RELATOS AL CAER LA TARDE ©

M A I T R E Y A


SUSURROS DEL VIENTO EN LA MENTE  ©
C A P Í T U L O    V I I
 


7

   

Se levantó pronto y a pesar de dormir pocas horas, el descanso fue reparador. Preparó un buen desayuno, no sin antes percatarse de que la muchacha todavía continuaba durmiendo. Dudó entre esperarla o desayunar, pero los requerimientos de su estómago le dieron con la solución a seguir. Estuvo escuchando las noticias en la televisión y vaticinaban un excelente tiempo para todo el fin de semana. Pensó en invitarla a pasarlo en su apartamento con él, aunque dudó de que llegara a aceptar. Distraído en esas cuestiones, dio un ligero respingo cuando la vio atravesar la puerta del oficie. Su melena casi le ocultaba el rostro pero pudo percibir una agradable sonrisa. Se cubría con una de sus camisas deportivas que apenas le disumulaba sus zonas más íntimas.

—¡Buenos días, cielo! —se acercó para besarle— ¡He dormido como un angelito! —abrió sus ojos desmesuradamente y se llevó la mano a sus labios— ¡Qué mal me he comportado contigo anoche... qué egoísmo el mío!

Eduardo no pudo reprimir una amplia sonrisa y trató de no darle importancia a sus palabras. Ella, delicadamente, apoyó su cabeza sobre el cuello de Eduardo y volvió a pedirle perdón, aunque no dejó de reprenderle que la agotara hasta el paroxismo. Se sentó y comenzó a devorar lo que encontró sobre la mesa; huevos fritos, baicon, tostadas, bollitos...

—¿Puedes decirme tu nombre, o sigo llamándote señorita Mendoza? —le dijo socarrón.

Levantó la vista del almuerzo y le miró alegre, fijamente, y con una sonrisa coqueta en su rostro.

—Claro, cielo. Llámame Lía, pero sólo en privado. Éste nombre es muy íntimo para mi. En hebreo significa, ¡y no te rías!; “aquella que está cansada” o “aquella que es lánguida”

—Me gusta —respondió al instante, tratando de no soltar una carcajada al recordar su forma de quedarse dormida.

—¿Por cierto, juegas a tenis, verdad? —preguntó, ya con la boca llena, cosa que le hizo gracia. Casi se atraganta.

Asintió. Era algo que le debía al pesado de Alfredo y su empeño por estar siempre en plena forma.

—Conozco un hotelito perdido en la sierra. Está relativamente cerca. ¿Quieres que pasemos el fin de semana allí? —le pidió mimosa— Es muy pequeño, con ambiente familiar, dos pistas de tenis y un gimnasio bien acondicionado. No se percibe su existencia hasta que prácticamente das de bruces con él. Y una vez allí, tienes la sensación de estar completamente aislada del mundo exterior.

Antes de contestar ya se había levantado, cogió su bolso, todavía sobre el sofá y buscó el teléfono móvil en su interior. Tenía el número del hotel en su guía y antes de marcar, le miró inquisitiva, esperando su respuesta. Eduardo asintió encantado y sin ningún género de duda.

Llegaron a la hora de comer. Realmente, el hotel era un encanto, rodeado totalmente de pinos, robles y abetos parecía extraído de un libro de cuentos de princesas y hadas. Disfrutaron de una agradable comida. Eduardo tenía la sensación de conocerla de toda la vida. Su jovialidad era contagiosa, y en ningún momento hizo alusión al trabajo que quedaba pendiente. Después de comer, salieron a pasear por los estrechos vericuetos montaña arriba. Las vistas eran impresionantes. Poco antes de regresar le propuso jugar una partida de tenis. Tuvo que acceder, aunque su intención era bien otra, sin embargo, no dejó vislumbrarla.

En la pista de tenis se comportó con maestría. Manejaba muy bien la raqueta y sus golpes eran certeros. No tuvo que hacer esfuerzo alguno para dejarse ganar, tampoco puedo decir que se empleara a fondo. Disputaron ocho juegos y quedaron en tablas. Regresaron a la habitación un tanto agotados. Lía se introdujo en la ducha y enseguida le llamó a su lado. Era amplia y podían moverse sin dificultad. Iniciaron otro tipo de juego y al poco rato estaban completamente enervados. De nuevo su cuerpo volvió a vibrar a medida que Eduardo, con sus manos, con sus labios, con su sexo recorría cada milímetro de su piel y volvió a convulsionarse cuando alcanzó el clímax. Dejó correr el agua sobre sus cuerpos abrazados. Eduardo acercó sus labios a la oreja de ella y mordió su lóbulo, mientras le decía, como si fuera una plegaria:

—¡No te duermas, por favor...!

