RELATOS AL CAER LA TARDE ©

M A I T R E Y A


SUSURROS DEL VIENTO EN LA MENTE  ©
C A P Í T U L O    I X
 


9

   

Hacia finales de semana recibió la llamada de Lía. Eduardo se alegró mucho al escuchar su voz, cosa que no esperaba, al menos, hasta una semana más tarde. Su tío le pidió que acudiera a New York y que le llevara todo la documentación que tenía sobre el proyecto que estaban iniciando. Le insinuó que había empresarios que estaban interesados en buenas campañas publicitarias, y que según sus comentarios, ésta parecía ser muy buena. Luego, recordó su aventura con Irene y eso no le hizo sentirse bien.

Ya estaba de regreso y quería aclarar y matizar algunos de los aspectos de la campaña y las posibilidades de adaptación a otros países de habla hispana y fundamentalmente a Estados Unidos. Volvieron a reunirse hacia la media tarde de un día soleado y con una temperatura muy agradable, que incitaba más a pasear por un parque, que estar encerrados entre cuatro paredes y como fondo musical, las duras palabras de las cifras económicas.

Lía, en esta ocasión, deseo que le aclarase muchas de las partidas económicas, tratando de analizar las posibilidades que tendrían con su aplicación en las campañas a nivel internacional.

La sesión de trabajo fue seria, y ambos estaban muy concentrados, tanto, que Eduardo olvidó el incidente con Irene y se dedicó con unos ánimos extraordinarios a resolver cualquier aspecto que Lía quisiera desmenuzar. Para él, era un reto conseguir que alguna de sus campañas encontrara buena acogida en el exterior, fundamentalmente en el mercado americano, a pesar de contar ya con algunas experiencias en colaboraciones con otras empresas a nivel europeo.

Ella era consciente de los recursos de Eduardo y su gabinete y quería obtener el máximo de información para enviársela a su tío, el cual, también comenzaba a confiar en ella y en todas sus posibilidades, para abarcar una de las competencias más importantes dentro de la empresa.

Lía fue apuntándole las direcciones a seguir, según las indicaciones de su tío y de un potente empresario de USA, pero tratando de no considerarlas excesivamente importantes para que él mismo, fuese el encargado de potenciarlas. Eduardo, no llegó a pensar en ningún momento de que la guapa sobrina del empresario, estuviera sonsacándole información adicional antes de llegar a firmar los términos de colaboración, ya que dicha información podría ser utilizada indebidamente o con fines de beneficio propio.

Las reuniones fueron sucediéndose durante unos cuantos días y siempre bajo las mismas condiciones de seriedad. Eduardo empezaba a sorprenderse un poco, ya que tan sólo, en los instantes finales de las sesiones, cruzaban un ligero beso y se despedían hasta la próxima. Consideró que la carga de trabajo era grande y que sus deseos para transferir los posibles cambios o mejoras del proyecto a su tío, la mantenían completamente en tensión, dejándola sin ningún otro tipo de apetencias.

Le insinuó, en varias ocasiones, si quería conocer a su colaborador en el proyecto. Podría estar presente e ir aportando también sus ideas y conocimientos.

—No, de momento no, cielo —le contestó siempre—. Ya sabes, prefiero que seas tú el que trabaje con él en lo que creas conveniente. Así, no habrá interferencias.

A veces sentía unos deseos irreprimibles de estrecharla entre sus brazos, y casi siempre que esto ocurría, sentía la impresión de que ella se daba cuanta y esbozaba una ligera sonrisa de complicidad. Sin embargos, instantes después, rechazaba tales deseos al recordar su apasionada tarde con Irene. “¡Qué complicado es todo esto!”, se dijo mentalmente y con una gran dosis de malhumor.

Tras una serie de reuniones, Lía le comentó que regresaba a New York. Esperaba estar de vuelta en diez días. Dependiendo de la acogida del proyecto por parte de su tío, volverían a reunirse y si fuese conveniente, firmarían el protocolo de trabajo y el contrato entre ambas empresas.

