RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S


MUERTE DE SÓCRATES
ÓLEO DE JACQUES LOUIS DAVID (1748 - 1825)

VIVENCIAS: I R O N Í A



 
I R O N Í A

 

 

Podría contarte muchas cosas, pero las voy a dejar para más adelante, en estos momentos la ironía contenida en mi mente se encuentra bajo mínimos, y en ese estado no es conveniente hacer determinados comentarios.

 

Y esto de la ironía trae a mi mente una sabrosa conversación mantenida tan lejos como esta misma mañana. Era la hora del aperitivo y el sol sobre la ciudad producía una luminosidad que incitaba a salir a la calle y disfrutar de él, sobre todo pensando que en esta época del año, la mayoría de comunidades en las que nos han dividido unos políticos mentalmente no preparados (¿te das cuenta que a veces también puedo ser fino en mis formas de expresión ?) están sometidas a las intemperancias de esas isocabreadas que las nenas del tiempo en la caja tonta van colocando siempre en los mismos lugares y los de Castilla la Mancha o Extremadura ni se atreven a criticar.

 

Dirijo mis pasos lentamente, sin prisa alguna, saboreando esos rayos solares que acariciaban mi rostro con una ternura difícil de imaginar en los tiempos que corren, hasta alcanzar la terraza de una cafetería próxima. Sin dudarlo me siento cara al sol (sin chistes, lector visceral, además, mi camisa está muy usada, hay que ahorrar lo que buenamente se pueda, ya sabes, los tiempos no están como para hacer excesivos dispendios a pesar de que nos digan machaconamente España va bien, ¡y una leche !). Mis posaderas acusan la frialdad propia de la silla, pero no me amilano, soporto con estoicidad los primeros momentos, aprieto las mandíbulas y aguardo la acomodación, es decir, la igualación de las temperaturas, la silla enfría ligeramente esa parte de mi cuerpo (¡me da corte decir culo!), y éste, calienta un poco la silla, son las consecuencias de esta física que nos toca soportar (menos mal que en esto, el Gobierno no tiene atribuciones).

 

Poco más tarde, cuando ya comenzaba a sentirme bien se acercó el camarero con cara de pocos amigos, cosa que no me importaba, el condenado es así de nacimiento, y con unos ademanes bastante torpes y secos que de finura no tienen nada (tampoco deseo que me sirvan los camareros amanerados, me dan un poco de yuyu), me pregunta indiferente si voy a tomar algo. Una birra bien fría, le digo mirándole seria y directamente a los ojos, añadiendo un “por favor”, cosa que pareció llegarle al corazón, esbozó una ligera sonrisa que me produjo la sensación de ser una mueca, se giró volviéndose sobre sus pasos, y a partir de ahí dejé de prestarle atención y dediqué todo mi empeño al disfrute de mis sentidos. Mi mirada se dirigía ora a ese sol vencido de mediados de invierno, ora al deambular de la gente, que en su mayoría daba la sensación de ser perseguida por el diablo, el demonio o incluso, el mismísimo Lucifer.

 

Yo lo entiendo, pero poco. Hay momentos en los que uno tiene que decir ¡alto!, ya vale, sentarse, dejar que la mente se balancee sobre esas olas de la imaginación acariciadas por la suave brisa de una irrealidad deseada, abrir la puerta que esconde los sentimientos, pensar que el mundo es bueno, agradable y que la vida merece la pena vivirla apartado totalmente de la ansiedad y de la insatisfacción. Hoy en día, la gente no sabe pasear, no sabe disfrutar de esa sensación del “far niente”, se mueve indolentemente por la vida a la espera de que se produzca el milagro que le apartará de sus miserias irracionales. ¡Mientras tanto, vegeta!

 

Cuando ya comenzaba a saborear el segundo trago de la agradable cerveza sentí como una mano se apoyaba sobre mi hombro, presionándolo ligeramente. Me volví ligeramente encontrándome con la agradable sonrisa de una buena amiga. Se sentó a mi lado, buscando también la agradable sensación de esos cálidos rayos solares sobre su bonita figura. Rubia, de ojos verdes a veces oscuros, a veces claros, pero siempre hermosos y un rostro que generalmente irradiaba alegría y confianza en el anfitrión. Sus hoyuelos, al sonreír, su traje de chaqueta negro y blusa roja, completaban una imagen preciosa.

 

En esta ocasión, el camarero llegó diligentemente, con amplia sonrisa en su rostro y se quedó mirándola embobado. Aproveché la ocasión para pedir dos cervezas más. Apuré la mía de un largo y sabroso trago que provocó ese ligero bizqueo en los ojos y una sensación de voluptuosidad corporal. No entiendo como la gente, en general, es incapaz de disfrutar de estas pequeñas cosas que nos depara la vida por el mero hecho de vivirla.

