RELATOS AL CAER LA TARDE ©

M A I T R E Y A


SUSURROS DEL VIENTO EN LA MENTE  ©
C A P Í T U L O    I
 


1

En el pequeño reloj de pared acababa de sonar una campanada anunciando las doce y media de la noche. En el exterior el agua caía mansamente sobre la ciudad, y el asfalto todavía rezumaba el calor absorbido a lo largo del día. Eduardo estaba sentado frente a su ordenador, utilizando Internet para buscar una serie de temas que tenía cuidadosamente anotados para no perder demasiado tiempo. Poco rato después, sonó el timbre del teléfono. No era habitual, pero de cuando en cuando ocurría. Lo alzó con pereza y al otro lado escuchó, con fuerza, la voz de su amigo Alfredo, algo que no le sorprendió en absoluto, ya que era una persona que, fuera del aspecto puramente laboral, se movía por instintos, por extraños que fueran y difícilmente aparcaba alguno que considerase oportuno o necesario.

—¡Oye…! Voy a pasar por tu casa en cinco minutos.

—Alfredo —le espetó algo iracundo—, es la una de la madrugada. No son horas para estar dialogando sobre tus problemas de faldas.

Conocía muy bien los hábitos de Eduardo y sabía que antes de las dos de la madrugada no solía acostarse. Estuvo por mandarle a paseo, pero era un buen amigo, en ocasiones, estrecho colaborador y tendría ganas de filosofar un rato.

—No tanto, pero es igual, te prometo que antes de las tres me iré. Además, mañana es viernes y ya está ahí el fin de semana para descansar.

No tenía sentido resistirse, Alfredo no le haría caso y se presentaría en su casa en breves instantes. Difícilmente se doblegaba ante una negativa.

Alfredo y Eduardo mantenían una excelente amistad desde pequeños, estudiaron juntos en el mismo colegio y más tarde en la universidad. Los dos siempre fueron personajes muy dinámicos en cualquier aspecto de la vida, incluso en el laboral, ya que fueron creadores de sus propias empresas.

Los dos estaban solteros. Alfredo practicaba con frecuencia el arte de la conquista, algo que se le daba notablemente bien, pero se cansaba muy pronto del juego, ya que era exigente en cuanto a las cualidades de sus conquistas. Sin embargo, Eduardo no sentía esa necesidad y sus relaciones con el sexo contrario eran mucho más serias pero en absoluto comprometedoras. Según decía con frecuencia, deseaba consolidar su empresa sin tener que distraer sus esfuerzos con problemas añadidos.

—¿Qué diablos te pasa? —preguntó Eduardo iracundo cuando intentaba cruzar la puerta. Su aspecto era serio y un pequeño rictus de tristeza cruzaba su rostro.

—Ahora te cuento —dijo mientras dirigía sus pasos hacia el alegre despacho de Eduardo—. ¿Me invitas a algo? Que sea fuerte, por favor.

Le sirvió una copa de coñac, mientras se sentaba en el sillón en frente de la mesa. Cuando la cogió, se permitió un buen trago que le hizo carraspear unos instantes. Su comportamiento no le auguraba un rato agradable.

—¿Y bien? —le dijo Eduardo tratando de mostrase indiferente.

—¡Tengo un cabreo impresionante! —contestó con la mirada fija en la copa de coñac.

Comenzó hablando muy despacio, como si meditara sus palabras, una a una.

—Sabes que, al igual que tu, me paso muchas horas navegando por Internet. Unas veces por trabajo, otras por distracción. No hace mucho, comencé a chatear en algunos foros, pero me aburría demasiado pronto y lo dejaba. Un día y a una hora temprana, nada más entrar en el chat, comencé a dialogar con otra persona y pasé un rato agradable. Esta situación volvió a repetirse y cada vez con más frecuencia. Como ya sabes, los nicks utilizados no determinan nada sobre la persona que los utiliza, pero intuía que era una chica joven, con grandes conocimientos literarios, amante del buen cine y de la buena música. Nuestros chats se hacían día a día más prolongados y fui sintiendo como su personalidad se iba apoderando de mí, tuve unos deseos muy grandes por conocerla, y en conseguirlo puse toda mi capacidad de seducción. Vive aquí, en la ciudad, pero ya no conseguí más datos, al igual que yo tampoco le proporcioné los míos, sin embargo, no nos mentíamos, eso estaba claro.

