RELATOS AL CAER LA TARDE ©

M A I T R E Y A


SUSURROS DEL VIENTO EN LA MENTE  ©
C A P Í T U L O    X
 


10

    

Por la mañana y a la hora convenida ya se encontraba en el despacho de Eduardo. Elegantemente vestido. Lucía un traje azul marino, camisa color malva, corbata roja a rayas y unos brillantes zapatos de color negro. En su muñeca, un precioso reloj y muy moderno y a su paso dejaba un agradable aroma a colonia. La secretaria le anunció arrobada. Su gesto era agradable, aunque la sonrisa sempiterna todavía no brillaba en su rostro.

Con la cartera repleta de documentos y buena predisposición, se dirigieron a la reunión de trabajo. Nada más llegar, una secretaria les condujo al elegante despacho donde se reunieron las veces anteriores. Les indicó la mesa circular de trabajo, les invitó a tomar asiento diciéndoles que la señorita Mendoza acudiría de inmediato. Les preguntó si deseaban tomar café, a lo que respondieron negativamente.

Eduardo miró la cara de Alfredo y le dio la sensación de que volvía a estar inquieto.

—¿Te ocurre algo, Alfredo? —le preguntó en un tono de voz muy quedo.

—No, no —contestó del mismo modo.— Es el aroma de la habitación —escucharon unos ruidos y se quedó silencioso.

En otro despacho adyacente, se encontraban Lía e Irene. Las dos elegantemente vestidas y sus rostros perfectamente maquillados, mientras que sus gestos mostraban una gran seriedad, fundamentalmente, el de Lía, que a pesar de sentirse muy cerca de la victoria total, una determinada incertidumbre se había apoderado de ella.

—Cuando suene el interfono, no contestes. Esperas unos minutos y entras —le dijo Lía, señalándole la pequeña puerta de comunicación.

Irene asintió.

—Saludas a Eduardo y si te hace cualquier pregunta, no contestes, te limitas a sonreír y desaparecer de nuevo. Tan sólo quiero recordarle mi conocimiento sobre aspectos de su vida privada.

—Claro, querida —y se besaron fugazmente.

Por la parte derecha del despacho, se abrió una puerta que se encontraba perfectamente disimulada. Se escucharon unas voces, luego silencio. Segundos después, entraba Lía, elegantemente vestida, realzando la espléndida figura que conocía tan bien. Eduardo se levantó de la silla para salir a su encuentro. Ella le evitó y rodeó su mesa, siempre con la mirada fija en Alfredo.

—¡Hola, Alfredo! ¿Parece que volvemos a vernos? —le dijo con una voz sensual, que parecía querer acariciarle.

Eduardo miró hacia Alfredo, sorprendido ante las palabras de Lía. Éste, permaneció sentado y con el rostro totalmente lívido. No podía creer lo que estaba viendo.

—Bien, por tu expresión, compruebo que no has sido capaz de olvidarme, ya que no podía ser de otra forma —y emitió una agradable sonrisa—. Y eso me gusta y me satisface mucho, además, sé perfectamente que no podrías. Eso quiere decir que todavía mi odio sigue anidando en tu cuerpo.

Eduardo la miraba anonadado. No comprendía lo que estaba pasando, le parecía una irrealidad propia de una película de terror, pero la lividez del gesto de Alfredo y su pasividad eran totalmente reales y empezó a comprender. Las garras de su vecina se habían extendido para cerrarse también sobre él y así, causarle el mayor daño posible para que Alfredo no consiguiera olvidarlo nunca.

—Vas a pagar todas tus vilezas. Siempre has creído que podías jugar con las mujeres a tu antojo. Conmigo trataste de hacerlo desde niña, provocando mi odio infantil hacia tu persona, deseando, en cada instante, producirte el mayor daño posible. No sabes bien como te he odiado. Hoy pagas doblemente, tu amigo también te odiará. ¿Sabes, cielo? —esa expresión hizo crispar el gesto de Eduardo— Es mucho mejor amante que tú. Con él, no tuve necesidad de mostrarle el video de Meg, adorable Meg, ¿verdad? ¡Tú no vales nada!

Alfredo parecía haberse encogido sobre si mismo, se sintió incapaz de hablar. Eduardo tuvo deseos de increparla, pero pensó que no valdría la pena. Se encontraba ante un ser de con un pronunciado desvarío mental.

