RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


R E F L E X I O N E S


VIVENCIAS: ¡CUÁNDO SE MADRUGA!




 
¡CUÁNDO SE MADRUGA!

 

   

 

Es difícil sonreír cuando tienes la necesidad de madrugar. Hoy he tenido que hacerlo, obligado por un corto viaje. Pero por sistema me suele tocar las narices, como vulgarmente se suele decir, y a veces yo también me siento vulgar como cualquier hijo de vecino en ejercicio (que dicho de paso, pueden ser mayoría, quizás no absoluta, pero bastante desgracia tenemos de todas formas). Sin embargo, una vez te has pasado el cepillo de dientes por donde corresponde y el agua clara por sus alrededores, las cosas comienzan a cambiar, los bostezos por unidad de tiempo inician un razonable descenso y las ideas empiezan a aflorar, eso sí, con lentitud, pero tampoco es como para que ejerzan de pilotos de fórmula uno, de buena mañana y antes de despuntar el día.

 

Mi estómago siempre es raudo en el menester que le es propio y reclamaba su pitanza con sensaciones desagradables por complacerle con la primera demanda. Por ello, nada más terminar de efectuar los primeros ritos del aseo me propuse cumplir los caprichos de mi dictador. Como era temprano todavía, la panadería cerrada, el supermercado cerrado y el bar abierto, no hay cuestión de duda, allí dirigí mis vacilantes pasos.

 

Entré y a continuación, pedí lo que deseaba desayunar. Me senté en la mesa del rincón desde donde se domina muy bien todo el panorama, el interno y el externo. Una vez acomodado, observé al personal, que entraba y salía. En la barra cuatro individuos (sin tratar de ser peyorativo) con sus correspondientes cafés y copas de licor, unas de color blanco otras de color dorado, posiblemente de coñac barato, si todavía existe alguno, incluso los de garrafa ya son caros.

 

En una de las mesas próximas se encontraba un individuo (y hago eco de mis anteriores palabras) que, puesto de pie no bajaría de los dos metros, frente muy ancha y plana con pobladas y salientes cejas que producían la sensación de unos ojos exageradamente hundidos. Un enorme mostacho impedía ver su boca, incluso cuando la abría. Su peso no bajaría de los 130 kilogramos y creo que me quedo corto. Su apariencia no era de obesidad, a pesar de que sus brazos que bien podían tener las dimensiones de mis piernas, pero producían la sensación de ser músculo puro.

 

Estaba sentado en una silla y con el cuerpo ladeado, apoyando su brazo izquierdo sobre el respaldo de la misma y sus enormes manos cruzadas a la altura de la cintura. Su mirada se mantenía perdida en algún punto lejano de la calle, sin parpadear, sin hacer movimiento alguno como esfinge pulida en el más duro granito. Tan sólo, y de cuando en cuando, desprendía su mano derecha para asir una copa de buen tamaño, cuyo contenido era de un color blanquecino y aspecto viscoso, probablemente un Chinchón, ginebra o aguardiente de 98º. Se la llevaba a la boca y se regalaba un trago largo, sin prisas pero sin pausas y sin descomponer el gesto. La copa de cristal parecía haber desaparecido en su mano cuando la agarró, para reaparecer una vez situada sobre la mesa. Con parsimonia adoptó la misma postura anterior, produciendo la sensación de que no se había producido movimiento alguno a excepción del descenso del nivel del contenido de la copa.

 

Al poco rato llegó otro individuo, que después de dejar aparcada una vetusta y desvencijada bicicleta en la acera entre una furgoneta y un coche, se introdujo en el bar sentándose en la mesa del “enorme”. Le oí decir un “buenos días”, que el “inmenso” contestó con un ligero movimiento de cabeza, apenas perceptible, pero tuve la sensación que terminaba de deglutir el largo trago anterior. Inició de nuevo el ritual para castigarse con otro prolongado y dejar la copa más seca que un desierto.

 

El segundo también era un poema, pelo largo y buen bigote, pero nunca comparable con el mostacho del “impresionante”. Vestía un polo de color verde intenso, que le proporcionaba un aspecto algo cetrino a su rostro. Tuve la sensación de que el segundo individuo hacía algún comentario al primero, que continuaba manteniendo inmovilidad total.