Volvió a dar un buen trago de coñac. Eduardo se quedó mirándole como alelado, sin entender muy bien que problema le había traído a su casa y a esas horas nocturnas.

—Estarás pensando que soy un crío y además, gilipollas.

—Sabes perfectamente —le contestó irónico—, que casi nunca te contradigo.

—Bien, fueron transcurriendo algunos meses y tenía la sensación de estar hechos el uno para el otro. No conocía su voz, pero mi intuición me hacía pensar que debía de ser muy sensual y con matices musicales. Podría decir que la conocía plenamente a excepción de su cuerpo físico, que en ningún momento tuve duda alguna, tenía que ser celestial.

—Tengo la extraña sensación de que estás enamorado como un crío y además, de algo etéreo —le reprendió amablemente aunque con deseos de burlarse cruelmente de él—. Además, me sorprende que no me hubieras comentado nada. Te gusta alardear de tus sorprendentes victorias y víctimas.

—Espera, todavía no he terminado.

—Adelante.

—Tras numerosos esfuerzos para conseguir una cita con ella, finalmente pude lograrlo. ¡Accedió! ¡Me sentí tan feliz! Quedamos en vernos esta misma tarde, a las ocho y eligió una de las cafeterías de la Gran Vía. Me pareció perfecto, el local era encantador para una primera cita. Mis nervios me devoraron a lo largo de toda la mañana y parte de la tarde. Deseaba que nada me estropeara el día y la satisfacción que iba a alcanzar. Decidí arreglarme con tiempo y salir a la calle. Me costó un buen rato elegir el atuendo apropiado, ni muy serio ni muy informal. Creo que acerté plenamente. Sobre las seis de la tarde decidí salir y pasear tranquilamente para calmar mi estado de ánimo. ¡Ya puedes imaginarte como estaba!

Decididamente, sí acertó con su atuendo, casi siempre iba muy bien vestido y en esta ocasión no fue una excepción. Chaqueta deportiva color beige, camisa de color azul pálido y pantalones azul marino. Eduardo no pudo evitar sonreír socarronamente, pero él, hizo caso omiso del gesto.

—Continua —le sugirió Eduardo, tratando de parecer algo interesado en la historia.

—Paseé un buen rato, deteniéndome de cuando en cuando ante algún escaparate pero sin apenas fijarme en su contenido. Se estaba acercando la hora de la cita y volvía a sentirme nervioso. Decidí acudir un poco antes y ocupar la mesa en la que habíamos quedado y desplegar un periódico sobre ella. Estaba situada en un rincón discreto de la cafetería. El local estaba vacío, con la excepción de un señor mayor apoyado en la barra y degustando su consumición. Me dirigí hacia la mesa y al acercarme pude comprobar que estaba vacía. Eso me gustó, era un problema menos. Bueno, ahora a esperar la presencia de la mujer que me había absorbido el cerebro. Una rosa entre sus manos me confirmaría su identidad, aunque no hubiera sido necesario con el local vacío. Pedí un güisqui con hielo al camarero, que se acercó diligente, y comencé a saborearlo nada más tenerlo entre mis manos. ¡Al segundo trago casi me atraganto!

Sintió deseos de repetir la acción, pero esta vez para conseguir que el calorcillo del coñac le alegrase el espíritu. Tomó de nuevo la copa ya la dejó vacía.

—Dirigiéndose hacia mi mesa —continuó—, se acercaba una espléndida figura de mujer, que el contraluz me impedía ver sus rasgos, y con una rosa entre sus manos. Ella se acercó tratando de desplegar una sonrisa en su rostro, sonrisa que, en segundos, se convirtió en mueca. Su mirada fría y acerada se clavó en mis ojos, taladrándolos. Por un segundo pensé que una bola de fuego iba a salir de ellos reduciéndome a cenizas. Dejó caer la flor al suelo con tan sólo abrir la mano, la pisoteó con furia y lentamente, quizá pensando que lo estaba haciendo sobre mi cuerpo y comenzó a girar el suyo para caminar con paso seguro hacia la calle.

—¡Ja, ja… —Eduardo no pudo contenerse, incluso pensando que podría cabrearlo—. ¿Qué mujer ha tenido el atrevimiento y osadía de tal desplante?

Bajó la mirada hacia el suelo y se mantuvo impasible.

