RELATOS AL CAER LA TARDE ©

M A I T R E Y A


SUSURROS DEL VIENTO EN LA MENTE  ©
C A P Í T U L O    V
 


5

El martes por la mañana acudió puntual a la reunión. Le condujeron al despacho de la señorita Mendoza. Ella, nada más verle entrar, se levantó extendiendo la mano para saludarle. Fue un contacto cálido y la ligera presión que ejerció sobre la suya le produjo buenas vibraciones. Le indicó una silla al lado de una pequeña mesa redonda de reuniones sobre la que se encontraba toda la documentación que le había facilitado. Comenzaron hablando sobre banalidades para acometer de inmediato la sesión de trabajo. En esa ocasión, no participó nadie más.

—Pienso que la documentación es muy concreta y bien razonada —le dijo nada más comenzar—, sin embargo, tengo una serie de dudas que me gustaría ir aclarando.

Fue consultándole punto por punto, haciendo hincapié sobre determinados aspectos de los mismos mientras tomaba las notas oportunas. En algunos momentos, él la miraba arrobado, tratando de que no se diese cuenta, aunque no tenía duda alguna de que era muy consciente de tales miradas. Estaba seguro de que era una persona muy perspicaz y pocos detalles de los que ocurrieran a su alrededor, pasarían desapercibidos para ella.

Transcurrido un tiempo que no sabría determinar sin ver el reloj, dio por terminada la reunión alegando que tenía unas obligaciones ineludibles poco después.

—¿Me permites que te tutee? —le dijo instantes antes de levantarse de su asiento.

—Estaré encantado de que lo hagas, es un placer para mi —respondió, con algo de rubor en su rostro.

—¿Te parece bien que continuemos mañana a la misma hora?

Asintió afirmativamente con la cabeza y antes de poder decir palabra alguna, le cogió desenfadadamente por el brazo rozando su cuerpo con el de él.

—Espero que no tengas compromisos hacia el medio día —añadió con un tono de voz que le pareció confidencial—. Una comida informal, a la que acudirán, si aceptas, mi primo y quizá el director financiero.

—Acepto encantado —respondió tratando de componer en su rostro una sonrisa de agrado.

Pensó que la relación con la empresa estaba tomando un buen rumbo, y además, agradable por el trato con la hermosa mujer, y a pesar de que había creído que para estas cuestiones, era mucho mejor enfrentarse a un varón. Tuvo que reconocer que siempre hay excepciones.

Comentó con Alfredo sus impresiones sobre el desarrollo de las conversaciones y, aunque hablaban por teléfono, le pareció intuir que se encontraba mejor y más distendido, muy interesado con sus explicaciones y hasta pensó que muy ilusionado, cuestión que, en otras circunstancias, no hubiera dudado bajo ningún concepto. Su actitud le animó.

Al día siguiente, y a la hora convenida, se encontraba en la sede de la empresa. De inmediato le condujeron al despacho de la señorita Mendoza. Nada más verle, se levantó para acercarse a saludarle. Al comprobar que la puerta había sido cerrada, no extendió su mano, acerco su mejilla a la de él mientras le asía del brazo transmitiéndole una ligera presión. Le agradó su actitud y creyó que su sonrisa daba buena fe de ello. Tras unas breves palabras de saludo, se sentaron y en segundos, ya estaban inmersos en el trabajo.

En esta ocasión, le sorprendió su actitud crítica con algunas de las propuestas, ante las cuales, pensó que no dejaba lugar a duda alguna, tendrían que ser modificadas y en el sentido que dejaba entrever. Sin perder su agradable sonrisa y un tono agradable en sus palabras, se limitaba a ser directa y concreta, sin apenas desviar su concentración hacia ninguna otra cosa. Iba tomando buena nota de sus sugerencias, todas ellas sobre el desarrollo del proyecto y en ningún momento hizo matizaciones sobre la parte económica de cada una de las partidas, quizá porque al sufrir variaciones, éstas pudieran alterar su valor, tanto de forma positiva como negativa.

Unos golpes en la puerta del despacho hizo que ambos giraran la cabeza al unísono. Por el resquicio abierto asomó la cabeza de su primo.

—¿Os falta mucho? ¿Es la hora de la comida?

Ella miró con rapidez su reloj y compuso un gesto de sorpresa.

—¡Cielos, es verdad! ¡Con qué velocidad se ha evaporado la mañana! —dijo entre risas.

—Os esperamos en el restaurante. No tardéis.

—De acuerdo —contestó rauda, luego se dirigió a Eduardo—. Tendremos que dejarlo aquí. Deberíamos de continuar esta tarde, pero me es imposible. Tengo unos días muy complicados, los que restan de esta semana y parte de la próxima. Te llamaré cuando podamos vernos de nuevo —y tras sonreír pícaremente, añadió—: y espero que sea lo antes posible.