—Por cierto, cielo —y se giró hacia Eduardo para mirarle directamente a los ojos, mientras en su rostro afloraba una sonrisa que a cualquier otra persona le hubiera parecido ingenua—, supongo que habrás disfrutado plenamente con tu buena amiga Irene, ¿no es así? Tu cama aún no estaba fría, seguramente.

Eduardo sintió una fuerte descarga de adrenalina en su cuerpo. ¿cómo podía saber ella su relación con Irene y lo que era más incomprensible, lo que había ocurrido en el apartamento.

—¿Cómo te atreves a hurgar en mi vida? Soy muy dueño de hacer lo que me plazca y no necesito autorización alguna de nadie, y mucho menos, si proviene de ti.

—¡Cálmate, cielo! Pero debes comprender que eres basura, al igual que tu buen amigo. ¡Los dos sois basura!

—¿Cómo te has enterado? —le preguntó iracundo, pero de inmediato se dio cuenta que era algo que ya no valía la pena aclarar.

—Y, como fácilmente podéis imaginar —continuó, haciendo caso omiso de la pregunta pero relamiéndose ya con su victoria—, el proyecto no será para vosotros. Eso, sí, puedo deciros que a mi me supondrá muchos puntos en mi trayectoria profesional, porque sí se llevará a cabo, pero bajo mi dirección exclusiva. Es bueno, muy bueno, pero hasta eso vais a perder. Y no pretendáis interponer demanda alguna, no os arriendo las ganancias. Difícilmente podríais demostrar nada y yo sí tengo mucho en contra vuestra.

Alfredo hizo ademán de levantarse, pero Eduardo le asió del brazo, reteniéndole.

—No te arriendo un futuro halagüeño —le dijo, con toda la parsimonia con la que fue capaz—. En esta ocasión, te equivocas. En mi, no infringes daño alguno, otra aventura, deliciosa aventura tengo que reconocerlo, y punto. Ahora sé bien que lo único que pretendías era incrementar el daño que trataste de infringir a Alfredo. ¿El proyecto? Tampoco tiene tanta importancia, aunque dudo que consigáis llevarlo a cabo de la forma en que está pensado. ¿Daño a Alfredo? Creo que no, en absoluto, estoy convencido. En estos momentos le domina la sorpresa y quizá la rabia al sentir que me has utilizado y además, jugado con nuestro trabajo.

—¿Tú crees? Yo no pienso lo mismo. Al igual que tú, revolcándote con Irene, el hace lo propio con Isabel —miró a Alfredo comprobando el gesto de estupor que se había producido en su rostro—. ¿Eso es propio de hombres serios y dignos?

Ambos amigos se miraron, expresando la sorpresa que les producía las palabras de Lía. Ella, parecía estar sumamente complacida aunque en su fuero interno danzaba irrespetuosa una ligera duda. Eduardo pensó que aquella conversación parecía kafkiana, propia de mentes enfermizas.

Lía apretó disimuladamente el botón del interfono y unos minutos más tarde se abría la pequeña puerta lateral por donde antes había entrado ella, dando paso a Isabel, que esbozaba una amplia sonrisa en su rostro.

—Hola Eduardo —le saludó con gesto alegre sin demostrar que conocía toda la tensión acumulada allí dentro y de la que ella, era una parte importante.

Eduardo no conseguía salir de su asombro. “¿Qué hacía Irene allí?, pensó alarmado al darse cuenta que muchos de los documentos esparcidos sobre la mesa de su despacho habían estado a su alcance durante algunas horas. Lía pareció darse cuenta.

—Irene trabaja conmigo desde hace un tiempo. Es una sensacional colaboradora —les dijo mientras recogía el documento que le entregaba, después, dirigiéndose a ella, añadió— Gracias, cielo.

Y ante el estupor de Alfredo y Eduardo, se acercó a Irene, la rodeó por la cintura y posó sus labios sobre los de ella. Después, Irene abandonó el despacho sin alterar su agradable sonrisa.

—Puedo deciros que, con dinero, no hay montaña que se resista ni voluntad que no se quiebre. Vuestras vidas son, ahora para mi, un libro abierto. Puedo controlaros a vosotros y, aunque lo dudéis, a vuestros ordenadores.