 

Sin acercarse a preguntarle nada, el camarero le sirvió un café y una copa, más pequeña que la del “grandioso”, con un contenido de algo que bien podría ser coñac. Se la llevó a la boca y se agració con un espléndido trago, para continuar con la tarea de marearlo a base de movimientos circulares y monótonos de su mano derecha.

 

Instantes después entró un tercer individuo, alto, muy delgado, con el pelo que producía la sensación de ser un abanico abierto sobre su cabeza, de aspecto sucio y descuidado. Unos pantalones vaqueros descoloridos y una cazadora de cuero cerrada hasta la altura del cuello componían su atuendo. 

 

Observé como otro camarero en el interior de la barra, escanciaba sobre un vaso largo y sobre unas gotas de café para proporcionar color, una dosis abundante de coñac, componiendo una mezcla que se me hace muy difícil de denominar “carajillo”. Lo agitó brevemente y sin retirar la cucharilla del vaso, se lo acercó a la boca para darle el primer substancioso trago.

 

Por mi mente cruzó una pregunta, que por supuesto no afloró al exterior, ¿serán los primeros del día, o este bar será uno más de los del recorrido hacia sus lugares de trabajo?, ya que me imagino que no habrán madrugado tanto tan sólo para ponerse ciegos. Como mucho serían las ocho menos cuarto de la mañana y ya me tenían alucinado. ¡Cuántas horas les restaban todavía para alcanzar el momento del reposo y cuántos carajillos y copas podrían soportar aquellos hígados maltratados!

 

Comenzaba a saborear mi café, cuando se produjo un ruido metálico en la calle. Miré a través de la ventana (ya he dicho que estaba muy bien situado) y pude observar que la bicicleta del segundo individuo se encontraba ya caída en el suelo. De la furgoneta que estaba aparcada y había iniciado la maniobra para salir, bajó un individuo bien vestido y de color (al estilo americano), que se quedó mirando con gesto de sorpresa la bicicleta en el suelo, pareciendo decir “¿he sido yo...?”

 

En esos mismos instantes el “descomunal”, sin apenas mover los labios (que además, debajo del ilimitado mostacho era imposible apreciarlos) ni variar el gesto de su rostro, dice con voz fuerte, gruesa, cavernosa y rotunda:

 

—¡La hostia, tío, mira que con tanto blanco que somos y tiene que ser un negro el que te jode la bicicleta!

 

El segundo individuo y dueño de la bicicleta le miró con cara de compungido, haciendo ademán de levantarse para salir y observar los desperfectos.

 

El “desmesurado”, continuó en la misma posición, sin variar un ápice su postura hierática.

 

—¡Tómale bien los datos del seguro —le añade al segundo individuo y dueño de la bicicleta— que sino luego no cobrarás!

 

—¡Joder tío —le contestó, con seriedad expresada en su gesto, cabizbajo y sin ánimos de decir o hacer nada— si no estoy asegurado, ¿cómo coño me van a pagar?

 

Salió a la calle, habló con el muchacho de color que estaba gesticulando y moviendo sus brazos con rapidez y energía. Miró con tristeza la bicicleta, la levantó, la arrimó al otro coche, y dejando al otro con la palabra en la boca se introdujo de nuevo en el bar. Antes de sentarse dirigió una mirada al camarero que dio la sensación de ser una súplica. Éste, de inmediato les preparó otra ronda.

 

El “desmesurado” apuró el resto de su segunda copa (¿?) para dejar sitio a la que venía de camino, mientras que el hirsuto observaba el fondo de su vaso completamente vacío.

 

Los contemplaba alucinado, sobre todo al “inconmensurable”, que retenía mi mirada como si se tratara de una cobra al frente de su víctima. Después de apurar el contenido de sus copas, hicieron ademán de levantarse, el segundo y tercer individuos con rapidez, con nerviosismo, el “ilimitado” con lentitud y a cámara lenta fue desplegando toda su envergadura y toda su humanidad. Me asaltó la idea de lo que podría ocurrirme si una de sus manos se encontrara con mi rostro en un impacto con violencia. Un pequeño escalofrío recorrió mi cuerpo desde los pies a la cabeza pasando por determinados órganos que los dejó alterados y sin ánimos de ejercer. ¡Todavía me tiemblan los congojos!

 

¿Seguirán de marcha…? Yo sí tuve que despejarme, subirme a mi coche y dirigirme hacia el aeropuerto antes de que el avión se elevara para destrozar la capa de ozono.

 

¡Esto me pasa por madrugar!, me dije como reproche.

oooOOOooo


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