RELATOS AL CAER LA TARDE ©

M A I T R E Y A


SUSURROS DEL VIENTO EN LA MENTE  ©
C A P Í T U L O    I I I
 


3

El ascensor frenó en seco produciéndole un ligero sobresalto. Eduardo mantenía su mente entretenida recordando la cena que había compartido con sus compañeros de promoción, olvidándose de esa pequeña avería que ya duraba más de una semana, pero que con tantos días de fiesta, los mecánicos tardarían en dejarse caer, si no lo hacían antes los usuarios en una de sus subidas o bajadas bruscas. El hecho, consiguió inquietarle.

Mientras abría la puerta de su casa, iba pensando en el prolongado y reparador baño que le permitiría dormir el resto de la noche de un tirón. Desde el despacho le llegaba el estridente timbre del teléfono. Miró la hora un tanto sorprendido; las dos y media de la madrugada. Decidió dejar que continuara sonando, ya se cansarían. Segundos después, para su tranquilidad, enmudeció, pero volvió a hacerlo poco más tarde. Ante la insistencia decidió cogerlo.

Un lacónico ¿Sí… ?, dio paso a la voz de Alfredo.

—Llevo un buen rato llamándote —le increpó—, y tienes el móvil apagado.

—¿Y…? —respondió tratando de no sulfurarse. Hacía ya muchos años que le conocía y sabía bien de que pie cojeaba. Si tenía alguna inquietud en su mente, era implacable hasta conseguir disiparla, y Eduardo, era su hombro más amable.

—Te invito a una copa, tengo que hablar contigo —exclamó inquieto.

Estuvo tentado de colgarle el teléfono, pero su insistencia, a veces, rayaba la crueldad.

—Mira, Alfredo —trató de responderle con calma, sin que percibiera su cabreo por la propuesta a tales horas—, vengo de una cena, he comido y he bebido bastante, ahora quiero descansar.

—¡Mal, muy mal! —disparó— Si te acuestas ahora, mañana la resaca será monumental. Un paseo te vendrá bien.

Como siempre, sabía que se saldría con la suya, era infatigable. Así que, lo pensó mejor y le dijo:

—Me voy a dar un baño. Si quieres, te dejas caer por aquí, te tomas una copa y te largas enseguida.

Aun no había terminado de hablar cuando escuchó su respuesta.

—¡Vale, tío! Ya voy.

Eduardo no pudo disfrutar del agradable y relajante baño que le hubiera permitido dormir plácidamente. Se conformó con una ligera ducha y temeroso de que en el transcurso de la misma, sonara el timbre de la puerta.

Quince minutos más tarde ya estaba en casa.

—¿Por qué no eres un ser normal y me llamas durante el día? —le reprendió.

Sin hacer caso se fue directamente a la cocina. Se escuchó como abría la nevera y dejaba caer cubitos de hielo en la cubitera. Después, se acercó al mueble bar para coger dos vasos bajos, les añadió hielo y escanció whisky de malta, una dosis muy generosa en ellos.

—¡No te lo vas a creer! —dijo, a la vez se dejaba caer sobre el sofá.

—¿Qué es lo que no me voy a creer, Alfredo —le respondió sin curiosidad alguna, pero dispuesto a soportarlo un poco—, y por favor, no divagues.

Se arrellanó en el sofá y tomó un poco de whisky. Después le miró fijamente.

—¿Te acuerdas de mi vecina? —y sin esperar respuesta, continuó—: Si hombre, la chica con la que chateaba y que cuando acordamos una cita, resultó ser mi vecina.

—¡Alfredo, otra vez, no...! —le espetó componiendo un gesto de hastío, conocedor de que no le haría mella alguna— Estoy comenzando a dudar de tus capacidades. Parece mentira que con la fama de mujeriego que te precede estés inmerso en un juego estúpido con una ex-vecina y que además, no dudas en decir que te odia. ¡Pareces un crío!

Volvió a dar un trago largo, profundo, dejando el vaso casi vacío. Al sentir el calorcillo introduciéndose en su cuerpo, chasqueó la lengua complacido.

—Estuve un tiempo sin saber nada de ella —continuó haciendo caso omiso de sus palabras—. Parecía haberse evaporado. Un día, encuentro en el Messenger un mensaje suyo. Me decía que, aunque se había cambiado a otro piso, más pequeño y cómodo, aún mantenía el de mi edificio, ya que era de su propiedad.

Eduardo le miraba estupefacto. No sabía muy bien si considerarlo como un niño o como un imbécil, o ambas cosas.

—Me pidió disculpas por su actitud tan desconsiderada en nuestra cita —continuó—, y que deseaba hacerlo personalmente. Puedes imaginarte mi sorpresa. Sentí deseos de enviarla a paseo, pero una cierta curiosidad se apoderó de mí, impidiéndomelo. Deseaba poder observarla de cerca, ver sus ojos y escuchar su voz. De verdad, me sentía muy intrigado. Me pidió el número del móvil y unos días después me llamó. Su voz sonaba cálida y armoniosa, diría que con un timbre sumamente agradable.