Esa última tarde, terminaron pronto y salieron a tomar una copa. Eduardo se sintió contento y pensó en invitarla de nuevo a su apartamento, cosa que no llegó a hacer porque Lía deseó retirarse pronto alegando que al día siguiente tendría que madrugar mucho. Eduardo se sintió frustrado y comenzó a elucubrar sobre las relaciones afectivas entre ambos y si ya comenzaban a enfriarse. Por un instante llegó a pensar si sabría su escarceo con Irene, pero lo eliminó de su cabeza considerándolo absurdo.

 

Su reloj de pulsera estaba marcando las doce de la mañana. Todavía disponía de treinta minutos aproximadamente antes de salir de casa para encontrase con Lía. El enorme espejo del salón le devolvía una imagen, que arrancó una amplia sonrisa en su rostro. Se encontró bien, arreglada de forma exquisita cuando las circunstancias lo exigían. Su larga melena rubia se deslizaba por sus hombros y espalda a cada movimiento de su cuerpo, creándole un aura de voluptuosidad, que difícilmente pasaba desapercibida.

Irene era una mujer encantadora, extrovertida, dinámica, incansable en cualquier actividad y era capaz de agotar a cualquiera. De ello, daba fe el joven con el que compartía algunos ratos de su vida, Eduardo, arquitecto y excelente publicista, con el que convivía de forma esporádica. Disfrutaba apareciendo en su casa, seducirle durante unos días y desaparecer sin dejar rastro. De carácter mucho más conservador, Eduardo no compartía este sistema de vida de la joven pero fue habituándose y ya apenas le sorprendía esa situación.

Congenió con Lía desde el primer momento, cuando fue profesora suya en el último curso de carrera y poco después, como amigas. Irene, con el desparpajo que la caracterizaba, no dudó en ningún momento tratar de utilizar a Lía como fuente fidedigna de información, incluso, en materias impartidas por otros profesores y que, en teoría, no eran de su competencia. Trabaja, además, en la empresa de su tío y en un cargo relevante.

A las doce y media en punto, Irene estaba en el portal de su casa esperando la llegada de su amiga, que llegó unos instantes después en su coche.

--¡Estás preciosa, querida! –sonrió Lía mientras Irene tomó asiento a su lado retirando el bolso de su amiga hacia el asiento trasero.

Vestía un conjunto de chaqueta y falda de color crema claro y debajo una blusa de seda de color rojo. Realmente, estaba muy elegante, al igual que Lía, aunque ella vestía pantalones en vez de falda, que realzaban su esbelta figura.

--Gracias, cielo. ¡Tú estás como siempre, radiante!

Y las dos comenzaron a reírse de si mismas.

Arrancó el coche, introduciéndose en el caos circulatorio propio del lugar y de la hora, algo a lo que ya estaban habituadas y se lo tomaron con la debida calma. Tenían tiempo suficiente, y lo que deseaban era estar juntas y hablar. Y así ocurrió. A pesar de la escasa distancia que les separaba del restaurante, tuvieron tiempo para contarse sus cosas y en las que no tenía cabida nada desagradable.

Una vez en el restaurante, liberadas ya de los problemas de tráfico y de las tensiones que ello conllevaba, se sintieron ansiosas de disfrutar de cada instante, de su conversación y de la comida. Irene, al acercarse el camarero, le pidió un vino andaluz, un fino en su jerga, mientras que Lía prefirió tomar un vermut con una pizca de vodka.

Cuando les sirvieron las bebidas, alzaron sus copas y tras mirarse de forma intensa, probaron sus contenidos. Las dos mujeres sentían las sensaciones que les embargaban y deseaban darles salida. Ambas recordaban como, un tiempo atrás, cuando Irene se incorporó a la empresa familiar de Lía, se sentaron enfrente del ordenador mientras Lía trataba de explicarle el desarrollo de las ventas mes a mes y sus posibles desviaciones.

—Tengo unos gráficos muy representativos, verás con que facilidad los comprendes.

