RELATOS AL CAER LA TARDE ©

M A I T R E Y A


SUSURROS DEL VIENTO EN LA MENTE  ©
C A P Í T U L O    I I
 


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Transcurrieron un par de semanas antes de que los dos amigos tuvieran ocasión de hablar de nuevo. Esta vez, fue por motivo de una comida de trabajo. En ocasiones, colaboraban en algunos proyectos. La empresa de Eduardo se dedicaba al diseño de campañas publicitarias. Alfredo tenía un gabinete experto en diseño gráfico y era un especialista informático consumado. Estaba orgulloso de su equipo y siempre aprovechaba cualquier oportunidad para dejar constancia de ello. Ambos estaban colaborando en una campaña publicitaria para dos empresas multinacionales que patrocinaban un conocido campeonato de tenis y al que acudirían las mejores raquetas del mundo.

Era un mundillo que conocían bien. Alfredo siempre fue un notable deportista, algo que inició en sus años infantiles y que prácticamente, en algunas modalidades, todavía seguía ejerciendo y con buenos resultados. Era un consumado tenista, a nivel amateur, ya que con su tipo de vida, difícilmente podía aspirar a mucho más. Eduardo también era un buen aficionado a practicar este deporte, en parte debido a la insistencia de su amigo, el cual le incitaba siempre que podía, a medirse con él, lo que solía ocurrir de forma bastante habitual, los viernes hacia última hora de la mañana Eduardo se consideraba su sparring tenista, pero disfrutaba con ello.

Se encontraban sentados en la terraza del club social de tenis, en una zona de la ciudad, que a pesar de no estar muy alejada del centro, era un pequeño remanso de paz para los socios. Sus instalaciones se encontraban rodeadas por unos amplios jardines municipales que la aislaban del bullicio callejero, además, por su ubicación, gozaba de la posibilidad de disfrutar del sol prácticamente todo el día.

Tomaron café mientras matizaban cuestiones de trabajo, básicamente, la distribución de tiempos de cada una de las fases del proyecto al fin de no tener interferencias y que cada uno pudiera realizar sus competencias y adaptarlas a las del otro. Era algo a lo que estaban acostumbrados y el entendimiento entre los dos equipos era muy bueno.

—Pienso que ya hemos definido el trabajo de cada uno y los tiempos de actuación —dijo Eduardo—. Ahora, con este calorcillo y el inicio de la digestión, creo que las ideas se adormilan, ¿te parece que lo dejemos ya?

Alfredo asintió con la cabeza, expresando claramente que tampoco tenía muchas ganas de continuar con ese tema.

—¿Qué sabes de tu vecina? — le preguntó Eduardo de forma trivial.

Un gesto en el rostro de Alfredo dejó bien patente la sorpresa ante la pregunta. Pretendía olvidar aquella situación, aunque sentía un gusanillo en el estómago cada vez que la recordaba.

—Simple curiosidad, supongo —respondió con seriedad—. De cualquier forma, te diré que aún perdura la sorpresa y que a veces siento deseos de encontrarla y poder comprobar quien es realmente, si la bruja de mi vecina o la encantadora mujer que me deleitaba con sus charlas durante los ratos de chat. ¡Qué dualidad más contradictoria! Es algo que nunca podría imaginar.

Eduardo comprendió que su pregunta no había sido muy acertada. Creyó que su amigo, a estas alturas, estaría riéndose ante tal situación, pero pudo comprobar que no era así. Quizá tan sólo se debiera a que su amor propio salió muy maltrecho del lance y eso le costaba asumirlo.

Dejó vagar su mirada por las pistas de tenis, en las que todavía se podía ver gente jugando y otros que ya se retiraban hacia los vestuarios. Distinguió a dos jugadoras que se acercaban charlando animadamente, pero con el esfuerzo realizado claramente visible en sus rostros. Alfredo reconoció a una de ellas.

—Acabo de ver a una amiga que ha finalizado su partido. Voy a saludarla un momento antes de que se pierda en los vestuarios. Seguro que su charla es más amena que la tuya.

Eduardo siguió su mirada para ver a quién se refería.

—¿Isabel? —le preguntó.

—¿La conoces? —se interesó.

—Tan sólo de vista. Apenas habré cruzado dos palabras con ella. Era compañera de estudios de mi hermana, una chica con cerebrito, por cierto.

—Ahora vuelvo, le daré saludos tuyos —le dijo un tanto burlón.

Cuando Isabel se percató de la presencia de Alfredo compuso un gesto de clara alegría. Se acercaron, dándose un par de besos en ambas mejillas.

—¡Es un placer verte, querido! —expresó Isabel, sin apenas separarse de él— Hace ya bastante tiempo que no sé nada de ti.

—¿Cómo voy a verte si siempre estás encerrada en tu laboratorio? No te veo tomando una copa desde hace... —se quedó pensativo unos instantes—, no lo recuerdo.

—Si es un reproche, ¡quedamos para cenar este fin de semana!—recalcó con seguridad—. Te llamaré. Ahora me vas a perdonar pero mi cuerpo pide a gritos una relajante ducha.

Se despidieron con otro par de besos en las mejillas y Alfredo regresó a la mesa. Su amigo no había pedido detalle de lo sucedido, tan sólo deseó poder escuchar la conversación.

—¿Encantadora, verdad? —comentó Eduardo.

—Pero si has dicho que tan sólo la conoces de vista, ¿cómo puedes saber que es encantadora?

—Mis fuentes de información suelen ser fidedignas —se rió desenfadadamente—, y mi hermana no suele mentirme. En más de una ocasión me ha comentado que sería una deliciosa y perfecta esposa para mi. Trabajadora, con un excelente currículo y unos resultados en investigación más que notables. Ya sabes, la mejor forma de espantarte una conquista es que alguien de la familia trate de imponértela.

—Cierto, tu hermana te ha informado estupendamente, aunque creo que hay cosas que no te ha mencionado, le encantan los hombres alegres, dinámicos, joviales e incluso, que sean trabajadores. Como puedes comprender, te alejas demasiado de sus preferencias.

Y diciendo esto, le dio un pequeño cachete en la mejilla mientras se reía abiertamente.

 

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