Lía dirigió la vista hacia el documento que tenía entre sus manos, lo elevó a la altura de sus ojos como si fuera a leerlo, Lo conocía de memoria. Era la carta oficial de la empresa rechazando su colaboración por considerar que no reunían los requisitos mínimos solicitados, todo ello, expresado en términos muy legales.

—¡Toma, vuestro finiquito al proyecto!

Ambos pudieron observar como su gesto se iba crispando por momentos. Se dieron cuenta que no tardaría en perder los estribos y lo último que deseaban, era tener una trifulca en la sede de una empresa que bien podía demandarlos por alterar el orden. Su personalidad, probablemente bipolar, se estaba decantando hacia el lado negativo, suponiendo que tuviera alguno positivo.

Sin pensarlo dos veces, Eduardo tomó el documento mientras miraba fijamente a Lía y sin separar la mirada de ella, fue rompiéndolo con parsimonia estudiada. Era su último acto allí dentro.

—¡Fuera de mi vista! Mi odio os acompañará siempre a pesar vuestro —dijo, con un tono de voz alterado y elevado—¡Sois basura! Mis garras os tendrán siempre atenazados y ante cualquier infortunio, pensaréis que mi mano está detrás de él. Eso servirá para seguir alimentando mi odio.

Alfredo se levantó, con su mirada fija en ella.

—Estás loca, rematadamente loca —le escupió las palabras delante de sus narices. Ella trató de abofetearlo, pero sus reflejos le permitieron asirle la mano y bajársela a la altura de la cintura. La miró con dureza a los ojos, para luego esbozar una ligera sonrisa— ¡Me das pena! ¡Me das asco!

Salieron atropelladamente y pocos minutos más tarde se encontraban en la calle. Suspiraron aliviados pensando en lo que pudo haber ocurrido si el engaño hubiera durado más tiempo. De todas formas, ambos sintieron que sus corazones estaban desbocados

Justo a la salida del edificio, comenzó a sonar el teléfono de Alfredo. Al comprobar quien le llamaba, su rostro se distendió. Le dijo que era Isabel, que le pedía disculpas por no atender sus llamadas, que ya le contaría, si se atrevía a cenar esa noche en su casa. Recordó las palabras de Lía en cuanto a Isabel, no le cupo la menor duda, había estado vigilado las veinticuatro horas del día. Algo parecido debió ocurrir con Eduardo.

Sonrieron los dos y caminaron lentamente por la acera para dirigirse al paso de peatones que les conducía a un parking cercano donde tenían el coche.

A pesar de tan desagradable sorpresa, y con los nervios a flor de piel, fueron sintiéndose distendidos, muy distendidos. Analizarían lo ocurrido y tratarían de tomar las medidas adecuadas ante cualquier otra intromisión de su terrorífica vecina.

El potente sonido del motor de un coche y algunos gritos a sus espaldas, les hizo girar la cabeza. Sin apenas darse cuenta, Eduardo sufrió un fuerte empujón propiciado por Alfredo que le lanzó al suelo y de inmediato sintió como su cuerpo caía sobre el suyo. Un atronador ruido se dejó oír al instante, Levantó la cabeza y aún llegó a ver un todo terreno 4x4, de gran cilindrada, dando unas vueltas de campana hasta quedar totalmente inmóvil. Se levantaron como impelidos por un resorte y corrieron hacia el vehículo, que se encontraba volcado. Por una de las puertas asomaba la cabeza de una mujer totalmente desmadejada. Alfredo se agachó hacia la herida. Le retiró la larga melena que le tapaba el rostro e hizo un gesto de estupefacción. Los ojos vidriosos de su vecina le miraban fijamente, todavía con vida.

Eduardo se sintió paralizado, mientras sufría un tremendo escalofrío. Era el cuerpo de la mujer que había tenido entre sus brazos hacía apenas unos días. Acercó su boca al oído de Alfredo para susurrarle:

—¡Alfredo, ha tratado de asesinarnos! —le dijo, y él asintió con la cabeza, mientras separaba el pelo de su rostro.

A su alrededor comenzó a aglutinarse gente.

Vio como Alfredo acercaba su cabeza hacia la de ella y aún pudo escuchar sus palabras.

—¡Alfredo..., te quiero...! —y su mirada se volvió dulce al sentirse herida de muerte— ¡Siempre... te he querido!

Y expiró.

¡Dios mío, Dios mío...!, pensó Eduardo; hasta en el último instante de su vida ha conseguido hacerle más daño.

 

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