos; “el ábaco de Gerberto”, aparato de cálculo que consta de 27 compartimentos de metal, en el cual se depositaban 9 fichas con los números arábigos grabados. Este ábaco permitía multiplicar y dividir con facilidad y rapidez. Este invento fue un claro antecesor de las actuales calculadoras.

Inventó un reloj de ruedas dentadas, aunque hay quien mantiene que su invento fue un reloj de agua. Se dice que también fue el introductor del péndulo. En el terreno musical realizó aportaciones interesantes, fabricando una nueva versión del “monocordio”, formado por una caja de resonancia y una cuerda de longitud variable que se podía tensar sobre ella y medir así, las vibraciones sonoras y los intervalos musicales, Con este aparato pudo calcular las distancias entre las diferentes notas, denominadas más tarde como “tonos” y “semitonos”.

Se le atribuye también, la creación de un sistema taquigráfico, es decir, un lenguaje secreto o en clave, basado en una escritura abreviada que utilizaron los sabios romanos, sistema creado por Tirón, amigo de Cicerón, pero que no se utilizaba hasta que el papa Silvestre II lo encontró interesante.

Según las crónicas de la época, al “papa mago” parecía muy diferente de sus predecesores. Sentía un especial interés en la astrología y, probablemente, en las “artes negras” tan valoradas en las postrimerías de finales de siglo y de milenio. Hubo quienes pensaron que era el Anticristo y que llegó a la silla de Pedro gracias a un pacto con el diablo, que en el instante de su muerte, éste se habría quedado con su alma. También se le reconoce haberse inspirado en las obras de autores herejes, que era un esotérico con conocimientos arcanos como la cábala, el sufismo, la astrología...

Alguno de sus biógrafos aseguran que este pacto se había producido en España, donde había robado un libro que contenía la fórmula para evocar a los demonios. Se dice que el diablo le dio a conocer el día de su muerte, por lo que sabía que ésta, no se produciría en el año MIL, y en consecuencia, el mundo no se terminaría al final del milenio. Por eso, en el último día del año 999, la antigua basílica de San Pedro se llenó de fieles llorando y Silvestre II celebró la misa nocturna delante de todos los fieles arrodillados y en profundo silencio, esperando con horror la llegada de la medianoche. Les hizo saber que nada ocurriría y cuando se escuchó el tañido de las campanadas de medianoche, la pesadilla se desvaneció. El mundo seguía su curso sin abrirse la tierra a sus pies ni la lluvia de fuego azotó sus cuerpos.

Se le atribuyeron amores perversos, convirtiéndose en el amante de la bellísima Meridiana, la cual, dicen que era la diosa Diana transformada en demonio femenino. Era la diosa lunar y considerada la reina de las brujas.

Además de su gran sabiduría, también gozaba de grandes habilidades técnicas que le permitían construir invenciones mecánicas. La leyenda asegura que construyó un “Golem”, un demonio aprisionado en una cabeza de oro al cual planteaba cuestiones muy difíciles y la cabeza le respondía de alguna forma. Se asegura que por medio de este artilugio, conoció el día exacto de su muerte.

En Roma se decía que Silvestre II había descubierto un gran tesoro que se encontraba enterrado en el Campo de Marte, cerca del Vaticano, y que fundió el oro para construir esa diabólica cabeza que le vaticinó grandes sucesos.

Sus altos conocimientos los adquirió, fundamentalmente, en Córdoba, accediendo en el palacio del Califato a su enorme biblioteca, con más de 600.000 volúmenes, debidos en gran parte al califa Abd-el-Rahman y a sus hijos, quienes compraron y copiaron innumerables volúmenes en Bagdad, El Cairo y Alejandría.

Abderramán III, en el año 936 mandó construir una ciudad que le serviría como residencia y además, albergaría el poder político del Califato de Córdoba. Con ello demostraría su poder ante sus enemigos. Esta ciudad se llamaría “Medina Azahara” y se situaba a unos 8 km. de Córdoba en dirección oeste. En el año 1031, al generarse los reinos de Taifas, la ciudad queda abandonada y los desafortunados saqueos, la destrucción y la barbarie, hizo que pasara al olvido. En la actualidad, se están realizando excavaciones que muestran una pequeñísima parte de la gran belleza de la ciudad.

