RELATOS AL CAER LA TARDE ©

M A I T R E Y A


SUSURROS DEL VIENTO EN LA MENTE  ©
C A P Í T U L O    V I I I
 


8

      

Nada más abrir la puerta de su apartamento un aroma embriagador comenzó a apoderarse de sus sentidos. Era una sensación conocida pero difícil de recordar. Se detuvo unos instantes haciendo girar las llaves entre sus manos mientras que sus pulmones inspiraban ansiosamente el aire que le rodeaba. El silencio era profundo, ni el más tenue sonido molestaba sus tímpanos.

Estaba claro, muy claro. Alguien se encontraba en el interior y no dudaba de que sería una mujer, pero ¿quién?, se preguntaba mientras su corazón latía acelerado. ¿Estarían robándole? De inmediato descartó esa idea, la puerta no estaba forzada y por la azotea era imposible entrar.

La tibia luz del temprano atardecer en esa época de otoño, todavía iluminaba la estancia.

Comenzó a moverse con lentitud tratando de no hacer ruido, algo que se le daba muy bien. Sus vecinos nunca sabían cuando me encontraba en casa. Pensó en coger un cuchillo en la cocina por si tenía que defenderse, pero el sólo pensamiento en tener que utilizarlo le producía una gran congoja. Seguramente, Alfredo se lo hubiera aconsejado, y además, que tuviera la intención de usarlo si fuese necesario.

Se detuvo de pronto. Unos ruidos provenían de su dormitorio. Con todo el cuerpo en tensión esperó a ver quién aparecería en el umbral de la puerta. Unos segundos después una voz femenina comenzó a tararear una melodía muy conocida mientras traspasaba la puerta.

—¡Irene! ¿Qué haces aquí? —preguntó totalmente sorprendido, pero la angustia que le atenazaba desapareció de inmediato.

—¡Por fin has llegado! —respondió ella, mientras sonreía ampliamente y se apartaba su melena suelta de su cara.

Irene era una muchacha excepcional aunque muy extravagante, incapaz de mantener su cuerpo mucho tiempo seguido en el mismo lugar. La relación entre ambos se ¿rompió? hacía algún tiempo, si realmente podría llamarlo relación. Eduardo estaba completamente seguro de que siempre le trató como a un niño y su comportamiento era consecuente con ello.

—¿Ya no recuerdas que nunca llego antes de las ocho de la tarde? —respondió interrogante, para después preguntar intrigado—: ¿Cómo has entrado?

—¡Uff..., qué mala memoria! —contestó sonriente pero socarrona— Hace tiempo me diste una llave, y no recuerdo que me la pidieras. ¿O la cogí yo sin permiso? Bueno, no me acuerdo, pero ¿tiene importancia?

Asintió, y al recordar ese momento, una pequeña descarga de adrenalina recorrió su cuerpo. La miró directamente a los ojos, después a sus labios, entonces se dio cuenta de que llevaba puesta su inmaculada bata de baño dejando entrever parte de su armonioso cuerpo. Sus ojos la recorrieron de arriba a abajo y a ella pareció hacerle gracia, ya que con un ligero y lento movimiento alejo de su vista aquella agradable visión.

—Ven —dijo susurrándole al oído.

Asió su mano para dirigirse a la cocina. Antes de entrar apagó la luz de la sala y entonces pude ver sobre la mesa unas velas, unas copas y champagne.

—¿Qué celebramos?

—¿Un reencuentro, quizá? —respondió pícaramente.

Irene, antaño pasaba temporadas viviendo con él, aunque siempre encontraba alguna excusa para desaparecer de nuevo. Parecía un ave migratoria pero sin tener definido su tiempo de marcha y de regreso.

Con suavidad, Eduardo separó la bata por los hombros y ésta, se fue deslizando lentamente a lo largo del cuerpo. Bajo la tenue y palpitante luz de las velas pudo observar su desnudez, tan sólo cubierta por unas diminutas bragas de color negro. No pudo contenerse y se extasió recorriendo con sus manos sus ondulantes curvas. Parecían modeladas por las mágicas manos de Miguel Ángel.

Ella fue desabrochando los botones de su camisa, con lentitud a la vez que movía ligeramente su cuerpo con sensualidad. Después abrió la hebilla del cinturón y comenzó a bajar lentamente la cremallera del pantalón. Su mirada estaba fija en la suya y parecía irradiar luz propia. La vidriosidad de sus ojos configuraba una expresión en su rostro a la que no pudo sustraerse.

Se separó ligeramente de ella quitándose los zapatos, calcetines y finalmente dejó caer el pantalón al suelo sobre la bata de baño que hacía unos instantes la cubría.

Se fundieron en un prolongado abrazo y sus bocas se buscaron con ansiedad. Se besaron frenéticamente, parecían querer absorberse el uno al otro.

