RELATOS AL CAER LA TARDE ©

M A I T R E Y A


SUSURROS DEL VIENTO EN LA MENTE  ©
C A P Í T U L O    I V
 


4

Todavía disponía de algunos minutos para acudir al despacho de Alfredo y, conociéndole como le conocía, tenía claro que al terminar la reunión querría salir a tomar una copa y cenar. Por eso, no dudó en acercarse a un restaurante cercano y reservar mesa para dos. Poco más tarde, hacía sonar el timbre de su puerta.

Abrió su secretaria y con una amplia sonrisa en su rostro le invitó a pasar.

—Don Alfredo le espera en su despacho.

—Gracias, Inés. ¿Se encuentra de buen humor hoy? —preguntó, dirigiendo la mirada hacia la puerta del despacho.

Le miró dubitativa, movió ligeramente la cabeza mostrando gesto serio.

—Su jovialidad, a la que nos tenía acostumbrados, ha descendido un tanto —bajó la voz haciéndola apenas audible tratando de impregnarle un tono de confidencialidad—. Yo creo que son mal de amores.

No pudo dejar de sonreír, aunque sabía a ciencia cierta que Inés intuía la verdad.

Di dos ligeros golpecitos y abrí la puerta. Allí estaba, cara al ventanal con la mirada perdida en el frondoso jardín situado al otro lado de la calle. Se volvió de inmediato y sonrió alegremente, aunque no pudo evitar ese ligero gesto de tristeza que le acompañaba desde la lamentable aventura con su guapa internauta.

Sin preguntar, se acercó a un discreto mueble bar del que extrajo dos grandes copas y una botella de Balblair 1975, un excelente whisky de malta. Sabía que la tenía reservada para determinadas ocasiones. Escanció una cantidad generosa en ambas copas y le preguntó si quería hielo. Sin dudarlo le dijo que no, un whisky de esa calidad no podía adulterarse con agua.

—Bueno, cuéntame —dijo, una vez sentado y con la copa entre sus manos.

—No hay mucho que contar. Algo ya sabes, y en principio, para acometer este proyecto necesitaría de tu colaboración, bueno, la de tu personal, sobretodo, los especializados en informática.

Alfredo le miró, manteniendo su gesto serio, pero muy atento a sus palabras. Sabía que, además de la fuerte amistad, también colaboraría encantado y a mayor dificultad, mayor interés y ansias de superación.

—Como ya te he comentado, no hace mucho recibí, por parte de una importante empresa, la petición de realizar una oferta sobre un proyecto de marketing con visos a realizar una campaña publicitaria a gran escala. Fue algo muy informal, contactaron con mi despacho a través de una carta. En principio no me pareció interesante, ya que hay empresas que realizan estudios de mercados de esta forma. Me limité a no contestar. Un tiempo más tarde, se pusieron de nuevo en contacto, pero esta vez, por vía telefónica. Una amable señorita deseaba saber si estábamos interesados en participar confeccionando una oferta sobre un proyecto importante. Me pidió que pasara por sus oficinas, o si lo prefería, alguien de su empresa lo haría a mi despacho.

Tomó un ligero sorbo de whisky, sintiendo ese agradable calorcillo que invade el cuerpo y lo relaja. Alfredo se mantenía atento y callado pero le imitó.

—Después de una serie de charlas con gente de la empresa, me dijeron que el director general desearía hablar conmigo sobre la realización del proyecto. Quise saber cuantas empresas participaban en esta especie de concurso, y si mis requerimientos entraban dentro de la normalidad. Puedo asegurarte que la oferta inicial fue elevada, casi diría que descaradamente elevada, ya que intuía las dificultades que podrían presentarse si aceptaban mi colaboración. La conversación con el director fue muy distendida, evidenciaba unas excelentes dotes de comunicación, persona acostumbrada a tratar con gentes de muy variados niveles. Me dijo que en unos días tendría que viajar al extranjero por un largo periodo de tiempo, mientras tanto, su hijo se haría cargo de la empresa y él, nombraría al personal responsable para coordinar el proyecto.

Durante un buen rato estuvo proporcionándole la información que le afectaría a él, en el caso de que aceptase colaborar y en el caso de que la empresa se decantara por su gabinete.

—Dispongo de personal que se adapta perfectamente a tus requerimientos –le interrumpió Alfredo en un momento dado de la conversación—. Sabes que puedes disponer de ellos y en las condiciones que tu mismo determines.

—Alfredo, esto no es como en otras ocasiones en las que hemos colaborado. Requerirá muchas horas de trabajo y mi deseo es que tú participes implicándote en el proyecto, dirigiendo a tu personal y por supuesto, participando en los beneficios. Esto no quiere decir que tú tengas que dedicarle tiempo al proyecto directamente, pero sí en el control del trabajo de tu personal. Es razonable un reparto de beneficios.