Se situaron frente al ordenador. Lía se sentó y comenzó a manipularlo. Irene se inclinó ligeramente para apoyarse sobre su hombro. Cargó los archivos y fueron visualizándolos en la pantalla a la vez que la joven profesora le iba explicando cada detalle de lo que representaban. Sus rostros se rozaron en varias ocasiones. En un instante dado, Lía se giró y su rostro y el de Irene quedaron a escasa distancia el uno del otro. Las fragancias de sus perfumes se mezclaron y pudieron percibirlas en profundidad.

Sus miradas se mantuvieron fijas, ellas, en silencio, mientras Irene fue acercando sus labios y los situó sobre los de Lía, besándolos con dulzura durante unos instantes. Lía entreabrió los suyos y la dejó hacer.

De forma brusca, Irene se separó de ella, llevándose las manos a la boca, dibujó sobre su rostro un gesto de profundo estupor y sorpresa y unos segundos después, rompía a llorar desconsoladamente. Entre hipos, Lía pudo escuchar que decía:

—¿Dios mío, que he hecho? —exclamaba en medio del asombro que la embargaba— ¡Lo siento, lo siento, lo siento…! —repetía a medida que movía el rostro de un lado a otro.

Lía se levantó de la silla y se acercó a ella con ademanes pausados. Le quitó las manos del rostro y la obligó a mirarla a los ojos. Pudo comprobar como un torrente de lágrimas recorría la piel de su rostro. Fue el prolegómeno de una relación más estrecha.

 

Poco rato después, se les acercó el camarero para tomar nota de sus deseos culinarios. En sus manos portaba dos carpetas con los menús del restaurante, pero antes de entregárselos, les comentó las variedades que podían degustar y que se encontraban fuera de la carta por ser cocina del día. Las sugerencias que les estaban proporcionando fueron suficientes como para no tener que pensar, y a medida que las nombraba, o bien Irene o bien Lía, las iban aceptando. La comida, básicamente, se componía de mariscos y pescado y a las dos, les pareció sumamente sugestivo tomar un poco de carpaccio de ciervo exquisitamente aderezado. Fue el remate final, pensando en degustar un buen vino de reserva de la Rioja.

La mesa del reservado permitía la presencia de cuatro comensales. Se sentaron las dos juntas, en la cabecera de la mesa y en el asiento de al lado. Los colores de las paredes producían sensaciones cálidas y la decoración era exquisita. Un enorme cuadro ocupaba una de las paredes, quizá de un autor desconocido, pero muy agradable a la vista. Una fragata de siglos pasados luchaba contra las olas de un mar embravecido. Por supuesto, que los atractivos del restaurante no se definían por las obras de arte que allí pudiera albergar.

Mientras degustaban sus aperitivos y esperaban el inicio de la comida, hablaron de cuestiones intrascendentes.

El rostro de Irene se iluminaba con las palabras de su amiga. Su devoción por ella se incrementaba en los momentos en que se encontraban juntas y que difícilmente podía ni quería ocultar. Su presencia en su vida le había provocado cambios radicales

Y finalmente, llegó la hora del café. La hora importante, la hora confidencial, la hora bruja.

—¿Qué nos ha ocurrido, Lía? —preguntó Irene en un momento dado, aunque tuvo dudas sobre si sería el oportuno para tratar el tema y si Lía estaría dispuesta a ello. Sus manos, inquietas jugaban con la servilleta. Lía la miró directamente a los ojos, quizá como nunca lo había hecho. No le sorprendió la pregunta de Irene, ella misma llevaba muchos días haciéndosela, y siempre llegaba a la misma conclusión sin saber a ciencia cierta las consecuencias. Algo había ocurrido en su ser ante la presencia de Irene en su vida. Se preguntó en múltiples ocasiones que tipo de afecto sentía por Irene, y si sería igual al que sentiría por un hombre como Eduardo. No sabía que contestarse, quizá tampoco deseaba contestarse.

Un silencio profundo se apoderó del pequeño entorno, pero los vivarachos ojos de Irene fueron el prolegómeno de su locuacidad.