—¡No cielo, no me duermo, ahora lo vas a comprobar! —contestó, mientras ponía en movimiento todo su cuerpo.

Tuvo la sensación de que rozaba el cielo cuando un potente orgasmo se apoderó de él. Nunca había sentido nada similar. Totalmente agotados, se tumbaron sobre la cama y se durmieron de inmediato. Eduardo se despertó cuando la habitación se encontraba ya totalmente a oscuras. Se sintió eufórico al comprobar que todo aquello no había sido un sueño. En la pequeña antesala, Lía estaba entretenida ojeando unas revistas.

Las siguientes horas transcurrieron sin que apenas se dieran cuenta. Cenaron en el pequeño comedor, que ya se encontraba repleto y con algunos niños persiguiéndose unos a otros en medio de las mesas, pero eran tan pequeños que les hicieron gracia. Alargaron la sobremesa y cuando ya se encontraban solos, decidieron retirarse. Eduardo no tenía la menor duda, le esperaban momentos sumamente agradables y placenteros y no deseaba demorarlos.

El domingo por la mañana volvieron a jugar a tenis. Después de la comida descansaron un poco y a media tarde emprendieron el regreso. Lía era una buena conductora, lo pudo apreciar a la ida, por lo que se sentía cómodo y totalmente relajado. Llegaron a su calle de noche cerrada. La invitó a subir pero declinó la invitación.

—Sabes que si subo, tendría que quedarme o marcharme muy tarde. Mañana debo madrugar y necesito arreglarme en mi casa y recoger documentación de trabajo.

Lo comprendió perfectamente. Comenzaron a despedirse para finalizar con un prolongado beso.

—Hasta dentro de dos semanas, cielo —le dijo cariñosa a la vez que acariciaba su mejilla.

Se sintió como un niño con el apetecido juguete de Reyes. Abrió la puerta del apartamento silbando alegre, dejó la bolsa sobre una silla y se dirigió a la sala de trabajo. Iba a sentarse cuando comenzó a sonar el teléfono. Instintivamente miró la hora. Descolgó y la voz de Alfredo sonó como un disparo. Tuvo que separar la oreja del aparato.

—¿Por qué no contestas al móvil? —le interpeló.

Recordó que lo había apagado, era lo lógico. Trató de explicárselo, pero siempre, cuando quería, no escuchaba. Al menos, intuyó que no era importante. Una luz roja se encendió en su cerebro.

—¿No me digas que vas a venir a verme? —preguntó, deseando una respuesta negativa.

—¡Claro, una copa y un ratito de charla! No te preocupes, me iré enseguida.

Sabía que sus deseos no estaban motivados por razones de trabajo, pero dada la situación que atravesaba últimamente, no quería contrariarle.

—¿Vale? —preguntó, elevando la voz al ver que no respondía de inmediato.

—Por supuesto. ¡Vale! —afirmó Eduardo consternado.

Poco después ya se encontraban sentados frente a frente, con una copa de whisky entre los dedos y una expresión indefinida en su rostros.

—El sábado, estuve cenando con Isabel —comenzó diciendo con gesto frío y palabras taimadas.

—¡Estupendo! —no pudo reprimir la expresión, aunque para ser fiel a la verdad, no muy convencido, su aspecto le precedía a las palabras. Le miró con gesto expectante.

—Fue una cena muy agradable. Su conversación, encantadora como siempre. Hable del tema que hable, siempre lo adereza con ese toque personal que te atrae y no pierdes palabra alguna de lo que dice. Yo traté de comportarme en la misma línea. Terminamos de cenar bastante tarde, el tiempo se había diluido sin apenas percibirlo. Al pedir la cuenta, me miró con un gesto cargado de ironía, aunque no exento de picardía y me dijo: “Supongo que esta noche podremos disfrutar de esa excelente botella de champagne que todavía descansa en mi nevera”. No puedo decir que no lo esperaba, es más, me pareció una pequeña provocación por mi comportamiento anterior.

Resopló. Distrajo la mirada en su copa, pero en su rostro no aparecía su clásica sonrisa de seductor.

“Una vez en su casa, se disculpó unos instantes. Deseaba ponerse cómoda, ya que la altura de sus tacones debían de ser un verdadero suplicio para sus pies. Para ser sincero, pensé que haría aparición vestida con algún precioso negligé, o algo similar. Mi sorpresa creo que quedó registrada en mi rostro. Vestía unos pantalones vaqueros no muy ajustados y un sweater de cuello alto, pero le agradecí mentalmente su actitud. Se fue directamente a la cocina y regresó con una bandeja conteniendo una cubitera, en su interior la botella, dos preciosas copas que desprendían agradables destellos y una bandejita llena de apetitosos bombones”.