Se miraron con seriedad durante unos instantes. Alfredo se levantó, apuró su copa y con una amplia, y esta vez, agradable sonrisa en su rostro, extendió la mano para apretársela con fuerza. Le recordó al Alfredo de siempre.

—Con lo serio y recto que eres —le dijo casi entre carcajadas—, no entiendo como podemos ser amigos. Sabes de sobra que puedes hacer lo que quieras, y no seas pesado que ya es tarde. ¿Nos vamos a cenar? ¿Encargo mesa? —preguntó llevando la mano hacia el teléfono.

Le dijo que la mesa ya estaba reservada. Abandonaron el despacho.

Los días siguientes Eduardo los dedicó a preparar toda la documentación a presentar, en el caso de que aceptasen, incluso, había previsto un descuento a realizar si fuera necesario, y estaba casi seguro de que iban a planteárselo. El viernes, a primera hora de la mañana, recibió la llamada de la empresa pidiéndole que, si no tenía ningún compromiso, asistiera a una reunión para tomar decisiones sobre el proyecto. Sin dudarlo, aceptó el día y la hora y se dispuso a revisar concienzudamente todo el material que tenía preparado.

El lunes y a la hora prevista se iniciaba la reunión. Le presentaron al hijo del presidente y a su sobrina. Ambos jóvenes, quizá de una edad inferior a la suya. Él, tras unos pocos minutos de charla, y tras comunicarle que la responsable del proyecto sería su prima, tuvo que abandonar la sala. A partir de ese momento, la señorita Mendoza (no habían mencionado su nombre) dirigió las conversaciones. Le asesoraban el director financiero y el responsable de marketing. Fueron revisando cada uno de los apartados que componían la oferta y haciendo las preguntas pertinentes.

La señorita Mendoza dejaba entrever que sus conocimientos sobre la materia eran amplios y fue recabando información sobre determinados aspectos, en los cuales, Eduardo no tenía la menor duda de que serían rechazados. Sin embargo, a lo largo de la reunión no expresaron sus opiniones. Unas horas más tarde la dio por finalizada. A la salida, le acompañó hasta la puerta para despedirle, no sin antes indicar que le gustaría volver a reunirse lo antes posible, en una semana si ello fuera posible.

En principio asintió un tanto eufórico, por lo que no dudó en llamar de inmediato a su buen amigo para comentarle sus impresiones. Segundos después, ya tenía conexión con él.

—Alfredo, esto va por buen camino —le dijo nada más escuchar su lacónico ¿sí?

Le explicó someramente el desarrollo de la entrevista, expresándole que sus vibraciones eran muy buenas.

—Quisiera verte esta tarde. En unos días vuelvo a reunirme con ellos y quiero tus conocimientos se vayan plasmando en el dossier inicial. ¿Te parece bien? ¿Pasas por mi despacho? De acuerdo, allí nos vemos.

El día era muy agradable, soleado y con una ligera brisa que le acariciaba el rostro. Decidió ir caminando hasta el despacho.

A las cuatro y media de la tarde apareció Alfredo, y aún pudo ver una cierta tristeza en su mirada, pero no hizo ningún comentario. De inmediato se sumergieron en el estudio del proyecto y los documentos iban pasando por sus manos con celeridad. Alfredo, como profesional, era muy bueno, con gran agudeza e intuición, por lo que Eduardo se sintió muy arropado para llevar el proyecto adelante. Era mucho más importante que los realizados en colaboración hasta el presente y tenían que ser muy concienzudos para llevarlo a buen fin.

Tras algunas horas seguidas de trabajo intenso, Eduardo levantó ambas manos por encima de la cabeza y dijo:

—¡Stop! Hagamos un receso, le vendrá bien a nuestras neuronas, sobre todo a la mía ¿te parece?

Asintió complacido. Se frotó los ojos con fuerza y estiró los brazos tratando de relajarse.

—Observo que últimamente pareces encontrarte algo decaído. ¿Dónde está tu jovialidad, Alfredo? A veces me preocupas y no me gustaría pensar lo que a menudo pienso.

Le miró con seriedad, hasta diría que con tristeza y preocupación.

–—Es algo pasajero, en unos días seré el de siempre —dijo en voz baja, y Eduardo se dio cuenta de que, él mismo, no se lo creía del todo.

—No puedo imaginar que todavía te sientas afectado por lo ocurrido con tu vecina. ¡Vamos, hombre, reacciona, no seas un niño!

—Si fuera un niño, todo esto no tendría importancia, pero a mi edad me ha golpeado en plena línea de flotación, y duele.

—¿Y eso me lo dices tú, el aventurero, el enamoradizo, el don Juan? Seguramente estarás saliendo con alguna preciosidad. ¡No me digas que no, tú eres incapaz de estar sin una mujer a tu lado!

Le miró circunspecto. Mantuvo su mirada mientras que con un gesto le animaba a explicarse.