Le pesaban los ojos y deseaba ardientemente irse a la cama, pero Alfredo estaba dispuesto a continuar monologando, así que, le dejó continuar a pesar de tener la sensación de caer dormido de un momento a otro.

—Quedamos en vernos hoy en la cafetería de la Gran Vía —siguió con su relato—. Cuando llegó, quedé muy sorprendido por su cambio. Peinado diferente que la favorecía mucho. Su maquillaje me pareció perfecto, con un color rojo fucsia sobre sus carnosos labios y un discreto collar a juego con los pendientes. Llevaba un abrigo largo y cuando se lo quitó pude ver su precioso vestido rojo que parecía una segunda piel. ¡Tiene un cuerpo perfecto, te lo aseguro!

“Tomamos una copa mientras volvía a insistir en sus disculpas. Poco a poco comenzamos a contarnos diversos aspectos de nuestras vidas que a pesar de vivir en el mismo edificio, éramos unos extraños. Su cálida voz me fascinaba y su forma de mirar hacía latir mi corazón con violencia”.

“¡Ay Señor!”, pensó Eduardo un tanto malhumorado, “¿Cuándo terminará?”

—Le pedí que cenáramos juntos y accedió.

—¿Arlequín? —insinuó Eduardo débilmente. Era el lugar preferido para llevar a sus conquistas, por la discreción de sus reservados y por el exquisito trato del personal del mismo, además de ofrecer una cocina excelente.

—Por supuesto, Arlequín. Fue una cena excepcional. Tomamos ostras, almejas de Carril, algo de jamón, y pescado. Indudablemente, bebimos Möet Chandon.

Ahora fue Eduardo quien atacó al whisky pensando que quizá le dejaría grogui de una vez.

—Me interesé por su actividad diaria y poco a poco sobre su vida sentimental. Sobre este tema fue muy parca. Ni afirmó ni negó si mantenía alguna relación de este tipo. Finalmente, decidimos abandonar el restaurante. Me dijo que tenía que pasar por su piso para recoger algunas cosas, y que si no me importaba llevarla allí. Era temprano y me decepcionó un poco, pero accedí a acompañarla. Pensé que después de dejarla me iría a tomar unas copas.

Su rostro quiso demostrar esa decepción, pero más bien consiguió reflejar el hastío que sentía.

—En el coche —continuó, después de tomar un buen trago—, su voz se transformó en pura melodía y sus ademanes estaban cargados de gran sensualidad. Deseé fervientemente besarla, detuve el coche en una zona tranquila y acerqué mis labios a los suyos pensando que sería rechazado. No fue así. ¡No fue así! ¡Cómo besa! Transmitía energía pura que hizo vibrar todas las fibras de mi cuerpo. ¡No sabes cómo!

Se mantuvo unos segundos en silencio, quizá rememorando esos dulces instantes. Su mirada parecía perdida en el infinito. Volvió a tomar el vaso y de forma mecánica se lo llevó a los labios. Eduardo tuvo la sensación de que volvía a besar a su vecina.

—Nuestras caricias fueron crecientes —siguió, tras saborear el dorado licor— y pensaba que iba a explotar de placer. Parece que se dio cuenta de mi estado de ánimo y me apartó de su lado con una amplia y adorable sonrisa en el rostro, lentamente, queriendo prolongar el instante. Después me dijo susurrante: “Aquí no, por favor, vamos a mi casa”.

“Una vez allí, protegidos por la intimidad de su apartamento, fuimos desnudándonos mientras manteníamos nuestros labios unidos. Mis manos acariciaron su tersa y sedosa piel. ¡Qué piel! ¡Nunca había acariciado una piel tan aterciopelada como la suya! A través de mis dedos parecía absorber toda su esencia. Tendidos sobre la cama nos exploramos mutuamente buscando aquellos lugares más placenteros para los dos. Descubrí que eran muchos los que ella hizo aflorar en mí. No puedo decir cuanto duró aquel juego, tan sólo recuerdo que nuestro orgasmo fue pletórico, total, único, una deflagración de placer que quería prolongar hasta el final de los tiempos”.

El asombro de Eduardo no tenía parangón alguno. Le miraba asombrado preguntándose como había tenido el valor de presentarse en su casa a esas horas de la madrugada a contarle algo tan íntimo. Iba a reprochárselo cuando le oyó continuar con su monólogo.

