RELATOS AL CAER LA TARDE ©

M A I T R E Y A


SUSURROS DEL VIENTO EN LA MENTE  ©
C A P Í T U L O    V I
 


6

 

Esperaba impaciente que transcurrieran las horas para volver a reunirse con la señorita Mendoza. “¡Cielos, aún no conozco su nombre!”, pensó desconcertado. Deseaba finalizar cuanto antes esa situación preliminar y saber si finalmente les adjudicarían el proyecto. El jueves a última hora de la mañana recibió una llamada de la empresa en su nombre. Le dijeron que la señorita Mendoza todavía estaba fuera de la ciudad, le pedía disculpas por tener que anular la reunión prevista y le convocaba para el viernes a la misma hora y bajo las mismas circunstancias. Sintió una sensación de desagrado pero tuvo que aceptar, no tenía otra alternativa.

Dejó vagar la mirada sobre la amplia mesa de trabajo donde se encontraban esparcidos los documentos, dibujos y planos del proyecto. Se dio cuenta de que se había ilusionado mucho con él y a medida que discutían aspectos, surgían en su mente nuevas modificaciones a realizar, aunque a veces se preguntaba el motivo por el cual, la señorita Mendoza y el director financiero hacían muchas de las matizaciones. Lo achacaba a sus responsabilidades. Decidió aparcar ese trabajo que, pensaba, suficientemente razonado, esperar a la reunión del viernes y mientras tanto, verificar con sus colaboradores otros asuntos del gabinete.

Tras consumir muchas horas de impaciencia, finalmente volvieron a reunirse según lo acordado. Su mente ya se sentía relajada al comprobar que no había sido una vulgar escusa, tal como había pensado más de lo conveniente. Le recibió sonriente y con gesto distendido y poco después, ya estaba presentándole las modificaciones y los nuevos aspectos que había diseñado durante la espera. Habló muy poco y apenas preguntó nada. En un momento dado, levantó la vista de los papeles que se iban acumulando sobre la mesa y tuve la sensación de que se encontraba ausente.

—¿No estaré aburriéndote con tanta explicación? —preguntó Eduardo sin malestar ninguno en sus palabras.

Ella sonrió mirándole a los ojos, que seguían produciéndole la sensación de apatía, y con un ligero movimiento de cabeza lo negó.

—Estoy cansada, física y mentalmente —le dijo con un tono de voz muy dulce—. Estos días han sido muy pesados y he tenido que soportar a gente muy impertinente y agotadora.

—Podemos dejarlo si lo prefieres.

—Sí, será mejor —dijo de forma rotunda—, estoy muy despistada y casi no recuerdo tus palabras. No deseo que pierdas tu valioso tiempo, para tener que volver en otro momento sobre lo mismo.

—Bien —añadió con rapidez—, podemos reunirnos la semana próxima, si lo crees conveniente —y comenzó a recoger los papeles esparcidos sobre la mesa y guardarlos en su maletín. Al concluir hizo ademán de levantarse para irse. Ella hizo lo propio, se acercó a él para cogerle del brazo.

—¿Te parece bien que tomemos una copa antes de cenar? —le dijo con ese tono de voz que parecía envolverle y absorberle.

La miró con sorpresa y ella se dio cuenta.

—¿Pensabas que me había olvidado de nuestra cena? —su tono de voz le pareció un tanto pícaro, pero angelical.

Bajaron directamente al garaje del edificio y subieron al coche de ella. Estuvo rodando por la capital. Al principio, Eduardo reconocía los lugares por donde se movían pero al rato se encontraba totalmente despistado. Sabía cual era la zona, pero pensó que nunca se había introducido por aquellas calles, que dada la hora, se encontraban muy animadas.

—Mira, éste es el restaurante —le indicó, mientras bajaba la rampa del garaje—, y aquí cerca, podemos tomar una copa. Hay una cafetería encantadora. Ya verás como te gusta.

Y no iba desencaminada. La cafetería era muy elegante y diseñada con un excelente gusto, que propiciaba un agradable ambiente de intimidad. Se sentaron en un sofá curvo, totalmente tapizado en rojo y sus cuerpos estaban muy juntos. Ella pidió un vermut blanco, seco con unas gotas de ginebra. Eduardo se decantó por un poco de whisky. Servidos, ella tomó su copa y la acercó a la suya rozándola con suavidad, a le vez que acercaba su rostro y posaba sus labios sobre los de Eduardo. Fue un ligero beso pero no exento de una gran dosis de sensualidad. Al separarse de él, su sonrisa hizo acelerar los latidos de su corazón. Estaba encantado, pero totalmente desconcertado. Dentro de su modestia, no dejaba de reconocer que no era indiferente a las mujeres, su altura, su buen estado físico y su rostro aniñado, creía que potenciaba sus instintos maternales.