Eduardo se sentía desconcertado. Tuvo la intención de apremiarle con preguntas directas, pero se contuvo. Su papel era de simple espectador que espera un buen final para aplaudir con ganas. ¡Lo deseaba!

“Escanció el dorado líquido en las dos copas, me acercó una y alzó la suya. Bebimos un sorbo y comprobé complacido que estaba en su punto de temperatura. Después me miró con un gesto que me pareció maternal. Intuía algo sobre mi extraño estado de ánimo, pero no preguntó nada. Recordaba los agradables momentos de la cena y deseé que se repitieran aquí, rodeados por la discreción de su casa”.

Bebió un largo trago, lo saboreo con fruición y volvió a mirarle fijamente, mientras Eduardo deseaba conocer el final de la aventura de su rocambolesco amigo.

—Piensas que soy un jovenzuelo malcriado. Quizá tengas razón. Pero te puedo asegurar que en esta ocasión lo pasé mal —al ver su cara de sorpresa, se ratificó—. ¡Sí, muy mal! Cuando comenzamos a saborear la segunda copa, apenas habíamos dicho palabra alguna. No podía permitir que sacara conclusiones falsas, por lo que me decidí. Le pregunté si podía contarle algo muy personal y muy desagradable en mi existencia. Me animó con una adorable sonrisa. Y empezó a conocer la historia iniciada en un chat y el desarrollo de la misma. La miraba avergonzado mientras le relataba lo ocurrido en la casa de mi vecina. Te lo prometo, no omití nada. Miraba su rostro y me transmitía un sosiego difícil de describir. Cuando le relaté la escena del video, quise encontrar un gesto de repugnancia, de asco hacia mi frivolidad, pero sólo puede ver un gesto dulce y comprensivo, mientras se levantaba del sillón y se sentaba a mi lado. Asió mi rostro con las dos manos y me besó en los labios, con una ternura que nunca pude imaginar”.

Observó como unas gotitas de sudor iban perlando su frente. Indudablemente, Alfredo lo estuvo y lo estaba pasando mal.

—¡Pero, eso es fantástico, Alfredo! —le dijo de corazón.

—Sí, es lo mejor que me ha pasado en mi vida, puedes creerme.

—¿Entonces? —preguntó, porque su rostro seguía mostrando un gesto no muy agradable.

—Mostró una gran extrañeza por el comportamiento de mi vecina. “Mucho debe odiarte para actuar así, y estoy convencida de que tú no eres culpable de ese odio.” Yo tampoco he podido imaginarlo, le dije, pero anímicamente me ha dejado destrozado. Creo que me siento incapaz de desnudarme ante una mujer por temor a un calamitoso ridículo. Si te cuento esto, es porque no quiero que pienses cosas que no son. Isabel entendió perfectamente a que me refería y que mi estratagema de la última salida tomaba razón de ser. Después, susurrándome al oído, me pidió que me quedara a pasar la noche allí. “Te prometo que te trataré como tú harías con una dulce muchachita a la que no se puede obligar a hacer lo que no debe”. Me desarmó su ternura pero también su pícaro sentido. Era algo a lo que no estaba acostumbrado.

—Alfredo, no comprendo, entonces, ese estado de ánimo. Deberías de estar pletórico.

—Quizá sí —respondió muy despacio—, pero no estoy seguro. Iniciamos el juego de caricias y poco a poco fui encontrándome mejor. Me propuso acostarnos, me asió de la mano y me condujo a su habitación. Cerró la puerta sin encender la luz. Quedamos rodeados de una fuerte penumbra en la que apenas nos distinguíamos. Comenzó a desnudarme y me animó a que hiciera lo mismo con ella. Nos acostamos y nuestros cuerpos, unidos, quedaron ocultos bajo las sábanas. Conseguimos alcanzar el orgasmo, primero ella, lo que me proporcionó confianza al sentirla vibrar entre mis brazos. Creo que en el último suspiro me quedé dormido. Al día siguiente me despertó un fuerte aroma a café. Me vestí con celeridad y salí al comedor. Allí estaba con una bata de seda a través de la cual se insinuaba su cuerpo, que a juzgar por lo que mostraba, lo consideré muy seductor.