—Nos levantamos de la cama e iba a proponerle que me invitara a tomar una copa. Le dije, quizá con algo de sorna, que me la merecía después de lo ocurrido. ¡Qué imbécil! Me preguntó por qué me la merecía, con una mirada tierna y una sonrisa cariñosa. Y le respondí que los dos nos habíamos comportado muy bien y disfrutado plenamente. Me miró interrogante. ¿No me digas que no has disfrutado plenamente?, le pregunté socarrón. Sin decir nada, me tomó de la mano y me sentó en el sofá. Desde allí, contemplaba su escultural cuerpo desnudo moviéndose con sensualidad y armonía. Tomó una película de una estantería y la introdujo en el vídeo. Después lo manipuló hasta alcanzar una determinada escena. En la caratula pude leer el título “Cuando Harry encontró a Sally”. Mira, me dijo, mientras se sentaba a mi lado aunque sin entrar en contacto con mi cuerpo.

“Puede ver una escena en la que una joven Meg Ryan dialogaba con un chico en un restaurante. Él le estaba diciendo que era imposible que una mujer le engañara cuando hacían el amor. Su experiencia y habilidad le dotaban para ello. Meg, sentada enfrente de él, comenzó a mover su lengua sobre los labios, lenta, muy lentamente y con la mirada fija en la de él. La cadencia de sus movimientos fue aumentando mientras que sus ojos se movían al mismo ritmo en sus órbitas. Poco a poco, ese ritmo se incrementaba a la vez que su garganta comenzaba a emitir unos sonidos guturales cargados de erotismo. Su amigo la miraba entre divertido y sorprendido. Los movimientos de Meg se hicieron ostensibles, comenzaban a hacerse notar en toda la sala, tanto, que los clientes del local la miraban subyugados. Los jadeos se transformaron en una explosión sexual sostenida, que a su amigo le dejaron sin habla. Tras una prolongada actuación en la que parecía que Meg iba a desplomarse desmadejada, se detuvo bruscamente, abrió ligeramente sus brazos con las palmas de las manos extendidas y enfrentadas, y le miró interrogante y divertida, mientras que los clientes del local comenzaron a aplaudir de forma ostensible. Su amigo se había quedado mudo y lívido. A sus espaldas pudo escuchar la potente voz de una mujer entrada en años que le decía a la camarera: “quiero comer lo mismo que la señorita y… ¡qué la ración sea doble, por favor!

Eduardo sintió unos deseos imperiosos de reír y no pudo contenerse. Alfredo esperó a que terminara, impertérrito, pero con un gesto cargado de seriedad y abatimiento.

—¿Y…? —pudo preguntar entre risas.

—Como comprenderás, me quedé helado y me sentí ridículo allí, sentado cara al televisor y totalmente desnudo. La miré a los ojos y ella mantuvo la mirada, dura, fría, acerada, despidiendo veneno, puro veneno que se iba introduciendo a través de mis pupilas y se incorporaba al riego sanguíneo. Las venas de mi cuello estaban prestas a reventar, querían explotar. Sabía que sería muy difícil eliminar ese puro veneno que se estaba apoderando de mi cuerpo. Alargó la mano con sus largos dedos extendidos y acarició mi cuello, acarició con deleite mis venas. ¡Vístete!, exclamó secamente. Lo hice, con torpeza pero con premura, quería huir, quería quedarme, no sabía lo que quería.

Volvió a tomar su copa. Estuvo un rato mirando como se movía el líquido en su interior al girar ligeramente su muñeca mientras que su rostro reflejaba una profunda decepción.

—¿Has fingido tú también?, me atreví a preguntarle. Separó los brazos ligeramente con las manos totalmente extendidas y sus palmas enfrentadas y en sus ojos una mirada que lo decía todo. Me tomó del brazo, acercó su cuerpo, todavía desnudo, al mío y me dirigió hacia la puerta. Acercó su boca a mi oído y me susurró: “Hoy has entrado por primera vez en mi casa, y también será la última vez que sales de ella... y de mi vida”. Abrió la puerta y dándome un ligero empujón me dijo: “By, by, darling, y que mi veneno te acompañe durante todos los días de la tuya”. Tras de mi sonó el portazo como una losa aplastándome en mi propia tumba.

Con la mirada perdida, apuró la copa de whisky e hizo ademán de ponerse más. Eduardo pensó que no debía permitírselo so pena de que se quedara toda la noche. Además, se estaba hartando de que siempre llorará sobre su hombro. Él deseaba aquel amigo jovial, dicharachero, mujeriego, pero no éste, totalmente hundido.

—No tuve la menor duda, tardaría mucho tiempo en volver a verla, quizá nunca. Me sentí como un vulgar clínex usado y arrojado al inodoro, esperando con pavor escuchar el ruido de la cadena que dejaría en libertad ese torrente de agua que me arrastraría hacia la más lúgubre profundidad de las cloacas. ¿Aprenderé alguna vez?

—¡Ya basta, Alfredo! —le reprochó con vehemencia— Vete a dormir, lo necesitas. Mañanas, si persistes en lo mismo, estaré encantado de emborracharme contigo, ahora necesitamos descansar los dos.

—¡Me lo merezco, es la segunda vez que me echan hoy!

Y se marchó tal como había llegado, angustiado, muy angustiado.

 

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