Ahora comprendía esa añoranza reprimida. ¡Cómo le hacía vibrar!

Comenzó a respirar entrecortadamente y sus jadeos se hicieron más rápidos y potentes. Sintió como las manos de Irene recorrían lenta y suavemente su cuerpo con una habilidad que le estaba acercando al paroxismo. Tuvo que ejercer sobre si mismo un fuerte control. Sus caricias se volvieron también más lentas, cargadas de gran sensualidad.

Irene, con un gracioso mohín, se separó tomándole de la mano para dirigirse al pasillo del apartamento. Se dejó llevar. Al instante alcanzaron la alcoba y en ella, en la penumbra, se liberaron del último vestigio de ropa y su desnudez fue total. La tomó entre sus brazos y besándola con dulzura, la condujo a la cama para dejarla sobre ella con delicadeza. Irene alargó su mano y pulsó el conmutador de la luz, encendiendo unas pequeñas lámparas que proporcionaban una tenue claridad.

Sus ojos, enfebrecidos por la pasión que le embargaba, recorrían cada parte su cuerpo, sintiéndose muy complacido con la visión mientras que las yemas de sus dedos se movían por la suave curva de sus caderas, continuando hasta los muslos, sensualmente suaves, aterciopelados, hasta rozar su sexo. Ella emitió un débil gemido lanzando instintivamente la pelvis hacia delante y arqueando su cuerpo en tensión. Se movió con energía, con necesidad contra su mano mientras en su cuerpo se desataban todas las sensaciones contenidas y deseando un placer sin control, sin medida, inmenso, que abarcara y contuviera todo el espacio infinito.

Pensó por un momento que se sentía incapaz de contenerse más, sin embargo, necesitó prolongar aquellos instantes durante toda una eternidad. La piel de Irene ardía y él, a su contacto, quiso disfrutar del placer que experimentaría al producirle a ella la explosión final y sentirla desmadejada entre sus brazos.

Volvió a besar su boca, con suavidad y ternura, siguió besando su rostro, sus ojos, su frente para regresar de nuevo a su boca. Sus gemidos expresaban las sensaciones que impregnaban sus sentidos. Continuó con la lengua húmeda recorriendo la tersa piel hasta alcanzar los bien proporcionados senos, sus pezones de inmediato alcanzaron una dureza inimaginable. La dejo resbalar nuevamente hasta llegar al ombligo y seguir hacia abajo, directamente a los muslos que parecían tener vida propia. Los separo ligeramente besándola con pasión. Se convulsionó una, dos, mil veces sin poder contenerse en la explosión final que había obnubilado sus sentidos.

Al sentir una perfecta comunión, volvió a gemir de placer. Se movían rítmicamente, al unísono, con suavidad al principio para ir incrementándolo a medida que en sus sentidos desaparecía la realidad que les rodeaba, fundiéndolos con el universo. Irene pensó que se estaba volviendo loca de placer cuando alcanzaron el orgasmo final, dulce y potente.

Desmadejados pero con los cuerpos unidos, permanecieron largo tiempo quietos y silenciosos, saboreando las mieles disfrutadas. Eduardo llegó a dormirse profundamente poco después.

Al despertar, estaba solo en la cama. Pensó que Irene se encontraría en la cocina preparando una sabrosa cena. Recordó el champagne y se levanté raudo con el ánimo de servirse una enorme copa. De Irene ni rastro, como si no hubiera estado allí.

“¡Otra vez no!”. No tuvo la menor duda, tardaría mucho tiempo en volver a verla. Se sintió como un vulgar, tal como había mencionado Alfredo cuando abandonó el apartamento de su vecina, clínex usado y arrojado al inodoro, esperando con pavor escuchar el ruido de la cadena que dejaría en libertad ese torrente de agua que le arrastraría hacia la más lúgubre profundidad de las cloacas.

Se escanció un buena dosis de champagne en la copa y bebió con ansias.

Sobre la mesa del su despacho continuaban abiertas las carpetas con el contenido del proyecto que estaba desarrollando con Alfredo. Entonces recordó a Lía y una sensación de desagrado recorrió todo su cuerpo. Hacía apenas unas semanas que había disfrutado con ella en la misma cama, y ahora, ni lo había recordado mientras desataba su pasión con Irene. Había actuado como Alfredo en muchas ocasiones y eso era algo que le despertó remordimientos, aunque se sentía sin compromiso alguno con ninguna de las dos mujeres, pero no le pareció honesto y fue incapaz de sentirse bien consigo mismo.

Pensó en cual sería su actitud cuando estuviera en presencia de Lía y en los momentos preparatorios de la firma del contrato. ¡No, decididamente, no se sintió bien! Además, no era una persona con facilidad para ocultar ciertos estados de ánimo, o al menos, así lo creía.

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