Habló de ella, él hizo lo mismo. Parecía que estaban ansiosos por saber el uno del otro, y le dio la impresión de que su cansancio físico y mental habían desaparecido completamente. Era muy aguda en sus apreciaciones y sabía hacer, de forma muy delicada, las preguntas que podían interesarle. En esto, le llevaba mucha ventaja y se sintió un poco en inferioridad de condiciones.

La cena transcurrió por los mismo derroteros, pero el agradable vino pareció hacer efecto y se volvió más locuaz y alegre. Sus risas, muy comedidas, eran continuas. Hacia el final de la cena ya le decía que se encontraba un tanto achispada. Eduardo quiso tranquilizarla, que no tenía porque preocuparse, él podía conducir su coche y llevarla a su casa.

—¡No, no...! —respondió risueña— Prefiero que me llevas a la tuya —y añadió con rapidez pero con mucha ironía—, ¡y no seas mal pensado! —No pudo contenerse y estalló en una risa muy contagiosa.

Abandonaron el restaurante y ya dentro del coche le preguntó si quería pasar antes por su casa. Negó con la cabeza, desplazando su larga cabellera de un lado a otro. A Eduardo le gusto mucho ese gesto de la muchacha, le pareció de una gran sensualidad e hizo que sus latidos se aceleraran.

—Como tengo que desplazarme muy a menudo, siempre llevo un maletín con lo imprescindible — pellizco levemente su mentón, sonriendo—, además, creo que en tu casa encontraría todo lo necesario.

Entraron en el apartamento, dejó su bolso y maletín sobre el sofá y comenzó a recorrer las paredes observando las pinturas que había colgadas en ellas. Algunas eran muy buenas, conseguidas con mucho esfuerzo económico, pero se sentía satisfecho por ello. Pronto le confirmó su conocimiento en la materia cuando mostró sus preferencias. Tomó asiento y se recostó voluptuosamente.

—Ven... —le dijo muy cariñosa y con gran dosis de coquetería.

Se sentó a su lado y comenzaron a besarse con delicadeza. Eduardo inició una tímida exploración de su cuerpo, sintiendo la receptividad de las yemas de sus dedos sobre la piel tersa de ella. Pronto comenzó a percibir como aceptaba agradablemente las caricias y se movía con sensualidad. Sofocada, se levantó, le asió de las manos obligándole a hacer lo mismo. Se colgó de su cuello mientras él, la tomaba entre sus brazos, izándola. Se apretó con fuerza a su cuerpo. De forma instintiva, caminó hacia la habitación, y una vez allí, la dejó sobre la cama y se tumbó a su lado. Lentamente fue desnudándola mientras ella trataba de hacer lo mismo. Quedó maravillado con la perfección de su cuerpo. Sus manos, fueron recorriéndolo suavemente mientras que sus labios sellaban los suyos. Sus jadeos se iban incrementando a medida que las caricias alcanzaban sus zonas más erógenas. Sus manos también se movían hábilmente por todo el cuerpo de Eduardo. El suyo, se estremecía con frenesí cuando los labios de él, comenzaron a seguir los pasos de sus manos. Durante un buen rato, sus jadeos le animaron a seguir, hasta que alcanzó la explosión final. Estuvo convulsionándose un tiempo que le pareció eterno. Finalmente, desmadejada, se quedó inmóvil, con la respiración agitada, que fue calmándose con suavidad. 

La miraba arrobado, se deleitaba mirando su cuerpo y deseaba poseerla frenéticamente, pero se contuvo y esperó a que se recuperara. Poco después se dio cuenta de que estaba completamente dormida. Con una ligera decepción, la arropó, apagó la luz y la dejó sola en la habitación. Una ducha reconfortante le dejó nuevo y deseó regresar, pero pensó que sería gastarle una mala pasada. Tampoco quiso acostarse a su lado, podría despertarla. Además, sabía que sus manos no iban a estarse quietas. Pasó la noche en otra de las habitaciones.

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