—Yo sé lo que me ha ocurrido —continuó, reforzando sus palabras con su amplia sonrisa en el rostro mientras alargaba la mano para rozar la de ella—. ¡Eres una mujer única, inteligente, atractiva, preciosa, agradable… te quiero!

Y a continuación una discreta carcajada iluminó su rostro, y sin vacilación alguna, lo acerco al de Lía para besarla fugaz pero cálidamente.

—¡Por favor, por favor, por favor… no soy lesbiana, te lo juro! —agregó balbuceante, tratando de convencerse a sí misma.

—No te preocupes, cielo, estos sentimientos son comunes. Creo que ya no podría vivir sin tu presencia a mi lado. Te aseguro que tampoco soy lesbiana —enmudeció durante unos segundos, respiró profundamente y continuó—: puede que contigo sí lo sea, por definición, pero te prometo que no me gustan las mujeres. Quiero encontrar al hombre adecuado, formar una familia y tener descendencia.

La mano de Irene se posó ahora sobre la suya y la apretó con fuerza.

—Probablemente nos estamos volviendo locas las dos, pero a mi no me importa siempre que te tenga a mi lado. Eso que dices es cierto. Mis relaciones con Eduardo, aunque esporádicas, son satisfactorias, quizá llegado el momento, no tendré duda alguna en plantearme tener hijos. Pero tú, eres diferente, creo que mi locura por ti se basa en otras circunstancias, igualmente bellas y a las que no estoy dispuesta a renunciar.

—Y hablando de Eduardo, ¿hace tiempo que no le ves?

—Más del que le gusta a él, pero ya sabes, mis estudios y ahora el trabajo contigo me absorben demasiado tiempo. Por cierto, hace unos días le vi por uno de los despachos pero estaba reunido con tu primo y el financiero.

Lía la miró risueña.

—¿Por qué no vas a verle? A su apartamento, por supuesto.

Irene se sorprendió ante la insinuación de su amiga.

—¿Me lo estás pidiendo? ¿Sabes lo que significaría ahora?

—Estamos tratando de contratar una campaña publicitaria muy importante para Hispano América y Estados nidos. Él nos está realizando una oferta. Me gustaría tenerle bien atado, y tu puedes ayudarme a eso. Tan sólo tienes que pasar una tarde en su apartamento.

Irene rió desenfadadamente.

—No te preocupes, hacia el jueves me dejaré caer por allí. Tengo llaves de su puerta, ya sabes, nuestra relación es buena aunque discontinua.

—Y si se presenta la ocasión, hazle alguna fotografía. Lógicamente, sin que se dé cuenta, claro.

—No creo que le importe hacerse fotos conmigo y en situaciones excitantes.

—Es preferible que esté solo. Llegado el momento, y en caso necesario, podríamos usarlas en su contra.

—¿Por qué?

—Cuestión de negocios.

—¿Y qué podrías conseguir? A él, no creo que le preocupe su integridad por unas fotos.

—A él, quizá no. Pero si esas fotos llegan a manos de sus competidores o de sus clientes, la cuestión cambia.

Irene la miraba dubitativa. Después se río.

—¡Me das miedo...!, pero eso está hecho.

—En los negocios como en las cuestiones de amor y sexo, todo es válido.

Y las dos mujeres se rieron sin reprimirse, a pesar de la llegada de uno de los camareros.

Abandonaron el restaurante satisfechas, tanto por la exquisita comida por la agradable y deseada conversación. Lía le propuso pasar el resto de la tarde en su casa para terminar de aclarar todas las situaciones en las que se encontraban inmersas.

Ya comenzaba a sentirse el calor propio de la época aunque todavía no era acuciante. Lía propuso encender el aire acondicionado, pero Irene le rogó que no lo hiciera. No le gustaba a menos que las temperaturas fueran excesivas, y no era el caso.

—Si tienes una bata ligera, me cambio y será suficiente. Así estaré más cómoda —le dijo Irene con desenfado.

—Claro, cielo. Ven y elige la que más te guste.

Se dirigieron hacia la habitación. Lía abrió las puertas de un enorme armario empotrado a la entrada del dormitorio y extendió su mano para indicarle que eligiera.

