RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S



DESNUDANDO EL ALMA


IRRACIONALIDAD IRRACIONAL



 
 

Hoy pienso comenzar mis actividades con lentitud, con deseo de acariciar todas y cada una de las esencias cotidianas, dejándome llevar por esa laxitud que presupone un final de vacaciones, que al menos durante unos cuantos días me proporcionarán esa vagancia física y mental tan añorada. Prometo ser bueno, ya lo veréis. Prometo ser fiel, ya lo veréis. Prometo ser ejemplar, ya lo veréis. Si así es, que el PSOE me lo premie, en caso contrario, que el PP me lo demande.

 

Voy a pasar de leer la canallesca, voy a pasar de escuchar la radio, voy a privarme de ver la televisión. Hoy, como antaño hacían nuestros  ancestros (y no me refiero en este caso a la posibilidad de que sean esos bichos peludos generalmente colgados de los árboles, y que cuando les ves la cara dices que la tienen de mono), quiero tener un día propio de una típica Semana Santa en septiembre, día de recogimiento e introversión, de análisis, de meditación, de valoración de lo cotidiano para hacer el propósito de la enmienda. En definitiva, hacer el vago con plenitud, con posesión, espacialmente, abarcando a lo largo y ancho de nuestra existencia toda la esencia propia del ser.

 

Y así, en este caluroso día de septiembre, sábado, estaré con las constantes vitales ralentizadas, casi inactivas, como cuando estás viendo una película y comienzan a pasar escenas a cámara lenta, que incluso muchas veces parecen la cosa más natural de mundo, alargando, prolongando y hasta potenciando la agradable sensación de paralizar el tiempo, esa unidad física que nos tiene atados de pies y manos a la crueldad de este mundo y que se denomina cuarta dimensión (ojo, no tiene nada que ver con temas de horror o de ciencia ficción, es la cuarta dimensión precedida de otras tres, vulgarmente conocidas como largo, ancho y grueso, más o menos, querido/a colega), la que todos tratamos de dominar en beneficio propio, pero que se escurre con una facilidad y delicadeza propia de los mismísimos dioses.

 

¿Cuántas veces, ciudadano, has dicho, “no tengo tiempo para esto o aquello”? ¡Simple, más que simple! El tiempo no es tuyo, condenado, el tiempo pasa delante de tus narices, sin que apenas te des cuenta, quizás solamente en el hecho de una nueva arruga, una nueva dolencia, a veces en una alegría, la mayoría en una pena, pero pasa sin que tú, querido elemental puedas influir en su peregrinar. En tus manos sólo está el poder verlo pasar, y para ello, puedes hacerlo sentado en una hamaca como pienso hacerlo yo hoy durante todo el día, o bien tratar de descompensarlo a base de imprimir una exagerada velocidad a cada una de las acciones a desarrollar, por todo aquello que ya en un tiempo nuestro querido Alberto nos dijo, cuando haces cualquier cosa (por estúpida que sea), si la haces a la velocidad de la luz, el tiempo transcurre muy lentamente e incluso se detiene. Yo he pensado mucho sobre esto, mi querido Alberto siempre ha sido un hombre al que le mantengo el mayor de los respetos y consecuentemente la mayor de las credibilidades.

 

Si cometemos cualquier acción a la mitad de la velocidad de la luz, el tiempo se divide por dos, es decir, tan sólo transcurre en la mitad de tiempo (ya sabéis que dividir por dos, equivale a transformar en la mitad cualquier unidad, así que no os montéis un alucinógeno estado mental, queridas criaturas). Si nos acercamos a dicha velocidad, y no os digo cuantos kilómetros son por segundo para no amargaros la fiesta, el tiempo casi se detiene, y es aquí a donde os quería llevar en mis contradicciones, ¿os imagináis, y a veces no os veo con mucha capacidad para ello, os imagináis, decía, que haciendo el amor pudierais acelerar los suficiente como para detener el tiempo en el punto culminante y orgásmico? Puro placer, ¡oye!

 

Todo desaparece a tu alrededor, excepto la inmensa energía del placer, todo tu cuerpo, todo el espacio, todo, es puro placer, hasta el tiempo, que ya no existe, es puro placer. ¿Por qué digo esto? No lo digo yo, lo decía Alberto. Cuando estás próximo a la velocidad de la luz, todo se hace infinito, tu cuerpo, tu mente, tus sentimientos, tu placer.

 

¿Quién soy yo para dudar de la capacidad intelectual de mi querido amigo? Ahora bien, hay un pero, y esto no lo descubrió Alberto, pero lo digo yo y en paz. Si por error de apreciación, aceleras más allá de lo justo, y sobrepasas la velocidad de la luz, se produce el característico efecto de la marcha atrás, es decir, viajas hacia el pasado, o sea, tu gozo en un pozo, y verás como esa orgía de placer se va escapando de tu cuerpo de una forma dolorosa, inmensamente dolorosa, y cada instante, cada billonésima de segundo (que esto sí ya es para un nacionalista, algo que llevarse a la boca) tu cuerpo se verá atravesado por infinitos eones que te arrastran más y más hacia la morada de tus ancestros. Yo no os recomiendo, al igual que la Dirección General de Tráfico, el sobrepasar estas velocidades.

 

Claro que también puedes pensar quién soy yo para hacer tales recomendaciones, sólo te puedo decir, ¡allá tú, tus consecuencias y toda tu familia! Me molesta, me fastidia, me joroba, me repatea y hasta me mosquea, que así, por las buenas, se dude de mi buena fe y de la de mi amigo Alberto. La experiencia es la mayor de las ciencias, y en estos momentos os habla la voz de la experiencia, propia y ajena, que en vez de permitir que podáis arrastraros a través de unos mundos y unas sensaciones que no se os deben tolerar por vuestra condición humana, y por lo tanto, imperfecta, os quiere dirigir hacía estadios menos comprometidos. ¡Haced caso, malditos!

 

¿Vas entendiendo cómo se puede perder el tiempo?, pues a partir de ahora espero que demuestres más conocimiento, que sea capaz de ver que esta cuarta dimensión es algo que se nos escapa de las manos como la vida misma, que hay que respetarlo por formar parte dimensional de nuestras vidas, espacio tiempo, y que mientras no se descubra la otra, la quinta dimensión que a lo peor nos lleva al lado oscuro, debemos mantener  la adoración precisa y adecuada, al fin de no atraer hacia nuestros cuerpos y hacia nuestras mentes, perversidades difíciles de imaginar, y lo que es peor, difíciles de controlar y dominar. ¡Vamos chato, vamos chata, cuidado, que la vida es muy simple.

 

¡Acelera, pero sólo lo preciso y suficiente!


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