RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S
ENTRE EL AYER Y EL HOY


CLAUSTRO DEL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE POBLET (TARRAGONA)



 

En la época medieval, los monasterios hacían la función de «ciudades de Dios», al igual que las villas, los pueblos y las aldeas eran las ciudades de los hombres. Eran espacios en los que allí reunidos se entregaban al trabajo y la oración; en un mundo oscuro y bárbaro y que muchas veces, gracias a ellos, se preservaron la cultura clásica para los siglos venideros, sintiéndonos ahora agradecidos con unas obras de arte que de otra forma no hubiéramos podido disfrutar.

Desde los albores de los tiempos, siempre han existido seres ansiosos de meditar y orar en soledad, fueron los ermitaños y anacoretas, que al reunirse con otros similares para conseguir objetivos comunes, se agruparon y fueron surgieron los monasterios, pequeños microcosmos autosuficientes, que se regían por sus propias reglas.

  



FUENTE DEL CLAUSTRO

¡La gota de agua va creciendo lenta y ordenadamente, pero la gravedad y el tiempo la vencen y cae para diluirse en la corriente!

  
 


 

Las tranquilas aguas que lentamente desbordan el depósito formado por piedras, casi milenarias, de la fuente situada en pleno centro del precioso y tranquilo claustro del monasterio, traen a mi mente las infinitas plegarias que unos obstinados monjes fueron desgranando en sus paseos intemporales, en completo silencio, con sus cuerpos ateridos de frío en el invierno o sudorosos en la canícula de verano, con la juventud perdida y la ancianidad agotada. ¿Cuales serían las peticiones que insistentemente elevaban al cielo en cansina letanía? ¿Pedirían y rogarían por un mundo mejor, el cual, sabían que nunca podrían disfrutar? ¿Lo harían por el resto de los mortales? ¿Valdría la pena el tiempo agotado entre la nada pasada y la nada por llegar?

Hoy, aquí, se respira una profunda tranquilidad, tan sólo alterada por ese suave murmullo de las aguas al caer, un sosiego que llega a sobrecoger el alma, pero sientes que es algo pasajero, que te encuentras inmerso en un espacio del que puedes disfrutar enormemente si liberas tu espíritu a sabiendas de no sentir la agobiante rutina que unos seres voluntariamente eligieron, quizá ignorando lo que les esperaba, quizá por no tener otra cosa mejor que hacer, quizá como castigo de su propio entorno.

Entre estas cuatro paredes que delimitan el claustro, y en su centro la fuente, los monjes paseaban con lentitud agobiante sus oraciones repetidas a lo largo de los muchos kilómetros caminados para no llegar a ningún lugar, al igual que la lentitud de las aguas al abandonarlo con su perenne murmullo que, a veces, pudo ser aterrador en aquellas mentes, paseando su desconsuelo eternamente y que fueron dejando en el ambiente, ese clima de silencio desgarrador, que parece estar detenido y congelado hasta que la eternidad lo libere.

  



 

...pero se resiste, y antes de caer, nos muestra su belleza, al igual que la de su entorno. Su vida es tan efímera como lo fue la de monjes que, quizá, en sus rezos pedían al Señor la celeridad del tiempo que para ellos se había detenido en vida.

 
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