Irene cogió una de color negro de seda, muy agradable al tacto y salpicada de múltiples estrellitas. Se quitó la chaqueta de su precioso traje y comenzó a desabrocharse los botones de su inmaculada blusa de seda. Poco después, la dejó caer sobre la amplia cama del dormitorio. La parte superior de su cuerpo quedó al desnudo, mostrando unos perfectos y tersos pechos.

Casi al unísono, Lía hizo lo mismo, tan sólo que los suyos, estaban guarnecidos por un precioso sujetador de color rojo, transparente y del que aparentemente, deseaban liberarse.

Estaban las dos frente a frente, mujer contra mujer, en igualdad de condiciones, con igualdad de deseos. Sus ojos se miraron fijamente primero, después, recorrieron la parte visibles de sus cuerpos mientras unas sonrisas, que difícilmente ocultaba la pasión que sentían, se apoderaron de sus rostros. Las manos de Lía se acercaron hacia la falda de Irene y con un ligero movimiento, logró que ésta se fuera deslizando por su contorno hasta quedar tendida en el suelo.

Se alejó lentamente de ella para contemplar su escultural cuerpo, tan sólo oculto en el bello púbico por un ligero tanga de color rojo intenso. El perfecto cuerpo de Irene la dejó alucinada. Su esbeltez, el contorno de sus caderas, la perfección de sus ingles, la sensualidad de su pubis, y sus increíbles pechos le hizo creer que se encontraba inmersa en un sueño irreal.

Irene se acercó a ella con avidez. La rodeó con sus brazos por la cintura y la besó, primero, con ternura, después, con pasión inusitada. Sus manos fueron desabrochando los botones de los pantalones de Lía, y al tratar de separarlos de su cintura, ambas se cayeron sobre la cama entre jadeos y risas. Pasó sus manos por la espalda de Lía y desabrochó su sujetador para liberarla de él. Sus pechos se mostraron con todo su esplendor. Unos pechos grandes, turgentes, con unos preciosos y enervados pezones que Irene no dudó en besar y recrearse en ellos.

Jugaron con sus cuerpos, entre jadeos, palabras de cariño, enervándose y sintiendo como afloraban sensaciones ocultas hasta entonces. Fueron descubriendo cada rincón de sus cuerpos memorizando todas las sensaciones sentidas en cada uno de ellos. Sus sexos quedaron al descubierto, se sintieron, se desearon y fueron uno en una explosión de placer única e irrepetible. Sintieron que ya no podrían separarse.

Todo fue distinto después, todo fue diferente, pero para ellas dos, solamente para ellas dos. Para el resto del mundo, nada había cambiado.

Desmadejadas sobre la amplia cama, pero estrechamente unidas, sus miradas se perdían en el techo y sus rostros dibujaban unas dulces sonrisas. Transcurrió un tiempo que no pudieron definir, pero que supusieron largo, ya que a través del amplio ventanal de la habitación podían comprobar como el embrujo de la noche se iba apoderando del entorno. Se sentían felices y sus manos inquietas fueron buscándose en los lugares donde su sensibilidad se sublimaba. Se sintieron incapaces de detenerse hasta la deflagración final, donde sus sentidos volvieron a explotar en una orgía de placer inenarrable.

Jadeantes todavía, Lía le preguntó:

—¿Esto es amor, Irene?

—Esto es amor, Lía.

Y se rieron desenfadadamente.

—Cielo, recuerda que tienes que volver al apartamento de Eduardo. ¿No te echarás atrás?

—¿Dudas de mi? —le dijo mimosa, mientras cerraba sus labios con un fuerte beso.

—Claro que no, cielo. Por cierto, si se interesa por tu vida, no le digas que estás trabajando en nuestra empresa. De momento, no sería conveniente.

—No te preocupes. En primer lugar, no creo que ni lo pregunte, y en segundo lugar, sabes que me defiendo muy bien en el arte del engaño.

Volvieron a reírse con desenfado. Parecían dos jóvenes despreocupadas y alocadas. Nada más lejos de la realidad.    

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