Eduardo asintió complacido. Recogió su documentación y salieron del despacho. Fuera, también se encontraba esperando el director financiero. Temió que la comida transcurriera como prolongación de la sesión de trabajo, y así fue. Esta vez, la voz cantante la llevaba el director financiero, y podía asegurar que estaba más atento a sus palabras que a la deliciosa comida que les estaban sirviendo. La señorita Mendoza matizaba algún aspecto del plan, pero, según pudo darse cuenta en un momento determinado, estaba muy pendiente de sus gestos, de sus palabras y su mirada se mantenía permanentemente fija en su rostro, con lo que consiguió que un cierto nerviosismo se fuera apoderando de él.

—Espero que, tras realizar los correspondientes ajustes, podamos cuantificar las desviaciones económicas —dijo el financiero cuando comenzaron a servirles los postres.

Tomaron café y poco después, su primo y el director financiero abandonaron la mesa alegando otras obligaciones. Al comprobar que la señorita Mendoza no hacía ademán alguno para levantarse, la miró con extrañeza. Ella se dio cuenta y de inmediato le dijo que todavía disponía de un rato, tiempo suficiente para poder tomar algún licor, si le apetecía. Contestó afirmativamente.

El camarero escanció el licor solicitado en unas copas brillantemente diseñadas, que sin duda alguna, serían de un cristal excelente. Dejó la botella sobre la mesa y se retiró. Con su cálida voz fue interesándose por diferentes aspectos de la vida de Eduardo; trabajo, relaciones sociales, gustos personales, aficiones, hobbies, y a medida que iba contestando, ella también iba abriendo su personalidad. Tuvo la sensación de que era una estupenda psicóloga. Más tarde pensó con qué facilidad había abierto su personalidad ante unos bonitos ojos y una agradable voz.

—Estaré el resto de la semana de viaje y parte de la otra. Supongo que regresaré el jueves. ¿Te parece bien que nos reunamos ese mismo jueves por la tarde? —y sin darle tiempo a responder, añadió—: podríamos cenar juntos, si no tienes compromiso alguno.

—Por supuesto, me parece una idea excelente y acepto encantado –respondió con agrado.

Llamó al camarero, que se acercó con la cuenta en el interior de una carpeta. La abrió, firmó sobre ella sin detenerse a comprobar si era correcta y abandonaron el local. Caminaron la poca distancia que les separaba de las oficinas y en la puerta se despidieron, también con dos besos en las mejillas. Sintió rubor, pero lo achacó a la bondad del licor.

 

El jueves le pidió a Alfredo que pasara por su despacho para analizar los cambios que había propuesto el director financiero. Estuvieron trabajando mucho rato, puliendo la información mientras se iba dando cuenta que había planteamientos apenas cogidos con dos dedos.

—Parece que no estabas dispuesto a llevarte el trabajo –le dijo Alfredo en un momento determinado y entre risas— Hay algunos aspectos que parecen un trabajo de estudiante de primero de carrera.

Le contagió su desenfado, como casi siempre y durante un buen rato, se dedicaron a decir tonterías, como si fueran dos alumnos sin ánimos de perder el tiempo estudiando. Aprovechó el momento de distensión para preguntarle por su estado anímico. Se rió, pero algo forzadamente, sin embargo dado que era un hombre muy locuaz, no se resistió y entró al trapo.

—¿Qué puedo decirte? —comenzó, sintiéndose algo inquieto. Los dedos de su mano derecha jugaban con su corbata, cambiando de inmediato para asir la pluma y hacerla girar—. He llamado a Isabel preguntándole cuando podíamos vernos. Intuía que tendría alguna disculpa para posponer cualquier salida. Me equivoqué, aunque estuvo dudando unos instantes que me parecieron eternos, pero finalmente me dijo que el fin de semana, viernes o sábado le vendría bien. Por una parte estoy contento, al menos, creo que no se dio cuenda de mi pequeña añagaza para no ir a su casa. Sin embargo, si en esta ocasión me propone lo mismo, ya no tengo escapatoria, so pena de quedar como un verdadero imbécil —aspiró aire con fuerza y luego lo fue expeliendo con lentitud, tomándose un ligero respiro—. De verdad, lo que menos deseo es hacerle un feo.

—Bueno –le reprendió Eduardo con rapidez—, eso, más que un feo es una putada, Alfredo. ¡Ten cuidado!

—Lo sé, pero creo que le debo una explicación por lo del otro día. Es una mujer excelente, me interesa y por nada del mundo quisiera hacerle daño. Y puedes tener la completa seguridad, no es el refugio elegido para tapar las penas con mi ex-vecina. Pero, te lo juro, hay que vivir esa experiencia para comprender el daño mental que uno puede recibir, produciéndote un bloqueo difícil de imaginar —miró su reloj de pulsera y añadió—: Y ahora, a poner todo esto en marcha.

Continuaron trabajando hasta bien entrada la noche.

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