—¡Mi vecina! —respondió tajante— Exactamente, mi ex-vecina, gracias al cielo. Ya hace un tiempo que no vive en mi edificio. Sus padres se trasladaron a otra ciudad y ella se cambió, según dicen, a un apartamento más apropiado para vivir sola y al margen de ser la comidilla del vecindario.

—Alfredo, no es para tanto. Además, si es tu vecina, o ex-vecina, como dices, mejor que mejor, trata de enamorarla a lo vivo. Dices que es guapa y con una estupenda figura, además de todas las bondades que has descubierto en tus conversaciones con ella.

—No la conoces. Bueno, yo tampoco. Nunca pensé que una persona pudiera tener una doble personalidad tan diferenciada. La veo hace muchos años, casi desde niños, puedo jurar que es una arpía y una bruja redomada. Disfruta haciendo daño, lo sé muy bien, incluso lo he sufrido en mis carnes. No es fea, pero a veces, sus gestos asustan. Su forma de vestir era demasiado desenfadada, más bien hortera, sin gracia y con unos pelos que producían la sensación de no conocer peluquería alguna.

Respiró profundamente para concentrar más su malhumor.

—Decían, en la escalera, que era una muchacha muy inteligente pero su carácter agrio la hacía insoportable. Sus padres eran unas personas muy calladas, y ella no tenía amigos, ni mucho menos amigas, a las que trataba con igual crueldad que a los muchachos.

—Estoy completamente seguro de que exageras. Mira, no me creo casi nada de lo que dices. Estás dibujando a un ser excesivamente cruel, algo que no me parece muy consecuente con la edad de la muchacha. Vamos, el clásico arquetipo de una novela de terror.

Alfredo sonrió lastimeramente y Eduardo sintió que se encontraba ante alguien desconocido, que en nada se correspondía con su buen amigo, y esto comenzó a preocuparle. No podía entender como algo tan trivial le había afectado de esa forma. A pesar de ser su vecina, o ex-vecina, no justificaba tal reacción.

—Si me dicen que practica vudú, no me extrañaría en absoluto —contestó tras unos segundos vacilantes—. Parece que desde muy pequeña tiene un odio cerval a todo lo que vista pantalones, entre otras cosas, y en particular, creo que hacia mi. De verdad, su forma de mirar en aquel instante me dejó sin capacidad de reacción.

—¿No será motivado por alguna acción tuya siendo jovenzuelos? De ti, no me extrañaría nada que intentaras ligarla aún siendo una niña.

Y diciendo esto, Eduardo se levantó acercándose al mueble bar, tomó una copa y la botella de coñac, se sirvió una pequeña cantidad y repitió la acción en la copa de su amigo, que tan sólo se limitó a extender la mano. Ambos bebieron un pequeño trago.

—Por favor, Alfredo, no te lo tomes así. Ya sabes, es muy fácil, desde el anonimato se puede cambiar un rol —continuó Eduardo y tratando de quitar leña al fuego—. Si dices algo que no te gusta, lo borras y tu anfitrión ni se entera.

—Quizá. Pero ya no es tan fácil en una conversación representar un esquema mental que no se tiene. Era muy rápida en sus preguntas y respuestas, siempre con un perfecto estilo y una gramática propia de una profesional. Sus manos debían volar sobre el teclado del ordenador. Muchas veces me corregía cuando cometía alguna falta ortográfica o la redacción era imperfecta, y todo ello al instante.

—¿Y no se te ocurrió pensar que fuera un hombre…? —le preguntó, tratando de reprimir una carcajada que estaba pugnando por salir de su garganta— Según dicen, es algo bastante habitual, tanto en los chats como en los blogs, y aunque no le encuentres sentido, no por ello puede dejar de ser cierto. Mira, me parece que en algunos aspectos te comportas todavía como un imberbe rapazuelo.

Su rostro se tornó bobalicón. Apuró de un trago el contenido de la copa, se alzó del sillón y levantando la mano dijo:

—¡Vale, por hoy ya he tenido bastante! —su tono de voz apenas fue audible pero rezumaba toda su ira contenida— Voy a ver si tengo suerte y vuelvo a encontrarla en algún lugar. Es una hora perfecta para cometer mi primer asesinato.

Y se marchó, tal como había llegado, cabreado, muy cabreado.

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