Gerberto estuvo en España entre los años 967 y 970, viajando a Córdoba en ese periodo. Por aquel entonces, la biblioteca de Medina Azahara era importantísima, por lo que no es de extrañar que el monje Gerberto hubiera accedido allí a numerosos e inimaginables documentos que más tarde fueron destruidos. Gobernaba el Califato, el hijo de Abderramán III, al-Hakán II, personaje muy culto, gran aficionado a los textos más antiguos, secretos y prohibidos. Quizá aquí, encontró nuestro monje los conocimientos para construir el “golem” que predecía el futuro

Después de su muerte, también se le atribuyen hechos prodigiosos. Su tumba, en la iglesia de San Giovanni in Laterano (San Juan de Letrán, Catedral de Roma), se dice que rezumaba agua, e incluso, se escuchaban unos ruidos al entrechocar huesos, cada vez que se aproximaba la muerte de un Ponticife o se humedecía tan sólo, cuando la muerte inminente era la de un cardenal.

En el año 1648, el sepulcro fue abierto para realizar un reconocimiento del mismo y ver la posibilidad de restauración. El responsable fue el arquitecto Francesco Borromini, quien, además de realizar obras en la Catedral de Roma, quiso adecentar los sepulcros de los papas allí enterrados. La sorpresa fue enorme cuando descubrieron los restos del “papa mago” perfectamente intactos, con la mitra en su cabeza y las manos cruzadas sobre el pecho, pero al contacto con el aire fueron disolviéndose con prontitud.

En su tumba no hay indicación alguna sobre el misterio de este increíble personaje.

Desde muy pronto, se construyó a su alrededor una leyenda negra que todavía perdura en la actualidad. Esto, ya lo atestiguó Bennó d'Osnabrue (fallecido en 1908), quien le acusó de maleficios y pactos con Satán.

Gerberto fue acusado de todo: herejía, magia negra, pactos con el diablo y demás bellezas y esto siendo obispo e incluso durante su breve papado.

En 1184 se fundó la Santa Inquisición, no podemos adivinar que suerte hubiera corrido este Papa matemático con ese Tribunal Eclesiástico que terminó con Giordano Bruno en la hoguera y Galileo en las mazmorras. Pues como decía San Agustín en “De Genesi ad litreram” (Siglo IV de nuestra era):

Los buenos cristianos deben cuidarse de los matemáticos y de todos los que acostumbran a hacer profecías aun cuando estas profecías se cumplan, pues existe el peligro de que hayan pactado con el diablo para obnubilar el espíritu y hundir a los hombres en el infierno”.

El ser humano prefiere la seguridad de lo “malo conocido” que las promesas de lo “bueno por conocer”.

Ya se sabe que el miedo nos hace actuar en ocasiones de manera irracional y de ese ataque no se escaparon Galileo y Bruno, pero tampoco todo un Papa como Silvestre II. Hay un oscurantismo en torno a su figura que produce la sensación de que nunca existió, fundamentalmente, por parte de la iglesia, que se limita a decir de él: (Juan Pablo II, próxima la celebración del segundo milenio).

El monje Gerberto, hombre notable, brilló singularmente en su siglo. La amplitud de sus conocimientos, sus cualidades pedagógicas, su erudición sin par, su rectitud moral y su sentido espiritual lo convirtieron en un auténtico maestro. Los emperadores y los Papas recurrieron a él. Gerberto, humanista sabio y filósofo erudito, verdadero promotor de la cultura, puso su inteligencia al servicio del hombre. Formó su mente y su corazón, buscando siempre la verdad, mediante la lectura de obras profanas y la meditación de la Escritura. Todo le interesaba; si ignoraba, aprendía; si sabía, transmitía”.

Con su espíritu de apertura y su gran generosidad, Gerberto supo poner sus conocimientos y sus cualidades morales y espirituales al servicio del hombre y de la Iglesia. Nos recuerda que la inteligencia es un don maravilloso del Creador, para que el hombre sea cada vez más responsable de los talentos recibidos, y sirva a los demás, realizando así su verdadera vocación”.

Sencillamente, se le conoce como “El Papa del año MIL” y poco más.

No obstante, es posible que la cabeza parlante de Gerbert no fuera una leyenda, ya que él fue el inventor del primer artefacto capaz de reproducir la voz humana. Se trataba de una especie de fonógrafo -desarrollado casi 900 años después por Thomas Edison- compuesto por un conjunto de láminas de diferentes longitudes dispuestas sobre un cilindro que giraba gracias a una serie de engranajes de relojería. Podría ser que este fabuloso aparato reproductor estuviera oculto dentro de la célebre cabeza parlante del Papa.

Es de imaginar que en los archivos secretos en el Vaticano, todavía se encuentren muchos de los escritos de este curioso personaje, inmerso sobre una densa niebla, aparentemente, imposible de disipar.

   
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