 

Mi amiga es una excelente conversadora, me agrada escucharla cuando tocamos un tema interesante, pero también era el momento adecuado para incitarla a través de una ligera ironía que trato pase desapercibida, cosa que no consigo con demasiada frecuencia. Es conocedora de mi pequeña debilidad en cuanto a relatar de forma más o menos continuada los acontecimientos que han llegado a producir, al menos, un ligero impacto en mis sentidos. En una ocasión me llamó marujón, cosa que no me desagradó, al contrario, me dio ánimos para ejercer más si cabe. Sin embargo, ahora me disgusta el término, después de soportar algunos programas de sobremesa en las teletontas, entiendo el verdadero significado de marujón (y por supuesto de marujona, que es lo que más abunda), pero ¡corramos un tupido velo sobre el asunto!

 

Hoy me ha llamado irónico con una carga, a veces, excesiva de sarcasmo. ¡Joder, de piedra me he quedado!, ya que la ironía es una forma de expresión caracterizada por el tono burlesco y que consiste fundamentalmente en decir lo contrario de lo que se piensa.

 

Recuerdo que mi maestro Sócrates fue un gran especialista en esa manera de interrogar simulando ignorancia o tratando de decir algo haciendo como que no se dice. ¡Qué sutil ironía se desprendía en sus conversaciones! Mantenía siempre una igualdad de humor que, según Espíntaro, era una continua victoria sobre sí mismo. Tan sólo discrepaba con él en un pequeño asuntillo, siempre decía que nadie era malo voluntariamente, y que todo el mal derivaba de tomar por ciencia la ignorancia. Claro que a Sócrates no le ha tocado ser coetáneo de estas hordas que ahora debemos soportar. Todo esto ya ocurría 400 a.C. y ahora me entero que soy irónico. También Aristóteles ejercía la ironía con tremenda facilidad, quizás influenciado por Platón, que transmitía las enseñanzas de Sócrates. La verdad es que yo no me llevaba muy allá con él, por lo que a la muerte de Sócrates (un vulgar asesinato del poder establecido) abandoné Grecia y me dirigí a Lesbos, permaneciendo allí durante algunos años.

 

Esta forma de expresión perdió fuerza con la llegada del cristianismo a la faz de la tierra, ya que eran muy poco favorables a este género de burla, al menos en público, ¡si yo te contara lo que hacían en privado! Más tarde, ya inmersos en pleno medievo, vuelve a destaparse la ironía como una forma más de comunicación, que en la Edad Media, mi compadre el arcipreste de Hita fue un buen exponente de ello. Alcanzó su apogeo en el siglo de oro español con Quevedo, Lope de Vega y hasta con el mismísimo Góngora, al que no tuve el placer de conocer, pero estaba muy al día de todos sus cotidianos quehaceres. Emplearon la ironía con un aire refinado, pero corrosivo, en sus escritos. Nunca ha dejado de ser un arma utilizada por muchos escritores y que suavemente dosificada puede proporcionar dulces momentos existenciales. ¿Te imaginas conceptual inadaptado, el por qué de mi sorpresa?

 

Ahora bien, esa utilización del sarcasmo me viene más al pelo, me gusta esa ironía hiriente y mordaz con la que se insulta, se ofende y se humilla a todos aquellos que van de dioses por la vida, incluso a los que van peldaños por debajo. Casi podría decir que me encanta, que quieres que te diga, me he dado cuenta de que soy malo por circunstancia y por excelencia (y espero que los términos no se autoexcluyan, quedaría como a parida, ¿no?).

 

Trato de explicarle mis convicciones sobre el asunto, pero no se deja, lo tiene muy claro y no se baja de la burra. Yo sí que observo una mirada ironizante que acongoja mi cerebelo, me sube los rubores, me traba la lengua y me depreda los sentimientos. ¡Qué manera de rizar el rizo!, esto me pasa por preguntar, y cuando uno quiere saber, corre el riesgo de encontrarse con opiniones de este estilo.

 

 Menos mal que al final tuve la ocurrencia de preguntarle si con tales opiniones sobre mi persona no mermaría nuestra amistad, a lo que respondió entre risas, que muy al contrario, que le encantaba que fuera así, que deseaba leer mis escritos y que no permitiera que me cambiaran, no es que fuera un conjunto de perfecciones, pero que tampoco estaba nada mal.

 

¡Me hizo feliz el día, oye! Gracias chata, al menos ahora sé que cuando me sienta depredado por las mil y una circunstancias que nos rodean podré acudir a ti buscando ese remanso de paz que proporciona tu dulce mirada y tu agradable sonrisa, incluso ya casi siento deseos de ser objeto de esa depredación y escuchar de sensuales labios aquello de :

 

Ironizar sobre la ironía

es algo tan fácil

como llamar chata

a quien de buena nariz

disfruta,

y para ir el rizo rizando

te diré

que ironía y sarcasmo,

aunque primas hermanas son,

con ira se separan

por obtener

de la lengua

el galardón.

oooOOOooo



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