“Desnúdate, Alfredo. No me voy a ruborizar. Mira, mejor, mientras termino, te vas al cuarto de baño, te das una relajante ducha, eliminas esa tensión y después te pones una bata, aunque te venga un poco estrecha, y desayunamos tranquilamente. Me acerqué a ella, le di un suave beso en los labios; buenos días, Isabel, eres un ángel. En la ducha, con el agua golpeando fuertemente mi espalda, volvió a mi mente la despedida de mi vecina y deseé con todas mis fuerzas que, esta vez, no ocurriera nada parecido. Dudé entonces, quizá su orgasmo no fue tan real como creía y comencé a sudar debajo del agua. Hacia medio día nos despedimos, sin que su actitud variara un ápice, pero mis dudas son tantas, que no las tengo todas conmigo”.

—¡Olvídate de tu necia vecina, Alfredo! —le dijo, enfatizando la frase— Esa mujer está loca de atar. Lo mejor que te puede ocurrir, es que no vuelva inmiscuirse nunca más en tu vida.

—Mira, es que no soy capaz de asimilar cuales pudieron ser las razones que le condujeron a tal actitud. Pero tienes razón, ahora cuento con la ayuda de Isabel, ¡espero!

Trató de sonreír, y aunque no fue una sonrisa abierta, al menos, parecía que la tristeza había desaparecido. Quizá al confesarse ante Isabel y ahora contarle sus impresiones, habían colaborado a ello. Estuvo dudando unos instantes sobre si debía hacerle saber su incipiente relación con la señorita Mendoza. Conociéndole como le conocía, y si su estado de ánimo mejoraba, sabía que no podría resistir la tentación de engatusarla. Era algo inherente en él.

—Recuerda que dentro de unos cuantos días debemos de reunirnos con la señorita Mendoza y su equipo. Probablemente nos presentará el borrador del contrato para que lo estudiemos con premura y si estamos de acuerdo en él, cree que la firma será de inmediato. Por cierto, y esto es nuevo para ti. No podría explicarte como surgió, pero tenemos una relación personal muy agradable. Hemos pasado el fin de semana juntos en un hotelito en las afueras. Juega muy bien al tenis y es una conversadora nata. ¿Algo que alegar?

Alfredo le miró con un gesto de estupor, que se fue transformando en burlón.

—¡Vaya, llevándote a la cama la persona que nos va a dirigir durante el periodo de tiempo que dure el desarrollo del proyecto! —estalló en una fuerte carcajada— Mira el modosito pero duro don Juan. Imagino que ya me estás avisando “coto vedado”, ¿me equivoco? Y, ¿además de jugar bien al tenis y ser conversadora nata, imagino que habréis jugado a otras cosas, no?

—No te esfuerces, no te voy a contar nada. No soy tan vulgar como tú, y no voy pregonando mis aventuras ni lo que hago con ellas.

—¿Tus aventuras? ¿Cuántas, si puede saberse? —añadió sin parar de reírse.

—Tertulia finalizada, se agotó el tiempo —le cogió del brazo para levantarle y acompañarle a la puerta. No se resistió, pero continuaba con sus carcajadas.

¡Cretino! Pensó decirle, pero nuevamente se alegró por su transformación. Deseaba que volviera a ser el Alfredo de siempre, jovial, dinámico, dicharachero, mujeriego y excelente profesional.

El lunes por la noche recibió una llamada de Alfredo. Pensó de inmediato que volvería a presentarse en su casa. No fue así, pero le encontró preocupado. Enseguida le aclaró lo que le ocurría. Había estado llamando a Isabel que había estado fuera desde el domingo por la tarde y no le contestaba al teléfono. Volvió a sentir la misma congoja que la vez anterior con su vecina. Pensó, que tras la velada pasada juntos, ella había decidido poner tierra de por medio. Eduardo trató de convencerle que habría alguna razón que justificase la no respuesta, pero el seguía empeñado en lo mismo; “¡qué no, que la historia se repite y aunque no se ha burlado como la otra, la acción parecía similar!”. Tuvo que hablarle seriamente, que parecía que su comportamiento rayaba ya los límites de la imbecilidad, que parecía un imberbe muchachuelo al que le estaba saliendo el acné y que se merecía varios azotes en el trasero.

—¡Hasta mañana! —restalló furioso— A la hora prevista nos vemos, y no te preocupes, ¡el trabajo saldrá adelante, tal como a ti te gusta! Mi estado de ánimo no va a alterarlo lo más mínimo.

Y colgó. Le dejó preocupado y creyó que sería conveniente llamarle y tratar de calmarle. Lo pensó mejor y se fue a dormir.

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