—¿Conoces a Isabel, verdad? —le preguntó con desgana

Le contestó afirmativamente. No hacía mucho tiempo que habían coincidido en el club de tenis.

—Isabel me parece una mujer sofisticada, elegante y con mucho estilo, aunque no entra en mi catálogo de “tía buena”. Especialista en genética, investigadora sobre el genoma humano con resultados satisfactorios. ¡Una mujer apetecible para llevarla al altar!, según el criterio de mi hermana. Y tú, desperdiciando el tiempo con tonterías de jovenzuelos.

—Tenemos una excelente amistad, y de cuando en cuando quedamos para comer o cenar, o simplemente tomar unas copas —se removió en el sillón denotando cierta incomodidad—. Este sábado pasado estuvimos cenando juntos. Me encontraba contento, entre otras cosas, por tus noticias sobre este proyecto, y la velada transcurrió en un ambiente que no dudaría en catalogar de especial. Isabel me atrae como mujer intelectual, por sus amenas conversaciones, por su elegancia y saber estar, incluso sexualmente, pero nunca ha habido nada entre nosotros que no fuera esa buena amistad.

Eduardo no entendía muy bien hacia donde se dirigía ni que tendría que ver con lo sucedido entre él y su vecina. Pero no quiso interrumpirle, podría ocurrir que volviera al mutismo de nuevo.

“Antes de finalizar la cena, llamó al camarero y le pidió una botella de champagne y de una marca determinada. La miré interrogante y me dijo que era el momento oportuno para celebrar un pequeño éxito en su trabajo de investigación. La felicité y dimos buena cuenta del contenido de la botella. Una vez finalizada, le pregunté que le apetecía hacer. Con una sonrisa tímida pero hermosa, me dijo que en su nevera tenía otra botella esperándonos”.

De golpe enmudeció. Parecía que trataba de ordenar sus pensamientos. Estuvo a punto de preguntarle, socarronamente, si tenía que imaginar lo que había ocurrido. Notó como sus mandíbulas se presionaban con fuerza. ¡Ya comenzaba a preocuparle! Parecía dudar y no se decidía a proseguir. Finalmente, levantó la mirada y la detuvo sobre los ojos de Eduardo. Le miró fijamente, no con frialdad, pero si con una pizca de temor, dudando sobre la conveniencia de continuar hablando. Decidió que explayarse con su amigo le sentaría bien.

—Creo que mi rostro —continuó con voz clara y segura—, en aquel instante, perdió el color. Mi mente, con celeridad, me recordó lo ocurrido en casa de mi vecina. Volví a sentir la congoja de aquel día frente a ella, totalmente desnudo e incapaz de reaccionar. Me sentí impotente ante esa posibilidad y ser incapaz de hacer el amor con ella. No sabía que hacer y estaba claro, no podía negarme a ir a su casa, eso sería un desprecio hacia ella que no se merecía. Traté de ser cordial y decirle que aceptaba la invitación, pero le propuse, dado que todavía era temprano, tomar unas copas en los lugares habituales. ¡Santo cielo, no mostró desagrado alguno! Sonrió y dijo que le parecía estupendo, incluso mencionó el lugar donde le apetecía ir.

Volvió a tomarse un ligero respiro. Ahora si que comenzaba a intranquilizarse. Le parecía inaudito que eso pudiera ocurrirle, a él o a cualquier otro hombre, pero también es cierto que la propia soberbia lo supera todo.

“Traté de ser amable y cariñoso con ella, aunque tenía una idea fija y clara, iba dispuesto a emborracharme. Al menos, hasta el punto en el que tuviésemos que posponer esa invitación. Hasta el momento, no había pensado que lo ocurrido con mi vecina me habría afectado de esa forma y que podría hacer el amor sin problema alguno. Pero cuando se planteó esa posibilidad, fue cuando me sentí incapaz y ahora comprendo el daño que me causó aquella maldita relación. Sabía, antes de tratarla, que era una mujer con muy malos instintos”.

—Entiendo que todavía te encuentres alterado, pero ten por seguro que eso es algo pasajero. Mira, hoy he conocido a la señorita Mendoza, sobrina del gran jefe de la empresa. Es una mujer preciosa, en cuanto la conozcas te va a encantar y seguramente olvidarás instantáneamente tus males. Quizá a lo largo de las próximas semanas, cuando tengamos que firmar el contrato, podrás conocerla.

Fue entonces, al hablar de ella, cuando se recreó en sus hermosos rasgos, su figura bien proporcionada, pelo rubio de larga melena y unos ojos de color miel encantadores. Es increíble que allí, no hubiera pensado nada sobre ella como mujer y sin embargo, ahora era capaz de recordar con claridad sus rasgos y atributos y recrearse en la bondad de ellos. Sí, estaba seguro, Alfredo perdería la cabeza por ella, y casi se atrevería a afirmar que el mismo podría tener los mismos sentimientos.

—Fin del tiempo muerto —gritó Alfredo—, a trabajar.

 

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