RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S


DESNUDANDO EL ALMA


¿POR QUÉ ESCRIBO?


 

 

Quizá el título sea presuntuoso, pero es una forma de hacer más atractivo lo que viene a continuación y, probablemente, sea motivo para que alguien tenga el atrevimiento de introducirse en estas líneas y la osadía de leerlas.

¿Por qué escribo?

Esto es algo que llevo preguntándome desde hace mucho, mucho tiempo, desde una infancia algo lejana ya, que no fue tierna, pero tampoco traumática. Trataba de leer libros, que en ocasiones, la mayoría, no entendía, pero no me arredraba y continuaba con más motivación si cabe. Poco a poco, me fue conduciendo hacia unos deseos e ilusiones que no tardé en iniciar; plasmar sobre el papel todo lo que se me ocurría. Creo que fue en esa época cuando mi adorada “Musa” me abandonó, quizá por aburrimiento, quizá por desesperación, pero no consiguió paliar mis deseos de emborronar inmaculados papeles y contemplar como iban cambiando. Pero, también es cierto que anidó en mis sentidos la seguridad de que éste, no sería mi medio de vida. Ciertamente, no me equivoqué.

Mis etapas escribiendo fueron muy variadas, muy aburridas, muy espesas. En la mayoría de los casos, no conservo nada de lo que ya no tiene posibilidad de arrepentimiento, pero al menos, me evita que, en alguna circunstancia, el rubor pudiera apoderarse de mi cutis y el acaloramiento físico y mental llegara a traumatizarme.

Visto esto, lo más lógico es que, cualquier persona normal, se pregunte, “¿y por qué sigues escribiendo?”, a lo que yo respondería; “me alegro de que te hagas esa pregunta”. Menos mal, que ambos mantenemos en el anonimato más profundo nuestros pensamientos.

Pero se da la circunstancia de que yo, que no me considero muy normal, también me hago esa pregunta, y en función del momento en que me la planteo, las respuestas son de lo más dispar y variopinto, como si fueran varias personas respondiendo a la misma imbecilidad sin tener relación alguna entre ellas.

Continuando el camino en el devenir del tiempo, esa arma mortífera a la que achacamos todos nuestros males (¡ay, si tuviera tiempo!), puedo decir que mi manía escritora fue creciendo y en determinadas épocas, era una tarea que realizaba casi todos los días. Opté, en un momento determinado, en no destruir ninguna prueba de mis estupideces literarias, obligándome a conservarlas para poder sentir ese rubor en un futuro próximo (los futuros lejanos no existen), cuando, sentado ante la chimenea (no, no tengo chimenea, pero me permito la licencia literaria) e iluminado por el dulce y sosegado chisporrotear de las brasas, recorra con lentitud cada una de las hojas que en su día tuve el atrevimiento de escribir. Al menos, me reconfortaré pensando que todo aquello fue creado por mi, con mayor o menor ventura, y que el placer disfrutado, o el que disfruto, me compensa sobradamente.

Poco a poco, mis creaciones (por malas que sean, son mis creaciones) fueron ocupando un espacio en una amplia estantería. Incluso, tuve la osadía de realizar alguna que otra encuadernación, pero allí seguían encerradas. Sí, encerradas, casi como mi secreto más placentero.

De cuando en cuando, algunos amigos venían de visita, generalmente, a cenar. No tardaron en descubrir mi innombrable afición, al curiosear la biblioteca. A veces, me decían, con un vaso de whisky medio lleno entre sus manos, y enfatizando sus palabras:

—¡Hombre, ¿tú también escribes?!

—¡Hombre, ¿tú también?! —les solía responder, por conocida tradición.

—¡No, ni se me ocurre! —replicaba, dando por zanjado el asunto y dejando el volumen en un lugar que no le correspondía, torcido y fuera de línea.

Esto suponía una condena si haber escuchado mi defensa, y lo que era peor, sin leer el contenido. Entonces pensé:

—“¿Qué puede importarme que alguien me lea y diga que es malo, cuando ya lo presuponen sin leerlo?”

No lo dudé mucho. Me dije con fortaleza de espíritu; “¡me van a leer por narices!”. Ni corto ni perezoso, desprendido del sentido del ridículo, preparé una de mis historias, busqué un concurso literario y allí la dirigí. Por triplicado y sin identificación alguna a excepción de la plica. Durante este proceso tenía la sensación de estar preparando a un hijo para enviarlo a la Universidad. Unas veces un sentimiento de cariño se apoderaba de mi, otras, una especia de terror atenazaba todos los nervios de mi estómago, pero había elegido para presentar mi novela, un concurso literario bueno, y lo sigue siendo, con premio casi millonario (en euros, por supuesto) y comencé a sentir satisfacciones rayado el orgasmo cuando deposité la obra en una oficina de correos.

Ahora sabía que iba a ser leído. Quizá por una persona sola, quizá por varias si conseguía pasar la criba inicial, pero alguien “iba a deleitarse con mi obra”.

Por supuesto, no obtuvo premio alguno y seguramente, la obra, por triplicado, terminaría en el fuego purificador. Bueno, estoy seguro de ello.

Pero, crear personajes, formar sus circunstancias y ver como poco a poco, van tomando su propia vida y te obligan a narrarla en la forma que ellos desean, crea adicción y te dejas llevar por sus iniciativas que te someten a ser un mero espectador y transmisor de su papel. Las etapas son dispares, y se puede pasar de la euforia total a la depresión más oscura, rayando un agujero negro. Es entonces cuando arremetes contra tu “musa” traidora, que no ha tenido la fe y constancia necesaria. La insultas, la desprecias y tu ego comienza a redimirse, a tomar fuerzas, a sentirse capaz y vuelves al principio de la etapa.

Poco a poco, mi capacidad para ruborizarme fue descendiendo a cotas muy bajas. Sabía que siempre encontraría alguna fórmula para conseguir algún que otro lector despistado y bien intencionado. Sí, querido amigo/a, si has llegado hasta aquí, tu eres uno de ellos, por lo que te doy las gracias, efusivamente, por proporcionarme ese encantador placer de ser leído. Siento la sensación de estar mostrando un hijo guapo, inteligente y algo rollizo. No es necesario que lo cojas en brazos, sólo léelo…

¿Puedes entender ahora, por qué escribo?


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